El rancho donde aprendí lo que era la sumisión
Han pasado sesenta días desde que firmé los papeles. Los cuento porque los marco en la pared con una piedra que saqué del patio el segundo día y guardé escondida bajo el colchón. Mi nombre es Daniela, aunque eso aquí no le importa a nadie. Aquí soy la cerda 317. Eso es todo lo que soy.
Perdí veintidós kilos en dos meses. No es un logro: es una mutilación lenta. La comida que nos dan —tres galletas secas, un puñado de arroz aguado, un vaso de caldo que huele a polvo de pared— no alimenta. Solo evita que el cuerpo se coma a sí mismo del todo. Mi piel cuelga donde antes había volumen. Las costillas se marcan. Las rodillas parecen nudos en ramas demasiado finas para sostener nada.
Pero el cuerpo es lo de menos. Lo que me destruye por dentro es lo que no tiene forma.
Los entrenamientos empezaron siendo ejercicios normales. Carreras, sentadillas, planchas bajo el sol. A las tres semanas, Claudia —la encargada del patio, la que siempre lleva el cronómetro en la mano derecha— anunció que pasábamos «al siguiente nivel». Esas cuatro palabras todavía me provocan un espasmo en el estómago cuando las recuerdo.
El día de los electrodos empezó como cualquier otro. A las cinco de la mañana, formadas en el patio, desnudas, bajo un cielo que todavía no había decidido qué color tener. Claudia llegó con una bandeja de cables y pinzas y los distribuyó con la tranquilidad de alguien que reparte material de oficina. Me pegaron electrodos en los pezones, en el interior de los muslos, en la zona lumbar, en la parte posterior de las rodillas. Otro par me lo colocaron directamente sobre el clítoris y a los lados de los labios del coño, con una cinta adhesiva que tiraba de los vellos cada vez que respiraba. Claudia se agachó frente a mí, separó los pliegues con dos dedos secos y ajustó el electrodo con la misma parsimonia con que se enrosca una tuerca. Ni siquiera me miró la cara.
Me subieron a una cinta inclinada al máximo y la arrancaron sin aviso.
Los primeros veinte minutos fueron soportables. Había dolor, pero era el tipo de dolor que todavía entra dentro de lo humano. Las descargas llegaban sin patrón reconocible: primero un zumbido breve —una fracción de segundo que en realidad no servía de aviso para nada— y después el rayo. No es un dolor que queme por fuera. Es un fuego que convulsiona el músculo desde adentro, que lo obliga a contraerse sin consultarle al cerebro. En los pezones, la descarga subía directa a la garganta y se convertía en un sonido que no tenía forma de salir completo. En los muslos, la pierna entera cedía sola, y si no agarrabas la barra a tiempo caías de frente contra la cinta en movimiento, que te raspaba las palmas y el pecho como si fuera papel de lija. En el coño, la corriente era peor: entraba por el clítoris y se abría en abanico hasta el ombligo, un latigazo eléctrico que me obligaba a contraer el vientre, las nalgas y los muslos a la vez, y me hacía sentir cada milímetro de mucosa como si me hubieran metido una mano hirviendo entre las piernas. Cada descarga en esa zona me arrancaba un chorro de flujo tibio que corría por el muslo mezclado con el sudor.
Caí cuatro veces en tres horas. Cada vez un guardia me levantaba del suelo por el cabello y me volvía a poner en posición. Claudia no se movió del borde del patio en ningún momento. Solo cronómetro, solo mirada fría moviéndose de una a otra.
—Falta una hora, cerdas. La que pare antes, duplicamos mañana.
La segunda hora dejó de ser dolor. Fue otra cosa. Hay un punto al que llega el cuerpo donde ya no registra: simplemente funciona o colapsa, sin escala intermedia. Terminé en un charco de sudor y orina sin haber notado que estaba orinando. Cuando la cinta se detuvo, no pude levantarme durante más de diez minutos.
