Sumiso ante su dueña en el chalet de las afueras
Damián vivía dentro de una paradoja que él mismo había construido y de la que ya no sabía salir. A sus cuarenta y siete años poseía todo lo que un hombre debería envidiar: un chalet de techos altos en las afueras, dos coches caros aparcados frente al portón y una esposa cuya belleza detenía las conversaciones en mitad de una frase. Y, sin embargo, en el centro exacto de aquella opulencia, él no era más que el objeto de una humillación minuciosa, administrada cada día con la frialdad de quien riega las plantas.
Su cuerpo era la prueba de esa contradicción. La naturaleza lo había dotado de unos testículos de un tamaño verdaderamente inusual, pesados y prominentes, que colgaban entre sus piernas en un contraste cruel con un pene pequeño y casi siempre flácido. Era un detalle que Renata se encargaba de que jamás pasara desapercibido, ni para ella ni para nadie que cruzara la puerta de aquella casa.
Renata tenía el cabello negro como el azabache y una mirada capaz de helar o de encender según el ánimo del momento. No era simplemente su mujer: era su dueña, y lo había descubierto casi por accidente. Una noche, años atrás, apretó con suavidad aquellos testículos enormes mientras discutían, y vio cómo la voz de él se quebraba y se rendía. No era un poder basado en la fuerza. Era algo más profundo, una sumisión psicológica que se desplegaba en Damián como una alfombra que él mismo extendía a sus pies.
Desde entonces, obedecía cada orden y cada capricho con una devoción que rozaba lo religioso. Servirla era su único placer verdadero, el único que parecía pertenecerle de veras.
***
El ritual de la piscina estaba grabado en la rutina de la casa como una liturgia. Las mañanas de calor, Renata y su mejor amiga, Vera, se tendían al sol completamente desnudas sobre las tumbonas blancas. Vera era rubia, esbelta, con un cuerpo trabajado en el gimnasio que parecía esculpido a propósito para hacer sombra a cualquiera. Por orden expresa de su esposa, Damián permanecía también desnudo, de pie a un costado, un mayordomo silencioso y avergonzado a la espera de instrucciones.
Su pequeñez quedaba expuesta a la luz cruda del mediodía, un blanco fácil para los comentarios afilados de las dos mujeres.
—Vamos, no tenemos todo el día —decía Renata sin apartar los ojos de su revista—. Crema. Espalda y piernas. Ya sabes cómo.
Damián se acercaba con el frasco entre las manos, el sol calentándole la nuca, y comenzaba a extender la crema sobre aquellas pieles bronceadas. Al inclinarse, sus testículos se balanceaban y rozaban a veces la piel de ellas. Vera soltaba entonces una risa cristalina, casi infantil.
—Es increíble, Renata. Míralos. Son enormes, parecen de toro —comentaba, girándose apenas para verlo mejor—. Qué lástima que lo de delante no siga la misma proporción.
Renata sonreía sin levantar la vista. Era la sonrisa tranquila de una propietaria satisfecha con su inventario. No necesitaba añadir nada; el silencio era su forma más refinada de desprecio.
Damián seguía con su tarea, las manos firmes aunque por dentro temblara. Había aprendido que cualquier vacilación se castigaba, y que el castigo casi siempre apuntaba al mismo lugar.
***
Hacía tiempo que había perdido la capacidad de tener una erección. Ya ni siquiera recordaba con claridad la sensación. Su pene era un apéndice inerte, una protuberancia que apenas dejaba asomar el glande, como si el propio cuerpo se hubiera resignado al papel que le habían asignado.
Y aun así, había una grieta por la que se le escapaba algo parecido al deseo.
Una tarde, mientras extendía la crema sobre la espalda de Vera, el roce de sus propios testículos contra la curva del trasero de la rubia, combinado con la visión de ambas tendidas e indiferentes, le provocó un espasmo de placer vergonzante. Un gemido bajo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
Renata giró la cabeza despacio y arqueó una ceja.
—¿En serio? —murmuró—. ¿Eso te excita? Patético.
Y volvió a su revista, como si lo hubiera apartado de un manotazo. Para Damián, en cambio, aquel instante de humillación que él mismo se había provocado había sido más intenso que cualquier contacto físico que pudiera recordar de su vida anterior. Así estoy hecho ahora, pensó. Esto es lo que me queda.
El descubrimiento lo asustó tanto como lo confortó. Comprendió que el desprecio se había convertido en el único combustible capaz de encenderlo, y que esa dependencia ya no tenía marcha atrás.
***
Sabía de las infidelidades. No las sospechaba: las presenciaba. Algunas noches, Renata organizaba lo que ella llamaba sus «fiestas», veladas de las que él era espectador obligado y, a la vez, parte del decorado.
