El traje de látex que cambió nuestras noches
Llevábamos casi diez años juntos y creía conocer cada centímetro de Marina, cada gesto, cada límite. Por eso me costó tanto decidirme a dar el paso. Hay deseos que uno guarda durante años por miedo a romper algo, y el mío tenía una forma muy concreta: siempre me habían vuelto loco las mujeres vestidas de cuero o de látex, mucho más que los disfraces típicos de criada o de colegiala que tanto abundan. No era el disfraz lo que me atraía, sino lo que ese material hacía con un cuerpo, cómo lo dibujaba y lo convertía en otra cosa.
El problema era que Marina es pudorosa. Sabía que regalarle algo así de golpe la pondría incómoda, que lo recibiría como una exigencia más que como un juego. Así que preparé el terreno. Le compré tres regalos y los envolví por separado, dejando el que de verdad me importaba para el final.
—¿Y todo esto a qué viene? —preguntó, sentada en el sofá con las cajas sobre las rodillas.
—A nada. A que me apetecía.
Abrió las dos primeras: dos picardías de encaje, uno negro y otro color vino. Sonrió, me dio las gracias, los apartó con cuidado sobre el cojín. Estaba relajada, de buen humor. Entonces le tendí la tercera caja.
La abrió despacio. Vi su cara cambiar en cuanto reconoció el material negro y brillante doblado dentro del papel. No dijo nada, pero apretó los labios de esa manera que tiene cuando algo la incomoda y no sabe cómo decirlo.
—No tienes que ponértelo si no quieres —me adelanté—. Pero te juro que llevo meses imaginándote con esto. Me da un morbo que no te puedes hacer una idea.
Ya está, lo dije. Ahora que pase lo que tenga que pasar.
Marina miró el traje, después me miró a mí, y sin decir palabra se levantó y entró en el dormitorio con la caja bajo el brazo. Cerró la puerta.
Me quedé fuera, en el pasillo, como un adolescente esperando una respuesta. La oía moverse al otro lado: cajones que se abrían y se cerraban, el ruido inconfundible de varios pares de zapatos probándose y descartándose. Cada sonido alargaba la espera y me iba poniendo más nervioso. Pasaron diez minutos largos. Quince, quizá.
Entonces la puerta se abrió.
***
Lo que salió de aquel cuarto superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Marina es morena, de melena lisa y bastante larga, delgada, con un trasero pequeño pero firme y unos pechos que, para lo menuda que es, tienen un tamaño perfecto. Se había peinado el pelo hacia atrás, tirante, terminándolo en una coleta alta como sabe que me enloquece.
El traje de látex negro se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel. Tanto, que se le marcaba absolutamente todo. Lo había completado con unos botines cerrados de media caña, de tacón alto y fino, que le estilizaban las piernas hasta lo imposible. Se quedó parada en el umbral, sin saber muy bien qué hacer con las manos, mirándome con una mezcla de vergüenza y curiosidad.
Todavía recuerdo esa imagen como si la tuviera delante ahora mismo.
—Date la vuelta —le pedí, en voz baja—. Quiero verte por detrás.
Dudó un segundo, pero giró. Y entonces entendí por qué había tardado tanto eligiendo los tacones. El traje le levantaba las nalgas, las recogía hacia arriba y le inventaba una curva que de natural no tiene. Una cremallera larga recorría toda la prenda, desde la parte baja de la espalda, bajaba por el centro y se perdía entre las piernas. Una sola cremallera que lo abría todo.
Me acerqué y le di una palmada en el trasero. No lo hice con intención, fue casi un reflejo, pero con el látex tan tenso el sonido restalló por toda la casa, seco y limpio. Marina dio un respingo y soltó una risa nerviosa.
—¿Te pone, estar así vestida? —le pregunté al oído.
—Un poco —admitió, y noté que le costaba reconocerlo.
—Entonces vamos a la cama. Hay que estrenarlo como se merece.
Asintió. Y en ese asentimiento, en esa obediencia tan poco habitual en ella, encontré algo que me encendió más que el propio traje.
***
La tumbé boca arriba sobre las sábanas. El látex crujía con cada movimiento, un sonido nuevo entre nosotros que añadía algo a todo lo demás. La besé despacio mientras le pasaba la mano por encima del traje, recorriendo el relieve que el material marcaba entre sus piernas. Lo sentía casi tan bien como si estuviera desnuda, separado de ella por una capa finísima.
Presioné con los dedos, jugando a querer entrar sin poder hacerlo, sintiendo cómo se tensaba bajo mi mano. Busqué con el pulgar el punto exacto sobre el material y empecé a frotar en círculos lentos. Marina cerró los ojos. Al principio apenas reaccionaba, conteniéndose, pero conforme aumentaba la presión su respiración fue cambiando, haciéndose más corta, más honda.
—No te aguantes —le dije—. Quiero oírte.
Cuando noté que ya no podía disimular cuánto le gustaba, la guié con las manos.
—Ponte a cuatro patas.
Lo hizo sin protestar, girándose sobre la cama y arqueando la espalda. La estampa era de las que no se olvidan: el negro brillante, la coleta cayéndole por un lado, los tacones todavía puestos. Me coloqué detrás de ella. Con la mano izquierda seguí trabajando entre sus piernas por encima del traje, y con la derecha busqué el tirador de la cremallera en su espalda.