***
La sesión de las brasas fue otra semana. Nos pusieron en posición de plancha sobre una rejilla metálica a medio metro del suelo, con un brasero de carbones encendidos debajo. El calor subía desde el primer segundo: una ola seca que iba directa al vientre, a los pechos, a la cara. La instrucción era bajar lento, sin tocar las brasas, y volver a subir. Doscientas repeticiones.
La primera flexión fue extraña. La décima fue difícil. La treinta fue otra dimensión.
A las cincuenta mis brazos ya temblaban con ese temblor que no es voluntario sino mecánico: el músculo que empieza a fallar como un motor al que le falta aceite. En uno de esos fallos mi vientre rozó las brasas. El sonido fue lo peor: ese siseo breve y preciso, ese olor a piel chamuscada que te entra por la nariz y no te abandona en días. El dolor llegó un segundo después, porque el sistema nervioso tarda en procesar algo así, como si el cuerpo necesitara un instante para entender lo que acaba de pasarle.
Grité. Un guardia me azotó la espalda sin ninguna pausa.
—Sigue.
Hice doscientas. Al final, mi vientre era un mapa de ampollas que palpitaban con cada respiración, con cada latido, con el simple roce del aire.
***
Los azotes son lo cotidiano. Ya no me sorprenden aunque todavía duelan. Cualquier cosa es motivo: respirar demasiado fuerte, completar una repetición un segundo tarde, mirar en la dirección equivocada. Los instrumentos varían según el humor del guardia de turno: látigos de cuero que cortan, varillas que dejan moretones profundos que duran semanas, cables que hacen marcas irregulares. Mi espalda es ahora una acumulación de cicatrices superpuestas: las viejas en costra que se abren con los movimientos bruscos, las nuevas todavía sangrando, y en medio una capa de moretones amarillos y verdes que son los de la semana pasada.
Duermo cuatro horas por noche. A veces menos. La mente empieza a generar imágenes que no sé si son recuerdos o delirio.
***
Rebeca llegó al rancho cinco meses antes que yo. Bajó cerca de cuarenta kilos. Sus pómulos se marcan ahora con una precisión que no existía antes, y sus ojos tienen la mirada de alguien que dejó de buscar el horizonte y solo mira el siguiente paso, el siguiente minuto. Tiene siete meses más por delante y eso pesa en ella de una manera que se nota sin necesidad de decirlo.
Hablamos cuando podemos, en susurros, en los ratos muertos entre sesiones. Siempre dice lo mismo:
—Cada día es uno menos, Dani. Uno menos que quedan.
Lo dice como si dejara de creerlo el día que deja de repetirlo. Yo le digo que sí, que tiene razón, y pienso en los números: los que le faltan a ella, los que me faltan a mí. El alivio de no ser la que más tiempo lleva. La culpa de sentir ese alivio.
***
Las videollamadas con Rodrigo y Julián son los peores momentos de la semana. Peores que las brasas. Peores que los electrodos.
Aparecen en la pantalla y durante un segundo el cuerpo me pide que cuente todo. Que diga dónde estoy. Que grite los nombres de los guardias. Pero la celda tiene cámaras y micrófonos, y el contrato que firmé tiene cláusulas que prefiero no poner a prueba.
—Mamá, te extraño —dice Julián. Me cuenta de un partido, de algo del colegio, de sus amigos. Su voz tiene ese tono de niño que no sabe disimular la tristeza y la disimula igual.
—Estoy muy bien —le digo, forzando la voz hasta que suena casi natural. —Hacemos ejercicio todos los días. Me estoy poniendo muy fuerte.
Rodrigo me mira desde el otro lado con una preocupación que no sabe cómo nombrar. Dice que la casa se siente vacía, que nos esperan, que me cuide. Yo asiento. Sonrío. Espero que la conexión sea lo suficientemente mala para que no vea el estado de mis manos, las marcas que llegan hasta el cuello.
