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Relatos Ardientes

Cuando mi esposa me ofreció una noche con su hermana

El crucero por el Mediterráneo fue idea de Lorena, mi esposa. Llevábamos meses planeándolo: una semana en barco, ella, yo y los chicos. A último momento se sumó Carolina, su hermana, que estaba pasando por una temporada difícil y que necesitaba, según Lorena, «un poco de aire». Yo no puse objeciones. Carolina me había generado desde siempre una tensión silenciosa que aprendí a guardar sin saber bien adónde.

El barco era enorme. Ocupamos dos camarotes contiguos: el nuestro y el de Carolina, que viajaba sola. Los primeros días transcurrieron entre piscinas, cenas y vino blanco frío. Las dos hermanas se reían juntas, compartían recuerdos, se perdían por cubierta durante horas. Yo las observaba a las dos. Tan distintas y tan complementarias.

Lorena tenía el tipo que siempre me había atraído: curvas generosas, piel clara, boca grande y expresiva. Carolina era su opuesto en casi todo: delgada, morena, con unos ojos claros que contrastaban con su tez oscura. Donde Lorena era suave y redondeada, Carolina era angular y nerviosa. Ambas me ponían igual de tenso, aunque por razones distintas.

Desde el primer día dormí con Lorena. Aunque llegaba cansada a la noche, en cuanto yo la tocaba en la oscuridad del camarote algo en ella cedía, y terminábamos enredados en las sábanas hasta tarde. Era parte del ritual, y me gustaba. Me gustaba meterle la mano entre las piernas y sentir cómo se abría para mí, cómo se humedecía al instante cuando le rozaba el clítoris con dos dedos. Me gustaba besarle los pechos, morderle los pezones hasta que se ponían duros y ella arqueaba la espalda, con ese gemido bajo que siempre me encendía más de lo que admitía. La follaba despacio al principio, sintiendo cómo se ajustaba a mi polla, luego más duro, hasta que terminaba agarrándose a las sábanas con las piernas abiertas y la respiración hecha mierda. A veces se corría primero ella; a veces la alcanzaba yo, hundido en ella hasta el fondo, con las caderas golpeándole el culo y la cama crujiendo bajo los dos. Era un hábito delicioso, una forma de dormir con el cuerpo todavía caliente y la boca llena de su sabor.

***

Al quinto día del viaje, a media tarde, Lorena se sentó en el borde de la cama mientras yo leía. Tenía esa expresión de cuando quería decirme algo pero no sabía cómo empezar.

—Carolina está muy tensa —dijo finalmente—. Lleva meses sin salir con nadie. Creo que necesita algo.

Cerré el libro y la miré.

—¿Me estás pidiendo lo que creo que me estás pidiendo?

—Sé que te gusta. No me molesta admitirlo. —Lorena levantó una ceja—. Yo me quedo con los chicos esta noche. Tú arréglate con ella.

No supe qué decir. Me quedé callado un momento, esperando que añadiera algo, que retirara la propuesta, que dijera que era una prueba. Pero Lorena se levantó, agarró su bolso y salió del camarote como si acabara de proponerme ir al bar de la popa.

Pasé la siguiente hora sin poder pensar en otra cosa. Me imaginé la cara de Carolina cuando supiera que Lorena nos estaba dejando vía libre, el filo de sus ojos claros mirándome con esa mezcla de desafío y hambre que siempre me había puesto duro. Me toqué por debajo del pantalón, solo para bajar la tensión, y aun así seguí sintiendo la polla latir como si ya supiera lo que venía.

***

A las diez de la noche llamé a la puerta de Carolina. Me abrió en ropa interior, un conjunto de encaje negro que no parecía elegido al azar. Si Lorena le había dicho algo, Carolina se había preparado.

—Veo que Lorena habló —dije.

—Sí. —Me miró directo a los ojos, sin apartar la vista—. ¿Vas a entrar o me vas a dejar con la puerta abierta toda la noche?

