La dominatriz que terminó de rodillas
El metal frío contra su piel no era solo una molestia: era un insulto a todo lo que ella había sido. Renata sentía cada centímetro de su cuerpo protestar contra la inmovilidad. Las ataduras de nailon le cortaban la circulación y el dolor sordo en la mandíbula —obra de aquella mordaza que la forzaba a una apertura antinatural— marcaba el ritmo de su caída.
A su lado, Bruno y Nadia dormían con una placidez que rayaba en lo ofensivo. Para ellos las jaulas eran un refugio conocido; para ella eran el ataúd de su reputación. Se negaba a aceptar que la lealtad del Círculo fuera tan barata, que su nombre hubiera pasado de la lista de socios a la de inventario.
Odiaba a Darío con una intensidad que quemaba más que el roce del cuero en su cuello. Habían pasado horas desde que la arrancaron de su finca, y el traqueteo de la camioneta le decía que se internaban en terreno hostil. Renata conocía la geografía del miedo: las subastas de la costa ocurrían a fin de mes, y el Recinto era la escala previa, donde a los esclavos los quebraban hasta volverlos autómatas.
Yo no soy mercancía, se repetía como un mantra desesperado. Era una cazadora, una arquitecta de voluntades. Si conseguía una audiencia, convencería a Darío de su valor. Su mente, todavía arrogante, trazaba planes de negociación mientras sus manos temblaban por los espasmos de las descargas.
En la cabina, en cambio, reinaba el silencio de la eficiencia absoluta. Darío permanecía imperturbable, la mirada perdida en la línea del horizonte, donde el sol empezaba a teñir el cielo de un rojo violento. No había rastro de fatiga en su rostro de piedra. Con una calma calculada levantó la muñeca y consultó su reloj justo cuando los neumáticos abandonaron el asfalto para hundirse en un camino de tierra flanqueado por maleza seca.
—Llegó el momento —sentenció. Su voz, profunda y vacía de emoción, llenó el reducido espacio.
El chofer asintió sin una palabra y viró el volante hacia una zona donde la civilización ya era un recuerdo. Darío observó por el retrovisor el compartimento de carga, donde sabía que Renata luchaba por conservar los restos de su dignidad. Una sonrisa gélida, cargada de una maldad profesional, curvó sus labios.
—Es hora de quitarle lo único que le queda —murmuró, ajustándose los guantes sobre los nudillos—. Es hora de quitarle la esperanza.
Sacó el celular con un movimiento seco y marcó un número que solo usaba para operaciones de alto nivel. Al tercer tono respondió una voz de mujer.
—Vera, estaremos ahí en tres horas —dijo, su autoridad sin admitir réplica—. Te llevo una sorpresa especial. Quiero que te encargues tú, en persona.
De pronto sus facciones de piedra se endurecieron aún más ante lo que oía del otro lado.
—No me importa —cortó con un tono helado—. Devuélvele esas dos a Matías. No son rentables y no quiero distracciones. Hazlo ahora.
Sin esperar respuesta, colgó. El silencio volvió a reinar en la cabina. Sus ojos negros siguieron clavados en el camino hasta que divisó un claro desolado en medio del matorral, un rincón del mundo donde los gritos no eran más que vibraciones en el aire seco. Con un gesto breve ordenó detener la marcha.
El crujido de la grava bajo las ruedas fue el preludio del fin. Darío se tronó los nudillos con una calma aterradora mientras la camioneta terminaba de estacionar. Bajó del vehículo seguido por sus tres acompañantes, hombres que se movían con la eficiencia mecánica de las sombras, y rodeó hasta la parte trasera. Al abrir las puertas, la luz hiriente invadió el compartimento y reveló a sus tres cautivos.
Fijó la mirada en Renata. Ella, pese a la degradación, le devolvía un odio tan puro que habría quemado a un hombre con menos voluntad. Darío solo sonrió: para él ese odio era el último vestigio de un espíritu que estaba a punto de triturar. A su lado, Bruno y Nadia abrieron los ojos, despertando del letargo de las descargas, pero en cuanto sus miradas chocaron con la figura imponente del hombre agacharon la cabeza en un gesto de sumisión instintiva que Renata despreció en silencio.
—Sáquenlos —ordenó.
