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Relatos Ardientes

La lección de obediencia que no vio venir

Marina llegó a casa de Claudia pasadas las seis y media, con la mochila colgando de un hombro y los nervios pegados a la garganta. Tenía veinte años recién cumplidos, el pelo rubio cortado en un flequillo recto y unos ojos claros que la hacían parecer más pequeña de lo que era. No medía mucho, apenas metro y medio largo, pero todo en ella estaba en su sitio: la cintura fina, las curvas marcadas bajo cualquier prenda. Esa tarde llevaba una camiseta de tirantes y un pantalón corto gris de algodón que no la ayudaba a pasar desapercibida.

Claudia le abrió en pijama, frotándose un ojo y bostezando.

—Estoy muerta, Marina… me caigo de sueño —dijo apoyándose en el marco de la puerta—. Si te atascas con algo, mi padre está en el despacho.

Marina asintió y se instaló en el sofá del salón con el portátil. No habían pasado ni veinte minutos cuando dejó de oír ruido en el cuarto de Claudia. Su amiga dormía como un tronco; siempre había sido así.

Estaba peleándose con la parte más enredada del trabajo, mordiéndose el labio, cuando oyó pasos en la escalera. Gustavo bajó sin prisa. Era un hombre alto, de espaldas anchas y pelo entrecano peinado hacia atrás, con unas gafas de montura fina que le daban un aire severo. Rondaba los cincuenta y cinco y tenía esa clase de presencia que ocupa una habitación entera sin necesidad de levantar la voz.

—Siéntate recta —dijo nada más entrar, con un tono grave y tranquilo.

Marina se enderezó de golpe, sorprendida de su propia obediencia. Notó el calor subiéndole a las mejillas. Gustavo se acercó y se sentó a su lado, más cerca de lo que la cortesía pedía, y le pidió que le enseñara dónde se había quedado atascada.

Empezó a explicarle la parte difícil con paciencia, señalando la pantalla con un dedo. Su voz era pausada, segura, sin un solo titubeo. Mientras hablaba, apoyó el brazo en el respaldo del sofá, y de vez en cuando el dorso de su mano rozaba el hombro desnudo de ella. Marina fingía concentrarse en las palabras, pero solo sentía esos roces.

—Eres una chica aplicada —comentó él de repente, girándose para mirarla—. Pero te distraes con facilidad. ¿Por qué te pones tan nerviosa cuando me tienes cerca?

Marina bajó la vista al teclado, incapaz de sostenerle la mirada.

—No… no sé —murmuró.

Gustavo sonrió de medio lado. Sin pedir permiso, le levantó la barbilla con dos dedos y la obligó a alzar la cara.

—Cuando te hablo, me miras a los ojos —dijo, suave pero sin dejar margen a la réplica.

Ella tragó saliva. Tenía los ojos de él fijos en los suyos, y por un instante no supo si quería apartarse o quedarse así para siempre. Entonces Gustavo se inclinó y la besó.

Fue un beso que no preguntaba nada. Posesivo, lento, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Marina dejó escapar un sonido apagado contra su boca, temblando, pero no se echó atrás. Cuando él se separó unos centímetros, le rozó los labios con los suyos.

—Buena chica —susurró.

¿Qué estoy haciendo?, pensó ella. Pero no se movió.

Había imaginado mil veces cómo sería su primera vez con alguien, y nunca se había parecido a esto. En sus fantasías siempre había un chico de su edad, torpe y dulce, pidiendo permiso a cada paso. Aquello era lo contrario: un hombre que no preguntaba, que sabía exactamente lo que quería y que la miraba como si llevara semanas esperando ese momento. Y lo más perturbador no era el miedo, sino descubrir cuánto le gustaba que decidieran por ella.

Gustavo le pasó un dedo por la clavícula, despacio, siguiendo el tirante de la camiseta hasta hacerlo resbalar por el hombro. No dijo nada. Solo la observaba, atento a cada reacción, como si estuviera midiendo hasta dónde podía llevarla. Marina notó que su propia respiración la delataba.

Gustavo la tomó de la cintura y, sin el menor esfuerzo, la levantó del sofá y la sentó sobre sus piernas. Le subió la camiseta despacio, descubriendo su pecho firme. La miró un momento, como quien valora algo que ya considera suyo.

—Bonitas —dijo en voz baja, abarcándolas con las manos y apretando justo lo necesario—. Esto es mío esta noche.

Marina jadeó, dividida entre la vergüenza y un calor que le crecía entre las piernas. Gustavo agachó la cabeza y le atrapó un pezón con la boca, chupándolo con fuerza, mordiendo lo justo para arrancarle un gemido. Luego soltó la otra orden con la misma calma de antes.

—Quítate el pantalón y la ropa interior. Ahora.

Las manos de ella temblaban mientras obedecía. En cuestión de segundos se quedó desnuda de cintura para abajo, sentada al borde del sofá, sin saber dónde meter las manos. Gustavo la recorrió entera con la mirada y asintió despacio, satisfecho.