Llegaban hombres altos, seguros, bien dotados, que se movían por su casa como si fuera de ellos. Damián los recibía vestido con un ridículo babydoll de seda que su mujer le había comprado precisamente para esas ocasiones, y servía las copas mientras veía a Renata y a Vera, y a veces a otras invitadas, entregarse a aquellos hombres sobre los sofás de su propio salón.
Las risas llenaban la sala. Los gemidos también. Y entre unas y otros, los comentarios sobre su presencia patética caían sobre él como una lluvia fina que nunca terminaba de empapar del todo, pero que no cesaba.
—Mirad, el camarero está celoso —decía alguien, y todos reían.
En ocasiones, alguna de las mujeres, mareada de vino y de poder, se acercaba a él y le propinaba una patada juguetona, casi cariñosa, pero dolorosa, justo en la entrepierna. Damián se desplomaba sobre las rodillas, sujetándose con ambas manos, los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar del todo. Renata se reía a carcajadas desde el sofá y levantaba la mano para mostrar el pulgar y el índice separados apenas un centímetro, en una alusión que ya no hacía falta explicar.
—Pobrecito —decía Vera, secándose una lágrima de risa—. Lo lleva con dignidad. Eso hay que reconocérselo.
Él agachaba la cabeza y asentía, porque incluso aquella burla, dicha en voz alta delante de todos, era una forma de que se fijaran en él. Y que se fijaran en él, aunque fuera para despreciarlo, era más de lo que se atrevía a pedir.
***
Después de esas noches, cuando los invitados se marchaban y la casa quedaba en un silencio espeso, solo le quedaba el consuelo solitario de la hamaca de la terraza. Allí se aplicaba hielo sobre la hinchazón dolorosa de los testículos, y el frío hacía que su pene se encogiera todavía más, hasta casi desaparecer entre los dedos.
Desde aquella esquina de la terraza, a través del ventanal, a veces alcanzaba a ver a Renata. Aún despierta, aún llena de energía, cabalgando sobre algún invitado rezagado que no se había querido ir. La impotencia de Damián no era solo física. Era un estado entero del ser, una manera de existir en el mundo que ya no distinguía entre el dolor y la rutina.
Se quedaba mirando, sin tocarse, porque tocarse ya no servía de nada. Solo miraba, y en el mirar encontraba una calma extraña, la de quien ha aceptado por completo el lugar que le toca y ha dejado de pelear contra él.
El hielo se derretía sobre su piel y goteaba sobre las baldosas. La madrugada olía a cloro y a jazmín. Y él, encogido en la hamaca, sentía que aquel era exactamente el sitio que le correspondía en el orden de las cosas.
***
Una de aquellas mañanas, después de una de las fiestas más largas, Damián se frotaba los ojos adormilados cuando una sombra se detuvo frente a la hamaca. Era Vera, ya vestida para marcharse, con el bolso al hombro y unas gafas de sol empujadas hacia el pelo.
Lo miró con esa mezcla de lástima y diversión que él conocía tan bien, una expresión que en otra persona habría sido cruel y en ella resultaba casi tierna por lo natural.
—No te sientas tan mal, Damián —dijo, ajustándose la correa del bolso—. Cada uno sirve para lo que sirve.
Él la miró sin responder, esperando, como esperaba siempre, la siguiente orden o la siguiente burla.
—Y a ti —añadió ella, esbozando una media sonrisa antes de darse la vuelta— siempre te quedará la lengua para servir.
Se marchó sin esperar respuesta. El taconeo se alejó por el camino de grava y su risa quedó flotando un momento en el aire fresco de la mañana, como el recordatorio final de cuál era su lugar.
***
Damián se quedó mirando el hueco que dejaba la silueta de Vera al cruzar el portón. El hielo ya se había derretido del todo. El dolor en los testículos era un latido sordo y familiar, casi reconfortante de tan conocido.
En el silencio que siguió, solo resonaban las palabras de la rubia, dando vueltas dentro de su cabeza con la insistencia de una verdad que no admitía discusión. Dentro había empezado a moverse Renata, que lo llamaría en cualquier momento para el café, para la crema, para lo que ella decidiera.
Él se incorporó despacio, recogió la bolsa de hielo vacía y se quedó un instante de pie bajo el sol que empezaba a calentar. En su mundo de lujo, de coches caros y de noches ajenas, aquel era, quizá, su único valor real. Y lo más inquietante de todo no era el dolor, ni la vergüenza, ni el frío del hielo.
Lo más inquietante era que no habría querido cambiarlo por nada.