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Relatos Ardientes

El interrogatorio que terminó al revés

2.6(5)

Volví en mí de a poco, como cuando uno emerge de un sueño profundo y el cerebro tarda en recordar quién es. Lo primero que noté fue la oscuridad absoluta. Lo segundo, que no podía moverme: tenía las muñecas atadas firmemente a la espalda y los tobillos inmovilizados con algo que no cedía por más fuerza que aplicara.

Intenté reconstruir lo que recordaba. Soy periodista de investigación y desde hacía tres meses seguía la pista a un matrimonio de la alta sociedad: él, empresario con contratos millonarios del Estado; ella, rostro habitual en las páginas de sociedad y presidenta de una fundación benéfica. Un confidente me había pasado un sobre con documentos que los comprometían en una red de explotación sexual. La información era suficiente para destruirlos.

Días después, una chica morena me contactó por mensaje cifrado. Dijo ser una de las víctimas. Dijo tener pruebas adicionales que podían cerrar el caso. Quedamos en una brasserie del centro. Entramos a un reservado privado, pedimos algo de beber, y ahí se cortaba mi memoria.

Me habían drogado. No había otra explicación.

Una puerta se abrió. La luz entró como un golpe y tardé varios segundos en abrir bien los ojos. Cuando lo logré, los vi: la pareja que llevaba meses investigando, sonriendo desde el umbral como si acabaran de cerrar el mejor negocio de sus vidas.

—Vaya, vaya —dijo ella—. Ya despertó el periodista curioso.

—Solucionalo rápido —dijo él sin mirarme—. Tengo un vuelo esta noche.

—Tranquilo. Ya sabes que soy eficiente.

El hombre salió. Ella avanzó hacia mí con una calma que resultaba más amenazante que cualquier grito. Era rubia, alrededor de los cuarenta, y había en su forma de moverse esa seguridad de quien siempre ha sido obedecida.

—Ahora me vas a decir dónde están esos documentos —dijo.

Miré la sala por primera vez con atención. Las paredes estaban equipadas con argollas metálicas a distintas alturas. Un panel de madera sostenía látigos de distintos tipos, fustas, esposas, cuerdas y otros objetos que yo había visto descritos en artículos pero nunca de cerca. Del techo colgaba un gancho unido a un mecanismo eléctrico. Era evidente el uso de ese espacio, y era evidente que lo usaban con frecuencia.

—No sé de qué documentos me habla —respondí.

Se acercó la morena. La reconocí de inmediato: la chica que me había tendido la trampa en el bar. Sin decir nada, entre las dos me levantaron del suelo y manipularon las sogas hasta asegurar mis muñecas al gancho del techo. Quedé de pie, con los brazos en alto, sin posibilidad de moverme.

—Tenemos tiempo de sobra —dijo la rubia—. Mi marido vuelve en una semana. Podemos dedicarnos a esto con calma.

Y me propinó una bofetada que me hizo ver destellos blancos.

—¿Sigues mudo? Casi lo prefiero. Así me divierto más antes de que hables.

Me arrancaron la camisa a tirones. La morena me desabrochó el cinturón y me bajó los pantalones. Me quedé colgado en ropa interior mientras las dos mujeres me examinaban con la misma frialdad con que se revisa una adquisición reciente.

—No está nada mal —dijo la rubia, y me pasó la palma por el bulto del bóxer, apretando sin ninguna delicadeza—. Mira lo que se esconde acá.

—Para nada —confirmó la otra con una sonrisa que no llegaba a los ojos, mientras se agachaba a tocarme también, calibrando el peso de mis huevos por encima de la tela.

La rubia se arrodilló, me tomó de la cintura por dentro del bóxer con ambas manos y tiró hacia abajo de un golpe. Mi polla quedó colgando, todavía blanda, expuesta a un palmo de su cara. Me tomó con el pulgar y el índice, como quien examina un billete falso, y la levantó para verla mejor.

