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Relatos Ardientes

La fiesta de pijos que terminó en el camión de la basura

Lorena salió de casa esa tarde sin bragas ni sujetador, con un vestido de vuelo floreado que le marcaba los muslos y dejaba botar el pecho a cada paso. No era descuido. Era un plan. La invitación a la fiesta del hijo de un cliente del despacho prometía justo lo que ella buscaba esa noche: hombres, alcohol y la posibilidad de dejarse llevar hasta donde casi nadie se atrevía a acompañarla.

El cliente tenía dinero y el hijo, Álvaro, parecía dedicar la vida entera a malgastarlo. Lorena venía de una familia normal, pero su trabajo la había acercado a esa clase alta de chalets con piscina y coches importados. Le gustaba moverse entre ellos. Le gustaba todavía más la idea de ensuciar un poco aquel mundo tan limpio.

El taxi la dejó frente a la mansión y, desde la calle, ya se oía la música y el bullicio del interior. Sonrió. La banda sonora le daba igual; ella no había ido a bailar.

En media hora se había hecho un mapa de la fiesta. Tres chicos la rondaban sin disimulo, babeando. Eligió a un rubio de melena por los hombros, le tiró de la mano y, aprovechando un descuido de los otros dos, lo arrastró al jardín.

Allí fue ella quien tomó la iniciativa. Le metió la lengua hasta el fondo mientras le sobaba el bulto por encima del pantalón de marca. Él solo abría la boca y le posaba las manos en la cintura, como un maniquí. Viendo que aquello no avanzaba, lo guió de nuevo adentro y subió con él hasta un baño de la última planta.

En cuanto cerró la puerta, Lorena se sacó el vestido por la cabeza y se quedó desnuda. Se sentó en el borde del váter y le desabrochó ella misma el cinturón. La tenía delante, medio dura, de buen tamaño y, sobre todo, impecable. El chico se echaba colonia hasta ahí. De dos lametazos lentos empezó a ponerse firme.

—Méame las tetas —dijo ella de pronto, soltándola y levantándose el pecho con las dos manos—. Anda, no seas tímido.

La cara del rubio cambió de golpe. Una mueca de asco, las manos torpes intentando subirse el pantalón a la vez que reprimía una arcada.

—¿Pero qué dices? Qué asco de tía —escupió, y salió del baño dando voces.

Para cuando Lorena terminó de vestirse, ya toda la fiesta sabía de ella. Bajó las escaleras entre miradas de desprecio y comentarios al paso.

—Guarra. Anda, vete de aquí —le soltó alguien.

No hizo falta que se lo dijeran dos veces. Buscó a Álvaro junto a la puerta.

—¿Me pides un taxi? Me dejé el móvil en otro bolso.

—Jódete y vete andando —fue toda la respuesta.

***

Lorena echó a caminar entre mansiones idénticas. Lo de andar no le importaba; lo que la inquietaba era no tener ni idea de dónde estaba. La tarde había caído del todo y la urbanización era un laberinto oscuro de setos y cancelas. Entonces, a su espalda, el rugido de un motor grande.

Por la calle estrecha entraba un camión de recogida de basura. Apenas avanzó unos metros y su olor inconfundible le llegó a la nariz. Lorena se detuvo. Algo en ese hedor a podrido, denso y caliente, le tensó los pezones bajo el vestido. Levantó la mano y sonrió hacia los faros.

Lo que menos esperaban Mateo y Aníbal era encontrarse a una rubia espectacular haciéndoles señas para que pararan.

—¿Qué haces por aquí tan sola, criatura? —preguntó Aníbal, el copiloto, un hombre maduro de perilla, pelo corto y manos enormes.

—Si me llevan al centro, se lo cuento —dijo ella, acercándose ya a la puerta como si la cosa estuviera hecha.

Aníbal bajó a cederle el sitio. Lorena lo midió de arriba abajo. Primero de espaldas, con el pantalón caído enseñando el principio de la raja del culo; luego de frente, con esa cara de vicioso curtido que le secó la boca. Le regaló al hombre la visión de sus muslos y, al inclinarse para subir, le mostró que no llevaba nada debajo. El conductor, Mateo, comprobó por su parte la ausencia de sujetador cuando el pecho de Lorena bailó frente a él.

—Al centro no llegamos, bonita —dijo Mateo arrancando—. Pero te acercamos a nuestra nave y desde ahí pides taxi.

—Antes cuéntanos qué te ha pasado, guapa —pidió Aníbal, posando la manaza directamente sobre el muslo de Lorena, justo donde terminaba la tela.

Ella no la apartó. Puso la suya encima y empezó a jugar con esos dedos gruesos, dejando claro que el manoseo le gustaba.

—Venía de una fiesta de pijos. Quise enrollarme con uno, se asustó y me echaron —dijo, subiéndole la mano un poco más por el muslo.

—¿Y eso? ¿No le gustaste? —preguntó Mateo, ansioso por detalles.

—Es que tengo unos gustos un tanto especiales —respondió Lorena, y sonrió enseñando los dientes.

—¿Como cuáles, guapa?

—Pues mira… este olor a basura, por ejemplo. Nunca me lo había planteado, pero me pone. El sudor de un buen macho. Cosas que a los niñatos de ahí no les caben en la cabeza.

—Si es por peste, con nosotros te hartas —rió Aníbal, contagiando a los otros dos.

