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Relatos Ardientes

La dominatriz que terminó de rodillas

El metal frío contra su piel no era solo una molestia: era un insulto a todo lo que ella había sido. Renata sentía cada centímetro de su cuerpo protestar contra la inmovilidad. Las ataduras de nailon le cortaban la circulación y el dolor sordo en la mandíbula —obra de aquella mordaza que la forzaba a una apertura antinatural— marcaba el ritmo de su caída.

A su lado, Bruno y Nadia dormían con una placidez que rayaba en lo ofensivo. Para ellos las jaulas eran un refugio conocido; para ella eran el ataúd de su reputación. Se negaba a aceptar que la lealtad del Círculo fuera tan barata, que su nombre hubiera pasado de la lista de socios a la de inventario.

Odiaba a Darío con una intensidad que quemaba más que el roce del cuero en su cuello. Habían pasado horas desde que la arrancaron de su finca, y el traqueteo de la camioneta le decía que se internaban en terreno hostil. Renata conocía la geografía del miedo: las subastas de la costa ocurrían a fin de mes, y el Recinto era la escala previa, donde a los esclavos los quebraban hasta volverlos autómatas.

Yo no soy mercancía, se repetía como un mantra desesperado. Era una cazadora, una arquitecta de voluntades. Si conseguía una audiencia, convencería a Darío de su valor. Su mente, todavía arrogante, trazaba planes de negociación mientras sus manos temblaban por los espasmos de las descargas.

En la cabina, en cambio, reinaba el silencio de la eficiencia absoluta. Darío permanecía imperturbable, la mirada perdida en la línea del horizonte, donde el sol empezaba a teñir el cielo de un rojo violento. No había rastro de fatiga en su rostro de piedra. Con una calma calculada levantó la muñeca y consultó su reloj justo cuando los neumáticos abandonaron el asfalto para hundirse en un camino de tierra flanqueado por maleza seca.

—Llegó el momento —sentenció. Su voz, profunda y vacía de emoción, llenó el reducido espacio.

El chofer asintió sin una palabra y viró el volante hacia una zona donde la civilización ya era un recuerdo. Darío observó por el retrovisor el compartimento de carga, donde sabía que Renata luchaba por conservar los restos de su dignidad. Una sonrisa gélida, cargada de una maldad profesional, curvó sus labios.

—Es hora de quitarle lo único que le queda —murmuró, ajustándose los guantes sobre los nudillos—. Es hora de quitarle la esperanza.

Sacó el celular con un movimiento seco y marcó un número que solo usaba para operaciones de alto nivel. Al tercer tono respondió una voz de mujer.

—Vera, estaremos ahí en tres horas —dijo, su autoridad sin admitir réplica—. Te llevo una sorpresa especial. Quiero que te encargues tú, en persona.

De pronto sus facciones de piedra se endurecieron aún más ante lo que oía del otro lado.

—No me importa —cortó con un tono helado—. Devuélvele esas dos a Matías. No son rentables y no quiero distracciones. Hazlo ahora.

Sin esperar respuesta, colgó. El silencio volvió a reinar en la cabina. Sus ojos negros siguieron clavados en el camino hasta que divisó un claro desolado en medio del matorral, un rincón del mundo donde los gritos no eran más que vibraciones en el aire seco. Con un gesto breve ordenó detener la marcha.

El crujido de la grava bajo las ruedas fue el preludio del fin. Darío se tronó los nudillos con una calma aterradora mientras la camioneta terminaba de estacionar. Bajó del vehículo seguido por sus tres acompañantes, hombres que se movían con la eficiencia mecánica de las sombras, y rodeó hasta la parte trasera. Al abrir las puertas, la luz hiriente invadió el compartimento y reveló a sus tres cautivos.

Fijó la mirada en Renata. Ella, pese a la degradación, le devolvía un odio tan puro que habría quemado a un hombre con menos voluntad. Darío solo sonrió: para él ese odio era el último vestigio de un espíritu que estaba a punto de triturar. A su lado, Bruno y Nadia abrieron los ojos, despertando del letargo de las descargas, pero en cuanto sus miradas chocaron con la figura imponente del hombre agacharon la cabeza en un gesto de sumisión instintiva que Renata despreció en silencio.