—Bastante decente para un periodista —murmuró, y de pronto abrió la boca y se la metió entera, sin aviso, chupando con una fuerza deliberada que no tenía nada de placer y todo de burla. Me subió la sangre entre sus labios y la polla se me endureció contra mi voluntad, dentro de su boca, mientras ella me miraba desde abajo con los ojos brillando de diversión.

Cuando la sacó, dejó un hilo de saliva colgando del glande.

—Mirá qué educada la tenés —le dijo a Sofía—. Se pone dura sola cuando le doy atención.

Sofía rió con una risa corta y afilada, se acercó por detrás y me tomó las nalgas con las dos manos, separándomelas. Sentí un dedo suyo, mojado en algo, recorrer la raja de arriba abajo, presionar sobre el ano y retirarse.

—Después de todo lo que le vas a contar, capaz vuelvo por acá —me susurró al oído.

Quedé completamente desnudo, suspendido del gancho, con la polla erecta apuntando al frente sin absolutamente nada que hacer al respecto.

Pensé con rapidez. Si les decía dónde estaban los documentos, yo dejaba de ser útil y pasaba a ser exclusivamente un problema. Mi única opción era resistir y esperar el momento adecuado.

***

La llamaré Valeria, aunque ese no sea su nombre. Tomó un látigo de múltiples tiras y empezó a trabajar con una precisión que sugería práctica. Los primeros golpes llegaron a la espalda. Cada uno me arrancaba un sonido involuntario que parecía alentarla. Cuando cambió el objetivo y apuntó hacia la entrepierna, el dolor fue de otro orden: desorientador, brutal, el tipo que borra los pensamientos. Las tiras me cruzaron la polla y los huevos con un chasquido húmedo, y sentí como si me arrancaran algo desde adentro.

—¿Ya te acuerdas de algo? —preguntaba entre golpe y golpe.

No respondí. Era lo único que podía controlar en ese momento.

La morena —a quien llamaré Sofía— me mantenía las piernas separadas con cuerdas sujetas a argollas en el suelo mientras Valeria continuaba. Entre golpe y golpe, Sofía se había arrodillado entre mis muslos abiertos y me estaba mamando la polla, alternando el dolor con el placer más obsceno, chupando profundo, dejándome el glande al fondo de la garganta, mientras la otra me castigaba los muslos y el abdomen. La combinación era una forma de tortura más completa: cada vez que mi cuerpo intentaba refugiarse en el placer, un latigazo me devolvía a la realidad; cada vez que el dolor me hacía cerrar los ojos, la lengua de Sofía me arrancaba un gemido que traicionaba todo. Perdí la cuenta de los golpes y de las veces que estuve a punto de correrme en su boca sin poder impedirlo.

En algún momento, entre el dolor y el agotamiento acumulado, me llegó la idea: fingir que perdía el conocimiento.

Dejé caer el cuerpo hacia adelante como un peso muerto. Los golpes se detuvieron y Sofía apartó la boca con un chasquido húmedo.

—Necesitamos que siga despierto —dijo Valeria—. Todavía no sabemos nada. Bájenlo.

Noté que desataban las cuerdas de mis tobillos. El gancho descendió lentamente. Mis pies tocaron el suelo.

Y ahí estaba mi oportunidad.

Abrí los ojos. Las dos mujeres estaban de espaldas, discutiendo cuál sería el siguiente paso. Sin pensarlo más, me puse en pie de un salto y me desenganché del gancho. Las muñecas seguían atadas entre sí, pero estaba libre del techo.

Me lancé sobre Valeria. Sofía vio venir el movimiento y gritó, pero llegó tarde. Un golpe seco en la nuca y Valeria cayó al suelo. Sofía intentó alcanzarme con una fusta, pero esquivé el golpe y le hundí el codo en el estómago. Quedó de rodillas, sin aire.

Tomé el inmovilizador eléctrico del bolsillo de Valeria.

