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Relatos Ardientes

La habitación 507 y los dos desconocidos que me sometieron

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El pestillo de la habitación 507 encajó con un chasquido metálico. Me llamo Marcos, tengo cuarenta y dos años, y llevo una doble vida que nadie sospecharía. Por fuera soy un consultor financiero con traje gris y agenda ordenada. Por dentro ardo con una necesidad que solo unos pocos entienden: la de ser dominado, sometido, reducido a nada. La de que me follen como a una perra hasta dejarme sin aire.

Aquel julio en Barcelona era sofocante. El calor pegajoso de la ciudad se colaba por las ventanas del hotel a pesar del aire acondicionado. Llevaba todo el día con un nudo en el estómago, esa mezcla de terror y excitación que precede a lo inevitable. Me senté en el borde de la cama y abrí el portátil.

El perfil apareció entre decenas de otros: «Macho dominante busca sumiso con alojamiento». Directo, sin adornos. Exactamente lo que necesitaba. Escribí un mensaje breve con el nombre del hotel y el número de habitación. La respuesta tardó apenas dos minutos.

«Allí estaré. Prepárate bien. Quiero el culo limpio y abierto.»

El reloj marcaba las ocho menos cuarto cuando empecé el ritual. Me desnudé frente al espejo del baño y me afeité con cuidado hasta dejar la piel completamente lisa: las pelotas, el pubis, las ingles, el surco entre las nalgas. El reflejo me devolvió una imagen que conocía demasiado bien: un cuerpo corriente y una polla pequeña que apenas superaba los nueve centímetros erecta. Una pollita ridícula, casi infantil al lado de la de cualquier hombre normal. Siempre me había sentido inadecuado por eso, pero con el tiempo descubrí que esa inadecuación alimentaba mi sumisión de formas que no podía explicar. Cuanto más se reían de mi polla, más duro me ponía.

Me preparé a fondo. Cánula, ducha interna, agua caliente recorriéndome las tripas hasta que salió completamente limpia. Después ducha externa, jabón, agua hirviendo hasta que los músculos se aflojaron y el agujero quedó rosado y palpitante. Me sequé despacio, me miré una última vez y salí al dormitorio completamente desnudo. Cada minuto que pasaba me aceleraba el pulso. Mi polla minúscula estaba tiesa, mojando ya la punta, anticipando.

Cuando sonaron los golpes en la puerta, sentí que el corazón se me subía a la garganta.

Abrí con cuidado. Y ahí estaban. No uno, sino dos hombres. El primero, moreno, de mandíbula cuadrada y mi misma estatura, habló sin esperar invitación.

—Tú debes ser Marcos. Yo soy Diego, y este es Adrián. No te importa que haya traído compañía, ¿verdad?

No me importaba. La presencia de los dos amplificó mi excitación hasta un punto casi insoportable. El pánico y el deseo se fundieron en algo eléctrico que me recorrió entero. Dos contra uno. Dos vergas para una sola perra. La ecuación estaba clara.

Entraron, dejaron una mochila negra sobre la mesa y comenzaron a desnudarse con una naturalidad que me intimidó. Sus cuerpos estaban trabajados, pero lo que capturó toda mi atención fueron sus pollas. Gruesas, largas, oscilando pesadamente entre sus piernas mientras terminaban de quitarse la ropa. Aún sin empalmar del todo parecían descomunales, dos vergas oscuras y venosas, con los huevos colgando pesados, llenos de leche. La de Diego era recta y gruesa como una muñeca; la de Adrián, más larga, curvada hacia arriba, con un glande hinchado del tamaño de una ciruela.

Se acercaron y me colocaron entre los dos. Diego de frente, Adrián detrás. Sus manos empezaron a recorrerme como si inspeccionaran una mercancía. Diego me besó con una autoridad aplastante, su lengua invadiendo mi boca sin pedir permiso, hurgándome el paladar, saboreándome. Adrián me mordía el cuello, me apretaba los pezones hasta hacerme gemir, enviando descargas que me hacían temblar desde la nuca hasta las rodillas. Sus manos bajaron y me abrieron las nalgas, dejando expuesto mi agujero, mientras un dedo seco rozaba el botón apretado.

Mis manos encontraron sus pollas. Apenas podía cerrar los dedos alrededor de su grosor. Estaban calientes, pesadas, creciendo contra mis palmas a cada segundo, hinchándose hasta convertirse en dos garrotes de carne dura. Empecé a masturbarlos despacio, sintiendo cómo se ponían como piedras, cómo el prepucio se retraía y dejaba al descubierto unos glandes brillantes que rezumaban gotas espesas.

