La noche que me entregué a los viejos de la peña
Hacía ya dos semanas que Vanesa no se sentía usada de verdad. La última vez había sido un apaño rápido y torpe con un chaval en un callejón, detrás de una discoteca, uno de esos críos que se corren sin avisar y se largan antes de que una pueda pedirles nada más. Aquella noche se había quedado con hambre, con un hueco por dentro que ningún niñato sabía llenar.
Por eso, esa noche, decidió bajar a por lo que de verdad le gustaba. Hombres mayores. Viejos sin vergüenza, de esos que llevan toda la vida mirando con descaro y a los que ya no les importa que se les note.
Se puso un vestido floreado, ligero, de los que se quitan de un solo tirón. Zapatos de tacón bajo, las uñas pintadas de rojo y nada debajo. Ni sujetador ni ropa interior. Sabía que en la puerta del local solía haber sitio para aparcar, así que serían apenas unos metros a la intemperie, y aunque alguien notara al andar que iba desnuda bajo la tela, le daba exactamente igual. Las ganas le podían.
Aparcó casi pegada a la entrada. Eran cerca de las once de la noche y había tenido que aguantarse en el sofá, tocándose despacio, hasta que llegara la hora justa. Si quería disfrutar de aquellos hombres, tenía que aparecer cuando el local estuviera a punto de cerrar, cuando ya no quedara casi nadie.
Peña Cultural y Recreativa La Amistad. El cartel colgaba sobre una persiana metálica medio bajada, como un párpado a punto de cerrarse.
Era la peña donde su abuelo Eladio había pasado los años buenos, antes de que un infarto lo obligara a mudarse a una residencia. Aquellos socios la conocían desde niña. La habían visto crecer entre las mesas de cartas, y desde que tenía el cuerpo que tenía, había notado de sobra cómo le clavaban la mirada. Alguna vez, incluso, una mano arrugada y áspera se le había posado en el culo como sin querer.
Entró y lo primero que sintió fue una punzada de decepción. Detrás de la barra estaba Tomás, un hombrón de cincuenta y tantos, gordo, peludo, con un bigote espeso y barba de tres días. Y en una mesa del fondo, solo dos viejos terminaban una partida.
Pero cuando se acercó y reconoció las caras, los ojos se le encendieron. Eran justo los dos más descarados, los que más la calentaban en cada visita.
—Pero mira quién está aquí, la nieta de Eladio —dijo el primero sin levantarse de la silla—. Ven, guapa, ven a darme un beso.
Vanesa contestó inclinándose sobre él, dejando que por el escote se le asomaran los pechos sueltos. Le sostuvo la nuca con una mano para acercarlo, y mientras la palma callosa del viejo le subía por el muslo hasta el culo, ella le buscó la boca. Apretó la lengua contra sus labios hasta que él entendió y le abrió paso. Sabía a cerveza y a tabaco, un sabor rancio y caliente que la recorrió entera. Solo cuando estuvo segura de que ya no había malentendidos posibles, se irguió despacio.
—Mira qué bonita es —dijo Bonifacio, relamiéndose, a su compañero de mesa.
—La nieta de Eladio —contestó el otro, Ceferino, con la mano ya apoyada en el borde del vestido de Vanesa, justo donde terminaba la tela.
Ceferino era casi un calco de su amigo: igual de viejo, igual de viciado. Se levantó, le puso las dos manos en el culo y se lo amasó con fuerza mientras le comía la boca con la misma falta de pudor que el otro. A cerveza y tabaco se le sumaba ahora un punzante sabor a queso curado.
Sobre la mesa, junto a dos botellines vacíos, quedaba un platillo con un par de cuñas de queso. Vanesa sonrió, lo entendió todo. Cogió una y, separándose un instante, le metió media en la boca al viejo.
—Tengo hambre —le susurró—. Dame.
Ceferino masticó deprisa y, cuando ella le abrió la boca pegada a la suya, le pasó el bocado con la lengua. Vanesa lo recibió con un gemido ronco, saboreándolo como si fuera lo más rico del mundo.
—Está bueno —dijo—. Pero a mí me gusta más lo que guardáis ahí abajo.
Y le puso la mano en la entrepierna.
***
Conocía de sobra a aquellos hombres. Sabía que iba a encontrarse pollas sudadas, descuidadas, con ese olor fuerte que a ella, en lugar de echarla atrás, la ponía a mil. De Tomás, el de la barra, sabía que poco iba a sacar: a aquel grandullón le tiraban más los hombres que las mujeres. Pero pensó que, con un poco de suerte, alguno de los viejos se lo follaría delante de ella, y eso ya sería un espectáculo.
