Mi mejor amiga me convirtió en su esclavo esa noche
Hacía apenas dos semanas que le había contado a Marina mis fantasías más íntimas, esas que nunca había dicho en voz alta, y ya me había convertido en algo distinto. No era su amigo de toda la vida. Era su esclavo. Y cada día las humillaciones eran más frecuentes, más intensas, como si ella hubiera descubierto un apetito que no pensaba saciar pronto.
Marina tenía veintinueve años, el cuerpo lleno y unas curvas que llamaban la atención por la calle. Pechos grandes, caderas anchas, una sonrisa que parecía siempre a punto de proponer algo indebido. Cualquiera que la cruzara habría pensado en una mujer cálida, de las que ríen fuerte y abrazan. Nadie habría adivinado lo que escondía debajo: una vena dominante que esperaba la grieta exacta para salir.
La grieta se la di yo.
***
Rebobino esas dos semanas. Estábamos algo borrachos en la terraza de un bar, esos que ponen las mesas en la acera y dejan que el calor de la noche haga el resto. Hablábamos de sexo con esa confianza que dan los años y un par de copas de más. En algún momento se me escapó. Le dije que me gustaba la sumisión, que me excitaba la idea de obedecer.
No se lo pensó dos veces.
—Demuéstramelo —dijo, y la voz le cambió de golpe—. Ve al baño, quítate la ropa interior y tráemela.
No estaba bromeando.
Me levanté con la polla ya rozando la tela del pantalón y crucé el bar hasta el lavabo. Me quité los calzoncillos, los doblé como un idiota nervioso y volví a la mesa. Los dejé encima, junto a su copa. Ella los cogió con dos dedos, riéndose, y se levantó sin decir nada. Fue al baño y volvió al cabo de un minuto. Para mi asombro, dejó algo en mi mano.
Sus bragas.
—Quiero que las huelas. Aquí, delante de mí. Y después te vas y te las pones.
Me las llevé a la nariz y respiré hondo. El olor era intenso, inconfundible, y me golpeó la cabeza como otra copa de vino. Ella estudió mi cara con una calma que daba más miedo que cualquier orden a gritos.
—Vaya, vaya —murmuró—. Parece que te gusta mi olor. Pues anda, póntelas.
Volví al baño y me las puse. Eran de encaje, color crema, y estaban húmedas. Al caminar de vuelta noté la textura de la tela contra la piel, esa sensación ajena y femenina pegada al cuerpo, y algo dentro de mí se rindió por completo. La cabeza se me estaba haciendo un nudo de deseo. Llegué a la mesa y, disimuladamente, me las subí un poco para que viera que había obedecido.
El bar seguía a nuestro alrededor como si nada. Camareros yendo y viniendo, parejas riéndose en las mesas de al lado, el ruido de los vasos. Y yo en medio de todo aquello, sentado con sus bragas puestas, con un secreto pegado a la piel que me quemaba más que el alcohol. Marina lo sabía. Lo notaba en cómo me miraba: como quien acaba de descubrir un juguete nuevo y todavía no decide hasta dónde puede tensarlo antes de que se rompa.
—¿Qué sientes? —preguntó.
—Me siento tuyo —contesté en voz baja—. Puedes hacer conmigo lo que quieras.
Cogió mi copa de vino sin apartar los ojos de los míos. Dejó caer un hilo de saliva dentro y la empujó hacia mí por encima de la mesa.
—Bebe.
El vino tinto tenía un brillo distinto, una nube clara flotando en la superficie. Me lo tragué sin pensarlo, con su mirada clavada en mi garganta.
—Como veo que obedeces tan bien, voy a seguir dándote órdenes —dijo—. Pero quiero que me las pidas tú.
—Sí, Marina, por favor. Ordéname. Enséñame a obedecerte.
Se rió por lo bajo, dejó unos billetes sobre la mesa y se levantó.
—Pagamos y nos vamos a mi casa. Esto no ha hecho más que empezar.
***
De camino, cada paso me recordaba lo que llevaba puesto debajo del pantalón. Ella caminaba a mi lado sin ropa interior, con esas mallas finas que se le pegaban al cuerpo.
—Tengo el coño mojado solo de imaginar lo que voy a hacerte —dijo sin mirarme, como si comentara el tiempo—. Está empapando la tela. Lo vas a limpiar con la lengua. Eso para empezar.
No contesté. No hacía falta. Caminé los últimos metros con el corazón golpeándome el pecho y una mezcla de vergüenza y ganas que no sabía dónde colocar.
En su piso me ordenó desnudarme y quedarme solo con sus bragas. Después abrió un cajón y me tiró un sujetador.
—Póntelo. Y ve a la cama.
Me lo abroché como pude, sintiéndome ridículo y excitado a partes iguales, y fui hasta el dormitorio. Ella ya estaba allí, recostada, acariciándose por encima de las mallas. Me hizo acercarme y me pasó la mano por la cara, justo bajo la nariz.