—Muy bien —repitió—. Ahora ponte a cuatro patas.

Roja hasta las orejas, Marina obedeció. Apoyó las rodillas en el sofá y arqueó la espalda, con el trasero levantado y la cara casi escondida entre los cojines. Oyó a Gustavo moverse detrás de ella, sintió sus manos grandes separándole las nalgas sin ninguna delicadeza.

—Mírate —dijo con la voz ronca—. Hoy voy a probar todo lo que es mío.

Ella hundió la frente en el cojín, muerta de pudor.

—Por favor, don Gustavo… —suplicó en un hilo de voz, sin saber muy bien qué estaba pidiendo.

—Calladita —ordenó él.

***

Lo que vino después la dejó sin aire. Gustavo se inclinó y empezó a lamerla desde atrás, con la lengua plana y firme, sin prisa, tomándose su tiempo en cada pasada. Marina apretó los dedos contra la tela del sofá y gimió contra los cojines. Nunca nadie le había hecho algo así, y la mezcla de vergüenza y placer la tenía temblando.

Pero él no se detuvo ahí. Subió despacio con la lengua hasta un rincón mucho más íntimo, uno que nadie había tocado jamás. Marina se tensó entera y levantó la cabeza de golpe.

—Ahí no… por favor —pidió, encogida de pudor.

La respuesta de Gustavo fue una palmada seca en una nalga, lo bastante fuerte para hacerla saltar.

—He dicho calladita. Todo esto es mío esta noche.

Y siguió. Alternaba entre un punto y otro, jugando con la lengua, succionando, lamiendo sin ninguna prisa, como si tuviera toda la noche por delante. El único sonido en el salón era el de su boca y la respiración entrecortada de ella. Marina se sentía expuesta, dominada, vencida, y cuanto más se avergonzaba, más la traicionaba su propio cuerpo.

—Te gusta —gruñó él contra su piel, deslizando dos dedos gruesos dentro de ella mientras seguía con la lengua—. Por mucho que te dé vergüenza, te gusta.

No era una pregunta y los dos lo sabían. Marina se corrió con un gemido largo y ahogado, con las piernas temblándole sin control, agarrada a los cojines como si fueran lo único que la sostenía.

Apenas le dio tregua. Gustavo se incorporó, se desabrochó el cinturón y dejó caer el pantalón. Marina lo notó colocarse detrás, sintió el peso de su cuerpo, y entonces la penetró de una sola embestida. Soltó un quejido que se le rompió a la mitad.

—Así —dijo él, agarrándola con firmeza de las caderas y marcando un ritmo fuerte, dueño de cada movimiento—. Quieta y obediente.

La cambió de postura varias veces, siempre llevando él las riendas. La puso de costado, le levantó una pierna, volvió a ponerla a cuatro patas y la embistió más hondo. Marina ya no pensaba en Claudia durmiendo al final del pasillo, ni en el trabajo a medias en la pantalla del portátil. Solo existían las manos de aquel hombre y el ritmo que él imponía.

Cuando lo sintió tensarse, Gustavo se retiró de golpe, la giró por los hombros y la hizo arrodillarse en el suelo, frente a él.

—Abre la boca —ordenó.

Ella obedeció, con los ojos brillantes y la respiración rota. Gustavo terminó así, con un gruñido grave que pareció salirle del pecho, una mano enredada en su pelo rubio. Marina aguantó como pudo, tragó lo que pudo, y cuando él la soltó se quedó quieta, jadeando, sin atreverse a moverse.

***

Después, todo cambió de tono. Gustavo la levantó del suelo con cuidado, la atrajo contra su pecho y le acarició el pelo despacio, en silencio, como si quisiera devolverla poco a poco al mundo. El corazón de Marina seguía golpeándole las costillas.

—Buena chica —murmuró él contra su sien—. Esto no ha hecho más que empezar.

Marina cerró los ojos, todavía temblando, con el cuerpo agotado y la cabeza dándole vueltas. Sabía que debería sentirse mal, que al día siguiente miraría a Claudia y no sabría qué decir. Pero, por mucho que lo intentara, no encontraba dentro de sí ni rastro de arrepentimiento. Solo las ganas, oscuras y tercas, de que él volviera a ordenarle algo.

—Sí, don Gustavo —susurró por fin, sin abrir los ojos.

Y supo, en ese mismo instante, que la próxima vez no haría falta que se lo pidiera dos veces.

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Comentarios (6)

Beto_noches

increible!!! me atrapó desde la primera línea, tremendo relato

Celeste_Mdp

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue la historia

LectorSilente

Me gustó mucho el ritmo, no es facil escribir de este tema sin que se sienta forzado. Muy bien logrado.

Claudio_Mx

El titulo le queda perfecto, uno realmente no lo ve venir y eso es lo que lo hace tan bueno

Mati_lector

jajaja la descripcion del comienzo me mató, demasiado bueno

SandraK

Me recordo a algo que vivi hace tiempo y que nunca olvidé jaja. Excelente como lo contaste, se siente real.

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