—Esto por la trampa —le dije a Sofía.

Le pedí que me desatara las muñecas. Lo hizo sin resistencia. Recogí mis pantalones del suelo y me los puse sin quitarles los ojos de encima ni un solo instante.

Ahora yo llevaba las de ganar.

***

Podría haber llamado a la policía en ese momento. Tenía memorizado el número de la caja postal donde guardaba los documentos originales, y con una llamada habría sido suficiente. Pero me habían colgado de un techo. Me habían golpeado durante horas. Y frente a mí tenía la sala entera equipada con sus propios instrumentos.

Decidí que la justicia podía esperar un poco.

Esperé a que Valeria se recuperara. Cuando levantó la vista, sus ojos tenían tres cosas a la vez: sorpresa, odio y algo más difícil de nombrar. La combinación era interesante.

—No saldrás de aquí —dijo.

Le mostré el inmovilizador sin responder.

—Las dos contra la pared.

Sofía obedeció de inmediato. Valeria tardó hasta que acerqué el aparato a su brazo. Entonces se movió.

—Quítense toda la ropa.

Se miraron. Intercambiaron algo en silencio —una negociación rápida entre ellas, supongo— y empezaron a desvestirse despacio. Valeria llevaba un conjunto de encaje color marfil que apenas contenía lo que prometía. Sofía, más joven y de formas más delgadas, vestía algo negro y mínimo. Las dos se detuvieron en ropa interior.

—No les he dicho que paren.

Valeria abrió la boca. La silencié acercándome un paso con el inmovilizador en la mano. Se desabrochó el sujetador. Sus tetas eran generosas y firmes, con los pezones rosados y ya endurecidos por el aire frío o por otra cosa que ella no iba a admitir. Sofía liberó las suyas: redondas, más pequeñas, con los pezones oscuros y prominentes. Las dos se bajaron las bragas y quedaron desnudas, intentando cubrirse el coño con las manos.

—Las manos a la espalda. Y separen las piernas, quiero verles todo.

Obedecieron a regañadientes. El coño de Valeria estaba depilado por completo, con los labios gruesos y ligeramente entreabiertos. El de Sofía, apenas cubierto por una tira estrecha de vello negro, era más pequeño y compacto. Les puse las esposas que habían usado conmigo. Las hice girar para verles la espalda y separé a Sofía hacia un rincón, donde la até a una argolla de la pared, con las nalgas expuestas hacia la sala.

—Ahora tú y yo —le dije a Valeria.

***

La conduje hasta el gancho central y la hice sentar en el suelo. Con la misma barra separadora que habían usado en mis tobillos até los suyos, manteniendo sus piernas abiertas. Enganché el centro de la barra al elevador. Accioné el mando.

Las piernas de Valeria comenzaron a subir mientras ella se retorcía y maldecía en voz baja. La detuve cuando solo le quedaba el hombro izquierdo apoyado en el suelo. Le sostuve la cabeza. Un poco más de elevación, y quedó completamente suspendida boca abajo, con las piernas abiertas hacia el techo y la cabeza a un palmo del suelo.

La miré a los ojos. Tenía las mejillas encendidas. En esa posición sus tetas colgaban invertidas hacia su cara, y su coño quedaba completamente expuesto, abierto de par en par, sin posibilidad de ocultarse. El ojete rosado quedaba justo encima, ofrecido a la altura de mi cara.

Tomé el látigo de tiras que ella misma había usado conmigo.

Un chorro de orina brotó de ella antes de que yo llegara a levantar el brazo. Su cuerpo había tomado la decisión antes que su mente. El pis le corrió por el vientre hasta caer sobre sus propias tetas y su cara.

—Tranquila —dije—. Tenemos mucho tiempo.

Los primeros golpes llegaron al abdomen. Gritaba con una intensidad que resonaba en toda la sala. Cuando cambié el objetivo y acerté en una de las tetas que colgaban invertidas, el grito subió de tono. Los pezones se le pusieron duros como piedras.