—Sáquenlos —ordenó.

Los hombres obedecieron con brusquedad. Las jaulas cayeron una a una contra el suelo polvoriento con un estrépito metálico que vibró en los huesos de los cautivos. Una vez alineadas las tres estructuras, Darío caminó frente a ellas, evaluando su mercancía con una frialdad quirúrgica.

—Si hablan sin permiso, les corto la lengua —dijo. No lo dijo como amenaza, sino como un juramento, la descripción técnica de lo que ocurriría si rompían el silencio.

Con un movimiento de cabeza ordenó retirar las mordazas. Sus subordinados liberaron las mandíbulas de los tres sin el menor cuidado. Renata dejó escapar un jadeo de dolor cuando la sangre volvió a circular por sus músculos faciales, mientras Bruno y Nadia mantenían la vista fija en la tierra, temblando.

—Renata —dijo Darío, la voz seca como ramas muertas bajo una bota—. Tu vida me pertenece, igual que la de esos dos perros que tienes por compañía. Pero, para que veas que soy razonable, incluso generoso, voy a darles una oportunidad. Estas dos basuras que tanto presumiste haber entrenado podrían conseguirte el perdón.

Renata frunció el ceño, la curiosidad luchando contra el pánico que empezaba a asfixiarla. Darío se giró hacia la jaula de Bruno, cuya musculatura se tensaba bajo la suciedad y el sudor.

—Tú, basura… ¿amas a tu ama? —preguntó con un desprecio absoluto.

Bruno asintió con una vehemencia frenética. Pese a las cicatrices y la humillación, su voz salió con una devoción aterradora.

—Daría la vida por ella. Ella es mi mundo.

Darío desvió la mirada hacia la jaula contigua, donde Nadia permanecía acurrucada.

—¿Y tú, perra? ¿Amas a tu ama?

Nadia levantó el rostro y, por un segundo, sus ojos azules se iluminaron con una adoración patológica al buscar la figura de Renata.

—Sí… la amo con todo mi ser —susurró, la voz quebrada por una emoción casi religiosa.

Darío asintió despacio, como quien confirma un diagnóstico.

—Respondan: ¿darían la vida para que ella fuera libre y siguiera siendo su dueña?

Ambos asintieron al unísono, un coro de voluntades rotas. Él hizo una seña casi imperceptible. Sus hombres abrieron los cerrojos y sacaron a Bruno y a Nadia de las jaulas. Ninguno intentó escapar; se quedaron inmóviles sobre la tierra, esperando una orden, un propósito que solo podía venir de Renata.

—Ordénales que me ataquen —la retó Darío, mientras se desabrochaba los puños de la camisa con una parsimonia insultante—. Si estas basuras logran vencerme, serás libre. Te doy una camioneta y vuelves a tu finca. —Su rostro se ensombreció y una sombra de crueldad infinita cruzó sus facciones—. Claro… si es que pueden.

—¿Qué planeas, Darío? ¿Cuál es el truco? —exigió ella, la voz temblando de furia.

Él solo le devolvió una mueca de fastidio, una que decía a gritos que no los consideraba una amenaza digna de su tiempo. Esa superioridad terminó de enfurecerla. Perdiendo los estribos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡¿Qué esperan?! ¡Ataquen! ¡Destrócenlo y sáquenme de aquí ahora mismo!

Al oír la orden de su deidad, los dos se lanzaron hacia adelante con una desesperación animal. Bruno, confiando en su fuerza bruta, llegó primero, pero Darío se movió con la fluidez de un depredador. Con un golpe corto y explosivo conectó de lleno en la mandíbula; el crujido del hueso resonó en el claro y el hombre retrocedió aturdido, la visión llena de estática.

Ese fue el segundo exacto que Darío aprovechó para ocuparse de Nadia. Cuando la joven intentó abalanzarse, le clavó un golpe seco y ascendente en el plexo solar. El impacto fue brutal, cargado con el peso de quien sabe exactamente dónde golpear para apagar un cuerpo.