Adrián me tocó desde atrás, rodeando mi polla con tres dedos. Le sobraba mano.

—Pero qué chiquitita la tienes, Marcos. Joder, parece la de un crío. Si la tapo con el puño desaparece.

—No te preocupes —rio Diego—, para lo que la va a usar le sobra. Aquí lo que importa es el otro agujero.

Un gemido se me escapó, ahogado por la lengua de Diego, que volvió a metérmela hasta la garganta.

—De rodillas —ordenó Diego apartándose—. A ver si esa boquita sirve para algo.

Obedecí al instante, dejándome caer sobre la moqueta. Desde abajo, la vista era abrumadora. Dos pollas erectas a centímetros de mi cara, gruesas, con venas marcadas latiendo, los huevos pesados colgando bajo cada una. No necesité más instrucciones. Saqué la lengua y lamí desde los testículos de Diego hasta la punta de su glande, recogiendo el sabor salado del presemen. Después abrí la boca todo lo que pude y me la metí. Apenas me cabía la mitad. Diego me agarró la nuca y empujó, forzándome a tragar más, golpeándome el fondo de la garganta hasta hacerme arcadear. Las lágrimas me brotaron de los ojos y la baba empezó a chorrearme por la barbilla.

—Eso es, perra, traga esa polla entera. Para esto tienes la boca.

Adrián se acercó por el otro lado y me apretó los carrillos para separármelos. Cuando Diego sacó la suya, él me clavó la propia de una sola embestida, llegando al fondo. Sentí el glande hinchado golpeándome la campanilla, las pelotas estampándose contra mi mentón. Tosí, escupí, babeé, pero no me aparté. Empecé a chupar y a tragar como podía, sintiendo cómo me la sacaba hasta la punta y me la volvía a meter entera, follándome la garganta sin piedad.

Cambiaron de turno una y otra vez. Una verga, la otra, y otra vez la primera. Mis manos trabajaban en la que la boca dejaba libre, masajeándoles los huevos, recorriéndoles la base con la lengua. El sabor salado se mezclaba con mi saliva, formando hilos espesos que me caían por el pecho.

—Lo haces bien —gruñó Diego, sujetándome la cabeza con las dos manos y bombeándome la cara como una funda—. Con esa pollita ridícula que tienes, más te vale que la boca te funcione. Aquí tú eres la hembra. La puta. ¿Entendido?

Asentí con su verga aún clavada hasta el fondo. La nariz me tocaba el vello de su pubis. Casi no podía respirar, y aun así estaba más excitado que en toda mi vida.

—Mírale la polla —se rio Adrián mirando hacia abajo—. La tiene durísima, la perra. Le pone que la usen.

—Claro que sí —gruñó Diego—. A esto venía. ¿Verdad, Marcos? A que dos machos te follen como te mereces.

—Sí —murmuré con la voz rota cuando me sacó la polla para dejarme hablar—. Sí, señor.

—Señores —corrigió Adrián, y me dio una bofetada seca en la mejilla con la polla, dejándome la cara llena de su pre.

—Sí, señores.

Y volvió a metérmela.

***

Tras un buen rato de servirlos con la boca hasta tener la cara empapada de baba y la mandíbula dolorida, me ordenaron levantarme. De la mochila sacaron grilletes de acero, un bote grande de lubricante y preservativos de talla especial. Me esposaron las muñecas a la espalda, los grilletes clavándoseme en las muñecas, y me empujaron hacia la cama, de rodillas, con el torso y la cara hundidos en el colchón. El culo en alto, abierto, ofrecido.

Diego se colocó detrás. Sentí sus dedos abriéndome las nalgas, inspeccionándome. Escupió directamente sobre mi agujero y vi cómo el escupitajo resbalaba entre las nalgas. Después untó lubricante generosamente, empapando el ano, y comenzó a dilatarme con un dedo, luego dos, luego tres, girándolos despacio, abriéndome.

—No eres virgen, eso está claro. Pero estás bien apretado. Hace tiempo que no te dan lo tuyo, ¿eh? Eso se acaba ahora mismo. Hoy te vamos a dejar el culo como un calcetín.

Tenía razón. Hacía más de un año. Y nunca con nada de ese tamaño. Oí el crujido del envoltorio del preservativo, el chasquido de la goma al ajustarse sobre el grosor de su verga, el chapoteo del lubricante mientras se enrollaba la goma con la mano.