—¡Una cerveza para la niña, Tomás! —gritó Bonifacio, mientras se pegaba a la espalda de Vanesa para que notara el bulto que empezaba a crecerle dentro del pantalón.
—Gracias, guapo —dijo ella, cogiendo el botellín.
—Anda, baja del todo la persiana y vente a jugar con los amigos de mi abuelo —le pidió a Tomás.
El barman se acercó a la entrada y tiró de la persiana, pero la dejó a media altura.
—No la cierro entera, que suele caer Driss cuando estamos recogiendo —explicó.
—Ni idea de quién es —respondió Vanesa.
Y, sin más, se sacó el vestido por la cabeza de un solo movimiento y se quedó completamente desnuda ante los dos viejos, que no perdieron un segundo en lanzar la lengua sobre sus pechos.
—Mejor —añadió Tomás, mirándola—. Cuanta más gente, más para ti.
Vanesa se rió, tanto por el comentario como por la prisa con la que aquellos dos carcamales se habían tirado sobre ella. En cuestión de segundos, el rastro de sus bocas le bajaba por el pecho mientras empezaba a gemir en voz alta. El manoseo torpe, las respiraciones agitadas, el oírlos jadear de gusto: todo eso la encendía más que cualquier cuerpo joven y perfecto.
Bonifacio le dejó los pechos a su amigo y se apartó para quitarse el pantalón. Debajo asomó un calzoncillo viejo, tensado por una erección gruesa que ya marcaba la tela.
—Quítate tú también —le ordenó Vanesa a Ceferino, dándole un último beso.
Mientras el viejo se desvestía a trompicones, ella se arrodilló frente a Bonifacio. Le bajó el calzoncillo despacio, disfrutando del momento, hasta que lo tuvo delante: una polla gruesa, de capullo medio escondido bajo el pellejo, con todo el olor de un cuerpo que llevaba el día entero encerrado. A Vanesa, en lugar de asco, le dio un golpe de calor en el bajo vientre.
Le sostuvo los testículos con una mano mientras con la otra le retiraba la piel del todo. Después se la metió entera en la boca, hasta el fondo, y empezó una mamada lenta y empapada, dejándosela brillante de saliva.
—Venga, que me toca —protestó Ceferino, ya desnudo.
—Ven, Tomás, sigue tú con esta —dijo Vanesa, mostrándole la polla húmeda de Bonifacio—. Pero no le saques la leche, que todavía me tiene que follar.
El barman, que había observado toda la escena caliente como pocas veces, se arrodilló entre las piernas del viejo, que las abrió de par en par para hacerle sitio a su corpachón. Mientras tanto, Vanesa golpeó la palma sobre la mesa indicándole a Ceferino que se subiera. El viejo se estiró sobre ella tirando los botellines al suelo con estrépito, demasiado ansioso para que le importara el ruido.
Antes de empezar, Vanesa echó un vistazo: Tomás le estaba dando a Bonifacio una mamada lenta y profunda, tragándose toda la polla, y el viejo suspiraba con los ojos cerrados y las manos sobre la cabeza del barman. Sonrió y se concentró en la verga que tenía delante, igual de gruesa pero un poco más larga.
***
—Déjate ya de tonterías y métemela —pidió Vanesa, tumbándose en la mesa, apoyada en los codos y abriéndose de piernas.
Ceferino la penetró despacio, paladeando cómo se abría a su paso. Ella sentía la espalda pegada a la madera, a una capa de humedad de cerveza y sudor que en lugar de molestarla la ponía aún más.
—Uf, qué grande la tienes, cabrón —gimió, clavándole los talones en el culo para que no se le ocurriera salir.
El viejo le agarró los muslos y empezó a acelerar. Vanesa, calentándolo a base de frases sucias, le pedía a gritos que no parara.
—Así, machote, así. Fóllame como a la puta que soy —le decía—. Lléname entera, que hace semanas que nadie me toca.
—Te voy a vaciar dentro, guarra, que llevo un mes sin tocarme pensando en ti —contestaba él, fuera de sí.
Con una fuerza que los sorprendió a todos, Ceferino tiró de sus piernas hasta dejarle el culo asomando por el borde de la mesa, y desde ahí la embistió más hondo, abriéndola del todo. Bonifacio y Tomás se acercaron para no perderse el final. El barman se arrodilló detrás del viejo y le separó las nalgas con la lengua, mientras Bonifacio le agarraba un pie a Vanesa y se lo chupaba entero.
—Qué gusto, cabrones, sois unos cerdos —jadeaba ella, totalmente desatada—. Chúpame el pie, así, entero.