Nadia cayó de rodillas, el aire escapando de sus pulmones en un silbido agónico. Sus manos se enterraron en la tierra tratando de empujar el oxígeno de vuelta a su pecho, pero el cuerpo se negaba a obedecer. Sus ojos azules, empañados por el dolor y el shock, se clavaron en él. Darío, sin un cabello fuera de lugar y sin que su respiración se alterara, se limitó a observarla con esa sonrisa gélida, disfrutando el momento exacto en que la esperanza empezaba a morir.

Bruno recuperó el equilibrio a duras penas y se cuadró en guardia, los nudillos manchados de su propia sangre. Los músculos que Renata había cultivado con tanto esmero se tensaron bajo el sol, pero Darío no mostró el menor asomo de impresión.

—Ven —lo provocó, bajando la guardia de forma deliberada, con una arrogancia que era un insulto directo—. Muéstrame lo que tienes antes de que te rompa.

Desde la penumbra de su jaula, Renata gritó con una desesperación que rayaba en la histeria:

—¡Acábalo, Bruno! ¡Ahora mismo!

Al oír el mandato de su ama, Bruno se lanzó en una embestida furiosa, descargando una ráfaga de golpes que buscaban destrozar la defensa de Darío. El mercenario, sin embargo, se movía con una agilidad casi sobrenatural; esquivaba cada puñetazo con giros mínimos de cabeza y torso, dejando que el aire de los impactos pasara a milímetros de su piel. Con una frialdad mecánica empezó a conectar lo suyo: ganchos cortos al hígado que le robaban el aliento, jabs secos que le abrían la piel de las cejas.

Por más que el esclavo lo intentaba, por más que su voluntad lo empujaba, no lograba rozar siquiera la tela de la camisa. Finalmente, un derechazo preciso impactó de lleno en el mentón. Las piernas del hombre cedieron y colapsó pesadamente sobre la grava. Sin darle un segundo, Darío se montó encima, lo inmovilizó con su peso y descargó una lluvia de puños sobre su rostro. La sangre brotó de la nariz y la boca, manchando la tierra y los guantes.

Por el rabillo del ojo, Darío percibió que Nadia intentaba levantarse, tambaleándose como una gacela herida. Con una calma aterradora se incorporó, caminó hacia ella y, sin mediar palabra, le soltó un derechazo fulminante en la sien. Los ojos azules se pusieron en blanco y el cuerpo cayó como un fardo de seda, noqueado al instante sobre el polvo.

Se detuvo en medio del claro, rodeado por los cuerpos derrotados, y giró la cabeza hacia la jaula donde Renata observaba con la boca abierta.

—Perdiste —sentenció, la voz vibrando con una amenaza oscura mientras el sudor le hacía brillar la piel—. Ahora voy a reclamar lo que es mío.

Bajo la mirada horrorizada de Renata, cuyos ojos negros se dilataron por un pavor primario, Darío empezó a despojarse de sus prendas con una lentitud deliberada. Primero el saco, luego la camisa, revelando un torso macizo y lleno de cicatrices, hasta quedar completamente desnudo frente a ella. El mensaje era claro: los tratos comerciales se habían terminado. Lo que seguía era la dominación pura y animal.

***

Darío se irguió frente a la jaula. La luz acentuaba cada músculo de su cuerpo, dándole la apariencia de una estatua tallada en granito y maldad. Sin mediar palabra, dejó caer una lluvia tibia y dorada directamente sobre el rostro de la mujer. Renata cerró los ojos con fuerza, pero el calor y el olor acre la invadieron, rompiendo la última barrera de su dignidad.

—¡Hijo de perra! ¡Esto lo vas a pagar con sangre! —chilló.

Él la ignoró como se ignora el zumbido de un insecto. Caminó hacia Bruno, que yacía en el polvo tratando de recobrar el sentido. Sin esfuerzo lo volteó boca abajo, le hundió el rostro en la tierra seca y le levantó la pelvis con una fuerza bruta que hizo crujir las articulaciones. Con el miembro rígido empezó a empujar, forzando la entrada sin un ápice de preparación ni piedad.

