La consulta del doctor que me trataba como su sumisa
Eran las tres y media de la tarde y Vanesa caminaba despacio, dejando que el tiempo se le escurriera entre los escaparates. La mayoría de las tiendas tenían la persiana echada a esa hora muerta, pero a ella no le importaba. Le gustaba pasear con la cita por delante, sintiendo cómo la anticipación le tensaba el cuerpo paso a paso.
Se reconocía en eso: era incapaz de mirar el mundo sin filtrarlo por el deseo. Una barra de pan en el cristal de la panadería, el respaldo de un banco, la mano de un desconocido en el autobús. Todo se le convertía en una excusa para imaginar. Lo había aceptado hacía mucho. Soy así, y me gusta serlo, pensaba sin un gramo de culpa.
Esa misma costumbre la había llevado, una vez al mes, a la consulta de un ginecólogo. No por necesidad médica, o no solo por eso. Iba porque había encontrado a un hombre que sabía leerla, que no fingía no entenderla, que la trataba exactamente como ella quería ser tratada. Pero esa tarde tenía la cita con otro.
El doctor Ernesto Vidal era el padre de Rubén, un viejo conocido del instituto. Con Rubén nunca había pasado de un par de juegos rápidos en los baños del centro; él había acabado estudiando medicina y se había convertido en ginecólogo como su padre, un golfo de manual que vivía bien sin esforzarse demasiado. Al padre, en cambio, lo recordaba distinto.
Don Ernesto era un hombre bajo, entrado en carnes, de mirada turbia. Ya entonces tenía fama de invitar a las amigas de su hijo a consultas «gratuitas» de las que todas salían con la cara colorada y la boca cerrada. Vanesa nunca había caído. En aquella época le parecía un viejo verde sin más. Ahora, con los años, esa misma crudeza era justo lo que la encendía.
***
A las cuatro menos diez llamó a la puerta del bajo. El portal estaba abierto, pero en la consulta tardaron en aparecer. Le abrió una chica joven que todavía peleaba con el último botón de la bata. Una placa en el pecho decía «Lucía».
Era bajita y de carnes generosas, con unos pechos grandes que tensaban la tela y unas gafas pequeñas que le daban un aire entre tímido y travieso. La sonrisa, en cambio, no tenía nada de tímida.
—Buenas tardes, pase. ¿Vanesa, verdad? —dijo, rindiéndose por fin con el botón.
—Sí, hola. Encantada —respondió ella, recorriendo con la mirada la pequeña recepción.
—Soy Lucía, la ayudante del doctor Vidal. La recepcionista está de vacaciones —explicó la joven—. Siéntate un momento, que enseguida te paso.
Seguro que ya conoces bien a padre e hijo, pensó Vanesa, devolviéndole la sonrisa sin decir nada.
Apenas llevaba cinco minutos hojeando una revista cuando la puerta de la calle se abrió con llave. Era Rubén, con la misma cara de listo de siempre y la misma falta de vergüenza. Se acercó directo, le dio dos besos demasiado húmedos y se inclinó sobre ella sin dejar que se levantara, en una postura calculada para mirarle el escote. Vanesa había ido sin sujetador, con dos botones de la camisa abiertos, y lo sabía perfectamente.
—Cuánto tiempo, guapísima —murmuró él con esa sonrisa de golfo.
Ella notó la humedad acumulándose contra la fina tela del tanga. No tuvo tiempo de más, porque la voz de Lucía la llamó desde dentro.
***
La consulta olía a alcohol y a algo más cálido, más humano. Vanesa se tumbó en el sillón ginecológico, se incorporó sobre los codos y abrió las piernas sin que nadie se lo pidiera. Cuando Don Ernesto se sentó en el taburete entre sus muslos, la miró por encima de las gafas con una calma que era casi peor que cualquier orden.
—Bueno, bonita. Cuéntame qué te trae —dijo, posando una mano en el interior de su muslo.
Era tal y como lo recordaba, solo que más viejo, más rojo, más sudado. La bata mal cerrada dejaba ver un pecho ancho y una gruesa cadena de oro. Le sostuvo la mirada mientras la mano subía un poco más.
