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Relatos Ardientes

Mi ama de veinticuatro años me trata como ganado

Me llamo Pilar y tengo cincuenta y dos años. Vivo en un piso corriente de un barrio de las afueras de Zaragoza, trabajo de gestora en una correduría de seguros y llevo una vida que cualquiera describiría como gris y previsible. Me levanto a las siete, cojo el tranvía, atiendo pólizas, vuelvo a casa, me caliento la cena y me acuesto. Nadie que se cruce conmigo en el portal imaginaría que por dentro estoy obsesionada con que me traten como a un animal de establo. No es un juego suave ni un capricho de fin de semana. Es algo duro, sucio y muy real que me tiene enganchada desde hace años y que cada día me cuesta más esconder.

Todo empezó cuando rondaba los cuarenta y seis. Hasta entonces el sexo había sido algo que hacía de tarde en tarde, sin pensarlo demasiado. Un rato rápido con mi exmarido, alguna noche tocándome frente a un vídeo normal y poco más. Pero una madrugada, por puro insomnio y curiosidad, entré en un foro de BDSM. Leí relatos de gente que se dejaba atar, humillar, reducir a la categoría de bestia. Y algo dentro de mí se encendió. No fue una chispa romántica. Fue un golpe seco en la boca del estómago. Quería que alguien me arrancara la dignidad. Quería que me borrasen la cara de persona y me pusieran en su lugar la de un animal.

Me pasé meses leyendo, mirando, descubriendo nombres para cosas que ni sabía que existían. Lo que más me removía era el juego de roles más extremo, ese en el que la sumisa deja de ser mujer para convertirse en ganado. Una hembra de granja. Con el pecho pesado y colgante, obligada a andar a cuatro patas, a mugir en lugar de hablar, a comer del suelo, a aliviarse en un rincón como una res cualquiera. Cuanto más degradante era la escena, más me hervía la sangre. No quería que me llamaran «buena chica» ni que me acariciaran el pelo con ternura. Quería palmadas secas en las nalgas, como a una vaca en el corral, y que me repitieran que solo servía para dar leche y para que me usaran cuando al amo le viniera en gana.

Mi experiencia real, hasta hoy, es casi ridícula. Solo he vivido dos encuentros cortos, los dos con el mismo hombre, un dominante de unos cuarenta y cinco que conocí por la red. La primera vez quedamos en un hostal barato junto a la carretera de Logroño. Nada más entrar me ordenó ponerme a cuatro patas, me colocó un collar y enganchó una correa.

—Ladra cuando te hable —me dijo, tirando del cuero.

Y yo ladré. Recorrimos la habitación durante diez minutos largos, yo gateando con las rodillas en carne viva por la moqueta, soltando un ladrido cada vez que él daba un tirón. Me sentía absurda, mayor, blanda, con el pecho oscilando y el culo al aire. Y, sin embargo, me empapaba. Me corría solo de la vergüenza.

La segunda cita fue parecida, aunque duró algo más. Veinte minutos de paseo por el cuarto, ladrando, con un juguete metido y una cola colgando detrás. Nada más. No hubo ordeño, ni corral, ni nada de lo que yo de verdad fantaseaba. Él terminó, se vistió y se marchó. Yo me quedé en el suelo, todavía a cuatro patas, pensando que aquello era apenas el principio de algo mucho más grande.

***

Pero no fue el principio de nada físico. Desde entonces no he vuelto a tocar a nadie. Solo pantallas. Hablo casi a diario con dos dominantes. Uno es un hombre de cincuenta y cinco, serio y metódico, que me escribe cosas bastante duras pero que nunca llegan al extremo que yo persigo. La otra es una mujer. Se llama Nora y tiene veinticuatro años.

Sí, veinticuatro. Cuando me lo confesó la primera vez pensé que se burlaba de mí. Es casi una cría, me dije. Pero habla como quien lleva media vida en esto. Sabe exactamente dónde apretar. Sabe qué palabras dejarme clavadas para que arrastre la humillación el resto del día como una piedra en el bolsillo.

Nora es la que me trae de cabeza. Empezamos a escribirnos hace cuatro meses. Le conté lo de mis dos tardes haciendo de perra y le dije que aquello no era nada, que lo que de verdad anhelaba era que me convirtieran en res humana. Le mandé fotos mías, sin filtros ni trucos: el pecho caído, el vientre flojo, las estrías que dejan los años. Le dije que quería que me vieran tal cual, gastada, vieja, buena solo para dar leche y para que me montaran. Me respondió al instante.

—Perfecto. Las hembras viejas se humillan mejor, porque ya saben que no valen para otra cosa —escribió.

Desde aquel día hablamos sin falta, a veces a primera hora antes de salir hacia la oficina, a veces de madrugada cuando estoy metida en la cama incapaz de dormir.

Me cuenta con detalle cómo me trataría si me tuviera bajo su techo. Me dice que me guardaría en el garaje, reconvertido en cuadra. Que me ceñiría un arnés que me apretara el pecho hasta volverlo pesado y duro. Que me obligaría a llevar las tetillas trabajadas todo el día para que se hincharan y rozaran al andar. Que mezclaría el pienso con lo que ella decidiera y me lo pondría en un cuenco en el suelo. Que me sacaría al patio a cuatro patas, con un cencerro al cuello y una cola atada detrás. Que me ordeñaría a mano dos veces al día mientras yo mugía como una idiota agradecida. Y que, si no rendía lo suficiente, me daría con una vara hasta que llorara.