Un grito desgarrador escapó de la garganta de Bruno. Su mente, que él creía domesticada por la mano de una mujer, entró en un caos absoluto. Nunca, ni en sus peores pesadillas de sumisión, había imaginado ser reclamado así por un hombre.

—¡Suéltame! ¡Detente, por favor! —suplicaba, forcejeando en vano, los dedos enterrados en la grava.

La respuesta fue una llave brutal. Darío le agarró la muñeca y le torció el brazo contra la espalda hasta que el hombro estuvo a punto de dislocarse. El dolor fue tan agudo que Bruno quedó paralizado, el aire atrapado en los pulmones.

—Cállate. Esto es lo que de verdad te gusta —rugió, una superioridad que aplastaba cualquier rastro de voluntad—. A partir de ahora soy tu único amo. Harás lo que yo diga cuando yo lo diga, o mato a Renata frente a tus ojos.

El silencio que siguió fue el sonido de un alma terminando de romperse. Bruno apretó los dientes, se tragó sus gritos de agonía y se dejó penetrar por las embestidas salvajes. El horror se mezcló con una traición biológica: pese al dolor y la humillación, su cuerpo empezó a reaccionar a la dominación absoluta de aquel hombre. La jaula de castidad de acero que aún llevaba actuaba como una tortura adicional, impidiéndole cualquier liberación.

Notando la resistencia, Darío le apretó los testículos con una fuerza que le hizo ver estrellas.

—¡Eso es! ¡Llora, grita! ¡Nadie va a venir por ti! —exclamó, justo antes de correrse con violencia dentro de él.

Cuando se retiró, soltó el brazo y dejó que el cuerpo colapsara de rodillas, temblando, cubierto de sudor y suciedad.

—Chúpamela —ordenó con una frialdad cortante.

Antes de que Bruno procesara la orden, le introdujo el sexo en la boca con tal fuerza que lo hizo atragantarse. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras sentía que se asfixiaba. Buscó desesperadamente la mirada de su ama en busca de consuelo, pero en los ojos de Renata solo encontró una decepción profunda y asqueada. Ella no veía a su perro fiel; veía un juguete roto que ya no le servía.

En ese instante, Darío alcanzó un segundo orgasmo y llenó la boca del esclavo. Abrumado por el asco, Bruno no pudo evitar escupir el fluido sobre la tierra. El rostro de Darío se transformó en una máscara de furia. Sin aviso, le soltó un derechazo devastador que lo mandó al suelo con el labio partido y la visión borrosa.

—Lame la tierra —ordenó, señalando el charco de fluido y polvo—. Trágatelo todo y no dejes rastro.

Completamente quebrado y temiendo por su vida, Bruno se arrastró por el suelo como el animal en que lo habían convertido. Con movimientos mecánicos y humillantes empezó a lamer la grava, tragando la mezcla de tierra y fluidos mientras el sol de la tarde caía implacable sobre el claro.

Desde la penumbra de su jaula, Renata observaba la escena con una náusea que le subía por la garganta. El asco no era solo por la degradación física, sino por la decepción absoluta. Ver al hombre que ella misma había moldeado, su perro de presa, reducido a una piltrafa que lamía la tierra, fue una bofetada a su ego. Inútil, pensó con desprecio, dándose cuenta de que el pedestal de cristal sobre el que había construido su imperio empezaba a astillarse.

Darío, detectando la furia impotente de la mujer, le dedicó una sonrisa cargada de un cinismo letal. Con una lentitud sádica aplastó la cabeza de Bruno contra el suelo con la bota, hundiéndole el rostro en el fango de su propia humillación. Fue entonces cuando notó que Nadia empezaba a removerse, recobrando una conciencia que solo le traería más dolor.

—Es tu turno, perra —sentenció, caminando hacia ella.

