Iniciación brutal en la casa de las dominatrices
Un sonido fino y persistente sacó a Marco del sueño. Oyó pasos en el pasillo y lo comprendió de inmediato: era la señal de despertar para los esclavos. Se levantó y confirmó lo que esperaba: tres hombres desnudos, todos con bolas anales y dispositivos de castidad, se dirigían en silencio hacia la puerta del fondo.
Marco los siguió hasta el baño. Era una estancia diáfana de unos cincuenta metros cuadrados, diseñada con total desprecio por la intimidad. Seis retretes seguidos en la pared de la izquierda, sin mamparas ni separaciones. Seis lavabos en la pared de la derecha, cada uno con su espejo. Seis alcachofas de ducha empotradas en el techo, con desagües en el suelo.
Uno de los hombres terminó de orinar y se acercó a él.
—Tú debes ser el nuevo, al que llaman escoria, ¿no? Tienes media hora para asearte y desayunar. A las siete y media tienes que estar trabajando en la cocina conmigo. Soy Rodrigo.
Marco se quedó inmóvil.
—No te agobies —siguió Rodrigo—. La falta de intimidad es deliberada. Es el primer paso del proceso: tienen que despersonalizarte, hacerte perder los hábitos del mundo de afuera. Empieza cuanto antes. Si fallas, lo pagamos los dos, porque yo soy el responsable de enseñarte.
Marco obedeció. Fue lo más difícil que había hecho en mucho tiempo: sentarse en el retrete sin paredes, delante de hombres que tampoco tenían privacidad, hacerlo y no pensar más en ello. Tuvo una erección inmediata, contenida por el dispositivo de castidad.
Cuando subió a la cocina, Rodrigo le presentó a tres esclavos que ya trabajaban en silencio: Andrés, Felipe y Roberto. Un apretón de manos rápido, sin comentarios, y cada uno volvió a lo suyo.
—Está terminantemente prohibido hablar mientras trabajamos —explicó Rodrigo—. Solo hablo contigo hoy porque tengo autorización para enseñarte. A partir del lunes, silencio total durante las horas de trabajo. Ahora prepara el desayuno de Lady Claudia: té con leche, huevos revueltos sobre tostada y zumo de naranja recién exprimido. Habitación al final del primer piso, a la derecha. A las ocho tienes que estar allí.
Marco trabajó con cuidado. Hirvió el agua, la vertió sobre las bolsas de té en la tetera, hizo los huevos revueltos a fuego lento y exprimió las naranjas con atención para no desperdiciar nada. Colocó todo en una bandeja de mimbre —la taza, el azucarero, el recipiente con leche caliente, el vaso de zumo, el plato con las tostadas— y a las ocho menos tres minutos empezó a subir.
***
Llamó a la puerta con los nudillos y se abrió casi de inmediato.
Lady Claudia era una mujer de unos cuarenta años, alta, con el cabello recogido y una bata de seda. No lo miró a la cara.
—Pasa. Deja el desayuno en la mesa de la terraza y me esperas de rodillas, a mi derecha.
Marco obedeció. Mientras cruzaba la habitación, la inspeccionó: era amplia, con una cama grande de cabecero de hierro forjado, un ventanal con salida a la terraza y un tocador con dos butacas. El jardín, al fondo, estaba envuelto en la bruma de primera hora.
Se arrodilló junto a la mesa y esperó. Lady Claudia llegó unos minutos después, se sentó y desayunó sin prisa. Marco permanecía inmóvil, con la vista baja.
—Besa mis pies y permanece en silencio mientras termino.
Inclinó el cuerpo y besó el pie izquierdo, luego el derecho. Se mantuvo de rodillas durante toda la duración del desayuno.
Cuando ella terminó, no recogió los platos. En cambio, dijo:
—Quiero un masaje de pies. Sígueme a cuatro patas hasta el pie de la cama.
Marco gateó detrás de ella. Cuando llegaron, vio lo que no había notado antes: el cabecero de hierro forjado era en realidad un cepo, con dos orificios para las manos y uno central para la cabeza.
—De rodillas, espalda pegada a la cama. Mete las manos y la cabeza en los agujeros.
La madera cayó sobre su nuca y sus muñecas con un sonido seco. Lady Claudia pasó el candado. Marco quedó inmovilizado, de rodillas, la cabeza y las manos a la misma altura, la cara a escasos centímetros de la cama.