—Creo que la mano me huele a coño —dijo, divertida—. Ponte a cuatro patas. Con el culo hacia mí. Te lo voy a dejar rojo y me vas a dar las gracias por cada golpe.
Obedecí. Arqueé la espalda, levanté el culo y esperé. La primera palmada me cruzó la nalga con un chasquido seco que retumbó en la habitación.
—Gracias, Marina —dije con la voz quebrada—. Gracias por dejarme ser tuyo.
No paró. Una tras otra, hasta dejarme la piel ardiendo. Al principio gemía por el juego; después gemía de verdad, por el dolor, pero ese dolor me hundía más en lo que era esa noche. Me gustaba sentirme sometido, reducido, puesto en mi sitio por ella.
Entre golpe y golpe me obligaba a contarlos en voz alta y a agradecer cada uno. Si me equivocaba en la cuenta, volvía a empezar desde el principio, sin prisa, disfrutando de mi torpeza. La mano le caía con un ritmo que ella controlaba a su antojo: a veces dos seguidas, rápidas; a veces una larga espera que me ponía más nervioso que el propio golpe, porque no sabía cuándo iba a llegar. Aprendí esa noche que la anticipación dolía casi tanto como la palma abierta.
***
Cuando se cansó, se quitó las mallas y se tumbó de espaldas.
—Límpiame. Te he dicho que lo ibas a hacer.
Acerqué la cara y vi que no había mentido: estaba completamente mojada. No tardó en poner la mano en mi nuca y empujarme contra ella. Le pasé la lengua despacio, hundiéndola y sacándola, recorriéndola entera mientras la miraba desde abajo. Ella me sostenía la mirada y gemía, y cada gemido suyo me ataba un poco más.
—¿Te gusta? —preguntó, jadeando—. Pues quédate ahí.
Se metió dos dedos delante de mí, los sacó brillantes y me los puso en la boca. Los movió despacio, como si me estuviera follando la boca con calma, y mientras lo hacía me escupió en la cara sin dejar de sonreír.
—Quítate las bragas y el sujetador —ordenó después—. Otra vez a cuatro patas.
Hice lo que pedía. Sentí cómo me separaba con un dedo y empezaba a entrar y salir, despacio primero, marcando el ritmo. De vez en cuando lo sacaba y me lo llevaba a la boca.
—Chupa —dijo—. Quiero que sepas dónde ha estado.
Yo gemía con una voz que ni reconocía, agudo, entregado. Me sentía usado, manejado, y eso era exactamente lo que había pedido en aquella terraza sin saber del todo lo que pedía.
—Ya que te va lo sucio —continuó, incorporándose—, ahora me vas a lamer las axilas. Y después la lengua dentro del culo. Por orden.
Le pasé la lengua por la piel ligeramente salada de la axila, todavía con el sabor de todo lo anterior en la boca. Después me hizo bajar. El olor era fuerte, mezcla de sudor y deseo, y yo lamía con ganas mientras ella gemía y se retorcía sobre la cama. Estuve tanto tiempo así que me empezó a doler la mandíbula, pero no se me ocurrió parar.
—Muy bien —dijo al fin, con la respiración entrecortada—. Te has portado. Te voy a dejar correrte. Con una condición: después te comes lo que salga. Ruégamelo.
—Sí, Marina, por favor —supliqué—. Déjame correrme y lamerlo delante de ti. Quiero que lo veas.
Cogió una almohada y me la lanzó.
—Fóllatela. Como el perro que eres esta noche. Y cuando te vayas a correr, lo haces en la mano.
Coloqué la almohada entre las piernas y empecé a moverme contra ella, las caderas marcando un vaivén torpe y desesperado, mientras Marina me observaba con los brazos cruzados y una media sonrisa de dueña.
—Mírate —dijo en voz baja—. Quiero ver cómo te lo comes después.
La situación, su mirada, la palabra exacta en el momento exacto, todo me empujó al borde en muy poco tiempo. Me corrí en la mano, conteniendo el aliento, temblando.
Ella se acercó, me cogió la muñeca y me llevó la mano a la boca. Después, cuando solo quedaban restos, me los pasó por la cara, despacio, marcándome. Acabamos besándonos así, ella escupiendo y lamiendo, compartiéndolo, riéndose entre beso y beso de lo lejos que me había llevado.
***
Me quedé tumbado a su lado, impregnado de todo, con la piel del culo todavía caliente y la cabeza extrañamente en paz. No había dignidad que recuperar y, por una vez, no la echaba de menos.
—Gracias, Marina —dije.
Ella me pasó los dedos por el pelo, casi con ternura, como quien acaricia a un animal que por fin ha aprendido a quedarse quieto.
—Esto —contestó— ha sido la primera clase. Vas a venir mañana. Y pasado. Y vas a aprender a pedir cada cosa como Dios manda.
No dije nada. No hacía falta. Las dos semanas siguientes me lo demostrarían de sobra: aquella noche en la terraza, cuando le abrí la grieta, ya no había vuelta atrás. Y lo último que quería en el mundo era volver.