Los hombres obedecieron con brusquedad. Las jaulas cayeron una a una contra el suelo polvoriento con un estrépito metálico que vibró en los huesos de los cautivos. Una vez alineadas las tres estructuras, Darío caminó frente a ellas, evaluando su mercancía con una frialdad quirúrgica.
—Si hablan sin permiso, les corto la lengua —dijo. No lo dijo como amenaza, sino como un juramento, la descripción técnica de lo que ocurriría si rompían el silencio.
Con un movimiento de cabeza ordenó retirar las mordazas. Sus subordinados liberaron las mandíbulas de los tres sin el menor cuidado. Renata dejó escapar un jadeo de dolor cuando la sangre volvió a circular por sus músculos faciales, mientras Bruno y Nadia mantenían la vista fija en la tierra, temblando.
—Renata —dijo Darío, la voz seca como ramas muertas bajo una bota—. Tu vida me pertenece, igual que la de esos dos perros que tienes por compañía. Pero, para que veas que soy razonable, incluso generoso, voy a darles una oportunidad. Estas dos basuras que tanto presumiste haber entrenado podrían conseguirte el perdón.
Renata frunció el ceño, la curiosidad luchando contra el pánico que empezaba a asfixiarla. Darío se giró hacia la jaula de Bruno, cuya musculatura se tensaba bajo la suciedad y el sudor.
—Tú, basura… ¿amas a tu ama? —preguntó con un desprecio absoluto.
Bruno asintió con una vehemencia frenética. Pese a las cicatrices y la humillación, su voz salió con una devoción aterradora.
—Daría la vida por ella. Ella es mi mundo.
Darío desvió la mirada hacia la jaula contigua, donde Nadia permanecía acurrucada.
—¿Y tú, perra? ¿Amas a tu ama?
Nadia levantó el rostro y, por un segundo, sus ojos azules se iluminaron con una adoración patológica al buscar la figura de Renata.
—Sí… la amo con todo mi ser —susurró, la voz quebrada por una emoción casi religiosa.
Darío asintió despacio, como quien confirma un diagnóstico.
—Respondan: ¿darían la vida para que ella fuera libre y siguiera siendo su dueña?
Ambos asintieron al unísono, un coro de voluntades rotas. Él hizo una seña casi imperceptible. Sus hombres abrieron los cerrojos y sacaron a Bruno y a Nadia de las jaulas. Ninguno intentó escapar; se quedaron inmóviles sobre la tierra, esperando una orden, un propósito que solo podía venir de Renata.
—Ordénales que me ataquen —la retó Darío, mientras se desabrochaba los puños de la camisa con una parsimonia insultante—. Si estas basuras logran vencerme, serás libre. Te doy una camioneta y vuelves a tu finca. —Su rostro se ensombreció y una sombra de crueldad infinita cruzó sus facciones—. Claro… si es que pueden.
—¿Qué planeas, Darío? ¿Cuál es el truco? —exigió ella, la voz temblando de furia.
Él solo le devolvió una mueca de fastidio, una que decía a gritos que no los consideraba una amenaza digna de su tiempo. Esa superioridad terminó de enfurecerla. Perdiendo los estribos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡¿Qué esperan?! ¡Ataquen! ¡Destrócenlo y sáquenme de aquí ahora mismo!
Al oír la orden de su deidad, los dos se lanzaron hacia adelante con una desesperación animal. Bruno, confiando en su fuerza bruta, llegó primero, pero Darío se movió con la fluidez de un depredador. Con un golpe corto y explosivo conectó de lleno en la mandíbula; el crujido del hueso resonó en el claro y el hombre retrocedió aturdido, la visión llena de estática.
Ese fue el segundo exacto que Darío aprovechó para ocuparse de Nadia. Cuando la joven intentó abalanzarse, le clavó un golpe seco y ascendente en el plexo solar. El impacto fue brutal, cargado con el peso de quien sabe exactamente dónde golpear para apagar un cuerpo.
Nadia cayó de rodillas, el aire escapando de sus pulmones en un silbido agónico. Sus manos se enterraron en la tierra tratando de empujar el oxígeno de vuelta a su pecho, pero el cuerpo se negaba a obedecer. Sus ojos azules, empañados por el dolor y el shock, se clavaron en él. Darío, sin un cabello fuera de lugar y sin que su respiración se alterara, se limitó a observarla con esa sonrisa gélida, disfrutando el momento exacto en que la esperanza empezaba a morir.