La fui bajando despacio. Muy despacio. Sin prisa ninguna, disfrutando de cada diente que se soltaba, de cómo el látex se iba abriendo y dejaba ver la piel debajo. La llevé hasta el final, hasta que la prenda quedó separada por completo en su parte central.
Para entonces yo ya estaba al límite. Metí la mano de atrás hacia adelante, por la abertura, y volví a encontrar el mismo punto que acariciaba antes, ahora sin nada de por medio. Estaba empapada. La situación la había encendido tanto o más que a mí.
***
Decidí ir más allá. Bajé la cabeza y empecé a darle pequeños mordiscos en las nalgas, suaves, mientras la mano seguía su trabajo. Alternaba los mordiscos con lametones largos que recorrían toda la piel que el traje abierto dejaba al descubierto, acercándome cada vez más al centro.
Me detenía en el surco que separa las dos nalgas y subía con la lengua desde lo más bajo que alcanzaba hasta la espalda. La posición no me lo ponía fácil, así que tuve que acomodarme yo también, bajando el cuerpo para llegar mejor. Conseguí rozar el inicio de su sexo con la punta de la lengua y trazar todo el recorrido hacia arriba.
En una de esas subidas noté que pasaba por encima de su ano, y supe que era ahí porque Marina dio un espasmo brusco, un respingo que le recorrió toda la espalda. Me detuve un instante, atento a su reacción. No se apartó.
Así que repetí. Volví a recorrer el mismo camino, esta vez deteniéndome un poco más en ese punto. Otro espasmo, pero más leve. Lo hice una vez más, y otra, espaciando menos cada pasada, demorándome cada vez un segundo más, hasta que los respingos se fueron suavizando y dejaron paso a algo distinto. Se estaba acostumbrando. Se estaba entregando.
—Tranquila —murmuré contra su piel—. Déjate llevar.
Cuando noté que ya no oponía la menor resistencia, le puse la mano en el muslo y la empujé con cuidado hacia atrás, hacia mi boca. La punta de mi lengua presionó un poco más adentro y ella se tensó de nuevo, pero esta vez fue ella quien rompió el silencio, con la voz ronca y la cara hundida en la almohada:
—Por hoy ya vale… métemela de una vez.
No hizo falta que lo repitiera.
***
Me incorporé detrás de ella. Llevaba un pantalón corto de deporte, sin nada debajo, así que me bastó apartarlo a un lado. Apunté directo y entré de una sola vez. Estaba tan mojada que se deslizó sin el menor esfuerzo, como si llevásemos ya un buen rato en ello.
Empecé un vaivén fuerte, sacándola casi del todo y volviendo a empujar con ganas. De vez en cuando me detenía para darle un azote en el trasero, y el sonido volvía a llenar la casa, todavía más seco contra el látex. Marina recibía cada embestida arqueándose hacia mí, pidiendo más sin palabras.
En un momento dado me atreví a más. Le agarré la coleta y tiré hacia atrás, levantándole la cara hacia el techo, obligándola a curvar la espalda. Esperaba una queja, pero lo que recibí fue un gemido largo de aprobación. En esa postura seguí dándole con todo, sujetándola del pelo, marcando yo el ritmo, sintiéndola más dispuesta que nunca.
—Así —jadeó—. No pares.
Quise verla mejor. Solté la coleta, me eché hacia atrás para tomar perspectiva de aquella imagen y le di una orden nueva.
—Ahora hazlo tú. Móntame.
Y obedeció. Empezó a empujar hacia atrás y hacia adelante, llevando ella sola todo el ritmo, embistiéndose contra mí mientras yo me limitaba a sostenerla por las caderas y a disfrutar del espectáculo. Verla tomar el control de esa manera, vestida de aquel modo, me puso a un nivel que no recordaba haber alcanzado en mucho tiempo.
—Más fuerte —le pedí, y de tanto en tanto le cruzaba una nalga con la mano abierta—. Quiero que te corras tú sola.
Estuvimos así un buen rato, ella marcando el compás, yo dándole alguna palmada y susurrándole lo que quería oír. Cuando noté que el cuerpo entero empezaba a temblarle, que se le escapaba el control, volví a tomar yo la iniciativa. La sujeté firme y empujé con todas mis fuerzas, una y otra vez, hasta que la sentí estallar en un orgasmo que la sacudió de arriba abajo y la dejó vacía, jadeando contra la almohada.
***
La dejé descansar apenas unos segundos. Luego me incorporé del todo, todavía de rodillas detrás de ella, y terminé sobre la curva de aquel trasero que el látex seguía enmarcando a los lados. Cuando me vacié por completo, le pasé despacio entre las nalgas, repartiéndolo por todo el surco, imaginando lo que algún día llegaría a ser ese rincón que tanto deseo y que ella, de momento, todavía me niega.
Nos dejamos caer los dos sobre la cama, agotados, el traje crujiendo una última vez bajo nuestros cuerpos.
—¿Y bien? —pregunté cuando recuperamos el aliento—. ¿Te ha gustado el dichoso traje?
—Me viene pequeño y da un calor horrible —dijo, sonriendo con los ojos cerrados—. Pero si te pone tanto, me lo pondré más veces.
No han sido muchas desde entonces, la verdad. Pero de vez en cuando, alguna noche especial, se lo pido. Y ella entra al dormitorio, tarda sus quince minutos eligiendo los tacones, y sale convertida en esa otra mujer que me obedece y me enloquece. Y disfruto como un loco, igual que aquella primera vez.