Mi esclava sirvió la comida a mis cinco invitados
Me llamo Raquel. Voy a contar algunas de las cosas que hago, porque me parece que merecen ser contadas. Empiezo por lo que pasó el otro día, cuando invité a cinco amigos a comer a casa y dejé que la conocieran a fondo.
Tengo una cerda que se llama Berta. Tiene cincuenta y cinco años. Es más rellena que delgada, con michelines marcados en la cintura y el vientre, y unas tetas enormes que le cuelgan caídas sobre el pecho. Llevo meses convirtiéndola en cerda de verdad, despacio, sin prisa, hasta que ya no recuerde haber sido otra cosa.
Antes era una mujer de su casa, de las que saludan en el portal y van a misa los domingos. Ahora gatea cuando la llamo y baja la mirada cuando le hablo. No fue de un día para otro. Cada semana le quitaba algo: primero la cama, luego la ropa, luego el derecho a sentarse en una silla. Lo que queda es exactamente lo que yo quise dejar.
Esa mañana se la pasó entera en la cocina preparando la comida: pollo asado, patatas, ensalada, arroz y pan recién hecho. Lo dejó todo listo y puso la mesa completa, con los cubiertos alineados y las copas brillando. Cuando ya no quedaba nada por hacer, la llamé al comedor.
—Ven aquí, cerda.
Se acercó gateando, con la cabeza baja. Le puse un collar ancho de cuero negro con una argolla grande de acero en la garganta. Cogí el plug grueso con la cola rizada, lo unté bien y se lo metí despacio en el culo hasta el fondo. La cola le quedó colgando entre las nalgas. Respiró más fuerte, pero no dijo una palabra.
—A la jaula.
La jaula era de perro grande, con una bandeja de metal lisa en el suelo para que nada se escapara. La había colocado justo al lado de la mesa del comedor, totalmente a la vista. Berta gateó hasta el interior y se acomodó en cuatro patas como pudo. Sus tetas colgaban pesadas, rozando casi la chapa fría. Cerré la puerta con candado y me guardé la llave en el bolsillo.
***
Los amigos fueron llegando: Tomás, Pilar, Óscar, Nuria y Andrés. Nada más entrar veían la jaula y empezaban los comentarios.
—Hostia, qué cerda vieja y gorda tienes ahí metida —dijo Tomás, dejando el abrigo.
Pilar se acercó a los barrotes y la miró con asco fingido.
—Fíjate en esas tetas caídas, qué asco. Parecen ubres de vaca vieja. Da vergüenza ese cuerpo.
Óscar soltó una risa seca.
—Con lo vieja que es y la tienes gateando como un animal. Patético.
Se sentaron a la mesa, sirvieron la comida y empezaron a comer y a hablar de sus cosas. De vez en cuando miraban hacia la jaula y le tiraban restos al suelo: algunos dentro de la bandeja, otros justo al lado, donde le costaba llegar.
Un trozo grande de piel de pollo cayó cerca de su cara. Berta bajó el pecho hasta que las tetas se aplastaron contra el metal y lamió la piel hasta metérsela en la boca. Otro pedazo de patata cayó más al fondo. Tuvo que arrastrar el cuerpo hacia delante, con las rodillas resbalando en la chapa, y estirar el brazo todo lo que pudo para alcanzarlo con los dedos y llevárselo a la boca.
Cada vez que caía algo se movía dentro del espacio reducido: giraba el torso, bajaba el pecho al suelo o metía los dedos entre los barrotes para arrastrar lo que estaba lejos. Las tetas se balanceaban y golpeaban contra la bandeja con cada movimiento. La cara y el pecho se le fueron manchando de grasa y salsa. Debajo de ella empezaban a pegarse los restos.
Yo comía tranquila, sin prisa, disfrutando del espectáculo. De vez en cuando le daba una orden.
—Recoge esa salsa que ha caído al lado. Lame todo, cerda asquerosa.
Durante más de una hora siguieron tirándole sobras y humillándola entre risas.
—Mira cómo come del suelo la puta vieja —decía Nuria—. Con lo gorda que está y todavía lame como una cerda hambrienta.
Andrés tiró un hueso pequeño cerca de sus tetas.
—Chúpalo bien, cerda. Que se note que eres un animal.
Pilar añadió, sin levantar la vista del plato:
—Qué asco verla babear sobre sus propias tetas caídas. Debería darte vergüenza, Berta.
La cara de Berta estaba roja y llena de manchas. Las tetas tenían salsa seca pegada y olían a grasa fría.
***
Cuando terminamos de comer y los platos quedaron sucios encima de la mesa, me levanté y cogí la cadena.
—Ahora limpia todo, cerda.
Abrí la jaula, enganché la cadena al collar y tiré de ella hacia fuera. Berta gateó rápido, obediente. Primero la llevé alrededor de la mesa.