Bruno recuperó el equilibrio a duras penas y se cuadró en guardia, los nudillos manchados de su propia sangre. Los músculos que Renata había cultivado con tanto esmero se tensaron bajo el sol, pero Darío no mostró el menor asomo de impresión.
—Ven —lo provocó, bajando la guardia de forma deliberada, con una arrogancia que era un insulto directo—. Muéstrame lo que tienes antes de que te rompa.
Desde la penumbra de su jaula, Renata gritó con una desesperación que rayaba en la histeria:
—¡Acábalo, Bruno! ¡Ahora mismo!
Al oír el mandato de su ama, Bruno se lanzó en una embestida furiosa, descargando una ráfaga de golpes que buscaban destrozar la defensa de Darío. El mercenario, sin embargo, se movía con una agilidad casi sobrenatural; esquivaba cada puñetazo con giros mínimos de cabeza y torso, dejando que el aire de los impactos pasara a milímetros de su piel. Con una frialdad mecánica empezó a conectar lo suyo: ganchos cortos al hígado que le robaban el aliento, jabs secos que le abrían la piel de las cejas.
Por más que el esclavo lo intentaba, por más que su voluntad lo empujaba, no lograba rozar siquiera la tela de la camisa. Finalmente, un derechazo preciso impactó de lleno en el mentón. Las piernas del hombre cedieron y colapsó pesadamente sobre la grava. Sin darle un segundo, Darío se montó encima, lo inmovilizó con su peso y descargó una lluvia de puños sobre su rostro. La sangre brotó de la nariz y la boca, manchando la tierra y los guantes.
Por el rabillo del ojo, Darío percibió que Nadia intentaba levantarse, tambaleándose como una gacela herida. Con una calma aterradora se incorporó, caminó hacia ella y, sin mediar palabra, le soltó un derechazo fulminante en la sien. Los ojos azules se pusieron en blanco y el cuerpo cayó como un fardo de seda, noqueado al instante sobre el polvo.
Se detuvo en medio del claro, rodeado por los cuerpos derrotados, y giró la cabeza hacia la jaula donde Renata observaba con la boca abierta.
—Perdiste —sentenció, la voz vibrando con una amenaza oscura mientras el sudor le hacía brillar la piel—. Ahora voy a reclamar lo que es mío.
Bajo la mirada horrorizada de Renata, cuyos ojos negros se dilataron por un pavor primario, Darío empezó a despojarse de sus prendas con una lentitud deliberada. Primero el saco, luego la camisa, revelando un torso macizo y lleno de cicatrices, hasta quedar completamente desnudo frente a ella. Entre sus muslos colgaba una polla gruesa, venosa, ya endurecida a medias por la excitación de la paliza, un mazo de carne oscura que anunciaba lo que se venía. El mensaje era claro: los tratos comerciales se habían terminado. Lo que seguía era la dominación pura y animal.
***
Darío se irguió frente a la jaula. La luz acentuaba cada músculo de su cuerpo, dándole la apariencia de una estatua tallada en granito y maldad. Agarró la verga con la mano enguantada, se la sacudió un par de veces frente a los ojos de Renata para que ella viera bien el grosor, y sin mediar palabra dejó caer una lluvia tibia y dorada directamente sobre el rostro de la mujer. El chorro amarillo le golpeó la frente, le corrió por los párpados apretados, se le metió entre los labios cerrados con fuerza y bajó por el cuello, empapándole el pelo hasta las raíces. Renata cerró los ojos con fuerza, pero el calor y el olor acre la invadieron, rompiendo la última barrera de su dignidad.
—¡Hijo de perra! ¡Esto lo vas a pagar con sangre! —chilló, escupiendo la orina que se le había colado en la boca.
Él la ignoró como se ignora el zumbido de un insecto. Caminó hacia Bruno, que yacía en el polvo tratando de recobrar el sentido. Sin esfuerzo lo volteó boca abajo, le hundió el rostro en la tierra seca y le levantó la pelvis con una fuerza bruta que hizo crujir las articulaciones. Le abrió las nalgas sucias con las dos manos, dejó al descubierto el ojete tenso y virgen de aquel hombre que se creía macho, y escupió sobre él una vez, dos, tres, dejando que la saliva espesa resbalara hasta el pequeño agujero. Fue la única preparación que le concedió. Con el miembro rígido apoyado en la entrada, se agarró la polla con la mano y de un solo empujón brutal se la clavó hasta la base, sintiendo cómo el esfínter cedía a la fuerza y las paredes internas se le estrechaban alrededor del glande.