—Por favor… no ahí…

—¿Prefieres que cambie de lugar?

Cerró los ojos. Sabía lo que eso implicaba.

El siguiente golpe llegó directamente al coño abierto entre sus piernas. El alarido duró varios segundos y retumbó en las paredes. Cambié al látigo de tira única. Medí la distancia. El siguiente golpe fue más preciso: la tira se curvó hacia el interior y al rebotar rozó el clítoris hinchado. El sonido que emitió esa vez era más complicado que el dolor puro: había en él una nota grave, gutural, que no venía de la garganta sino de más abajo.

Solté el látigo. Me arrodillé delante de ese coño colgado y le pasé dos dedos entre los labios. Estaba mojado. Empapado. Los saqué brillando y se los puse frente a los ojos.

—Mirá cómo estás. ¿Y todavía me decís que no te gusta?

No respondió. Le hundí los dos dedos hasta el fondo, con fuerza, y empecé a moverlos dentro con un ritmo constante. Al cuarto o quinto movimiento sus caderas empezaron a acompañarme a pesar suyo, buscando la fricción. Con el pulgar le presioné el clítoris, dando vueltas, mientras adentro seguía metiéndole los dedos.

—No… no me hagas… —jadeaba.

Le agregué un tercer dedo. El coño se cerró en torno a ellos con un temblor húmedo. Sentí un chorro tibio bañándome la mano y el antebrazo: se había corrido, colgada boca abajo, con las lágrimas de rabia y humillación mezclándose con el pis en su cara. El orgasmo la sacudió entera, hasta las cadenas.

—Muy bien —le dije—. Ahora seguimos.

Me bajé los pantalones. La tenía dura desde hacía rato y no pensaba desperdiciarla. Su cara quedaba justo a la altura de mi polla. Le agarré el pelo con una mano, le apreté las mejillas con la otra hasta forzarle la boca abierta, y se la metí de un solo empuje hasta la garganta.

—Chupá.

Boca abajo, la garganta se le abría en línea recta y la polla entraba entera, sin resistencia. Empecé a follarle la boca con embestidas largas, sosteniéndola del pelo, viendo cómo se le hinchaba el cuello con cada empujón. Ella tragaba la saliva que se le acumulaba, tosía, se ahogaba, y yo no paraba. En una de las embestidas se me salió y un hilo largo de baba le cayó sobre los ojos.

—Abrí más —ordené, y se la volví a meter hasta que sentí sus dientes rozarme la base.

Cuando estuvo suficientemente lubricada por su propia baba, la saqué. Caminé alrededor de su cuerpo suspendido, hasta quedar de pie entre sus piernas abiertas al techo. Le tomé las nalgas con las dos manos, separándolas, y apoyé el glande contra el coño empapado. Empujé de una sola vez, entrando hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo, agudo, que ya no tenía nada de resistencia.

La follé así, con ella colgada, sus piernas abiertas hacia arriba y yo de pie, embistiendo hacia abajo. Cada envión hacía que sus tetas invertidas rebotaran contra su cara. Le hundía la polla hasta las bolas, la sacaba entera, y volvía a hundírsela con el ruido húmedo del coño chapoteando por lo mojada que estaba. Con el pulgar de la mano derecha empecé a presionar sobre el ojete de arriba, entrando poco a poco, hasta metérselo entero.

—Ah… ah… hijo de puta… —gemía—. Más despacio…

—No.

Aceleré. La cadera se me chocaba contra la de ella con un sonido seco. Sentí que se iba a correr por segunda vez cuando el coño se me apretó de golpe. Un temblor le recorrió las piernas y todo el interior se me cerró con una succión rítmica. La dejé llegar y saqué la polla justo antes de correrme yo, terminando en su cara y en sus tetas, chorros gruesos que se mezclaron con la baba y las lágrimas.