Cuando la llamada termina me quedo inmóvil en la silla varios minutos. El llanto no viene de golpe: se filtra despacio, como algo que busca las grietas.
***
Esta mañana Claudia anunció escalada. Una pared de concreto de tres metros, lisa, húmeda por el rocío de la madrugada. Una soga atada a la cintura como única asistencia. Diez minutos por intento. La que no llegara arriba antes de que se cumpliera el tiempo iba directo a la sala de corrección.
Empecé a trepar. Los pies desnudos buscaban cualquier irregularidad en el concreto. A dos metros y medio, las palmas cedieron: el sudor y el rocío combinados no dejaban tracción posible. Caí de espaldas. El impacto sacudió la columna con un dolor sordo que se sumó a los demás, al inventario permanente que ya tenía.
Los guardias me arrastraron antes de que pudiera intentar levantarme.
La sala de corrección siempre tiene una cinta. Me ataron muñecas y tobillos con correas, y me colgaron pesas de dos kilos de los pezones con pinzas de metal. Antes de encender la cinta, uno de los guardias —el más grande, el de la cicatriz en la ceja— se paró detrás de mí. Escuché el chasquido metálico del cinturón, el ruido seco de la tela cayendo al piso. No dijo nada. Me agarró de las caderas con las dos manos y me dobló hacia delante hasta que quedé apoyada de codos sobre la baranda de la cinta, con el culo levantado y las piernas abiertas por la fuerza de sus rodillas contra las mías.
Escupió una vez. Sentí el gargajo caliente estrellarse contra la raya del culo y bajar despacio hasta el coño. Después la presión: el glande gordo hundiéndose de golpe en la vulva seca, empujando los pliegues hacia adentro sin esperar a que el cuerpo se acomodara. Grité contra la baranda. Él me metió la polla entera de una sola embestida, hasta el fondo, y se quedó un segundo así, respirando encima de mi nuca, disfrutando la mordida del músculo cerrado alrededor de la verga.
—Cerda 317 —dijo, casi susurrando—. A ver si aprendes a subir la pared.
Empezó a follarme con un ritmo lento y calculado, echando todo el peso de la cadera en cada embestida. Cada empujón me metía la polla hasta la matriz y me hacía sentir el vello áspero de su pubis restregándose contra mis nalgas. La otra mano me sujetaba del pelo, tirando la cabeza hacia atrás para que no pudiera bajar la cara. El coño se fue mojando por el simple roce, por esa traición mecánica del cuerpo que se lubrica aunque el cerebro esté en otro lado, y sus embestidas empezaron a hacer un ruido húmedo y obsceno que se mezclaba con el zumbido de la cinta al arrancar.
Porque la cinta arrancó igual, con la polla adentro. A máxima velocidad e inclinación. Tuve que correr con él penetrándome, con el guardia siguiéndome el paso con la verga clavada hasta el fondo, las pesas de dos kilos bailándome en los pezones y las pinzas mordiendo cada vez más profundo. Cada zancada me abría más las piernas y él aprovechaba para meterla más adentro. Cada balanceo enviaba una oleada desde el pecho hasta la mandíbula, y cada embestida suya me arrancaba un quejido corto que ya no era decisión mía.
Después de un rato la sacó. La sentí salir con un ruido de succión y noté cómo el aire frío entraba de golpe en el coño abierto. No hubo pausa: la punta se colocó contra el agujero del culo y empujó sin lubricante, solo con el flujo del coño que había arrastrado con ella. El esfínter se resistió los primeros segundos —un anillo apretado y seco tratando de cerrarse contra algo que era el doble de grueso— y después cedió con un ardor tan intenso que sentí el sabor a metal en la boca. Me la metió hasta las bolas. Aullé. El látigo llegó al segundo siguiente: espalda, muslos, nalgas —encima mismo del punto donde la verga entraba y salía—, todo golpeado por el otro guardia que se había parado al costado y miraba con la mano ya dentro del pantalón. El primer golpe abrió algo que estaba a punto de cicatrizar. Sentí la sangre antes de sentir el ardor.