Claudia cogió dos pinzas de pezones unidas por una cadena y las enganchó con calma. A la cadena central unió una cuerda larga que dejó tendida a lo largo de la cama, y se tumbó sobre los cojines con un libro en la mano.
—Adora mis pies mientras leo.
Al principio no alcanzaba bien. Lady Claudia acercaba los pies de vez en cuando, lo suficiente para tentarle, y en ese movimiento tiraba de la cuerda, que tiraba de la cadena, que tiraba de los pezones. Marco aprendió a controlar la respiración. Cuando la Dueña se deslizó hacia abajo y dejó sus pies al alcance de su boca, empezó a lamer con atención.
Ella no lo miraba. Solo leía. Cambiaba de postura de vez en cuando, modificando el ángulo de sus pies con cada movimiento. Cuando el ritmo de Marco decaía, lo marcaba con un tirón brusco de la cadena que le recordaba que debía esmerarse.
Así pasó una hora.
Cuando Claudia se levantó y lo liberó del cepo, no lo hizo con satisfacción.
—Lavas los pies con mucha torpeza. Con frecuencia rozas con los dientes. En estas condiciones no sirves para lo que te voy a destinar. Tienes que mejorar.
Llamó a uno de los esclavos. Roberto apareció en menos de tres minutos: tocó la puerta, entró, se arrodilló y besó los pies de Claudia en señal de saludo.
—Roberto, enséñale a escoria tu dentadura.
Roberto, un hombre de unos cuarenta años con aspecto saludable, metió la mano en la boca y sacó una dentadura postiza perfecta. Sus encías quedaron al descubierto.
—Puedes retirarte.
Una vez a solas, Lady Claudia explicó:
—Roberto era igual de torpe que tú. No ponía cuidado, rozaba constantemente con los dientes. Lo castigaron muchas veces, estuvo en el agujero de aislamiento en varias ocasiones y aun así no aprendía. Al final no quedó más remedio que extraerle los dientes uno a uno. Ahora lame sin problema.
Hizo una pausa.
—Tú recibirás los veinticinco azotes rutinarios de la mañana más otros veinticinco por tu torpeza. Después permanecerás enjaulado en la mazmorra. Tu comida durante ese tiempo será pan y agua. Si no mejoras, ya sabes lo que te espera.
Marco intentó hablar.
—Señora, ¿puedo decir algo?
—Si es breve, sí.
—Uno de mis límites era las relaciones homosexuales, Señora. Cuando firmé el contrato...
—Cállate. Leíste lo que te interesaba leer y firmaste lo que te convenía firmar en el momento. Todo estaba incluido. Retírate.
Marco se giró para salir a cuatro patas cuando escuchó:
—Apúntate otros veinticinco azotes por retirarte sin besar mis pies.
Se dio la vuelta para acercarse y recibió una patada en la cara.
—Apártate de mi vista.
***
Bajó a la cocina con el cuerpo dolorido y la mente en blanco. Rodrigo lo vio entrar y le preguntó por los restos del desayuno. A Marco se le cayó el peso del error encima: los había dejado en la terraza.
Subió nuevamente, llamó, entró gateando, besó los pies de Claudia y pidió permiso para recoger la bandeja.
—Llévatelo —dijo ella—. Y apúntate otros veinticinco azotes por este descuido.
Cuando volvió a la cocina, Rodrigo le advirtió que se diera prisa: a las nueve y media, todos los esclavos recibían los azotes rutinarios de la mañana. Eran las nueve y veinte.
Marco fregó los platos a toda velocidad y siguió al grupo de esclavos que ya se dirigían en silencio hacia la mazmorra. Una vez dentro, se pusieron de rodillas en el centro y esperaron.
A las nueve y media entraron las tres dueñas de la casa.
Marco las vio por primera vez juntas. Claudia ya la conocía. Las otras dos eran Isabel y Diana. Cuando los esclavos las oyeron entrar, inclinaron las frentes hasta el suelo. Marco lo hizo un segundo tarde.
Claudia habló:
—Procederemos al castigo rutinario de veinticinco azotes para Rodrigo, Andrés, Felipe y Roberto. Escoria recibirá cien por sus continuos errores.
Isabel y Diana se sentaron en el sofá de cuero. Diana cogió el látigo.
