Las cuerdas de mi profesor me enseñaron a obedecer
Me crucé con Carla en el pasillo de la facultad. Apenas pudimos hablar porque llegaba tarde a un seminario de su doctorado, pero el nerviosismo que arrastraba desde lo de Adrián se me aflojó al verla tan serena. No mencionó la cena de la otra noche. Solo, al despedirse, apoyó la mano en mi brazo y se acercó a mi oído.
—Adrián me contó que pasasteis la noche juntos —susurró—. No me dijo qué hicisteis. Pero de imaginármelo me entró una curiosidad… Ojalá nos llame pronto a las dos.
Me besó la mejilla y un temblor leve me recorrió la espalda. La seguí con la mirada mientras se alejaba. Salvo Lucía, Carla iba a ser la segunda mujer con la que me acostaría, y la idea me excitaba tanto como me inquietaba. Nunca me había gustado de ese modo, pero reconocía en ella una elegancia que me hacía preguntarme cómo seguía soltera. Ahora, viendo el balanceo de sus caderas dentro del vaquero, recordé el escote de su camisa y el modo en que sus pechos se movían bajo el pijama cuando compartíamos piso. Me turbé y aceleré el paso hacia la biblioteca.
Me refugié entre los libros como un náufrago cuida una fogata por si alguien ve la señal, pero con el móvil siempre a la vista, por si Adrián escribía, por si Carla me rescataba de mi propia ansiedad.
Las instrucciones llegaron en un SMS. Casi me reí de lo anticuado que era para esas cosas.
Mañana a las 19:30 en el apartamento. La puerta estará entornada. Entrad en silencio y seguid el pasillo. Primera puerta a la izquierda, el cuarto de Carla; segunda, el tuyo. Vestíos por separado y esperad en el salón. No te depiles, Elena.
Lo leí de un tirón y el libro que tenía en el regazo se me cayó al suelo con estrépito en la última frase. Me gané unas cuantas miradas, murmuré una disculpa y volví a leerlo despacio, intentando frenar el corazón.
Llegué puntual. Carla ya esperaba en el portal. Ninguna había elegido nada provocador; sabíamos que esa noche la ropa no iba a durar puesta. Entonces caí en la cuenta de que nos había mandado el mismo mensaje a las dos, que ella había leído lo mismo que yo. ¿Por qué no quería que nos viéramos antes? ¿Por qué me había pedido que no me rasurara?
Entramos con el mayor sigilo. En la cocina había luz y se oía a Adrián hablar con alguien, lento, eligiendo cada palabra. No alcanzábamos a ver con quién. Carla empujó la puerta de su cuarto y nos miramos un segundo antes de separarnos, dándonos ánimo en silencio.
Mi habitación estaba vacía, de paredes blancas y frías. Sobre una silla, una prenda doblada y una cajita negra. Ni un espejo. Me desnudé deprisa y dejé la ropa en el respaldo. La prenda era una especie de camisa antigua, holgada, casi victoriana. Me la pasé por la cabeza: me cubría entera salvo los pies, con lazos en el escote. Abrí la cajita. No cabía en ella ninguna prenda interior.
Sonreí, turbada, al sacar la mordaza: un collar de cuero con un broche metálico en la nuca y una bola negra. Me la metí en la boca —olía tenuemente a jazmín— y cerré el broche. Así no podría hablar, y los labios me quedaban separados. La mordí; cedía un poco bajo la presión de mis dientes.
Salí al salón con un escalofrío, avergonzada de mi aspecto, descubriendo que la tela me acariciaba los muslos y los pechos al andar. Carla ya me esperaba allí, encarándome. Si lo mío era recatado, lo suyo era impúdico: una camisola estrecha con una falda ridícula que dejaba su sexo lampiño a la vista, y dos aberturas en el pecho por las que asomaban sus pezones, ceñidos por sendos anillos. Mis ojos le dijeron lo que mi boca no podía y dos rosetones le encendieron las mejillas.
—Ellas son nuestras invitadas —dijo Adrián—. Carla, y esta es Elena.