Ceferino dio un último acelerón, se hundió hasta el fondo y se corrió con un rugido, empujando para descargar lo más adentro posible. El calor de aquel chorro, sumado a la lengua del otro viejo en el pie, hizo que Vanesa estallara también: temblando, gimiendo, soltando un líquido transparente que le salpicó al viejo el vientre arrugado.
—Ahhh, qué gusto, hijo de puta —gritó entre convulsiones.
Para ella aquello no había hecho más que empezar, pero Ceferino quedó deshecho. Se dejó caer en la silla de atrás, espatarrado, la cabeza colgando hacia atrás, respirando como si fuera a morirse de gusto.
—Ahora te toca a ti rellenarme por detrás —le dijo Vanesa a Bonifacio, bajándose de la mesa—. Vete preparando.
Pero antes se agachó frente a Ceferino, le limpió la polla a lengüetazos, recogiendo cada resto, mientras con la otra mano se rebuscaba en el coño la leche que el viejo le había dejado. Lo hacía despacio, con deleite, mirándolos a los ojos, disfrutando del gesto de asombro de aquellos hombres ante una mujer que no le ponía límites a nada.
***
Pasaron al baño, una procesión absurda en fila india: Tomás delante, después Ceferino arrastrando los pies, y por último Vanesa llevando a Bonifacio agarrado de la mano. El cuarto era grande pero estaba hecho un desastre, medio convertido en almacén, con pilas de cajas de botellines apiladas en un rincón y el suelo pegajoso. Olía a cerrado, a un local por el que solo pasan hombres mayores.
—Siéntate —le ordenó a Ceferino, señalando la taza.
—Y tú, ven a reventarme —le dijo a Bonifacio.
Tomás se acomodó sobre unas cajas a un lado, sacó un botellín y empezó a chuparlo por el cuello, sin disimular para qué lo quería. Vanesa se arrodilló entre las piernas del viejo sentado. Al instante notó el roce del capullo de Bonifacio buscándole el camino por detrás. Aquello la puso todavía más perra: agarró la polla de Ceferino y la apuntó hacia su cara.
—Te gusta tragar de todo, ¿eh, guarra? —dijo el viejo con una sonrisa torcida.
Vanesa no contestó. Tenía la boca demasiado ocupada, y la cabeza, por una vez en semanas, completamente vacía de todo lo que no fuera el placer de sentirse usada por entero.
Bonifacio la penetró por detrás de una sola embestida lenta, hasta el fondo. Ella se arqueó, gimiendo, mientras el viejo agarraba un buen ritmo a pesar de la edad, con golpes que le sacudían todo el cuerpo. Tomás, desde su rincón, animaba con la voz pastosa.
—Dale, Bonifacio, dale a la rubita —se reía—. Que se acuerde de esta peña toda la semana.
Los pollazos fueron subiéndole una segunda corrida desde lo más hondo. Bonifacio avisó entre jadeos:
—¿Dónde la quieres, perra? Que me corro.
—Dentro, cabrón —contestó ella—. Lléname entera.
Y los dos llenaron el aire de gritos. El viejo se vació sin dejar de moverse, y Vanesa lo siguió un segundo después, temblando de pies a cabeza, soltando un chorro caliente mientras se agarraba a los muslos del otro.
***
Los viejos se vistieron deprisa: era tarde y en sus casas empezarían a preguntar. Tomás subió la persiana lo justo para dejarlos salir, y Vanesa se quedó un momento sola, recostada contra la pared, con el cuerpo todavía vibrando.
Entonces oyó voces nuevas en la entrada. Tomás había dejado pasar a alguien.
—Está en el baño —decía el barman—. Una de verdad, de las que no dicen que no a nada. Os va a dejar hacerle lo que queráis.
Cuando Vanesa vio asomar al primero por la puerta, fue casi un flechazo. Un chico de unos veintitrés años, moreno, el pelo negro recortado y unos ojos verdes que brillaban en aquella piel oscura. Sonrió al verla, una sonrisa blanca y abierta, y a ella se le revolvió algo en el estómago que llevaba años sin sentir.
Detrás apareció su acompañante, justo lo contrario: un hombre mucho mayor, la cara surcada de arrugas, los ojos pequeños pero encendidos, una boca casi vacía de dientes que sonreía con un descaro idéntico al de los socios de su abuelo. Cuando el viejo se llevó la mano a la entrepierna y se la apretó por encima de la ropa sin dejar de mirarla, Vanesa supo que la noche no había hecho más que empezar.
—Pasad —dijo, abriéndose de nuevo, con la sonrisa de quien por fin ha encontrado lo que estaba buscando—. No tengo ninguna prisa.