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Relatos Ardientes

La reunión donde el director acabó suplicando

Carla, Lucía, Daniela y Beatriz llevaban años conociéndose. Sus cuatro hijos compartían pupitre desde primero de primaria, y entre tantas reuniones y cumpleaños se había forjado una amistad sólida. Rondaban los treinta y cinco, los cuarenta. Vidas normales: dos amas de casa con la excedencia recién renovada, una contable que había pedido el día libre, y una profesora de teatro que daba clases de arte dramático en una academia del centro.

Esa mañana, sin embargo, las cuatro caminaban en silencio por el pasillo del colegio con la cabeza baja, como si fueran ellas las castigadas. La tutoría no la convocaba el tutor. La convocaba el director.

—Pasen y siéntense —dijo don Ricardo desde su sillón sin levantarse.

Era un hombre alto, canoso, con esas gafas de montura fina que se quita cada vez que necesita parecer importante. A su lado, de pie, esperaba el tutor: don Vicente, calvo, barbudo, con un tono de voz nasal que rozaba el chillido. Llevaba un dosier en la mano y temblaba de pura indignación contenida.

—Ya está bien —empezó Vicente sin saludar—. Las pintadas en el muro, los petardos dentro de la pizarra, el aceite en los pupitres del aula tres. Sus hijos son una vergüenza.

Beatriz, la mayor de las cuatro, levantó una ceja. Tenía cuarenta y un años y un carácter que llevaba apretado desde hacía demasiado tiempo.

—Disculpe —dijo con calma—. ¿Por qué siempre son nuestros hijos? En este colegio hay trescientos críos.

—Porque siempre son los suyos —escupió Vicente. Y escupió literalmente. Una gota viajó por encima del escritorio y cayó sobre la blusa blanca de Beatriz.

Ella se quedó mirando la mancha. No dijo nada todavía.

El director se aclaró la garganta y soltó la frase que llevaba ensayada.

—Señoras, traigo aquí la propuesta de expulsión. Quince días para los cuatro. Tienen un perfil de salvajes que no podemos seguir tolerando.

—¿Salvajes? —Carla, la más joven, dio un pequeño golpe sobre la mesa con la mano abierta—. ¿Mi hijo es un salvaje?

—Es la palabra correcta —contestó don Ricardo.

Lucía, la profesora de teatro, no había abierto la boca todavía. Se acomodó en la silla, cruzó las piernas y observó la escena como quien estudia un guion. Daniela, sentada a su lado, se masajeaba los nudillos sin darse cuenta.

Vicente decidió rematar. Volvió a escupir al hablar.

—Sí, sí, sí, cuatro salvajes hijos de…

No terminó la frase.

Beatriz se puso de pie con un movimiento limpio y le clavó la rodilla entre las piernas. El golpe sonó sordo, sucio. Vicente se dobló, se le cayeron las gafas y emitió un quejido tan agudo que parecía sacado de una broma. Cayó de rodillas y se abrazó la entrepierna como si quisiera protegerla del mundo entero.

—¿Qué hacen? ¡Locas! ¡Las voy a denunciar! —Don Ricardo se levantó del sillón con la cara desencajada, dispuesto a llegar a la puerta.

No llegó.

Daniela se interpuso. Llevaba practicando kárate desde los diecisiete años y tenía cinturón negro segundo dan. Le cogió el brazo con una llave seca, le hizo girar la muñeca hasta que el director gritó, y con la otra mano le aplicó un golpe corto en la nuca que lo dejó arrodillado en la moqueta.

—Quietecito —susurró Daniela—. Ni un grito.

Lucía, todavía sentada, sonrió.

—Cierra la puerta —dijo en voz muy baja.

Carla giró la llave del despacho. Click.

***

Lo siguiente fue rápido y silencioso.

Beatriz sacó del bolso un rollo de cuerda de algodón. Llevaba años cargándolo «por si acaso» sin terminar de admitir para qué. Carla la ayudó a maniatar al director en su propio sillón, brazos a la espalda, tobillos a las patas. Daniela sentó a Vicente en una de las sillas de visita y le hizo lo mismo con un nudo doble que el calvo no iba a deshacer ni en una hora.