Entré. Cerré la puerta. La tomé de la cintura y la besé. Era la primera vez que la besaba, y su boca era todo lo que había imaginado: grande, carnosa, cálida. Carolina respondió sin dudarlo, con las manos en mi nuca, apretándome la cabeza contra la suya como si llevara semanas esperando ese momento. Le bajé un tirante del encaje y le chupé el cuello, luego la mandíbula, sintiendo su pulso acelerado bajo la lengua.

La llevé a la cama. Le quité el corpiño sin apuro y le corrí la ropa interior a un lado. Estaba húmeda antes de que yo hiciera nada. Le separé los muslos con una mano y me agaché entre ellos. El olor a sexo era inmediato, denso, caliente. La lamí despacio, primero alrededor, haciendo que se retorciera mientras yo evitaba justo el centro. Después presioné la lengua contra su coño, firme, insistente, hasta que soltó un gemido áspero y me clavó los dedos en el pelo. Abrí más los labios con la boca y empecé a comerle el clítoris con paciencia, lamiendo, chupando, alternando presión y pausa, hasta que su cuerpo se tensó entero y las piernas le temblaron contra mis mejillas.

—Por favor —dijo en un susurro ronco—. Ya. Ahora.

No necesité más indicaciones.

Le bajé mi ropa, saqué la polla dura y caliente, y volví a subir sobre ella. Le pasé la punta por la entrada, empapándola con sus propios jugos, y empujé despacio. Sentí cómo cedía, cómo se iba abriendo a medida que entraba. Carolina inhaló hondo, echó la cabeza atrás y me agarró por los hombros. La metí hasta el fondo en movimientos cortos, controlando el ritmo hasta que dejó de tensarse y empezó a buscarme ella también, moviendo la cadera contra mí.

Fue breve, intenso, sin rodeos. Carolina me clavó las uñas en la espalda y cerró los ojos. Yo la embestí cada vez más profundo, oyéndola gemir entre dientes, sintiendo sus paredes apretándome la verga con una fuerza que me dejó a punto de perder el control. Acabamos casi al mismo tiempo, con sus labios ahogando un grito contra mi hombro mientras yo me corría dentro de ella, caliente, espeso, con un estremecimiento que me recorrió desde los muslos hasta la nuca.

Después, cuando el silencio del camarote se asentó, Carolina me miró y sonrió.

—Ahora anda a dormir con tu esposa. Yo ya estoy bien.

***

Al día siguiente, en el desayuno, llegué un poco más tarde que ellas. Las encontré en la terraza del comedor, con café y frutas. Cuando me vieron, Carolina bajó la mirada hacia su taza y se sonrió sola. Lorena me recibió con una sonrisa amplia.

—Dormiste bien —dijo. No era una pregunta.

—Muy bien —admití, sirviéndome café.

—Esta noche —dijo Lorena con esa calma suya—, me toca a mí. Y quiero que me des por atrás.

Carolina levantó la vista. Nos miró a los dos.

—¿Por atrás? ¿En serio? —Frunció el ceño—. ¿No duele?

—Depende de cómo lo hagan —respondí.

—Yo lo intenté una vez —dijo Carolina, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Fue horrible. Tuve que pedirle que parara.

—Con el tiempo y la lubricación correcta, no debería doler —dije—. Si se hace bien, es todo lo contrario.

—Eso dice él —intervino Lorena—, y tiene razón. Tardé en aprenderlo, pero ahora a veces le pido que sea más brusco.

Carolina las miraba con una mezcla de incredulidad y curiosidad que no lograba disimular del todo.

—No les creo —dijo finalmente.

—Podría demostrártelo —le dije, sin haber pensado del todo en las consecuencias.

El silencio que siguió fue muy elocuente.