Uno a uno, cuando Diana decía su nombre, el esclavo gateaba hasta el centro de la sala, besaba el látigo que se le ofrecía y se acercaba a la cruz de San Andrés. «De pie, de espaldas a la pared», ordenaba Diana. O «de pie, frente a la pared». Todos tenían cicatrices visibles en el torso y en la espalda. Algunos llevaban los pezones anillados con aros de metal. Todos aguantaban los veinticinco azotes sin gritar y al terminar besaban el látigo, luego los pies de Diana, y salían a continuar con sus tareas.
Era como un ritual. Frío y preciso.
Isabel y Claudia conversaban en el sofá mientras tanto.
—No creo que escoria aguante cien sin estar inmovilizado —dijo Claudia—. Todavía es muy blando.
—Yo tampoco creo —respondió Isabel—. Pero que se joda. Tiene que aprender de alguna manera.
—Por supuesto —añadió Claudia—. Pero hay que sujetarle y amordazarle. Si no, esto va a parecer que estamos matando a un animal.
Se levantó y susurró algo al oído de Diana.
***
Cuando Diana pronunció el nombre de Marco, este gateó hasta ella y besó el látigo. Diana le ordenó ponerse de pie y levantar los brazos. Los muñecos fueron sujetados a una cadena gruesa que colgaba del techo. Claudia enganchó una barra de acero de un metro entre los tobillos de Marco, separándole las piernas. Isabel introdujo una mordaza de bola en su boca y la ató a su nuca.
Sin pausa, empezaron los azotes.
Diana trabajaba con frialdad profesional. La punta del látigo llegaba al pecho y al abdomen, rodeando el tronco completo en cada golpe. Las marcas se abrían en el torso de Marco con una regularidad metódica. Al llegar al azote cincuenta, Diana se detuvo.
—Chicas, relevadme un momento. Me estoy poniendo muy cachonda y necesito sentarme. Rodrigo, ven aquí.
Rodrigo entró de inmediato. Diana se instaló en el sofá de cuero y ordenó que Rodrigo cumpliera con su deber mientras las otras dos continuaban con el castigo.
Fue Claudia la que tomó el látigo. Sus azotes tenían la misma intensidad que los de Diana, quizás más. Cuando llegó al setenta y cinco, se acercó a Marco, le quitó la mordaza y le habló al oído:
—Te avisamos de que esto era real. Que nos encanta hacer daño. A ver si al menos aprendes de esto.
Hizo una pausa.
—Te quito la mordaza para que grites. A Diana le excita oírte.
Y continuó.
Diana, sentada en el sofá con Rodrigo arrodillado ante ella, se removía cada vez más. Los gritos de Marco llenaron la mazmorra. Diana estalló justo antes del latigazo cien.
Claudia terminó con calma.
Marco fue soltado de la cadena y se desplomó en el suelo. El torso entero marcado, con sangre fluyendo en algunas líneas. Claudia le ofreció el látigo a la cara. Marco lo besó con los labios temblorosos.
Diana se levantó del sofá y dijo:
—Rodrigo, has estado magnífico. Ahora ocúpate de escoria. Aplícale las cremas habituales para que cierren las heridas.
Las tres dominatrices salieron de la mazmorra.
***
Rodrigo quitó la barra de los tobillos de Marco y comenzó a aplicar crema sobre las marcas con movimientos cuidadosos.
—Tranquilo —dijo—. Al principio resulta duro. Luego te acostumbras y terminas encontrando sentido a esto. Las heridas cierran. El dolor se integra.
Marco respondió con dificultad.
—Quizás. Pero no estaba preparado para tanto.
—Nadie lo está el primer día —dijo Rodrigo—. Ahora tengo orden de enjaularte durante veinticuatro horas.
La jaula estaba a la derecha de la mazmorra, frente al sofá de cuero. Medía un metro de alto, cincuenta centímetros de ancho y metro y medio de largo. Marco entró gateando. Rodrigo cerró la puerta con un candado y se fue sin decir nada más.
Diez minutos después apareció Claudia. Traía muñequeras y tobilleras de acero y unas pinzas japonesas. Abrió la jaula y ordenó salir a Marco.
—Permanecerás enjaulado veinticuatro horas. Solo saldrás para los azotes de la mañana y los de la noche. Comerás dentro. Si necesitas orinar o defecar, lo harás encima. Cuando te liberemos mañana, lo limpiarás tú mismo.
Le colocó las tobilleras y muñequeras, luego las pinzas en los pezones, unidas por una cadena, y le ordenó entrar. Una vez dentro, inmovilizó cada muñeca y cada tobillo a los barrotes laterales con cadenas más cortas. Cerró la jaula y se fue.