—Caballeros —dijo Beatriz cuando los dos estuvieron amarrados—, vamos a hablar como personas. Ustedes rompen ahora mismo el expediente. Nosotras nos vamos. Esto no ha pasado.

—Hijas de puta —masculló don Ricardo. Le quedaba dignidad para los insultos, no para mucho más.

Carla le cruzó la cara con la mano abierta. La bofetada le dejó marcadas las yemas en la mejilla.

—Otra vez —dijo Lucía desde su silla, sin moverse—. Más fuerte.

Carla obedeció.

El director apretó los dientes y volvió a llamarlas locas. Al tercer intento de insulto, Carla se levantó la falda con un gesto rápido y profesional, se bajó las bragas hasta los tobillos y se las quitó. Eran negras, de algodón, y traían una mancha oscura en la entrepierna.

—Tengo el periodo —avisó con voz dulce—. Espero que no le dé asco.

Le metió las bragas en la boca al director. Las empujó con dos dedos hasta el fondo, hasta que él tuvo arcadas. Cuando retiró la mano, un hilo rojo le bajaba por la comisura.

Beatriz miraba la escena con los labios entreabiertos.

—Joder, tía.

—A mi marido le encanta —contestó Carla encogiéndose de hombros—. Y antes que él, a unos cuantos. Hoy le toca a este cabrón.

***

Vicente intentó gritar. Beatriz le tapó la boca con la mano, encendió un cigarrillo con la otra y le sopló el humo en la cara. La ceniza le cayó sobre la barba.

—No fumo nunca —dijo ella—. Pero hoy hago una excepción.

Le apagó la colilla en el dorso de la mano del tutor. Un olor breve a piel quemada llenó el despacho. Vicente forcejeó con la cuerda, sacudió las piernas, intentó suplicar a través del puño de Beatriz. Ella aflojó la mano lo justo para escuchar.

—Por favor —gimió—. Por favor.

—«Por favor», ¿qué? —preguntó Lucía desde la otra punta de la mesa.

—Anulo el expediente. Anulo el expediente.

Lucía se levantó por fin. Cogió el dosier del escritorio del director, sacó las hojas membretadas, las desgarró por la mitad y dejó los trozos sobre el regazo de Vicente. El tutor se echó a llorar en silencio.

—Falta el otro —dijo Daniela.

Don Ricardo, que había estado intentando escupir las bragas con la lengua, levantó la cabeza con los ojos llenos de odio. La saliva mezclada con sangre le había manchado la camisa.

Daniela se acercó por detrás. Le agarró del pelo con una mano y le restregó la mejilla contra la madera del escritorio. Tres veces, sin prisa, como quien limpia una mancha.

—Mírame —le ordenó al oído—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo aguantando que nos hables como si fuéramos basura? Cada reunión, cada nota en la agenda, cada llamada. ¿Sabes cuánto tiempo?

El director hizo un sonido ahogado.

—Demasiado —contestó ella sola—. Hoy se acaba.

Le aflojó las bragas de la boca lo justo para que pudiera hablar. Don Ricardo escupió, tosió, pidió aire.

—Anulo… anulo la expulsión. Todo. Lo juro.

—Júralo otra vez.

—Lo juro.

—Más fuerte.

—¡Lo juro!

—Bien.

Daniela bajó la mano libre, le buscó la entrepierna por encima del pantalón y le apretó los testículos con la fuerza justa para que él entendiera lo que podía pasar si retractaba una sola palabra. El director gimió como un animal pequeño y se le humedeció el pantalón por delante.

—Se ha meado —comentó Carla.

—Mejor —dijo Beatriz—. Así lo recuerda mejor.

***

Lucía sacó del bolso una bolsa de plástico transparente, de las del supermercado. La sostuvo a la altura del rostro del director y se quedó mirándolo con una expresión que no era ira, ni asco, ni siquiera diversión. Era algo peor: una calma absoluta. Como si estuviera midiendo cuánta resistencia podían soportar sus pulmones antes de fallar.