Continué unos minutos antes de ir a buscar un plug anal del panel. Lo introduje con paciencia, sin apresuramiento, usando la mezcla de mi semen y su propia lubricación como único lubricante. El plug entró venciendo cada anillo de resistencia. El gemido largo y tenso de Valeria mientras lo recibía en su totalidad fue una satisfacción particular. Le quedó la base negra encajada entre las nalgas, brillando.

La bajé. Tendida en el suelo, con la cara sucia y el plug clavado, até sus muñecas y tobillos a argollas con cadena y candado. No iba a ningún lado.

***

Me acerqué a Sofía. Había mirado todo desde su rincón, y ahora tenía los muslos claramente húmedos, aunque su cara intentara mantener el mismo pánico que al principio.

—Por favor —dijo en cuanto me tuvo cerca—. Yo solo seguía instrucciones.

—Lo sé —respondí—. Por eso tengo algo especial reservado para ti.

Le pasé un dedo por el coño y lo saqué mojado. Se lo mostré sin decir nada. Ella bajó la vista.

En el rincón había una estructura que reconocí por haberla descrito en algún artículo: un caballete con un tablón en forma de cuña, horizontal, apoyado entre dos soportes. Hice que Sofía pusiera una pierna a cada lado. Le quité las esposas pero até sus muñecas juntas a una argolla del techo, manteniéndola de pie con los brazos en alto.

—Ahora sentate.

Vaciló. Fue bajando el cuerpo lentamente hasta que la cuña contactó con su coño. Todavía sostenía su peso sobre los pies.

Até su pie izquierdo con una cuerda corta. Levanté el derecho. El quejido fue inmediato: sin los dos pies en el suelo, todo su peso se transfería a la cuña entre sus piernas. Até también ese pie y me levanté para observar el resultado. Sus labios estaban claramente separados a cada lado del filo de madera, con el clítoris aplastado contra la punta, y en su cara se leía el esfuerzo de sostener esa presión continua. Un hilo de humedad ya empezaba a correr por la madera hacia abajo.

Vi que intentaba echarse ligeramente hacia atrás para aliviar la zona más sensible. Fui a buscar dos pinzas pequeñas del panel. Se las coloqué en los pezones sin dificultad. Pasé una cuerda por una argolla en el frente del caballete y tiré con suavidad.

El grito de Sofía llenó la sala.

Ahora tenía dos opciones igualmente malas: inclinarse hacia adelante, lo que aumentaba la presión de la cuña sobre su clítoris, o echarse hacia atrás, lo que hacía que las pinzas jalaran de sus pezones con la misma crueldad. No había posición cómoda. No había alivio posible.

Me puse detrás de ella. Le pasé la mano entre las nalgas y bajé, deslizándome por el borde de la cuña hasta encontrar la entrada del coño detrás. La tenía empapada. Le hundí dos dedos desde atrás y empecé a movérselos mientras la cuña seguía castigándole el clítoris. Con la otra mano le apreté el pecho por debajo de una de las pinzas.

—Vos también estás mojada, mirá —le dije al oído—. Igual que tu jefa.

Ella jadeaba, incapaz de moverse en ninguna dirección sin castigarse más. Le seguí trabajando el coño con los dedos, entrando y saliendo con un ritmo tranquilo, mientras la punta de la cuña le presionaba el clítoris cada vez que sus caderas involuntariamente buscaban más. En unos minutos empezó a temblarle todo el vientre. El orgasmo la agarró sin previo aviso: se corrió sobre mis dedos y sobre la madera, con un gemido ahogado que no consiguió tragar. La cuña quedó brillante de humedad.

—Muy bien —dije, y le puse una mordaza. A Valeria no se la había puesto, porque sus quejidos me parecían parte justa del ambiente.