La levantó del cuello con una sola mano, una fuerza descomunal que dejó sus pies colgando en el aire. Nadia pataleaba, sus manos cerrándose en vano sobre la muñeca que le negaba el aire. Darío la estudió de cerca: una belleza porcelánica, casi irreal en aquel claro desolado. La lanzó contra el suelo con desprecio. Antes de que ella llenara los pulmones, ya estaba encima. Le dobló el brazo tras la espalda en una llave técnica que la obligó a besar la tierra, levantando su pelvis de forma vulnerable, y la penetró con una violencia seca.

Nadia soltó un grito de pánico puro. El dolor del desgarro era nada comparado con el quiebre mental: un hombre la estaba poseyendo.

—¡Ama! ¡Ayúdeme, por favor, deténgalo! —gritaba con una desesperación que rasgaba el aire, esperando que su deidad hiciera algo.

—Cállate —gruñó Darío, apretando más la llave hasta que ella sintió que el hueso iba a ceder—. Aquí el único que tiene poder soy yo. ¿Lo entiendes ahora?

Nadia sentía que cada embestida le partía el alma. Sus ojos eran un mar de lágrimas mientras suplicaba a un cielo vacío. Pero la traición final vino de su propio cuerpo: el calor del orgasmo de Darío dentro de ella, algo que nunca había experimentado, disparó una reacción que la hizo venirse en un clímax forzado y humillante. Sus sentidos la habían traicionado.

—No hemos terminado —susurró él con una voz que helaba la sangre.

Se retiró solo para atacar de inmediato por detrás. El grito de Nadia esta vez fue un alarido que pareció detener el tiempo. Darío no fue gentil; la penetró analmente con una crueldad que rozaba lo terrorífico.

—¡Piedad! ¡Me duele! ¡Perdóneme, por favor! —suplicaba, su voluntad deshaciéndose como ceniza.

—Júrame lealtad. Olvídate de Renata y tal vez deje de romperte —se burló él, aumentando el ritmo.

—¡Lo juro! ¡Le juro lealtad! ¡Seré buena, pero perdóneme, amo! —gritaba Nadia, la mirada rota.

Esto lo excitó de sobremanera y se corrió de nuevo dentro de ella con un rugido de satisfacción. Cuando por fin se retiró, la levantó del cabello, le escupió en la cara y le soltó una cachetada que la dejó aturdida.

—Bésalos —ordenó, señalando sus pies.

Con el alma en jirones, Nadia se arrastró por el suelo y empezó a besar los pies de su nuevo dueño. Al verlo, Bruno se lanzó también, como un resorte, a besar el otro pie, compitiendo por la aprobación del hombre que los había quebrado. Darío miró a Renata con un triunfo absoluto.

—Son míos, perra. Si pensabas usarlos para escapar, ahora son mis perros —rió con una carcajada prepotente—. ¿Verdad, basuras?

—Sí, amo —respondieron ambos al unísono, sin dudar.

Darío señaló la jaula de Renata con un gesto lleno de malicia.

—Ahora vayan con esa perra y oríneselo encima. Los dos. ¡Ahora!

Como impulsados por un mecanismo automático, Bruno y Nadia se pusieron de pie. Ya no miraban a Renata con adoración, sino con el odio concentrado del esclavo que culpa a su antiguo ídolo por su caída.

—Usted no es un ama… solo es una esclava más —escupió Bruno mientras vaciaba la vejiga sobre ella.

—Mentirosa —sollozó Nadia, siguiendo el ejemplo—. Ahora sé que el único que puede protegerme es el amo Darío.

Renata, empapada y temblando de asco, gritó desde su encierro:

—¡Son unos estúpidos! Él los va a vender como ganado.

Nadia la miró con una risa histérica y lágrimas en los ojos.

—Igual que a ti. La diferencia es que ahora tú también vienes al infierno con nosotros.

Se desplomó sollozando mientras Bruno le tocaba el hombro con un gesto vacío.

—Vamos con el amo —murmuró, y ambos le dieron la espalda a Renata para volver a los pies de Darío.

El mensaje era final. Él no solo les había quitado la libertad; les había arrebatado la fe. Renata, oliendo a orina y rodeada por el silencio del claro, maldijo a Darío y a los traidores que alguna vez llamó suyos.