Un grito desgarrador escapó de la garganta de Bruno, un aullido animal que asustó a los pájaros del matorral. Su mente, que él creía domesticada por la mano de una mujer, entró en un caos absoluto. Nunca, ni en sus peores pesadillas de sumisión, había imaginado ser reclamado así por un hombre, sentir una verga ajena partiéndole el culo en dos.
—¡Suéltame! ¡Sácamela, por favor, me estás rompiendo! —suplicaba, forcejeando en vano, los dedos enterrados en la grava mientras la polla de Darío entraba y salía a un ritmo cada vez más brutal, mojada ya con hilos de sangre.
La respuesta fue una llave brutal. Darío le agarró la muñeca y le torció el brazo contra la espalda hasta que el hombro estuvo a punto de dislocarse. Con la otra mano le tomó la nuca y le empujó la cara contra la tierra, ahogándole los gritos en el polvo, mientras las caderas seguían embistiendo con un ritmo sordo y hueco. Cada estocada arrancaba un jadeo entrecortado del pecho de Bruno; el sonido de piel golpeando piel, del choque de los testículos de Darío contra las nalgas del esclavo, se mezclaba con los sollozos.
—Cállate. Esto es lo que de verdad te gusta —rugió, una superioridad que aplastaba cualquier rastro de voluntad—. Sentí mi polla ahí adentro, perra. Sentí cómo tu culo la aprieta aunque no quieras. A partir de ahora soy tu único amo. Harás lo que yo diga cuando yo lo diga, o mato a Renata frente a tus ojos.
El silencio que siguió fue el sonido de un alma terminando de romperse. Bruno apretó los dientes, se tragó sus gritos de agonía y se dejó follar por las embestidas salvajes. El horror se mezcló con una traición biológica: pese al dolor y la humillación, su cuerpo empezó a reaccionar a la dominación absoluta de aquel hombre. La verga que llevaba encerrada bajo la jaula de castidad de acero luchaba por endurecerse contra el metal, arrancándole un dolor punzante que se sumaba al del culo desgarrado. Cada vez que Darío le rozaba la próstata con el glande, un gemido ronco se le escapaba sin permiso, y el semen empezó a chorrearle por debajo del dispositivo, blanco y espeso, sin que él hubiera podido correrse del todo.
Notando la resistencia, Darío le apretó los testículos por debajo de la jaula con una fuerza que le hizo ver estrellas. Los apretujó, los estrujó como quien exprime una fruta, sacándole un aullido animal.
—¡Eso es! ¡Llora, grita! ¡Nadie va a venir por ti! —exclamó, aumentando el ritmo de las embestidas hasta un galope furioso, la polla entrando cada vez más profundo, hasta que finalmente se corrió con violencia dentro de él, descargando chorros calientes y espesos en el fondo de sus tripas. Se quedó un segundo quieto, hundido hasta las bolas, dejando que la corrida se le escurriera adentro y le empapara las paredes.
Cuando se retiró con un tirón seco, un hilo blanco y rosado goteó del ojete abierto de Bruno hasta el suelo. Darío soltó el brazo y dejó que el cuerpo colapsara de rodillas, temblando, cubierto de sudor, suciedad y semen ajeno chorreándole por los muslos.
—Chúpamela —ordenó con una frialdad cortante, agarrándose la polla manchada de sangre, mierda y corrida—. Limpiala con la lengua. Toda.
Antes de que Bruno procesara la orden, le agarró el pelo con una mano y le introdujo la verga en la boca de un solo golpe, empujando el glande hasta la garganta con tal fuerza que lo hizo atragantarse. El sabor a hierro, a fondo de intestino, a su propia humillación le llenó la lengua. Bruno arcó las mandíbulas y una arcada le sacudió el estómago, pero Darío le mantuvo la cabeza fija, follándole la boca con el mismo ritmo brutal que le había follado el culo. Los labios del esclavo se estiraban obscenamente alrededor de la base de la polla, la nariz aplastada contra el vello púbico, la saliva mezclada con lágrimas cayéndole por la barbilla en hilos gruesos.
Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras sentía que se asfixiaba, mientras cada embestida le raspaba el paladar y le empujaba la lengua contra la mandíbula. Buscó desesperadamente la mirada de su ama en busca de consuelo, pero en los ojos de Renata solo encontró una decepción profunda y asqueada. Ella no veía a su perro fiel; veía un juguete roto que ya no le servía, un pedazo de carne empalado en la verga de otro hombre.