***

Me senté en la única silla de la sala y observé a las dos. Valeria tendida en el suelo, encadenada, con el plug alojado adentro y mi semen todavía secándose en las tetas. Sofía en el caballete, en silencio forzado, con los ojos húmedos del esfuerzo continuo y los muslos brillantes de su propia corrida.

El dolor en mi propio cuerpo había retrocedido. Lo que sentía ahora era otra cosa: una calma fría y algo placentero que no tenía nombre exacto pero que no era desagradable. La polla se me empezaba a poner dura otra vez.

Me levanté. Me acerqué a Valeria. Su coño estaba enrojecido y sensible de los golpes y del uso. Le pasé los dedos por la vulva con calma. Protestó, pero el candado en las argollas no le daba margen. Separé sus labios con dos dedos y la penetré brevemente, sin urgencia, únicamente para que entendiera el punto.

—¿Cómo se ve desde este lado? —pregunté.

Sus ojos miraban el suelo sin responder.

Le retiré el plug despacio. El orificio quedó dilatado y abierto, formando un círculo oscuro que tardó varios segundos en empezar a cerrarse. Lo contemplé un momento antes de meter dos dedos dentro, sin pedir permiso, comprobando cuánto había cedido. El gemido que soltó fue ronco, agotado, y ya sin negociación posible. Los saqué y me los limpié en su propio muslo.

Fui a donde estaba Sofía. Le quité la mordaza y después, una a una, las pinzas. Sus pezones estaban enrojecidos y la primera bocanada de aire libre le sacó un sollozo corto, casi involuntario, cuando la sangre volvió a llenarlos.

—¿Ves? —dije—. Algo especial, como prometí.

La solté del caballete y la até al suelo del otro lado de la sala, boca arriba, con las piernas ligeramente separadas. Dejé dos recipientes con agua al alcance de ambas. Necesitaba que estuvieran en buen estado: aún tenían que responder ante la justicia por todo lo que habían hecho durante años.

***

Antes de salir recorrí la sala con calma. Encontré una cámara de grabación en un estante alto. La tomé. Si el hábito era filmar sus sesiones, la tarjeta de memoria era un regalo inesperado para el fiscal: material que ellas mismas habían producido, en su propia sala, con sus propias víctimas.

Encontré también mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta de Valeria, intacto y con batería suficiente.

Lo encendí. Llamé a un número que tenía memorizado desde hacía semanas.

—Soy Marcos Vidal —dije cuando respondieron—. Periodista. Necesito hablar con alguien de la fiscalía anticorrupción. Tengo dos personas retenidas, documentos comprometedores y una cámara con material que van a querer ver antes de que llegue la prensa.

Mientras esperaba la respuesta, miré una última vez a las dos mujeres en el suelo.

Valeria levantó la vista hacia mí. En sus ojos había algo que no esperaba encontrar: no era solo odio. Era también, en alguna medida difícil de precisar, algo parecido al respeto involuntario que se le tiene a alguien que demostró ser más difícil de quebrar de lo que se había calculado. Y por debajo de eso, algo peor para ella: la memoria clara del orgasmo que le había arrancado colgada del techo.

No le dije nada. No hacía falta.

Ese primer día había sido intenso. Pero yo había sobrevivido, tenía la cámara, tenía los documentos y tenía la sala entera como prueba. La semana apenas empezaba, y esta vez el que llevaba las riendas era yo.

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2.6(5)

Comentarios(9)

Carlox88

tremendo!!!

Piloto_33

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

Rodrigo_K

jajaja el giro final no me lo esperaba para nada. Muy bueno!

Marta_B

La tension del inicio me atrapo desde el primer parrafo. Sigue así!

Satisfaction

vas a hacer una segunda parte? no puede quedar ahi jaja

jorge_69

muy bien escrito, la dinámica es increible. Me gusto bastante

NocheViva

jaja al final resulto al reves de verdad, me mato eso

Dom55

Excelente relato, un placer leerlo. Mis felicitaciones

ViviR88

se hizo corto!! quiero saber que paso despues :)

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