Cuando mi esposa me ofreció una noche con su hermana
El crucero por el Mediterráneo fue idea de Lorena, mi esposa. Llevábamos meses planeándolo: una semana en barco, ella, yo y los chicos. A último momento se sumó Carolina, su hermana, que estaba pasando por una temporada difícil y que necesitaba, según Lorena, «un poco de aire». Yo no puse objeciones. Carolina me había generado desde siempre una tensión silenciosa que aprendí a guardar sin saber bien adónde.
El barco era enorme. Ocupamos dos camarotes contiguos: el nuestro y el de Carolina, que viajaba sola. Los primeros días transcurrieron entre piscinas, cenas y vino blanco frío. Las dos hermanas se reían juntas, compartían recuerdos, se perdían por cubierta durante horas. Yo las observaba a las dos. Tan distintas y tan complementarias.
Lorena tenía el tipo que siempre me había atraído: curvas generosas, piel clara, boca grande y expresiva. Carolina era su opuesto en casi todo: delgada, morena, con unos ojos claros que contrastaban con su tez oscura. Donde Lorena era suave y redondeada, Carolina era angular y nerviosa. Ambas me ponían igual de tenso, aunque por razones distintas.
Desde el primer día dormí con Lorena. Aunque llegaba cansada a la noche, en cuanto yo la tocaba en la oscuridad del camarote algo en ella cedía, y terminábamos enredados en las sábanas hasta tarde. Era parte del ritual, y me gustaba.
***
Al quinto día del viaje, a media tarde, Lorena se sentó en el borde de la cama mientras yo leía. Tenía esa expresión de cuando quería decirme algo pero no sabía cómo empezar.
—Carolina está muy tensa —dijo finalmente—. Lleva meses sin salir con nadie. Creo que necesita algo.
Cerré el libro y la miré.
—¿Me estás pidiendo lo que creo que me estás pidiendo?
—Sé que te gusta. No me molesta admitirlo. —Lorena levantó una ceja—. Yo me quedo con los chicos esta noche. Tú arréglate con ella.
No supe qué decir. Me quedé callado un momento, esperando que añadiera algo, que retirara la propuesta, que dijera que era una prueba. Pero Lorena se levantó, agarró su bolso y salió del camarote como si acabara de proponerme ir al bar de la popa.
Pasé la siguiente hora sin poder pensar en otra cosa.
***
A las diez de la noche llamé a la puerta de Carolina. Me abrió en ropa interior, un conjunto de encaje negro que no parecía elegido al azar. Si Lorena le había dicho algo, Carolina se había preparado.
—Veo que Lorena habló —dije.
—Sí. —Me miró directo a los ojos, sin apartar la vista—. ¿Vas a entrar o me vas a dejar con la puerta abierta toda la noche?
Entré. Cerré la puerta. La tomé de la cintura y la besé. Era la primera vez que la besaba, y su boca era todo lo que había imaginado: grande, carnosa, cálida. Carolina respondió sin dudarlo, con las manos en mi nuca.
La llevé a la cama. Le quité el corpiño sin apuro y le corrí la ropa interior a un lado. Estaba húmeda antes de que yo hiciera nada. La besé entre las piernas con calma, sin prisa, con la lengua presionando exactamente donde debía. Ella se retorció y me agarró del pelo.
—Por favor —dijo en un susurro ronco—. Ya. Ahora.
No necesité más indicaciones.
Fue breve, intenso, sin rodeos. Carolina me clavó las uñas en la espalda y cerró los ojos. Acabamos casi al mismo tiempo, con sus labios ahogando un grito contra mi hombro.
Después, cuando el silencio del camarote se asentó, Carolina me miró y sonrió.
—Ahora anda a dormir con tu esposa. Yo ya estoy bien.
***
Al día siguiente, en el desayuno, llegué un poco más tarde que ellas. Las encontré en la terraza del comedor, con café y frutas. Cuando me vieron, Carolina bajó la mirada hacia su taza y se sonrió sola. Lorena me recibió con una sonrisa amplia.
—Dormiste bien —dijo. No era una pregunta.
—Muy bien —admití, sirviéndome café.
—Esta noche —dijo Lorena con esa calma suya—, me toca a mí. Y quiero que me des por atrás.
Carolina levantó la vista. Nos miró a los dos.
—¿Por atrás? ¿En serio? —Frunció el ceño—. ¿No duele?
—Depende de cómo lo hagan —respondí.
—Yo lo intenté una vez —dijo Carolina, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Fue horrible. Tuve que pedirle que parara.
—Con el tiempo y la lubricación correcta, no debería doler —dije—. Si se hace bien, es todo lo contrario.