—Tragá, perra —siseó Darío, hundiéndose una última vez hasta la garganta.
En ese instante alcanzó un segundo orgasmo y descargó una corrida abundante en la boca del esclavo, chorros gruesos que le llenaron el paladar y le bajaron por la tráquea. Abrumado por el asco, Bruno no pudo evitar escupir la mitad del fluido sobre la tierra, hilos blancos cayendo entre sus rodillas. El rostro de Darío se transformó en una máscara de furia. Sin aviso, le soltó un derechazo devastador que lo mandó al suelo con el labio partido y la visión borrosa.
—Lamé la tierra —ordenó, señalando el charco de semen y polvo—. Tragate todo y no dejes rastro. Que no quede una gota mía sin que te la comas.
Completamente quebrado y temiendo por su vida, Bruno se arrastró por el suelo como el animal en que lo habían convertido. Con movimientos mecánicos y humillantes empezó a lamer la grava, pegando la lengua al polvo, chupando cada mancha blanca hasta dejar la tierra limpia, tragándose la mezcla de semen y suciedad mientras el sol de la tarde caía implacable sobre el claro.
Desde la penumbra de su jaula, Renata observaba la escena con una náusea que le subía por la garganta. El asco no era solo por la degradación física, sino por la decepción absoluta. Ver al hombre que ella misma había moldeado, su perro de presa, reducido a una piltrafa que lamía la tierra empapada en corrida ajena, fue una bofetada a su ego. Inútil, pensó con desprecio, dándose cuenta de que el pedestal de cristal sobre el que había construido su imperio empezaba a astillarse.
Darío, detectando la furia impotente de la mujer, le dedicó una sonrisa cargada de un cinismo letal. Con una lentitud sádica aplastó la cabeza de Bruno contra el suelo con la bota, hundiéndole el rostro en el fango de su propia humillación. Fue entonces cuando notó que Nadia empezaba a removerse, recobrando una conciencia que solo le traería más dolor.
—Es tu turno, perra —sentenció, caminando hacia ella con la polla todavía dura, brillante de saliva y semen, colgando obscenamente entre sus piernas.
La levantó del cuello con una sola mano, una fuerza descomunal que dejó sus pies colgando en el aire. Nadia pataleaba, sus manos cerrándose en vano sobre la muñeca que le negaba el aire, los pechos desnudos sacudiéndose con cada espasmo. Darío la estudió de cerca: una belleza porcelánica, casi irreal en aquel claro desolado, con pezones rosados endurecidos por el terror y un coño lampiño que se le abría entre los muslos temblorosos. La lanzó contra el suelo con desprecio. Antes de que ella llenara los pulmones, ya estaba encima, aplastándole el cuerpo con el suyo.
Le dobló el brazo tras la espalda en una llave técnica que la obligó a besar la tierra, levantándole las caderas para dejar el culo y el coño expuestos y vulnerables. Con la mano libre le abrió los labios del sexo, comprobó la sequedad total del interior con un dedo grueso, escupió sobre la entrada y sin más preparación le clavó la polla de una sola estocada, hundiéndose hasta las pelotas en un coño que no estaba listo para recibirlo. El grito de Nadia fue puro pánico animal. La verga la partió por dentro; sintió cómo las paredes se le estiraban al máximo, cómo el glande le golpeaba el fondo del útero con cada empuje, cómo la carne se le desgarraba en los bordes.
—¡Ama! ¡Ayúdeme, por favor, deténgalo, me la está metiendo toda! —gritaba con una desesperación que rasgaba el aire, esperando que su deidad hiciera algo, mientras las caderas de Darío chocaban contra sus nalgas con un ritmo sordo, brutal, cada embestida arrancándole un jadeo entrecortado.
—Callate —gruñó Darío, apretando más la llave hasta que ella sintió que el hueso iba a ceder—. Acá el único que tiene poder soy yo. ¿Lo entendés ahora? ¿Sentís mi polla en el fondo, perra? ¿Sentís cómo tu coñito se abre para mí aunque no quieras?