***

Esa tarde los tres fuimos al sex shop del barco, un local pequeño entre la sala de juegos y el casino. Yo compré lubricante. Lorena y Carolina recorrieron las vitrinas con la misma actitud que tendrían en una farmacia: evaluando opciones, leyendo etiquetas.

Vi el momento en que Carolina se detuvo frente a una vitrina lateral. Dentro había un arnés de cuero negro con un consolador de látex sujeto a la cintura, enorme, de un grosor considerable. Carolina lo miró durante varios segundos sin decir nada. Lorena la observó de reojo, divertida, como si estuviera leyendo un pensamiento que no quería admitir.

—¿Pensando en alguien? —le dije, acercándome.

Ella se sonrojó y apartó la vista.

—Me preguntaba qué se siente —murmuró—. Tenerlo, digo.

—Si quieres, puedes alquilarlo —dije.

—No digas tonterías —respondió, aunque siguió mirándolo un momento más antes de alejarse.

El paseo me dejó pensando. Estábamos los tres en ese umbral donde cualquier cosa parecía posible si alguien lo decía en voz alta. Decidí decirlo.

—Tengo una condición —anuncié cuando salimos del local—. Si quieren que esta noche hagamos lo que hablamos en el desayuno, necesito algo a cambio.

Lorena cruzó los brazos.

—¿Qué clase de condición?

—Que se besen. Y algo más. Entre las dos.

Lorena abrió la boca para decir algo, pero Carolina la interrumpió:

—Lorena, tampoco es tanto. Si eso lo pone contento, ¿qué perdemos?

Lorena me miró con esa expresión que mezcla irritación con resignación cómplice.

—Eres un aprovechador —dijo.

—Sí —admití—. ¿Entonces?

—Está bien —cedió—. Pero sabe que te lo voy a cobrar.

No entendí del todo el comentario en ese momento.

***

Esa noche Carolina vino a nuestro camarote. Les pedí que empezaran las dos solas. Se miraron, se encogieron de hombros y se besaron despacio, con más naturalidad de la que yo habría esperado. El contraste entre ellas —la piel clara de Lorena contra la morena de Carolina, sus alturas distintas, sus bocas grandes presionándose— fue suficiente para que yo perdiera la calma. Les vi las manos recorrer cuerpos ajenos, tanteando, apretando pechos, bajando por la cintura hasta tocarse entre las piernas. Lorena soltó un jadeo cuando Carolina le metió dos dedos por debajo de la braguita, y Carolina respondió inclinándose para besarle la boca con más hambre. Yo ya estaba duro, notando cómo la sangre me golpeaba en la verga con cada segundo que pasaba.

Puse a Carolina de costado en la cama. Me coloqué detrás y, mientras Lorena se acomodaba frente a ella para seguir con su boca, yo comencé a lubricarla con mucho cuidado. Un dedo. Luego dos. Lentamente, en círculos, sin forzar. Carolina gemía con la boca de Lorena encima, y los sonidos se mezclaban hasta que era imposible saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Lorena le lamía los pezones a Carolina y luego le mordía una areola con una suavidad cruel que la hacía arquearse. Yo seguía abriéndola con los dedos, entrando y saliendo despacio, hasta que su ano se relajó lo suficiente para pedirme más con la respiración.

—Estoy lista —dijo Carolina con voz espesa—. No aguanto más.

Levanté levemente su pierna, apoyé la punta contra el orificio y empujé con suavidad. La cabeza entró. Carolina hizo un sonido a medio camino entre un gemido y un quejido, y yo me detuve.

—¿Quieres que pare?

—No. —Respiró hondo—. Sigue. Despacio.

Entré completamente en tres movimientos lentos. Carolina se retorció hacia adelante, buscando la boca de su hermana, y Lorena la sostuvo. Comencé a moverme, primero sin prisa, luego con más ritmo. Lorena bajó la cabeza entre las piernas de Carolina y añadió su lengua a todo lo que ya estaba pasando, chupándole el coño hasta que Carolina empezó a temblar con fuerza. Yo la embestía por detrás, sintiendo el anillo apretarme la polla con cada empuje, escuchando sus uñas rascar las sábanas y sus gemidos volverse más sucios, más desesperados.