***

Con el cuerpo aún vibrando por la adrenalina del sometimiento, Darío ordenó a sus hombres que arrastraran a Bruno de vuelta a su jaula. El hombre, que antes caminaba con la frente en alto, ahora se dejaba llevar como un saco de carne inerte, la mirada perdida en la grava. Una vez que los cerrojos de las jaulas de Bruno y Renata se cerraron con un estrépito final, Darío tomó a Nadia del cabello y la encaminó hacia la cabina delantera.

El motor rugió y levantó una columna de polvo que ocultó por un momento el claro ensangrentado. Adentro, el aire acondicionado luchaba contra el calor seco del exterior, pero el ambiente seguía siendo sofocante. Darío se recostó en el asiento del copiloto y estiró las piernas mientras la camioneta se adentraba de nuevo en el camino de tierra.

Aún quedaban tres horas hasta el Recinto, un tiempo que no pensaba desperdiciar. Nadia, arrodillada en el estrecho espacio frente a él, se movía con una eficiencia desesperada, como si cada movimiento de su lengua fuera una ofrenda para evitar que el dolor regresara. Sus ojos azules, antes cargados de una altivez aristocrática bajo el mando de Renata, ahora buscaban sin descanso la aprobación del hombre que la había quebrado.

—No pareces de las que solo buscan mujeres —comentó Darío con una carcajada seca que retumbó en la cabina.

Nadia se detuvo un segundo, mirándolo desde abajo con una expresión de adoración patológica, las huellas de las lágrimas surcando todavía sus mejillas manchadas de polvo.

—Eso es pasado, amo… —susurró, la voz ronca—. Aquello fue una ilusión. Ahora entiendo que solo soy suya. Mi cuerpo solo existe para servirle.

—Buena perra —respondió él con una mueca de satisfacción depredadora. Pero acto seguido cerró la mano sobre uno de sus pezones y retorció la piel con una fuerza brutal.

Nadia soltó un jadeo ahogado y se encogió, los ojos dilatándose por un pánico primario. No quería más descargas, no quería más golpes; el miedo a que Darío volviera a transformarse en el verdugo de hacía unos minutos la mantenía en alerta constante.

—No hables a menos que yo te lo ordene —sentenció él, el rostro vuelto una máscara de seriedad absoluta—. Me importa una mierda lo que sientas o lo que pienses.

Soltó el pezón, dejándole una marca rojiza, y le dio un golpe suave en la mejilla para devolverla a su posición.

—Tu boca, ahora y durante las próximas tres horas, solo tiene una función: estar atenta a mi satisfacción. Si te detienes, si te distraes o si una sola gota de saliva cae donde no debe, te regreso a la jaula con esos dos inútiles. ¿Entendido?

Nadia asintió frenéticamente, sin atreverse a emitir un sonido, y se sumergió de nuevo en su tarea con una entrega absoluta. El paisaje desértico pasaba veloz tras las ventanas polarizadas. Atrás, en el compartimento de carga, Renata y Bruno compartían un silencio sepulcral, envueltos en el olor a orina y el traqueteo del metal, conscientes de que cada kilómetro los alejaba más de la humanidad y los acercaba al corazón de las tinieblas del Recinto.

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Comentarios (6)

slave10

Excelente!!! de lo mejor que lei esta semana, en serio

Tomas_960

El giro del final no me lo esperaba para nada. Por favor seguí, quede con muchas ganas de saber como termina todo

MarcoTigreN

Me encanto como manejas la tension entre los personajes. Se nota mucho cuidado en la escritura, no es un relato cualquiera de los que se ven por aca

SoleDelSur

jajaja el titulo ya me vendio el relato antes de leerlo, y no decepciono!! tremendo

NicoSur89

Lei bastante en esta categoria y este está entre los mejores sin dudas. La dinamica de poder esta muy bien lograda, sin caer en los cliches de siempre

PatriLectora

Me tuvo enganchada desde el primer parrafo. Hace tiempo no leia algo de BDSM que me atrapara tanto, generalmente me canso a la mitad pero este lo lei de una sola vez. Bravo

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