Cada estocada le arrancaba un chapoteo obsceno; la humedad forzada del sexo empezaba a ceder al fin, no por deseo, sino por la fricción brutal y por la sangre que empezaba a mezclarse con los flujos. Los pechos de Nadia se aplastaban contra la tierra y las piedritas se le clavaban en los pezones erectos, sumando otro tipo de dolor al que ya la partía por dentro. Darío le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás para ver cómo se le desencajaba el rostro con cada embestida, y siguió embistiendo, la polla entrando y saliendo empapada, brillante, más gruesa a cada segundo dentro de aquel coño destrozado.
Sentía que cada embestida le partía el alma. Sus ojos eran un mar de lágrimas mientras suplicaba a un cielo vacío. Pero la traición final vino de su propio cuerpo: el clítoris, aplastado contra la tierra y estimulado sin descanso por el roce de las caderas del hombre, empezó a palpitar en contra de su voluntad. Cuando el calor del orgasmo de Darío se derramó dentro de ella, chorros ardientes que le empaparon las entrañas y le desbordaron por los muslos, algo que nunca había experimentado disparó una reacción que la hizo venirse en un clímax forzado y humillante. Los muslos le temblaron, el coño se le contrajo alrededor de la polla ajena ordeñándola de la última gota, y un gemido gutural le escapó de la garganta pese al asco. Sus sentidos la habían traicionado.
—No hemos terminado —susurró él con una voz que helaba la sangre, todavía enterrado hasta el fondo, sintiendo las contracciones traidoras del coño alrededor de la verga.
Se retiró con un chasquido húmedo, dejando escapar un chorro de semen y sangre que le corrió a Nadia por el interior de los muslos hasta la rodilla, y sin dejarle un segundo de respiro se colocó detrás. Le abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre el pequeño agujero fruncido del culo, apuntó la polla —ya lubricada con la corrida que acababa de dejarle en el coño— y empujó. El grito de Nadia esta vez fue un alarido que pareció detener el tiempo, un chillido agudo y roto que salió desde lo más hondo. Darío no fue gentil; el esfínter se resistió un segundo antes de ceder de golpe, y la polla se le hundió entera en el culo con una crueldad que rozaba lo terrorífico.
—¡Piedad! ¡Me duele, me estás partiendo el culo, sacala! ¡Perdóneme, por favor! —suplicaba, la voluntad deshaciéndose como ceniza mientras la verga entraba y salía de su ano con un ritmo brutal, cada embestida arrancándole un gemido de dolor puro. Las manos se le hundían en la tierra tratando de aferrarse a algo, cualquier cosa que la anclara a la realidad.
—Jurame lealtad. Olvidate de Renata y tal vez deje de romperte —se burló él, aumentando el ritmo, follándole el culo con estocadas largas que le llegaban hasta las tripas, los testículos golpeándole el coño abierto con cada empuje—. Deciloooo, perra. Decí que soy tu único amo.
—¡Lo juro! ¡Le juro lealtad! ¡Seré buena, pero perdóneme, amo! —gritaba Nadia, la mirada rota, la boca abierta chorreando saliva sobre el polvo, el culo destrozado apretándose sin querer alrededor de la verga que la martirizaba.
Eso lo excitó de sobremanera. Le agarró las caderas con las dos manos, la clavó contra la tierra y aceleró hasta un ritmo bestial, las nalgas de la joven ondulando con cada impacto, hasta que se corrió de nuevo dentro de ella con un rugido de satisfacción, llenándole el culo con una segunda descarga espesa y caliente. Cuando por fin se retiró con un tirón brutal, la corrida se le escurrió del ano abierto en un hilo blanco que le corrió entre las nalgas. La levantó del cabello, le puso la polla manchada de mierda y semen frente a la cara, le escupió en la frente y le soltó una cachetada con la verga sobre la mejilla que la dejó aturdida.
—Limpiala —ordenó, empujándole la punta contra los labios.
Nadia abrió la boca sin dudar. Con una devoción rota, sacó la lengua y empezó a lamer la polla de arriba abajo, desde la base hasta el glande, chupando los restos de su propia sangre, de su propio culo, de la corrida que aún goteaba de la punta. Cuando la verga quedó limpia, brillante de saliva, Darío la agarró del pelo y le hundió la cabeza contra sus pies.
—Besalos —ordenó, señalando sus botas polvorientas.