—Eso dice él —intervino Lorena—, y tiene razón. Tardé en aprenderlo, pero ahora a veces le pido que sea más brusco.
Carolina las miraba con una mezcla de incredulidad y curiosidad que no lograba disimular del todo.
—No les creo —dijo finalmente.
—Podría demostrártelo —le dije, sin haber pensado del todo en las consecuencias.
El silencio que siguió fue muy elocuente.
***
Esa tarde los tres fuimos al sex shop del barco, un local pequeño entre la sala de juegos y el casino. Yo compré lubricante. Lorena y Carolina recorrieron las vitrinas con la misma actitud que tendrían en una farmacia: evaluando opciones, leyendo etiquetas.
Vi el momento en que Carolina se detuvo frente a una vitrina lateral. Dentro había un arnés de cuero negro con un consolador de látex sujeto a la cintura, enorme, de un grosor considerable. Carolina lo miró durante varios segundos sin decir nada.
—¿Pensando en alguien? —le dije, acercándome.
Ella se sonrojó y apartó la vista.
—Me preguntaba qué se siente —murmuró—. Tenerlo, digo.
—Si quieres, puedes alquilarlo —dije.
—No digas tonterías —respondió, aunque siguió mirándolo un momento más antes de alejarse.
El paseo me dejó pensando. Estábamos los tres en ese umbral donde cualquier cosa parecía posible si alguien lo decía en voz alta. Decidí decirlo.
—Tengo una condición —anuncié cuando salimos del local—. Si quieren que esta noche hagamos lo que hablamos en el desayuno, necesito algo a cambio.
Lorena cruzó los brazos.
—¿Qué clase de condición?
—Que se besen. Y algo más. Entre las dos.
Lorena abrió la boca para decir algo, pero Carolina la interrumpió:
—Lorena, tampoco es tanto. Si eso lo pone contento, ¿qué perdemos?
Lorena me miró con esa expresión que mezcla irritación con resignación cómplice.
—Eres un aprovechador —dijo.
—Sí —admití—. ¿Entonces?
—Está bien —cedió—. Pero sabe que te lo voy a cobrar.
No entendí del todo el comentario en ese momento.
***
Esa noche Carolina vino a nuestro camarote. Les pedí que empezaran las dos solas. Se miraron, se encogieron de hombros y se besaron despacio, con más naturalidad de la que yo habría esperado. El contraste entre ellas —la piel clara de Lorena contra la morena de Carolina, sus alturas distintas, sus bocas grandes presionándose— fue suficiente para que yo perdiera la calma.
Puse a Carolina de costado en la cama. Me coloqué detrás y, mientras Lorena se acomodaba frente a ella para seguir con su boca, yo comencé a lubricarla con mucho cuidado. Un dedo. Luego dos. Lentamente, en círculos, sin forzar. Carolina gemía con la boca de Lorena encima, y los sonidos se mezclaban hasta que era imposible saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.
—Estoy lista —dijo Carolina con voz espesa—. No aguanto más.
Levanté levemente su pierna, apoyé la punta contra el orificio y empujé con suavidad. La cabeza entró. Carolina hizo un sonido a medio camino entre un gemido y un quejido, y yo me detuve.
—¿Quieres que pare?
—No. —Respiró hondo—. Sigue. Despacio.
Entré completamente en tres movimientos lentos. Carolina se retorció hacia adelante, buscando la boca de su hermana, y Lorena la sostuvo. Comencé a moverme, primero sin prisa, luego con más ritmo. Lorena bajó la cabeza entre las piernas de Carolina y añadió su lengua a todo lo que ya estaba pasando.
—Dios mío —balbució Carolina—. No puedo más. No puedo más.
Acabó con un temblor largo, con Lorena sujetándola desde abajo y yo empujando desde atrás. Yo acabé un momento después, sin poder contenerme.
***
Luego fue el turno de Lorena. Me pidió que no la preparara demasiado. Conocía bien ese lado suyo: le gustaba sentir el límite, saber que iba a doler un poco. Yo comprendía esa lógica aunque no siempre la compartiera.
—Carolina, sujétame las manos —le pidió Lorena mientras se ponía de costado—. Así no me muevo.
Apliqué el lubricante y entré de golpe, sin la paciencia que había tenido con Carolina.
—¡Ay! —gritó Lorena—. ¡Me duele! ¡Sácalo!
La sujeté fuerte de las caderas. Carolina le apretó las manos.
—No te lo saco —le dije al oído—. Eso era lo que querías.
—¡Hijo de puta! —masculló ella, mitad riendo, mitad llorando.