Apoyó el glande contra mi ano y empezó a presionar. Yo intenté relajarme todo lo posible, respirar, ceder, abrir el esfínter para él. Pero la penetración fue brutal. Sentí una presión inmensa, como si algo demasiado grande forzara su paso a través de un espacio demasiado estrecho. El glande empujó, empujó, y de pronto pasó la barrera del esfínter con un dolor agudo que me arrancó un grito. Adrián me tapó la boca con su mano enorme.

—Calla, imbécil, que van a pensar que te estamos descuartizando —susurró Adrián mientras con la otra mano me aplastaba el torso contra la cama—. Aguanta esa polla como una buena perra.

Diego avanzó centímetro a centímetro, abriéndome a la fuerza, hasta enterrarme la verga entera. Sentí sus huevos pesados aplastándose contra los míos, su pubis pegado a mis nalgas. Se detuvo un instante, dejándome sentir todo el volumen dentro, y luego empezó a moverse. Lento al principio, rítmico, dejando que mi cuerpo se adaptara a su volumen. Sacaba la polla casi entera y volvía a clavármela hasta el fondo, despacio, escuchándome jadear bajo la mano de Adrián.

—¿Notas qué bien entra, perra? —gruñó—. Tu culo está hecho para esto. Para que te lo abran. Para que te lo llenen.

Cada embestida me arrancaba un quejido que la mano de Adrián ahogaba. El dolor era intenso, punzante, pero debajo latía algo más oscuro: un placer perverso que crecía con cada golpe. La verga de Diego me rozaba algo dentro, un punto eléctrico que me hacía estremecerme entero.

Diego me agarró las caderas con las dos manos, clavándome los dedos hasta dejarme moratones, y aceleró. El sonido húmedo de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba la habitación: chap, chap, chap. Sus huevos golpeándome rítmicamente entre las piernas. Mi propia pollita pequeña colgaba dura bajo mi vientre, goteando un hilo continuo de pre que mojaba la sábana.

—Mírala —dijo Adrián mirando hacia abajo—. La perra tiene la pollita chorreando solo de que le metan.

—Es lo que es —gruñó Diego sin parar de embestir—. Una hembra. Una hembra con polla de juguete.

Con las manos esposadas a la espalda, sujeto y amordazado por Adrián, yo no podía hacer absolutamente nada salvo recibir verga. Y eso era exactamente lo que había ido a buscar. Diego me follaba más fuerte a cada minuto, sacándola entera para volverla a meter de golpe, hundiéndomela hasta los huevos. La cama crujía. El colchón se movía. Mis nalgas iban a estar marcadas durante días.

Siguió durante lo que pareció una eternidad. Sin piedad, sin preocuparse por mi sufrimiento, centrado únicamente en su placer. Yo sentía sus testículos golpeándome rítmicamente, su respiración cada vez más agitada, sus dedos clavándose en mi cadera, sus gruñidos cada vez más profundos.

—Me voy a correr —jadeó—. Me voy a correr dentro, perra. Aprieta el culo.

Apreté como pude. Diego dio cinco o seis embestidas finales, brutales, hundiéndomela hasta el fondo cada vez. Finalmente, con un gruñido gutural, se detuvo muy adentro. Sentí las pulsaciones violentas de su verga mientras se vaciaba dentro del preservativo, los espasmos sacudiéndole entero, los huevos contraídos contra mí. Se quedó un buen rato así, vaciándose, respirando agitado, antes de retirarse despacio. La polla salió con un sonido obsceno, dejándome el agujero abierto, palpitante, escurriendo lubricante.

Mi cuerpo quedó temblando, abierto, gimiendo contra el colchón.

***

Cambiaron posiciones. Ahora era el turno de Adrián. Oí el crujido de otro envoltorio. Diego asumió el rol de sujetarme: una mano en mi hombro aplastándome contra la cama, la otra cubriendo mi boca.

Adrián me aplicó más lubricante, embadurnándome el agujero ya destrozado, y me metió dos dedos enteros sin esfuerzo para comprobar la dilatación.

—Está abierto como una flor —se rio—. Le has hecho el trabajo, Diego.

Apoyó su glande curvado contra mi entrada y me penetró de un solo empujón, hundiéndome la verga entera de una sola vez. Mi ano, ya cedido por Diego, lo recibió con menos resistencia, pero el volumen y la curvatura seguían siendo abrumadores. Adrián era más largo, y su glande gigantesco me llegaba más adentro, a un sitio donde Diego no había alcanzado. Solo que esta vez, lentamente, el dolor empezó a transformarse en otra cosa.