Don Ricardo dejó de moverse del todo.

—Tranquilo —dijo Lucía sin levantar la voz—. No la voy a usar. Solo quería que supieras que podía.

Dobló la bolsa con cuidado y se la guardó otra vez en el bolso.

—Esto es lo que va a pasar —continuó—. Ustedes dos van a romper el expediente delante de nosotras. Lo van a tirar a la papelera. Mañana, cuando llegue el inspector que sé que tiene previsto venir el lunes, le van a contar que los críos se han portado bien estas últimas semanas, que es solo cosa de la edad, que han hablado con las familias y que está todo en orden. Y nunca, nunca, van a volver a llamar salvajes a unos niños de diez años delante de sus madres. ¿Está claro?

Los dos asintieron. Vicente lloraba sin disimulo. Don Ricardo tenía la mirada baja y la boca abierta de la que aún colgaba un hilo rosado.

—Una cosa más —añadió Lucía—. Si a alguno de ustedes se le ocurre denunciar esto, mañana mismo aparece en internet una grabación del despacho. Carla lo ha grabado todo desde el bolso. Las bragas, la patada, la meada. Todo.

Carla levantó el móvil con una sonrisa breve. No estaba grabando nada, pero ellos no tenían cómo saberlo.

—Y aunque no lo hubiera grabado —remató Beatriz—, ¿de verdad creen que alguien va a creerse que cuatro madres de tercero de primaria los redujeron en su propio despacho? Quedarían como dos imbéciles. Y como ustedes son funcionarios, además se quedarían sin trabajo.

***

Las cuatro tardaron diez minutos en deshacer los nudos. Se aseguraron de que Vicente recogiera él mismo las hojas rotas y las metiera en la papelera. Don Ricardo, todavía con la prenda de Carla colgándole de un labio, se ofreció a acompañarlas a la salida. Beatriz declinó con un gesto.

—Quédese aquí. Tiene que cambiarse el pantalón.

Salieron del despacho una detrás de otra, ordenadas, sonrientes para el conserje. Cruzaron el patio en silencio hasta llegar al coche de Daniela. Solo cuando cerró la puerta del conductor, Beatriz se echó a reír. Una risa rara, nerviosa, que se contagió a Carla y luego a Daniela. Lucía, en el asiento del copiloto, se miraba las manos con una expresión que no era exactamente alegría.

—Joder, Lucía —dijo Carla desde atrás—. Lo de la bolsa me lo creí yo y todo. Pensé que ibas a hacerlo.

Lucía giró la cabeza hacia ella y le guiñó un ojo.

—Soy actriz, boba. La mejor de la academia. ¿Tú nunca has hecho un papel de psicópata?

—Pues no.

—Pues prueba. Engancha.

Daniela arrancó el coche.

—¿A dónde? —preguntó.

Beatriz miró el reloj del salpicadero. Eran las once y media. El recreo no terminaba hasta las doce.

—A casa de alguna —contestó—. Necesito una copa. Y me sobra mucho día por delante.

El coche salió del aparcamiento sin prisa. En el despacho del director, dos hombres se preguntaban en silencio cómo iban a explicar la próxima media hora sin que nadie se enterara de nada. Y, en el fondo, ninguno de los dos se atrevía a admitir lo único que de verdad les daba miedo: que aquellas cuatro mujeres volvieran al colegio el mes siguiente a por una nueva tutoría.

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Comentarios (7)

Kike_BA

Tremendo relato!! me encanto de principio a fin

SilviaMar77

Que manera de construir tension desde la primera linea. Espero que haya segunda parte porque me quede con ganas de mas!

valentina_lp

increible!!! de los mejores de esta categoria

JoaquinDelSur

No me esperaba ese giro. Bien escrito y sin caer en lo burdo, felicitaciones.

Marcos_Riv

Me encanta cuando los roles se invierten de esta forma. Muy bien narrado, se siente autentico.

Sebas22

buenisimo!! queremos mas de estos relatos

MarcelaH

Me quede pegada leyendo de corrido. La tension que genera desde el inicio es adictiva. Sigue asi!

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