—Verá, doctor —empezó Vanesa, mordiéndose el labio—. Usted ya sabía cómo era yo. Con los años me he vuelto mucho peor. No puedo parar.
—Eso no es ningún problema, cariño —contestó él sin inmutarse, acariciando ahora con dos dedos el borde de su sexo—. Aquí no juzgamos. Aquí tratamos. Dime qué necesitas.
—Necesito que alguien me ponga en mi sitio —susurró ella—. Que me recuerde lo que soy.
La cara del doctor se transformó. La amabilidad profesional se replegó y debajo apareció algo más duro, más hambriento.
—Eso, señorita, lo puedo hacer perfectamente.
Hizo un gesto con la cabeza y Lucía, que esperaba de pie junto a la camilla, se acercó por detrás. Sin prisa, le abrió del todo la camisa a Vanesa y le tomó los pechos con firmeza, amasándolos mientras le clavaba la mirada en los ojos. No era un toque tímido. Era el de alguien acostumbrado a obedecer una coreografía aprendida muchas veces.
—Pónsela cachonda mientras yo trabajo —ordenó Don Ernesto.
Al otro lado del sillón, Rubén ya se había deshecho de la bata. Se agarró el sexo con una mano y empezó a masturbarse despacio, a la altura de la cara de Vanesa, sin tocarla, dejando que ella se muriera de ganas.
—Te lo dije, papá —rió él—. Esta es de las nuestras desde el instituto.
***
El doctor empezó a abrirla con los dedos, primero dos, luego tres, con esa lentitud paciente del que sabe exactamente lo que hace. Vanesa sintió el cuerpo lleno y se le escapó un gemido largo. Las manos de Don Ernesto eran gruesas, anchas, y el placer le subió en oleadas que le doblaron la espalda contra el cuero del sillón.
—Así, con el coño bien abierto para mí —decía él, marcando un ritmo cada vez más firme—. Para eso has venido, ¿verdad, perra?
—Sí, doctor… siga, por favor —jadeaba ella, agarrándose a los reposabrazos con los nudillos blancos.
Lucía, encendida por los gemidos, se soltó la bata y la dejó caer al suelo. Se inclinó sobre Vanesa y las dos mujeres se buscaron la boca en un beso desordenado, lenguas y saliva, cada una tirando de los pezones de la otra hasta arrancar pequeños quejidos. El sudor empezaba a brillar sobre la piel de Vanesa, que se debatía entre el beso, las manos del doctor y la imagen de Rubén masturbándose a un palmo de su cara.
—Mírame mientras te corres —le ordenó Don Ernesto, acelerando—. Quiero verte la cara cuando lo hagas.
Vanesa soltó la boca de Lucía, se incorporó cuanto pudo y clavó los ojos en los del doctor. El placer le estalló de golpe, brutal, y un grito ronco le subió desde el vientre mientras todo el cuerpo se le sacudía sobre el cuero empapado.
—¡Me corro, cabrón, me corro! —chilló, fuera de control.
El doctor retiró la mano despacio y la observó deshacerse con una sonrisa de orgullo, como si acabara de firmar un diagnóstico perfecto.
***
—La primera fase del tratamiento, completada —anunció él, lamiéndose los labios—. Pero yo soy un profesional. De aquí no sale usted hasta que no esté del todo satisfecha.
Detrás, Lucía había vuelto a colocarse, ahora con el culo en pompa, ofreciéndoselo a Rubén sin disimulo.
—¿Por dónde? —preguntó él, dándole una palmada sonora en las nalgas.
—Por donde tú quieras —contestó ella mirando a Vanesa—. Y luego que te lo limpie esta, que para eso ha venido.
Rubén la penetró de una embestida y la consulta se llenó del choque de los cuerpos y de los gemidos agudos de Lucía. Vanesa, todavía temblando del primer orgasmo, lo veía todo con una sonrisa de hambre. No había venido a una revisión. Había venido a esto.
—Túmbese en la camilla, señorita —ordenó Don Ernesto, ayudándola a bajar del sillón—. La segunda fase la dirijo yo.