Comencé a moverme en sincronía con él, empujando mi culo hacia atrás cada vez que él embestía. Cada penetración profunda estimulaba algo dentro de mí, una presión constante sobre la próstata que encendía oleadas de placer desde las entrañas. El ritmo se intensificó. Adrián la metía y la sacaba con una cadencia salvaje, su pelvis golpeando mis nalgas con fuerza creciente, los huevos balanceándose contra los míos.

—Joder, qué culo tiene la perra —gruñía—. Qué bien aprieta. Lo voy a reventar.

—Reviéntalo —dijo Diego, ahora masturbándose lentamente delante de mi cara con la polla aún brillante de lubricante—. Que aprenda lo que es.

Adrián me agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda mientras seguía bombeándome. La nueva postura le permitía clavármela aún más profundo. Cada embestida me golpeaba directo el punto interno, una y otra vez, sin tregua. Yo gemía, jadeaba, suplicaba en susurros que ni yo mismo entendía.

—Más, más fuerte, por favor, señor…

—¿Más? ¿Quieres más, putita?

—Sí, sí…

El placer se fue acumulando como una marea imparable. Mi polla pequeña, colgando dura sin que nadie la tocara, vibraba, se hinchaba más de lo que jamás se había hinchado. Sentí que algo se rompía dentro de mí, una barrera que nunca había cruzado. Mi primer orgasmo anal auténtico me golpeó con una violencia que me dejó sin aire. Todo mi cuerpo se contrajo, mi esfínter apretando la verga de Adrián en espasmos involuntarios mientras de mi pollita sin tocar salía un chorro tras otro de semen, manchando las sábanas debajo de mí, vaciándome el alma sin que nadie me hubiera puesto un dedo encima.

—¡Joder, se está corriendo! —gritó Adrián—. La perra se corre con la polla en el culo, sin tocársela. Aprieta increíble, hostia.

—Claro que sí —dijo Diego, cuya mano ahora ahogaba gemidos de placer en lugar de gritos de dolor—. Esto es lo que es. La perra lo está disfrutando como una hembra de verdad. Mira cómo chorrea por debajo.

Arrastrado por mis contracciones, que le ordeñaban la polla espasmódicamente, Adrián alcanzó su propio orgasmo segundos después. Me clavó la verga hasta el fondo, me agarró las caderas con fuerza y se vació dentro del preservativo con un rugido que retumbó por toda la habitación. Sentí cada pulsación, cada espasmo, mientras él se descargaba dentro de mí con embestidas cortas y profundas que me dejaron tiritando.

Cuando salió, mi agujero quedó abierto, hinchado, latiendo en el aire frío de la habitación.

***

Lo que siguió fue un catálogo de dominación metódica. Sacaron cuerdas de la mochila, me quitaron los grilletes y me ataron en cruz sobre la cama, boca arriba, con las muñecas y los tobillos sujetos a las cuatro esquinas del armazón. Las cuerdas se me clavaron en la piel cuando tiré para probar. No podía moverme.

Por turnos se sentaron sobre mi cara, aplastándome la nariz y la boca con sus culos sudados, y me obligaron a lamerlos. Yo sacaba la lengua y exploraba cada pliegue, hundiendo la punta en sus agujeros mientras ellos restregaban las nalgas contra mi cara, asfixiándome durante segundos cada vez que se apoyaban del todo.

—Más adentro, perra —ordenaba Diego, sentado sobre mi boca con todo su peso—. Métela hasta el fondo. Saboréame el culo. Así, toda la lengua. Buena perra.

Mi lengua se hundía en su ano, lo recorría, lo penetraba todo lo que podía. El sabor almizclado, el sudor, el olor denso a macho me invadían la cabeza. Cuando se cansaba uno, se cambiaba con el otro, y yo seguía lamiendo, chupando, comiéndoles los culos como me ordenaban entre jadeos y la asfixia intermitente de su peso.

Después se levantaron y se masturbaron a centímetros de mi cara. Diego se la pajeó rápido, gruñendo, apuntándome a la frente con el glande. Adrián a su lado se machacaba la verga curvada con movimientos largos. Habían traído un vaso del baño y se corrieron uno tras otro dentro de él, vaciando dos chorros gruesos y blancos que llenaron casi la mitad del recipiente. Me dejaron oler el contenido, restregándome el borde por la nariz. El olor era espeso, salado, denso a macho.