Poco a poco su cuerpo cedió. Los gritos se transformaron en gemidos y los gemidos en instrucciones.
—Más fuerte —dijo—. Más. Y tú, Carolina, baja.
Carolina obedeció sin dudar. Entre los dos la llevamos al límite, y Lorena acabó con un grito ahogado contra la almohada.
Esa noche los tres nos quedamos dormidos en el mismo camarote, sin molestarnos en volver a los respectivos cuartos.
***
Al día siguiente, durante el almuerzo, Lorena y Carolina me miraban con una sonrisa que no terminaba de descifrar. Hablaban entre ellas en voz baja. Se reían de algo que claramente tenía que ver conmigo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada —dijo Lorena—. ¿Disfrutaste anoche?
—Mucho —respondí.
—Bien —dijo Carolina—. Porque esta noche te toca recibir.
No entendí qué quería decir. Lorena añadió:
—Dijiste que no duele si se hace bien. Vamos a comprobar si tenías razón.
Algo en el tono de las dos me hizo sentir que debería preocuparme.
***
Esa noche Lorena me pidió que fuera al camarote de Carolina con los ojos vendados. Dijo que había una sorpresa. Accedí, pensando que conocía más o menos lo que me esperaba.
No conocía nada.
En cuanto entré, Lorena me besó y Carolina me tomó del cuello. Las dos trabajaron juntas con una coordinación que evidentemente habían ensayado. Cuando quise reaccionar, ya tenía las muñecas esposadas a la cabecera de la cama y los tobillos atados a los pies del colchón. Boca abajo, desnudo, completamente inmovilizado.
—Buenas noches, cuñado —dijo la voz de Carolina desde algún punto detrás de mí.
Lorena me quitó la venda. Me giré lo que pude y vi a Carolina con el arnés negro del sex shop sujeto a su cintura, el consolador de látex apuntando hacia adelante. Se lo habían comprado. En ese momento los detalles me importaban bastante poco.
—Dijiste que si se hace bien, no duele —dijo Carolina con una sonrisa muy tranquila—. Vamos a ver.
—Esperen —dije—. Esto es un chiste, ¿no? Desátenme.
—Ni en sueños —respondió Lorena, cruzando los brazos—. Quiero verte rogar que te lo saque.
—Y cuanto más pidas, más adentro te lo meto —añadió Carolina.
Comprendí que no había margen de negociación.
Carolina se colocó detrás de mí y comenzó a lubricarme con calma, sin apuro, con la misma atención que yo había tenido con ella la noche anterior. Un dedo. Luego otro. Lorena se sentó en el borde de la cama y me observaba con una expresión entre divertida y concentrada.
Me dolió cuando entró la cabeza del consolador. Me mordí el labio y cerré los ojos. Decidí que no iba a darles el gusto de escucharme suplicar.
—¿Te duele? —preguntó Lorena.
—Para nada —mentí.
—Qué valiente —dijo Carolina, y empujó un poco más.
Hice lo que recordaba haber leído en algún lado: relajé los músculos, respiré despacio, dejé que el cuerpo cediera en lugar de resistir. El dolor se transformó en algo más difuso, más ambiguo. Carolina encontró un ritmo y yo dejé de estar seguro de si lo que sentía era incomodidad o placer.
—Más —dije, sin haber planeado decirlo.
Carolina se detuvo un segundo, sorprendida.
—¿Más? —repitió.
—Más —confirmé.
Lorena se deslizó debajo de mí sin decir nada y empezó a trabajar con la boca. Carolina retomó el movimiento con más fuerza. Entre las dos me llevaron a un punto donde perdí el control de cualquier pensamiento coherente.
—Voy a acabar —avisé con la voz rota.
—Yo también —jadeó Carolina desde atrás—. Lorena, no pares.
Los tres terminamos casi al mismo tiempo, en una cadena de espasmos que tardó varios segundos en aquietarse.
***
Cuando Carolina retiró el arnés y Lorena salió de debajo, los tres nos quedamos en silencio durante un buen rato, respirando. Ninguno tenía demasiado que decir.
Finalmente, Carolina rompió el silencio:
—¿Y bien? ¿Tenías razón o no?
Tardé en responder.
—Depende de cómo se haga —admití.
Lorena soltó una carcajada. Carolina también. Yo tardé un momento más, pero al final me reí también.
Nos quedamos dormidos los tres en ese camarote estrecho, sin molestarnos en ordenar nada ni en explicar nada. Quedaban cuatro días de crucero. Ninguno de los tres dijo en voz alta lo que los tres estábamos pensando: que esos cuatro días iban a ser muy interesantes.