Nos volvimos hacia él y su acompañante. Adrián iba elegante, camisa abotonada hasta el cuello. El hombre a su lado inclinó la cabeza ante cada una.
—Él es el señor Ren. Podéis llamarlo Ren, a secas —indicó Adrián.
Era un hombre de rasgos finos y rostro casi sin gestos, salvo los ojos rasgados y oscuros, donde brillaba algo cálido. Tenía el pelo negro recogido en una coleta pequeña y vestía una camisa de motivos florales bajo un chaleco sin mangas. Yo era algo más alta que él, pero la diferencia no me hacía sentir superior, sino lo contrario: emanaba una autoridad serena, gélida, casi reverencial.
—Ardo en deseos de conocerlo, señor Ren —contestó Carla, inclinando la cabeza. En su voz había un deje ronco, y por el rabillo del ojo la vi morderse el labio. ¿Sería por los anillos?
Miré a Adrián, sintiéndome ridícula. Me devolvió una sonrisa de disculpa e hizo un gesto. Carla se colocó detrás de mí y me soltó la mordaza, aprovechando para pegarse a mi espalda y que sintiera el filo de sus pezones.
—Me inclino ante mi amo y ante usted, señor Ren —saludé con un gesto teatral que le arrancó a Adrián un brillo de aprobación. Carla volvió a ceñirme la bola en la boca.
Ren sonrió por fin, y solo entonces vimos las finas arrugas en sus ojos, la única señal de su edad. Adrián había dicho que eran amigos de la facultad, así que debía rondar los cincuenta, aunque no aparentara ni treinta.
—La flor de loto asoma tímida para robarle su mirada al sol y esconde su belleza entre los pétalos —murmuró, recorriendo a Carla con los ojos. Después me miró a mí, y su mirada de halcón me atravesó. Supe que ese hombre podía hacerme enloquecer de dolor o de placer con la misma facilidad.
—Subamos al ático —propuso Adrián.
Carla y yo caminamos juntas por el pasillo, oyendo las pisadas firmes de Adrián y, debajo, las de Ren, casi felinas. Subimos una escalera de caracol hasta un rellano. El ático era amplio, de techo alto con vigas de madera y suelo de parqué radiante. Habían cubierto la claraboya y colgado farolillos. Al fondo, sobre una tarima, dos sillas robustas y, sobre ellas, una maraña de cuerdas que colgaban lánguidas de las vigas.
—A mí nunca me trajo aquí —me susurró Carla, antes de que los hombres regresaran del ropero cargando rollos de cuerda al hombro.
Entonces Adrián vino hacia mí y me abrazó. Esas manos que tan bien me habían castigado por fin se enredaban en mi pelo, por fin me liberaban del broche, por fin me besaban. Me apreté contra él, excitada, sin importarme que Ren y Carla nos vieran. Ingenua, ignoré que él no buscaba un amante.
Se separó, me sostuvo las muñecas y me pidió que alzara los brazos y los doblara hacia atrás. Obedecí, confundida, y noté la cuerda deslizarse por mis muñecas y rodearme bajo las axilas. Parpadeé. Al fondo, Carla nos miraba ya con las manos atadas frente al pecho.
—¿Le molesta? —musitó Ren junto a mi oído. Negué. En esa postura solo podía mover los dedos, pero las cuerdas, tensas y firmes, no me hacían daño: su yute era suave, no áspero.
—Siéntate en mis rodillas, Elena —ordenó Adrián desde una de las sillas, la barbilla apoyada en la mano, como en una de sus clases magistrales. Sonreí y caminé hacia él.
Me sentó sobre él y empezó a besarme el cuello, despacio, bajando por la piel con paciencia. Desde allí veía cómo Ren besaba a Carla, primero con titubeo y luego con más confianza. Adrián me deshizo los lazos del escote y coló las manos hasta mis pechos. Bajo mis muslos lo sentía endurecerse, y me froté un poco contra él, reclamándolo.
—Matanawa —susurró Adrián cuando vi que Ren pasaba una cuerda por el vientre de Carla y la cruzaba entre sus piernas, atándola a su espalda—. Es la atadura que se centra en el sexo.