Cuando me escribe esas cosas me pongo a temblar. Estoy en mi mesa, con la pantalla de las pólizas delante, y de pronto me entra un mensaje suyo.

—Hoy he pensado en ti, vaca. Imagino el día que te marque el culo con mi inicial. Vas a mugir mientras te dejo la señal —dice.

Y yo tengo que cruzar las piernas debajo de la mesa porque me mojo tanto que me da pánico que se me note en la falda. Me paso lo que queda de jornada metida en esa imagen. Que estoy tirada en el suelo de cemento de la cuadra, con las rodillas doloridas, el pecho colgando pesado, esperando a que Nora aparezca y me ordeñe. Pienso en cómo sería que me metiera los dedos en la boca, que me obligara a chuparlos mientras me llama animal inútil que solo sirve para dar leche y para abrir las patas.

***

Por la noche, en cuanto cierro la puerta de casa, me desnudo en el recibidor. Me pongo a cuatro patas en el salón y me arrastro hasta la cocina. Abro el grifo y bebo directa del chorro, como si fuera un abrevadero, imaginando que ella me mira desde algún rincón y se ríe de lo patética que estoy. A veces me pellizco los pezones con pinzas de la ropa y tiro de ellas mientras me toco. Me corro pensando en que me obliga a mugir cada vez que llego al final.

—Muuu, vaca vieja. Otra vez —me imagino que dice.

Y lo hago en voz baja, para que los vecinos del rellano no me oigan, pero con toda la vergüenza que soy capaz de echarme encima.

Sé de sobra que ya no soy joven. Sé que mi cuerpo no es el de una chica de veinte. Tengo el pecho grande pero vencido, la cintura ancha, las carnes blandas. Y es justo eso lo que me enloquece. Quiero que me vean envejecida y que me usen igual, sin contemplaciones. Quiero que Nora me diga a la cara que soy una res vieja y gastada, pero que da buena leche, y que precisamente por eso me mantendría encerrada. Quiero que me haga fingir que pario, aunque sea con juguetes, y que después me ordeñe mientras finjo el vientre hinchado. Quiero que me obligue a lamer del suelo lo que ella derrame. Quiero que me monte con un arnés mientras me llama animal de su propiedad.

El otro dominante, el hombre, es mucho más comedido. Le gusta la idea de la correa y de los paseos, pero no se acerca al nivel de degradación que yo necesito. Con él me quedo en lo básico: collar, correa, gatear, ladrar. De vez en cuando me ordena que me coloque la cola y le mande una foto. Lo hago, pero no me llena igual. Con Nora sí. Con Nora siento que de verdad podría dejar de ser Pilar y convertirme en otra cosa.

A veces me pregunto de dónde sale todo esto. No tengo una respuesta bonita. No es que me falte nada en mi vida normal. Es, simplemente, que me excita perder el control por entero. Me excita que me quiten todo lo que me hace humana: el lenguaje, la ropa, la postura erguida, el orgullo. Quiero quedar reducida a un animal de granja. Quiero que me miren como a ganado y que me traten como tal. Sin compasión. Sin «luego te cuido». Solo uso, ordeño, humillación y más uso.

***

Esta mañana, antes de salir de casa, Nora me ha escrito.

—Esta noche te quiero una hora entera a cuatro patas en tu salón. Sin móvil, sin nada. Mugiendo de vez en cuando para no olvidar lo que eres. Y al terminar me mandas un audio con diez muuus bien claros —ha ordenado.

Lo he leído en el tranvía y se me han endurecido los pezones debajo del sujetador, ahí, rodeada de gente que iba a sus trabajos sin sospechar nada. Ahora mismo, mientras escribo esto, ya estoy pensando en esa hora. En cómo voy a hincarme sobre la alfombra, con el pecho colgando, y voy a mugir como la vaca vieja que soy por dentro. Y sé que después me correré pensando en que algún día Nora me tendrá de verdad en su garaje, encadenada, ordeñada y usada como el animal en el que quiero convertirme.

No sé cuándo pasará. No sé si alguna vez reuniré el valor de coger un tren y plantarme en su puerta. Pero, mientras tanto, vivo con esto dentro. Todos los días. A cada hora. Pensando en ser ganado. Pensando en que me humillen, en que me degraden, en que me usen hasta que no quede nada de la Pilar de cincuenta y dos años que firma pólizas con una sonrisa profesional. Solo una res. Una hembra vieja, blanda y obediente que muge cuando le tiran del pecho y que abre las patas cuando su ama lo decide.

Eso es lo que soy por dentro. Y cada día que pasa lo soy un poco más.

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Comentarios (6)

DominioTotal

increible, de los mejores relatos que lei en esta categoria. Me dejo pensando un buen rato

CarlaFuerte

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como evoluciona esa dinamica. No puede terminar ahi!

Marcos_89

Ese contraste entre la apariencia aburrida y lo que pasa adentro esta muy bien logrado. Lo que no se ve desde afuera siempre es lo mas interesante.

cris_malbec

jajaja pensar que uno mira a los vecinos sin imaginar nada... tremendo relato

lalectora_tucuman

Me sorprendio el enfoque, no es solo lo que ocurre sino lo que se siente por dentro. Eso hace que sea un relato que te engancha de verdad y no solo de forma superficial. Muy buena escritura.

madrugon_criollo

buenisimo!!! sigue subiendo

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