Todo lo que le haré cuando la tenga frente a mí
La carpeta no tiene nombre llamativo. Está entre otras que contienen recibos, capturas de pantalla de trabajo y fotos de viajes sin ningún orden particular. Quien la encontrara no entendería nada. Pero yo sé lo que hay dentro, y esta noche, como tantas otras noches, la abro antes de dormir.
Son más de doscientas imágenes. Doce vídeos. Todo lo que ella me ha enviado a lo largo de estos meses, cada foto y cada grabación que le he ordenado hacerse. El archivo más antiguo tiene fecha de octubre. Hoy es marzo.
Ella tiene nombre, claro. Pero cuando pienso en ella, no lo uso. En mi cabeza tiene otros: mi objeto, mi herramienta. Palabras que, curiosamente, fue ella quien propuso la primera noche que me escribió, hace ya casi seis meses. Su mensaje llegó directo, sin rodeos: decía que llevaba tiempo buscando a alguien que fuera capaz de asumir el control total, que no negociara, que no cediera. Que si yo era ese alguien, ella haría lo que dijera.
No respondí de inmediato. Tardé dos días en escribirle. En parte porque quería ver si volvía a intentarlo. En parte porque necesitaba decidir si era real o si era otra persona que fantasea con la sumisión pero luego pone veintiún condiciones. Volvió a escribirme al día siguiente. Una sola línea: «Sigo aquí.»
Eso fue suficiente.
Empezamos esa misma noche.
***
La primera orden fue simple: una foto frente al espejo del baño, sin ropa, con los ojos bajos y los brazos a los lados. Sin posar. Sin filtros. Sin nada que fuera una actuación. Solo lo que había ahí.
La envió en menos de diez minutos.
Miré esa foto mucho tiempo antes de responder. No porque me dejara sin palabras, sino porque quería entender qué clase de persona era capaz de hacer eso: obedecer una instrucción de alguien que no conoce de nada, sin saber adónde va a llevar, sin garantías de ningún tipo. La conclusión a la que llegué es que es exactamente el tipo de persona con la que esto funciona. No actúa por impulso. Actúa porque ha tomado una decisión y la mantiene.
Le pregunté por sus límites antes de continuar. Me dijo que no tenía. Le pregunté si quería una palabra de seguridad. Me dijo que no. Le volví a preguntar, semanas después, cuando llevábamos un mes y la naturaleza de las órdenes había cambiado bastante. La respuesta fue la misma: ninguno, no. Le creí porque sus actos eran coherentes con sus palabras, y en este tipo de dinámica, eso es lo único que importa realmente.
***
Paso entre las fotos sin apuro. Las conozco de memoria, pero igual las miro. Hay algo en ese ritual que no tiene que ver solo con la excitación física. Tiene que ver con el repaso, con recordar el recorrido. Cada imagen marca un momento distinto, una orden cumplida, un paso más allá de lo que vino antes.
Me detengo en el vídeo del pasillo.
Dura dos minutos y cuarenta segundos. Ella está en el corredor de su casa, en ropa interior, con la puerta del dormitorio a sus espaldas. Al otro lado de esa puerta está su novio. Se escucha el televisor encendido, voces de fondo de algún programa nocturno. Él no sabe nada de esto. Lleva sin saber nada desde el principio.
En el vídeo, ella obedece la instrucción que le di esa tarde: arrodillarse en el pasillo y grabar durante tres minutos, sin hablar, sin tocarse, solo estar ahí de rodillas esperando. Lo consiguió en dos minutos y cuarenta segundos antes de que él saliera del cuarto.
No hay nada explícito en ese vídeo. Y sin embargo es el que más me altera de todos.
Hay algo en esa imagen que concentra todo lo que me atrae de esta dinámica: ella eligió arrodillarse en ese corredor, con su novio a tres metros, porque yo se lo dije. No porque tuviera miedo de lo que pasaría si no lo hacía. No porque no pudiera negarse. Porque quiso hacerlo, y quiso hacerlo exactamente así, con ese riesgo y en ese momento.
Pongo el vídeo dos veces. A la segunda, me saco la polla y empiezo a masturbarme despacio.
***
Llevo meses construyendo en detalle el día en que la tenga delante.
Tengo claros los primeros minutos: que llegue sin ropa interior, con ropa que pueda quitarse rápido, sin perfume, con el pelo suelto. Que no hable a menos que le pregunte. Que me mire al entrar, pero que baje los ojos en cuanto le señale el suelo.
Lo que viene después tiene menos forma fija, porque sé que cuando suceda de verdad la planificación va a saltar por los aires. Hay algo en la presencia física de una persona que cambia todo: la temperatura, el sonido de la respiración, el peso real de alguien de rodillas frente a ti. Meses de pantalla y de órdenes a distancia van a colapsar en algo que todavía no puedo imaginar del todo, aunque lo intento cada noche.