Con el alma en jirones, Nadia se arrastró por el suelo y empezó a besar los pies de su nuevo dueño, pegando los labios al cuero, lamiendo el polvo de las punteras con una entrega absoluta. Al verlo, Bruno se lanzó también, como un resorte, a besar el otro pie, compitiendo por la aprobación del hombre que los había quebrado, los dos animales postrados chupando las botas del mismo dios. Darío miró a Renata con un triunfo absoluto.
—Son míos, perra. Si pensabas usarlos para escapar, ahora son mis perros —rió con una carcajada prepotente—. ¿Verdad, basuras?
—Sí, amo —respondieron ambos al unísono, sin dudar, las bocas todavía pegadas al cuero.
Darío señaló la jaula de Renata con un gesto lleno de malicia.
—Ahora vayan con esa perra y oríneselo encima. Los dos. ¡Ahora! Y no dejen una gota adentro.
Como impulsados por un mecanismo automático, Bruno y Nadia se pusieron de pie. Ya no miraban a Renata con adoración, sino con el odio concentrado del esclavo que culpa a su antiguo ídolo por su caída. Bruno se agarró la polla enjaulada como pudo, apuntó entre las barras y dejó salir un chorro caliente y amarillo que le cayó a Renata en el pecho, en la cara, entre los muslos. Nadia se abrió las piernas frente a la jaula, se agachó un poco y dejó que el pis le brotara del coño abierto, un chorro descontrolado que se mezcló con los restos de semen que aún le corrían por dentro y le cayó a Renata directo sobre el rostro.
—Usted no es un ama… solo es una esclava más —escupió Bruno mientras vaciaba la vejiga sobre ella, sacudiendo las últimas gotas contra los barrotes.
—Mentirosa —sollozó Nadia, siguiendo el ejemplo, terminando de mear encima de la mujer que la había criado—. Ahora sé que el único que puede protegerme es el amo Darío. El único con una verga de verdad.
Renata, empapada y temblando de asco, con el pelo pegado a la cara por la orina y el semen ajenos, gritó desde su encierro:
—¡Son unos estúpidos! Él los va a vender como ganado.
Nadia la miró con una risa histérica y lágrimas en los ojos, con los muslos todavía pringados de la corrida de Darío.
—Igual que a ti. La diferencia es que ahora tú también vienes al infierno con nosotros.
Se desplomó sollozando mientras Bruno le tocaba el hombro con un gesto vacío.
—Vamos con el amo —murmuró, y ambos le dieron la espalda a Renata para volver a los pies de Darío.
El mensaje era final. Él no solo les había quitado la libertad; les había arrebatado la fe. Renata, oliendo a orina y semen, rodeada por el silencio del claro, maldijo a Darío y a los traidores que alguna vez llamó suyos.
***
Con el cuerpo aún vibrando por la adrenalina del sometimiento y la polla a medias otra vez, colgando pesada y satisfecha entre los muslos, Darío ordenó a sus hombres que arrastraran a Bruno de vuelta a su jaula. El hombre, que antes caminaba con la frente en alto, ahora se dejaba llevar como un saco de carne inerte, la mirada perdida en la grava, el culo aún chorreando semen ajeno por la parte trasera de los muslos. Una vez que los cerrojos de las jaulas de Bruno y Renata se cerraron con un estrépito final, Darío tomó a Nadia del cabello y la encaminó hacia la cabina delantera, arrastrándola desnuda por el polvo, con las tetas al aire y la corrida escurriéndole todavía del coño y del culo.
El motor rugió y levantó una columna de polvo que ocultó por un momento el claro ensangrentado. Adentro, el aire acondicionado luchaba contra el calor seco del exterior, pero el ambiente seguía siendo sofocante, cargado de olor a sudor, a sexo y a corrida. Darío se recostó en el asiento del copiloto, se desabrochó los pantalones y sacó la polla, todavía manchada, semirrígida, dejándola caer sobre el muslo como una invitación silenciosa. Estiró las piernas mientras la camioneta se adentraba de nuevo en el camino de tierra.
Aún quedaban tres horas hasta el Recinto, un tiempo que no pensaba desperdiciar. Nadia, arrodillada en el estrecho espacio frente a él, ya tenía los labios pegados al glande antes de que él tuviera que decir nada. Se movía con una eficiencia desesperada, la lengua envolviendo el tronco de arriba abajo, la boca abriéndose para tragar la polla entera hasta la garganta, sin arcadas, sin quejarse, como si cada movimiento fuera una ofrenda para evitar que el dolor regresara. La saliva le corría por la barbilla y le caía sobre las tetas desnudas. Sus ojos azules, antes cargados de una altivez aristocrática bajo el mando de Renata, ahora buscaban sin descanso la aprobación del hombre que la había quebrado, chispeando de lágrimas cada vez que él le empujaba la cabeza más al fondo.