—Dios mío —balbució Carolina—. No puedo más. No puedo más.

Acabó con un temblor largo, con Lorena sujetándola desde abajo y yo empujando desde atrás. Yo acabé un momento después, sin poder contenerme, derramándome con un golpe caliente que me dejó temblando dentro de ella.

***

Luego fue el turno de Lorena. Me pidió que no la preparara demasiado. Conocía bien ese lado suyo: le gustaba sentir el límite, saber que iba a doler un poco. Yo comprendía esa lógica aunque no siempre la compartiera.

—Carolina, sujétame las manos —le pidió Lorena mientras se ponía de costado—. Así no me muevo.

Apliqué el lubricante y entré de golpe, sin la paciencia que había tenido con Carolina.

—¡Ay! —gritó Lorena—. ¡Me duele! ¡Sácalo!

La sujeté fuerte de las caderas. Carolina le apretó las manos.

—No te lo saco —le dije al oído—. Eso era lo que querías.

—¡Hijo de puta! —masculló ella, mitad riendo, mitad llorando.

Poco a poco su cuerpo cedió. Los gritos se transformaron en gemidos y los gemidos en instrucciones.

—Más fuerte —dijo—. Más. Y tú, Carolina, baja.

Carolina obedeció sin dudar. Entre los dos la llevamos al límite, y Lorena acabó con un grito ahogado contra la almohada, temblando mientras la verga le embestía el fondo una y otra vez hasta que quedó completamente vacía y rendida.

Esa noche los tres nos quedamos dormidos en el mismo camarote, sin molestarnos en volver a los respectivos cuartos.

***

Al día siguiente, durante el almuerzo, Lorena y Carolina me miraban con una sonrisa que no terminaba de descifrar. Hablaban entre ellas en voz baja. Se reían de algo que claramente tenía que ver conmigo.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —dijo Lorena—. ¿Disfrutaste anoche?

—Mucho —respondí.

—Bien —dijo Carolina—. Porque esta noche te toca recibir.

No entendí qué quería decir. Lorena añadió:

—Dijiste que no duele si se hace bien. Vamos a comprobar si tenías razón.

Algo en el tono de las dos me hizo sentir que debería preocuparme.

***

Esa noche Lorena me pidió que fuera al camarote de Carolina con los ojos vendados. Dijo que había una sorpresa. Accedí, pensando que conocía más o menos lo que me esperaba.

No conocía nada.

En cuanto entré, Lorena me besó y Carolina me tomó del cuello. Las dos trabajaron juntas con una coordinación que evidentemente habían ensayado. Cuando quise reaccionar, ya tenía las muñecas esposadas a la cabecera de la cama y los tobillos atados a los pies del colchón. Boca abajo, desnudo, completamente inmovilizado.

—Buenas noches, cuñado —dijo la voz de Carolina desde algún punto detrás de mí.

Lorena me quitó la venda. Me giré lo que pude y vi a Carolina con el arnés negro del sex shop sujeto a su cintura, el consolador de látex apuntando hacia adelante. Se lo habían comprado. En ese momento los detalles me importaban bastante poco.

—Dijiste que si se hace bien, no duele —dijo Carolina con una sonrisa muy tranquila—. Vamos a ver.

—Esperen —dije—. Esto es un chiste, ¿no? Desátenme.

—Ni en sueños —respondió Lorena, cruzando los brazos—. Quiero verte rogar que te lo saque.

—Y cuanto más pidas, más adentro te lo meto —añadió Carolina.

Comprendí que no había margen de negociación.