Me masturbaron también a mí, machacándome la pollita pequeña entre dos dedos como si fuera un clítoris hinchado. Apenas necesitaron veinte segundos para arrancarme otro orgasmo. Recogieron mi escasa corrida en el mismo recipiente, añadiéndola a la suya.

—Qué hambre da follar —dijo Diego con una sonrisa perversa, mirando el vaso lleno.

Me amordazaron con un calcetín grueso metido hasta el fondo de la boca y asegurado con cinta adhesiva enrollada varias veces alrededor de la cabeza. Luego sacaron de la mochila un grueso vegetal —un pepino enorme, oscuro, mucho más grueso que cualquiera de las pollas que me habían metido— y lo untaron generosamente con lubricante. Sin ceremonias, sin preparación previa, me lo insertaron entero. Mi cuerpo arqueó la espalda en un grito ahogado mientras el cilindro frío y duro se abría paso por mi recto. La presión contra la próstata era constante, inevitable, una mano apretándome desde dentro sin descanso. Sellaron la entrada con cinta adhesiva cruzada sobre las nalgas para que no pudiera expulsarlo.

—Este amigo te va a mantener bien ocupado —dijo Diego entre risas, dándome una palmada en el muslo—. Pórtate bien.

Entraron juntos al baño. Les oí ducharse, reírse, hablar como si nada, comentar lo apretado que estaba mi culo y lo bien que me había portado. Mientras tanto, la presión interna del pepino, clavada justo sobre la próstata, me forzó al primero de varios orgasmos involuntarios. Sin nadie tocándome, mi polla saltó y escupió otro chorro débil que me cayó sobre el vientre. Las cuerdas chirriaron mientras yo temblaba entero, incapaz de moverme, ahogado bajo la mordaza.

Cuando salieron del baño me encontraron retorciéndome contra las ataduras, temblando, con la mirada perdida y el vientre manchado. Se vistieron sin prisa, mirándome con una mezcla de diversión y satisfacción. Me hicieron oler el contenido del vaso una vez más antes de dejarlo sobre la mesita, justo junto a mi cabeza, para que el olor ácido y denso me llegara en oleadas que mantenían mi excitación en un nivel insoportable.

—Vamos a cenar algo. No te vayas, ¿eh? —dijo Diego con tono burlón—. Disfruta de tu amiguito.

Tomaron la tarjeta de la habitación y salieron, colgando el cartel de «No molestar» en el pomo.

***

El tiempo se distorsionó. Anocheció del todo y me quedé a oscuras, con solo la luz que se filtraba por la rendija bajo la puerta. Cada ruido del pasillo me sobresaltaba: voces, pasos, maletas rodando, risas lejanas. El pepino seguía clavado en mí, golpeándome la próstata cada vez que mis músculos involuntariamente lo apretaban. Cada contracción me obligaba a correrme una y otra vez en espasmos secos que me dejaban cada vez más agotado y, paradójicamente, más caliente. Pronto dejó de salir semen y solo eran sacudidas profundas, un orgasmo perpetuo que me sacudía como una corriente eléctrica.

¿Volverían? ¿Y si me dejaban así toda la noche?

El miedo y el deseo se retroalimentaban en un bucle que me tenía al borde de la locura. Perdí la cuenta de los orgasmos forzados. Mi pollita, hinchada y morada, palpitaba sin descanso sobre mi vientre. El olor del vaso de semen junto a mi cara me llenaba la nariz a cada respiración. Mi mente flotaba en un estado alterado donde el sufrimiento y el placer eran indistinguibles.

Finalmente, la puerta se abrió. La luz me cegó un instante.

—Mírale —dijo Adrián—. Sigue empalmado. Caliente como una perra en celo. Y mira cómo está la cama, todo perdido de babas y leche.

—Pobrecito, debe tener mucha hambre —dijo Diego acercándose, soltándose el cinturón mientras hablaba—. Vamos a remediarlo.

Le quitaron la cinta adhesiva de mis nalgas y, con un tirón seco, sacaron el pepino. Mi agujero quedó abierto un instante, gaping, antes de cerrarse a duras penas en espasmos. Me masturbaron sin ceremonia, machacándome la pollita pequeña entre el índice y el pulgar como antes. Apenas unos toques bastaron para arrancarme otro orgasmo devastador, esta vez con una corrida más generosa que les sorprendió incluso a ellos. Recogieron mi semen en el vaso, añadiéndolo al cóctel.