—Lame todos los platos uno por uno. Hasta que queden brillantes.
Empezó por el mío. Pasó la lengua despacio por toda la superficie, recogiendo la salsa y los trocitos. Siguió con los demás. Lamía los bordes, el fondo, las paredes del plato. Mientras lo hacía, Óscar comentó por encima de su café:
—Qué bajo has caído. Lamiendo los platos de gente normal a tu edad.
Cuando terminó con la vajilla le señalé el suelo.
—Todo lo que ha caído fuera. Hasta la última miga y la última gota. No dejes nada sucio, cerda.
Gateó bajo las sillas. Lamió las baldosas, las patas de la mesa, las manchas de salsa y las migas metidas entre las juntas. Llegaba hasta cada gota de bebida derramada y la recogía con la lengua. La cadena tintineaba contra el suelo a cada movimiento. Los comentarios no paraban.
—Mirad cómo arrastra las tetas por el suelo —decía Pilar—. Qué degradante.
—Con cincuenta y cinco años lamiendo migas como una puta cerda —añadía Nuria.
Cuando el suelo estuvo limpio la encadené a la argolla grande de la pared. La cadena era corta y solo le dejaba moverse un metro a cada lado.
—Ahora las sillas y el borde de la mesa. Todo perfecto.
Berta lamió los asientos de las sillas, pasó la lengua por cada rincón con salsa, estiró el cuello para llegar al borde de la mesa y limpió las gotas que habían salpicado al servir. Los amigos seguían hablando y tomando café, soltando de vez en cuando alguna lindeza.
—Qué asco de vieja. Toda sudada y oliendo ya a comida rancia.
***
Cuando todo estuvo limpio la cogí de la cadena y la metí otra vez en la jaula. Cerré la puerta con candado. Entonces le quité el plug del culo de un tirón seco. Berta apretó los dientes y soltó un gemido bajo, ronco.
—Llevas todo el día sin poder cagar. A ver cuánto aguantas ahora, cerda.
La tarde siguió. Seguimos bebiendo y hablando. Al cabo de un rato los amigos se fueron levantando uno tras otro y se acercaron a la jaula para humillarla un poco más.
Tomás fue el primero. Metió la polla entre los barrotes y le meó directamente en la boca abierta.
—Bebe, cerda asquerosa. Abre bien.
El líquido le rebosó por la barbilla y le cayó sobre las tetas caídas. Óscar apuntó a la cara y le mojó el pelo, la frente y los ojos cerrados.
—Qué cara de puta tienes ahora —dijo, sacudiéndose.
Pilar y Nuria se colocaron a los lados y le mearon en el cuerpo: una en las tetas y la otra en la espalda y el culo.
—Que se te pegue bien el olor —dijo Pilar.
Andrés fue el último. Metió la polla entre los barrotes y meó dentro de la jaula, mojando la bandeja alrededor de sus rodillas. Berta estaba completamente empapada y el olor a meado se hacía espeso en el comedor.
No aguantó mucho más. Primero se meó ella. Un chorro largo y caliente salió entre sus piernas y se extendió por la chapa, formando un charco que le tocaba las rodillas y los pies. Después, con la cara roja y la respiración pesada, empezó a cagar. Tres trozos grandes y blandos cayeron uno tras otro sobre la bandeja mojada, justo al lado de su pie izquierdo. El olor se volvió más fuerte y pesado. Todo se acumulaba allí: los meados de los cinco, su propia orina y su mierda.
Nuria soltó una risa corta.
—Joder, qué cerda más repugnante. Ahora estás rodeada de tu propia mierda. Esto es lo que eres.
Tomás añadió, mirándola desde arriba:
—Con esas tetas caídas y cagando en la jaula como un animal. Patético.
Me acerqué, miré dentro de la jaula y cerré la puerta con candado otra vez.
—Te quedas ahí hasta mañana. Con todo eso, cerda.
***
Volví a sentarme con los amigos y seguimos hablando como si la jaula no estuviera allí, a menos de dos metros. Berta permanecía en cuatro patas, rodeada de su propia mierda y de los meados, con el cuerpo mojado y el olor subiendo poco a poco hasta la mesa. Nadie volvió a mirarla. Esa era la idea: que dejara de existir, que solo fuera un mueble sucio en un rincón.
Antes de irse, Tomás se acercó a mí en la puerta y me dijo en voz baja que la próxima vez quería traer a más gente. Le contesté que sí, que lo organizaríamos. Mientras tanto, Berta nos escuchaba desde la jaula, entendiendo perfectamente que su humillación no había hecho más que empezar.
Cuando los amigos se fueron, ya de noche, apagué las luces del comedor. La miré desde la puerta un segundo. La cerda seguía allí, quieta, con todo acumulándose bajo ella en la bandeja, respirando despacio en la oscuridad.
—Mañana te saco, cerda… o no.
Cerré la puerta y me fui a dormir tan tranquila.