La imagino nerviosa al entrar. Con esa mezcla específica de miedo y determinación que describe cuando me escribe justo antes de cumplir alguna orden difícil: ese momento en que ya decidió pero el cuerpo todavía no lo sabe del todo. Ese momento me interesa más que cualquier otro. Quiero verlo en su cara desde el principio.
La hago esperar un momento. Le señalo el suelo con un gesto. Ella entiende.
Se arrodilla.
Y algo en mí cambia de marcha en ese instante.
***
Las escenas que fantaseo no siguen un orden lineal. Se superponen, se interrumpen, vuelven a aparecer con detalles distintos. La veo con las manos atadas a la espalda, intentando mantener el equilibrio sobre las rodillas sin poder apoyarse en nada. La veo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos llenos de lágrimas que no le pido que retenga. Escucho el sonido de su respiración entrecortada, ese sonido que no sé todavía cómo suena en la realidad pero que ya existe en mi cabeza con suficiente precisión como para que casi pueda recordarlo.
Le tiro del pelo para obligarla a mirarme.
Me gusta ese detalle: el momento en que los ojos de alguien tienen que encontrar los tuyos sin que tengan otra opción. Hay una honestidad en eso que es difícil de conseguir de otra manera. La piel enrojecida, la mandíbula tensa, el instinto que empuja a desviar la mirada y la decisión de no hacerlo.
La obligo a abrir la boca.
Me imagino empujar más allá de donde su garganta quiere llegar, sentir la resistencia, escuchar el sonido húmedo de su cuerpo adaptándose. Las lágrimas son inevitables en ese punto. La saliva corre sin control. Y ella no va a pedir que pare, porque me lo dijo desde el principio:
—No te preocupes por mí. Haz lo que quieras.
Lo primero que respondió cuando le pregunté si había algo que le preocupara de esto. No lo olvidé.
La lleno. La obligo a tragarlo. Y la quiero mirándome todo el tiempo.
***
Me he preguntado más de una vez qué es lo que ella busca realmente en esto.
No me refiero a la parte física. Me refiero a lo que hay debajo. Con las personas que tienen este tipo de deseo, la entrega total casi siempre viene de un lugar que tiene poco que ver con el sexo en sí mismo. Hay algo que se libera cuando dejas de tomar decisiones, cuando alguien más carga con ese peso por un rato. Una especie de alivio que no encuentran de ninguna otra manera.
Ella me lo describió una vez, en un mensaje que tardó casi una hora en enviar. Decía que era la única situación en que su cabeza se callaba. Que afuera de esto siempre había ruido, listas, obligaciones, cosas pendientes. Que cuando cumplía una de mis órdenes, todo eso desaparecía.
No sé si eso la hace más o menos vulnerable. No sé si debería importarme más de lo que me importa. Lo que sé es que lleva meses tomando esa decisión de manera consistente, sin que nadie la presione, y que cuando le pregunto, me dice lo mismo: que es exactamente lo que quiere.
***
Estoy cerca. Mantengo un ritmo constante y tengo los ojos entrecerrados.
Busco el vídeo más reciente. Lo grabó hace diez días, de noche, con la única luz de la pantalla del teléfono iluminando su cara. Le pedí que se pusiera de rodillas frente a la cámara y que me mirara durante cinco minutos sin moverse, sin hablar, sin hacer nada más. Solo mirarme.
Los primeros dos minutos se nota que le cuesta mantenerse quieta. Hay algo en su postura que delata el esfuerzo de no moverse. En el tercero empieza a ceder, no en el sentido de rendirse, sino en el sentido de que el cuerpo deja de pelear y acepta la posición. La tensión en los hombros desaparece. La respiración se vuelve más regular.
Y cerca del minuto cuatro, algo cambia en su cara.
Un cambio pequeño, casi imperceptible si no sabes lo que estás mirando. Los ojos se relajan pero no se cierran. La boca se abre ligeramente. Es como si en ese momento hubiera dejado de estar en ningún otro lugar que no fuera justo ahí, de rodillas en esa habitación, mirándome a través de una pantalla.
Ese momento.
Me corro pensando en ese momento exacto, en ella de rodillas en el pasillo oscuro con el televisor encendido al otro lado de la puerta.
Después me quedo quieto. La pantalla del teléfono se apaga sola. Me limpio despacio, sin apuro, y me quedo mirando el techo un momento. Pienso en que la próxima vez que le escriba voy a decirle que el día que tiene en la cabeza, el que lleva meses esperando, ya está más cerca de lo que cree.