Vanesa cruzó la sala con las piernas todavía flojas y se tendió. Apenas levantó las rodillas, Lucía y Rubén se acercaron, uno a cada lado, para sujetárselas. Él le acariciaba el muslo con una mano distraída; ella recorría con la lengua el empeine de Vanesa, subiendo hasta los dedos para chuparlos uno a uno.
El doctor se colocó delante, con el sexo tenso y la respiración pesada. La penetró de un solo golpe, aprovechando lo abierta y mojada que estaba, y arrancó un grito de los dos.
—Madre mía lo gorda que la tiene, doctor —jadeó ella, levantando la cabeza para verlo entrar.
—Y vaya coño tienes tú, puerca. Lo tienes ardiendo —replicó él, empezando un vaivén brutal que hacía rebotar las patas de la camilla contra el suelo.
Las embestidas le levantaban las caderas. Lucía le pasaba la lengua por la cara interna del muslo mientras Rubén, sin dejar de sujetarla, se masturbaba al ritmo del padre. Vanesa se apretaba los pechos, tiraba de sus propios pezones y notaba cómo un segundo orgasmo se le acumulaba en el bajo vientre, más hondo que el primero.
—Así, pedazo de puta. Otra vez. Córrete otra vez para mí —le gritaba el doctor, igual de descontrolado que ella.
—¡Que me corro, cabrones! ¡Tomaaa! —aulló Vanesa entre convulsiones, mientras Don Ernesto salía de golpe y se quedaba mirándola relamerse los labios, agotada y feliz.
***
—Una última cosa y se va usted perfecta para casa —dijo el doctor, recuperando el aliento y el tono de falsa cortesía que tanto le gustaba a ella.
Lucía dejó un cojín en el suelo, frente a la camilla.
—Póngase de rodillas aquí, por favor —indicó Don Ernesto, ayudándola a bajar—. Una limpieza de garganta y le doy el alta.
Vanesa se arrodilló entre los dos hombres, que se colocaron de pie a cada lado. Lucía le recogió el pelo con una mano y con la otra le sostenía la barbilla, dirigiéndole la cara de una verga a otra. Rubén fue el primero. Le sostuvo la cabeza por la nuca y se la metió hasta el fondo, hablándole con la crudeza que ella reclamaba.
—Mira cómo la chupa la muy cerda —gemía—. Para esto sirves, ¿verdad?
Ella respondía con los ojos, asintiendo, dejándose hacer. La saliva le caía por la barbilla y el pecho mientras pasaba de una boca a otra, sin descanso, gimiendo cada vez que uno de los dos la sujetaba con fuerza. Don Ernesto la dejaba respirar solo lo justo antes de volver a hundirse.
—Buena chica —decía él, sobándole el culo y soltándole alguna nalgada—. Vas a tragarte todo lo que te demos.
Rubén fue el primero en correrse, sobre la cara y los pechos de Vanesa, que reía e intentaba recoger con los dedos cada gota repartida por su piel. Cuando le llegó el turno al doctor, ella no estaba dispuesta a perder ni una gota. Se metió la verga entera, la rodeó con los labios y dejó que un dedo se colara, despacio, en el culo del viejo vicioso.
—Toma, perra. Toma —berreaba Don Ernesto, sujetándole la cabeza mientras se vaciaba en su boca entre espasmos.
Vanesa lo apuró todo, lo paseó por la lengua con calma y tragó por fin, con un suspiro largo. Se separó despacio, todavía de rodillas, mirando a los tres con la cara brillante y una sonrisa de satisfacción absoluta.
—Es usted incorregible, señorita —dijo el doctor, ayudándola a levantarse y acomodándose la bata—. Me temo que tendremos que repetir la consulta muy pronto.
—Eso espero, doctor —respondió ella, recogiendo su camisa del suelo—. Eso espero.
Se vistió sin prisa, se despidió de Lucía con un beso largo en los labios y salió a la calle. Las tiendas seguían cerradas, la tarde seguía muerta, pero Vanesa caminaba ahora con otro paso, ya pensando, sin un gramo de culpa, en cuándo volvería a llamar a aquella puerta.