Carla gimió y se removió. La cuerda debía de frotarle el coño, porque cada vez que Ren tensaba o aflojaba ella soltaba un gemido apagado. Adrián volvió a ceñirme la mordaza y me pellizcó los pezones; gemí ahogada, y los dos se volvieron a mirarnos. Calmó el dardo de dolor con caricias y luego repitió, y yo volví a estremecerme.
—Chupa el coño de tu amiga, Carla —ordenó.
***
Me arrodillé ante ambos. Adrián separó incluso los labios de Elena para que yo viera su intimidad rosada y húmeda. Ella me miraba suplicante por encima de la mordaza, los ojos encendidos. Estaba segura de que, de poder hablar, me habría pedido lo mismo.
Acerqué la boca a ese sexo febril. Era el primero que probaba, la primera mujer a la que me entregaba, y encima compartiendo a Adrián. Asomé la lengua y la hundí en su hendidura. Elena se estremeció. Seguí lamiendo, besando, tropezando con las yemas de Adrián, mientras el yute me rozaba a mí y me nublaba la cabeza con la misma sensación de perder el control que me daba obedecerlo a él.
—Descubre mi polla y lámela —dijo Adrián.
Tanteé su cremallera con las manos atadas. Mientras lo lamía, recordé cómo había empezado todo: aquella tarde en su despacho, él melancólico por el aniversario de la muerte de su mujer, yo dándole un pañuelo, nuestros dedos rozándose, el beso que ninguno de los dos quiso deshacer. Me advirtió que no sabía dónde me metía, que no era un hombre corriente. No me disculpé. Solo asentí.
«¿Estarías dispuesta a desprenderte de los prejuicios de esta sociedad? ¿A acatar mis órdenes y confiar en que no te haré daño?», me había preguntado con una voz que, por un instante, me estremeció. Asentí entonces como asentía ahora, chupándolo, provocando chapoteos para que Elena los oyera y se conformara con el dedo que Adrián le metía en el coño.
Alcé los ojos. Elena me miraba con las mandíbulas contraídas, mordiendo la mordaza, un hilo de saliva en la comisura. En sus ojos se confundían los celos y el deseo. Sabía que le molestaba verme chupar la polla de Adrián. Pero él era quien nos conducía, y haría bien en recordarlo.
***
A una señal de Adrián, Ren me llevó hasta la tarima mientras Carla se sentaba sobre nuestro amo y se dejaba empalar por su polla. Yo aún ardía, furiosa de que me hubieran negado el orgasmo.
—¿Sabes qué significa Ren? —me preguntó él, recogiendo el borde del camisón y subiéndomelo por encima de la cabeza. Negué—. Penitente.
Me ató las manos a la espalda y pasó dos cuerdas más por encima de las vigas con una pericia increíble. Me ordenó acuclillarme y enredó el yute por mi vientre, mis muslos y mis brazos. Daba vueltas a mi alrededor, comprobando nudos, indiferente a mi desnudez.
—¡Ah, sí, fólleme, más! —jadeaba Carla con los ojos apretados.
Los celos y el ardor se me borraron de golpe cuando me sentí, de pronto, suspendida en el aire. Apenas rozaba el suelo con la punta de un pie. Las piernas me quedaban abiertas, una rodilla doblada, los brazos inmóviles. Empecé a girar despacio y la mano de Ren me detuvo. Una de las cuerdas me rozó el sexo sensibilizado y se aferró a él; gemí. Aprovechó el temblor para recogerme el pelo y atarlo a otra cuerda, obligándome a mantener el rostro en alto.
—Desnúdate, Carla, y suéltate los pezones —ordenó Adrián, levantándose para mirarme con detalle.
Entonces una venda sedosa me sumió en la oscuridad. Ren me colocó algo en los pezones, dos broches que enviaron una corriente débil que me sacudió entera y me dejó un hormigueo desconcertante que descendió hasta el sexo.
—La flor de loto flota en el remanso del estanque —susurró, acariciándome.