Luego se abrieron los pantalones y se sacaron las pollas medio empalmadas. Se masturbaron rápidamente, gruñendo, frotándose el uno contra el otro sus glandes mientras se machacaban, hasta que con pocos minutos de diferencia descargaron sus cargas dentro del recipiente. Diego escupió varios chorros gruesos y largos; Adrián añadió los suyos encima, una cantidad obscena que casi llenó el vaso. La mezcla flotaba espesa, blanca y amarillenta, con burbujas en la superficie.

Me quitaron la mordaza con cuidado. Tenía la mandíbula bloqueada y la boca seca. Entre los dos me sujetaron la cabeza por los lados y me mantuvieron la boca abierta a la fuerza, los dedos clavados en mis mejillas.

—Ahora tu premio —dijo Diego, inclinando el vaso sobre mi cara—. Abre bien.

El primer chorro me golpeó la lengua. Espeso, salado, amargo. Tragué. Otro chorro. Y otro. Me hicieron tragar despacio, controlando el ritmo, deteniendo el vaso cuando empezaba a atragantarme, dejando que el siguiente sorbo cayera solo cuando había tragado el anterior. El sabor me invadía la boca entera, la garganta, las fosas nasales. Una parte se me escapó por la comisura y me resbaló por el cuello. Saboreé cada gota, hasta la última, mientras ellos observaban con expresiones de satisfacción, masturbándose perezosamente.

—Buen chico, Marcos. Te lo has tomado todo —dijo Adrián limpiándome la barbilla con el pulgar, que después me metió en la boca para que se lo lamiera.

Me volvieron a amordazar rápidamente, metiéndome el calcetín de nuevo y sellándomelo con cinta. Diego se inclinó y me dio un golpecito en la mejilla.

—Ahora necesitas descansar.

Sacaron un frasco oscuro y empaparon un paño. En cuanto lo acercaron a mi cara, un olor químico y dulzón me golpeó las fosas nasales. Me lo presionaron contra la nariz y la boca. Intenté resistirme, agitando inútilmente las extremidades atadas, pero entre los dos me sujetaron sin esfuerzo. El zumbido en los oídos comenzó casi de inmediato, seguido de una oscuridad creciente que lo fue engullendo todo.

Esto es exactamente lo que vine a buscar.

Después, nada.

***

Desperté a la mañana siguiente con un dolor de cabeza brutal y calambres en las extremidades por las ataduras. La luz entraba por las cortinas. Seguía atado, amordazado, con el cartel colgado por fuera impidiendo que nadie entrara a la habitación. Mi agujero seguía abierto, palpitante, y la sábana estaba empapada de fluidos secos.

No me encontraron hasta bien entrada la noche. No denuncié. Salir de aquella situación requirió explicaciones ridículas, disculpas al personal del hotel y el pago de un día extra que fue lo de menos.

Pero durante todo ese día, a pesar del dolor de cabeza y los calambres, estuve en un estado de excitación perpetua. Los orgasmos forzados siguieron sucediéndose, uno tras otro, cada vez que recordaba el sabor de su semen en mi boca o la sensación de sus vergas abriéndome el culo. Me corrí varias veces solo recordando, hasta el agotamiento absoluto, manchando las sábanas limpias del hotel.

Fue, sin ninguna duda, la experiencia más intensa de toda mi vida. Y mientras escribo esto desde otro hotel, en otra ciudad, no puedo evitar abrir el portátil y buscar un nuevo perfil que me prometa exactamente lo mismo.

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Comentarios(9)

rfito

tremendo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

MartinaBsAs

Dios mio que inicio... abri el link esperando algo corto y termine leyendo todo de un tiron. Por favor segui escribiendo asi

Diso44

el detalle de la mochila al principio me puso alerta de lo que venia jaja, muy bien llevado el suspenso

Carlos_BsAs

Exelente relato, me recordo a algo que vivi hace años aunque nada tan intenso jajaja. Felicitaciones

LectorCR

Queremos continuacion! hay poco bdsm bien escrito por aca y este vale la pena. Gracias

lagarto46

buenisimo, se hizo corto :)

Patri77

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser exagerado. La tension del principio es lo mejor del relato

MarceloR88

Jajaja esperar a uno y que fueran dos... no me lo esperaba para nada. Gran relato, muy bien narrado

xtcxtc

Muy bien escrito, gracias por compartirlo. Espero con ansias el proximo

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