Marco quedó inmóvil. Los pezones ardiendo bajo las pinzas. El torso todavía con el calor de los cien azotes.
Llevaba menos de veinticuatro horas en régimen de esclavitud real. No se parecía en nada a las sesiones que había tenido antes: aquello eran encuentros acordados, con límites consensuados, con la salida siempre visible. Esto era otra cosa. Era una propiedad. Lo que importaba aquí no era su comodidad ni sus preferencias, sino el beneficio que la casa obtuviera de él.
Lo que más le perturbaba no era el dolor de los azotes, que ya empezaba a integrarse en su cuerpo como algo asumido. Era haber firmado un contrato sin leerlo. Era haber cruzado el límite de las relaciones homosexuales sin haberlo decidido conscientemente. Y era, sobre todo, la mezcla incómoda de humillación y algo que no sabía nombrar todavía, pero que no era exactamente arrepentimiento.
En el porche, las tres dominatrices conversaban.
—¿Qué opináis de escoria? —preguntó Diana—. Me parece un poco blando para esta casa.
—A mí también —respondió Claudia—. Pero es joven y su experiencia se limitaba a sesiones con profesionales. Nada que ver con esto. Aun así ha aguantado el castigo sin pedir que se acabara.
Hizo una pausa y añadió:
—He investigado su situación profesional. Es un ingeniero estructural con muy buen currículum, a punto de conseguir un puesto de socio en una firma importante. Sus ingresos van a crecer de manera significativa en los próximos años. Vale la pena trabajarlo, reeducarlo bien y convertirlo en esclavo fijo. Yo me encargo de moldearlo.
***
El día fue largo para Marco. Aburrido y monótono dentro de la jaula, interrumpido solo por la llegada de Rodrigo con la comida: un bol grande de agua y otro más pequeño con pan duro. Sin decir una palabra, Rodrigo metió los boles entre los barrotes y salió.
Marco tenía sed y tenía hambre, pero con las muñecas encadenadas no podía coger los boles con las manos. Bebió el agua sorbiéndola desde el suelo, como hacen los perros. Comió lo que pudo del pan duro.
Su mayor preocupación, a medida que pasaban las horas, fue la necesidad de orinar. Ya había asumido que ocurriría. Y ocurrió. Un charco pequeño se formó bajo su cuerpo en el suelo de la jaula.
Rodrigo pasó unas horas después para retirar los boles sin decir nada. Luego volvieron el silencio y la oscuridad.
***
Cuando se encendieron las luces, los cuatro esclavos entraron en la mazmorra y se pusieron de rodillas. Llegó Claudia, sola esta vez. Las frentes cayeron al suelo.
—Procederemos al castigo rutinario de veinticinco azotes para Rodrigo, Andrés, Felipe y Roberto. Escoria permanecerá en la jaula hasta que llegue su turno.
Uno a uno, el mismo ritual: gatear, besar el látigo, levantarse, aguantar los azotes, volver a besar, besar los pies de Claudia y salir. Nadie gritó. Nadie protestó.
Cuando Claudia terminó con Rodrigo, dijo:
—Rodrigo, antes de irte: libera a escoria, tráele al centro y átale a la polea del techo.
Marco fue sacado de la jaula, atado a la polea con los brazos en alto, y esperó en silencio, por indicación de Rodrigo, a que Claudia volviera. Cuando lo hizo, portaba un látigo largo que ofreció a Marco para que lo besara. Marco lo besó.
Los veinticinco azotes nocturnos fueron ejecutados uno a uno, en silencio total. Claudia no dijo nada durante el castigo. Marco tampoco gritó.
Al terminar, Claudia lo liberó de la polea y lo arrastró de rodillas hasta la jaula. Lo inmovilizó de nuevo, esta vez con cadenas más largas que le permitían recostarse sobre un costado. Le quitó las pinzas de los pezones.
El dolor fue intenso durante los primeros minutos. Luego fue cediendo lentamente.
Antes de irse, Claudia dijo sin mirarlo:
—Ya veo que te has orinado. Espero que no te ensucies, porque lo limpiarás con la lengua. Hasta mañana.
Rodrigo pasó más tarde con un bol de agua.
—Lady Claudia dice que como no comiste el pan de esta tarde, no tienes hambre. Solo agua para esta noche. Descansa.
Marco bebió un poco, se recostó sobre el costado izquierdo y cerró los ojos.