Carolina se colocó detrás de mí y comenzó a lubricarme con calma, sin apuro, con la misma atención que yo había tenido con ella la noche anterior. Un dedo. Luego otro. Lorena se sentó en el borde de la cama y me observaba con una expresión entre divertida y concentrada.

Me dolió cuando entró la cabeza del consolador. Me mordí el labio y cerré los ojos. Decidí que no iba a darles el gusto de escucharme suplicar.

—¿Te duele? —preguntó Lorena.

—Para nada —mentí.

—Qué valiente —dijo Carolina, y empujó un poco más.

Hice lo que recordaba haber leído en algún lado: relajé los músculos, respiré despacio, dejé que el cuerpo cediera en lugar de resistir. El dolor se transformó en algo más difuso, más ambiguo. Carolina encontró un ritmo y yo dejé de estar seguro de si lo que sentía era incomodidad o placer. Lorena se inclinó sobre mí y empezó a besarme el pecho, luego el vientre, luego la punta de la polla, chupándome con una calma obscena mientras el arnés seguía entrando y saliendo por detrás. La sensación de las dos cosas al mismo tiempo me dejó sin aire. Sentí la verga endurecerse aún más bajo la boca de Lorena, y la presión atrás se volvió insoportable, deliciosa, exacta.

—Más —dije, sin haber planeado decirlo.

Carolina se detuvo un segundo, sorprendida.

—¿Más? —repitió.

—Más —confirmé.

Lorena se deslizó debajo de mí sin decir nada y empezó a trabajar con la boca. Carolina retomó el movimiento con más fuerza. Entre las dos me llevaron a un punto donde perdí el control de cualquier pensamiento coherente. Lorena me chupaba la polla con los labios bien abiertos, la lengua firme en la base del glande, mientras Carolina me follaba por detrás con un ritmo cada vez más profundo. El cuerpo me ardía, la cabeza me daba vueltas, y lo único que podía hacer era tironear de las esposas y aguantar.

—Voy a acabar —avisé con la voz rota.

—Yo también —jadeó Carolina desde atrás—. Lorena, no pares.

Los tres terminamos casi al mismo tiempo, en una cadena de espasmos que tardó varios segundos en aquietarse. Sentí cómo el semen me subía con violencia y me corría entre los labios de Lorena, mientras atrás el empuje final me arrancaba un quejido que casi se convirtió en grito. El cuerpo entero me quedó vibrando, destrozado y feliz.

***

Cuando Carolina retiró el arnés y Lorena salió de debajo, los tres nos quedamos en silencio durante un buen rato, respirando. Ninguno tenía demasiado que decir.

Finalmente, Carolina rompió el silencio:

—¿Y bien? ¿Tenías razón o no?

Tardé en responder.

—Depende de cómo se haga —admití.

Lorena soltó una carcajada. Carolina también. Yo tardé un momento más, pero al final me reí también.

Nos quedamos dormidos los tres en ese camarote estrecho, sin molestarnos en ordenar nada ni en explicar nada. Quedaban cuatro días de crucero. Ninguno de los tres dijo en voz alta lo que los tres estábamos pensando: que esos cuatro días iban a ser muy interesantes.

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Comentarios(8)

LaraM91

Dios mio que relato... me dejo completamente enganchada desde el primer parrafo. Bravo!!!

Rulo_lector

Necesito continuacion, esto no puede quedar ahi. Por favor sigue escribiendo

GustaCuentos

Muy bien narrado, la tension del principio es lo que lo hace diferente a otros relatos. Me gusto mucho

pepon78

increible!!!

SilviaMdp

Esa calma de ella al plantear la situacion es lo mejor del relato. Muy creible todo, felicitaciones

CarlosRiver

jaja me quede pensando un buen rato despues de terminarlo. De los buenos que lei aca

RaulCordoba

Excelente relato, se nota la dedicacion y el cuidado en cada detalle. Saludos desde Cordoba

NachoLect

Se hizo corto!! quiero mas :)

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