El de la cicatriz me folló el culo durante lo que me pareció una eternidad, embistiendo al ritmo de mis zancadas forzadas, gruñendo cada vez que la cinta me obligaba a apretar el paso. Cuando se corrió lo hizo adentro, con un rugido corto y feo, vaciándose en chorros calientes que sentí subir hasta el estómago. Se quedó unos segundos apoyado contra mi espalda, respirando fuerte, con la verga todavía enterrada y palpitando. Después la sacó de un tirón y el semen empezó a bajarme por el muslo mezclado con un hilo de sangre.
El otro no esperó. Me agarró del pelo, me giró la cabeza y me metió la polla en la boca de una embestida hasta la garganta. Tenía sabor a sudor rancio y a orina vieja. Me embistió la boca al ritmo de la cinta, sin dejarme respirar, ahogándome contra su pubis cada vez que quería tomar aire. Los ojos se me llenaron de lágrimas y de mocos que se mezclaban con la baba que caía sobre la cinta en marcha. Se corrió en tres embestidas cortas. Me tiró la corrida en el paladar y me apretó la mandíbula con una mano para obligarme a tragar. Tragué. Sentí el semen caliente bajando por la garganta y me quedó un regusto salado y amargo que no se fue durante horas.
Corrí una hora. Los últimos veinte minutos los hice con la visión reducida a un túnel que solo incluía la cinta inmediatamente delante de mis pies, con el coño y el culo latiendo al mismo ritmo, sintiendo el semen de los dos guardias bajarme por los muslos y secarse en costras pegajosas. Cuando la máquina se detuvo, tardé varios segundos en entender que había terminado. Los pezones estaban morados. La espalda, un desastre húmedo. Entre las piernas, un desastre distinto: el coño hinchado, el culo abierto que no cerraba del todo, y un hilo de semen y sangre que seguía cayendo al piso gota por gota.
***
Me llevaron a las duchas. Rebeca estaba allí, delgada y marcada, y cuando me vio la cara supo sin necesidad de preguntar. Nos abrazamos bajo el agua fría —aquí no existe el agua caliente— y no dijimos nada durante un rato. No hacía falta. Ella metió la mano entre mis piernas, sin morbo, solo para lavarme, y sentí el agua helada arrastrando la mezcla espesa que tenía adentro. Cuando sus dedos pasaron por el culo hinchado ni siquiera me quejé: era el único contacto suave que había tenido en meses. Después me apoyó la frente en el hombro y se quedó así, dejando que el chorro le cayera en la nuca.
En el rincón opuesto, un grupo de las veteranas rodeaba a una chica nueva. Llegó hace tres días y todavía llora sin contención, con la boca abierta. Las veteranas no tienen paciencia para eso. Rebeca y yo nos pegamos a la pared y miramos sin mirar, aliviadas de que esta noche no seamos nosotras.
Esa vergüenza —sentir alivio porque el dolor le toca a otra— es de las pocas cosas que todavía me produce una sensación clara.
***
De vuelta en la celda me acuesto en el catre. El cuerpo late con un dolor que ya no tiene nombre específico: es el fondo permanente sobre el que vivo, el volumen de base al que me acostumbré sin querer. La mente tarda en apagarse. Pienso en Rodrigo, en la cara de Julián cuando dice que me extraña, en la sonrisa que forcé durante la llamada y que ya no sé si alguna vez fue mía de verdad.
Miro la pared. Sesenta marcas.
Faltan muchas más.
Cierro los ojos. Mañana será igual, y el día siguiente también. Hasta que el cuerpo aguante o hasta que el calendario dé lo que prometió. Lo que llegue primero.
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