Oí pisadas suaves: Carla. Y a Adrián delante de mi rostro vendado, rozándome los labios con la punta de su polla. Hacía equilibrios sobre un pie para acercarme, para lamerla, para sentir en ella los jugos de mi amiga.
—Fólleme, amo —supliqué. Adrián soltó una risita.
Entonces dos manos me separaron las nalgas y una lengua húmeda se coló entre ellas. Di un respingo.
—Eso es, Carla, lame bien ahí.
Me debatí inútilmente contra las cuerdas. Adrián me sujetó la nuca y usó mi boca a su antojo. Algo romo y frío se insinuó en mi ano. Intenté resistirme y dos pellizcos en los pezones me arrancaron un gemido dolorido.
—No te resistas, Elena —me susurró. Me relajé, dejé que entrara, abriéndome a lo desconocido.
Después, ante mis ojos vendados, algo pasó fugaz y un punto de calor cayó sobre mi piel. Cera. Mi voz temblorosa se silenció con el primer dardo ardiente en las nalgas, una saeta que me atravesaba y se apagaba en un cosquilleo templado.
—Carla te vierte las gotas de tu penitencia —dijo Adrián—. ¿Quieres más?
—Sí, amo —rogué—. Hazlo, Carla, sigue.
La gota siguiente rodó por mi espalda y esta vez el calor no se disipó: pareció hundirse en mí, transformarse. Apenas advertí que alguien se tumbaba bajo mi cuerpo, retiraba la cuerda de mi sexo y empezaba a penetrarme despacio. Un calor anómalo, distinto, me arañaba el interior del ano y se extendía. No era solo la cera. Algo lo encendía desde dentro.
—¿Amo… eres tú? —pregunté, desconcertada. No me respondía. Solo me follaba, solo me usaba, y el fuego invisible de mis entrañas me llevaba al delirio.
—Oh, dios, me voy a… amo, amo.
Un dedo entró en mi culo como una cuchilla ardiente en mantequilla y me acalló. Un torrente me crepitó por dentro, me curvó la espalda y me arrojó al orgasmo que tanto había deseado. La polla dentro de mí se vació al instante.
—Bien, Elena —dijo su voz. Debajo de mí. Había sido él. Me quitó la venda y parpadeé, cegada, sonriendo como una ilusa.
***
Cuando Carla se postró a cuatro patas, no se ofrecía a Adrián: se ofrecía a mí. Asentí en silencio, mirando sus nalgas generosas, su sexo entreabierto.
—Deb —la llamé, golosa, con el mismo tono con que la avisaba para salir de fiesta.
—Isa —respondió ella, gimiendo apenas mi lengua tocó su coño húmedo.
Me esmeré en darle el placer que se merecía, recordando lo que Lucía me había enseñado. Su ano aún emanaba aquel fulgor extravagante, los rescoldos del incendio anterior, y esa quemazón me encendía a mí también, me hacía oscilar las caderas. Captó enseguida la atención de Ren, que se introdujo en mí con tiento y aceleró pronto el ritmo.
—Isa, Isa, ah, voy a… —jadeaba Carla.
Un destello cegó a aquellas dos criaturas que nos habían entregado sus cuerpos esa noche. La vieja Polaroid que me había regalado mi mujer inmortalizó el rostro de Carla, contraído de gozo, y el de Elena medio oculto tras las caderas de su amiga, con un amago pícaro de sonrisa, como si supiera que iba a fotografiarlas. Bajo los pies suspendidos de Carla descansaba, inofensivo, el pequeño tapón de jengibre. Figging, me había explicado Ren que se llamaba esa técnica.
Cuando les enseñé la foto, ya vestidas, las dos se ruborizaron y rehuyeron la mirada, como aquellas alumnas tímidas que nunca alzaban la mano y luego arrasaban en cada examen. Me despedí sabiendo que Elena no volvería: demasiadas sombras tras sus ojos, una tristeza que junto a mí se disipaba pero que tendría que enfrentar sola. También sabía que algún día tendría que despedirme de Carla. Solo rogaba que fuera más tarde que temprano.