—No parecés de las que solo buscan mujeres —comentó Darío con una carcajada seca que retumbó en la cabina, mientras le acariciaba la mejilla que se le abultaba con el glande adentro.
Nadia se detuvo un segundo, sacó la polla de la boca con un chasquido húmedo, un hilo de saliva colgando entre sus labios y la punta, y lo miró desde abajo con una expresión de adoración patológica, las huellas de las lágrimas surcando todavía sus mejillas manchadas de polvo.
—Eso es pasado, amo… —susurró, la voz ronca de tanto tener la garganta abierta—. Aquello fue una ilusión. Ahora entiendo que solo soy suya. Mi boca, mi coño, mi culo, todo mi cuerpo solo existe para servirle a esta polla.
Para demostrarlo, volvió a hundirse sobre la verga, esta vez tragándola hasta la base, la nariz aplastándose contra el vello púbico, la garganta abriéndose para recibir el glande entero, y se quedó ahí varios segundos, sin respirar, hasta que las lágrimas le rebosaron y los mocos le empezaron a caer.
—Buena perra —respondió él con una mueca de satisfacción depredadora, dejándole el aire justo antes de que se desmayara. Pero acto seguido cerró la mano sobre uno de sus pezones y retorció la piel con una fuerza brutal, pellizcándolo y estirándolo hasta que el pequeño botón rosado se puso morado.
Nadia soltó un jadeo ahogado con la polla todavía en la boca y se encogió, los ojos dilatándose por un pánico primario. No quería más descargas, no quería más golpes; el miedo a que Darío volviera a transformarse en el verdugo de hacía unos minutos la mantenía en alerta constante. Redobló los esfuerzos, chupando con más ganas, ahuecando las mejillas alrededor del tronco, la lengua trabajando el frenillo con una devoción religiosa.
—No hables a menos que yo te lo ordene —sentenció él, el rostro vuelto una máscara de seriedad absoluta—. Me importa una mierda lo que sientas o lo que pienses.
Soltó el pezón, dejándole una marca rojiza que ya empezaba a hincharse, y le dio un golpe suave en la mejilla con la mano abierta para devolverla a su posición.
—Tu boca, ahora y durante las próximas tres horas, solo tiene una función: estar atenta a mi satisfacción. Si te detenés, si te distraés o si una sola gota de saliva o de corrida cae donde no debe, te regreso a la jaula con esos dos inútiles. Y cuando yo me corra, te tragás hasta la última gota. ¿Entendido?
Nadia asintió frenéticamente con la polla todavía metida hasta el fondo de la garganta, sin atreverse a emitir un sonido, y se sumergió de nuevo en su tarea con una entrega absoluta. Subía y bajaba la cabeza con un ritmo obsceno, las manos jugando con los testículos pesados de Darío, la lengua rodeando el glande cada vez que llegaba a la punta antes de tragarlo entero otra vez. El paisaje desértico pasaba veloz tras las ventanas polarizadas, y el chapoteo húmedo de la mamada llenaba la cabina, mezclándose con los gruñidos bajos de placer del hombre y el ronroneo del motor.
Darío la dejó trabajar unos minutos más antes de agarrarle la cabeza con las dos manos y follarle la boca a su ritmo, moviendo las caderas hacia arriba, penetrándole la garganta con estocadas cortas y hondas. Cuando sintió que se venía, la mantuvo hundida hasta la base y descargó chorros gruesos directo al esófago. Nadia tragó todo, sin escupir una gota, cerrando la garganta alrededor de la polla para ordeñarla hasta el final, y cuando él por fin la dejó respirar, sacó la lengua para mostrarle la boca vacía. Darío sonrió, satisfecho, y con un gesto le indicó que empezara de nuevo. La polla ya volvía a endurecerse.
Atrás, en el compartimento de carga, Renata y Bruno compartían un silencio sepulcral, envueltos en el olor a orina, semen y sudor, con el traqueteo del metal marcándoles el pulso, conscientes de que cada kilómetro los alejaba más de la humanidad y los acercaba al corazón de las tinieblas del Recinto.