—La chica se referirá a tíos de su edad —dijo Mateo, medio en broma, esperando que lo desmintiera—. No a dos viejos viciosos como nosotros.

—Qué va —contestó ella, llevándose el dedo índice de Aníbal a la boca y chupándolo con ganas—. Los maduros sois los que me ponen de verdad.

—Joder con la niña —murmuró el colombiano, quitándose la chaqueta verde de faena. Debajo, una camiseta sin mangas con un cerco de sudor y mata de vello asomando por los sobacos.

Lorena le levantó el brazo sin pedir permiso, hundió la nariz en aquel hueco y aspiró hasta el fondo. Cerró los ojos con una mueca de placer y se llevó la mano libre al sexo por encima del vestido.

—Está claro lo que le va a la perra. Acelera, Mateo —dijo Aníbal—. Esta quiere guerra.

***

Lorena se subió el vestido hasta la cintura, dejando al aire el culo, y recibió una nalgada de cada hombre como bienvenida. La cabina entera era un horno: el calor de la noche, la mezcla de olores, el sudor de los dos cuerpos. Para ella, el paraíso. Para casi cualquier otra persona, un infierno irrespirable.

—A mamar —ordenó Aníbal, bajándose el pantalón de un tirón.

Le obedeció encantada. Le agarró la base con una mano, le sopesó los testículos con la otra y se la llevó a la boca mientras el hombre la insultaba con un cariño que a ella le encendía más que cualquier piropo. Mientras tanto, Mateo conducía con una mano y con la otra la sobaba entre las piernas cada vez que el tráfico le daba tregua.

—Eres la hostia de guarra —dijo Aníbal, agarrándola del pelo y marcando él el ritmo.

Lorena tragaba y se ahogaba a propósito, buscando las arcadas, mientras los dos la llamaban de todo. Cuanto más la humillaban, más mojada estaba. Esa era su droga: dejar de ser la profesional pulcra del despacho y convertirse, por una noche, en el juguete sucio de dos desconocidos que ni se molestaban en saber su nombre.

Mateo aparcó en una calle desierta del polígono, lejos de la nave y de cualquier mirada.

—Aquí estamos mejor —dijo—. Vamos a follárnosla a gusto.

—Una polla en el coño ya, por favor —pidió Lorena, incorporándose con un hilo de saliva colgando de los labios. Se sacó el vestido del todo y quedó desnuda entre los dos hombres.

—Espera, que primero meo —dijo Mateo, bajándose la cremallera y buscando una botella vacía del suelo, donde la basura se acumulaba en una alfombra de plástico y restos.

Lorena le sujetó la botella mientras el chorro caliente la iba llenando. No apartaba la vista. El olor del orín se sumó a todo lo demás y el calor del líquido le traspasaba el plástico contra las manos. Cuando él terminó, ella se llevó la botella a la boca y bebió un trago largo, hasta eructar, entre las risas de los dos hombres. Era exactamente lo que había salido a buscar y que ningún pijo de chalet le daría jamás.

—Ahora salgo yo a mear —anunció, y abrió la puerta para acuclillarse en el filo de la cabina.

Mientras orinaba, con los ojos cerrados y una sonrisa boba de placer, Aníbal aprovechó para ponerse de pie sobre el estribo y soltarle a ella su propio chorro sobre la cabeza. La melena rubia se le pegó a la piel, empapada, y Lorena ni se movió. Solo abrió la boca.

***

De vuelta dentro, con la puerta cerrada, el aire era todavía más espeso. Aníbal la esperaba sentado, bien abierto de piernas, la polla tiesa apuntando al techo. Lorena apoyó las manos en sus hombros y se dejó caer despacio sobre ella, sintiéndose llena de golpe. El colombiano la agarró del culo y la ayudó a botar, chupándole los pezones a reventar.

—¿Qué le ha hecho la guarra a la chica? —preguntó Mateo desde su asiento, pajeándose despacio mientras miraba.

Lorena no contestó. Cabalgaba con los ojos cerrados, buscando meterse más adentro, y sus gemidos llenaban la cabina por encima de los insultos. Aníbal le escupía a la cara y ella sonreía pidiendo más. Cuanto más la trataban como un trapo, más cerca estaba del orgasmo.

—Que me corro, cabrón —jadeó ella, tensando todo el cuerpo, echando la cabeza atrás—. Dame leche dentro, hijo de puta. Ahh… qué gusto.

—Toma, perra. Me corro dentro —rugió Aníbal a la vez, clavándole los dedos en las caderas para que no se cayera de espaldas.

Lorena notó cómo la inundaba por dentro, chorro a chorro, hirviendo. Y aun así su calentura no bajó ni un punto.

***

Mateo se pasó al asiento central en cuanto vio que la pareja terminaba. Era mucho más corpulento que su compañero, peludo como un oso, con una barriga enorme y, escondida debajo, una polla más grande todavía, de venas marcadas y capullo amoratado.

Lorena se bajó de Aníbal, le comió la boca al conductor arrastrando un montón de babas, y luego se colocó de espaldas a él, apoyando los pies descalzos junto a los enormes pies del hombre. Miró atrás por encima del hombro, sonriendo.

—Pártemelo, cariño. Hasta el fondo.

Mateo se agarró la polla con una mano y con la otra la guió por el culo. No tuvo ni que empujar: en cuanto Lorena sintió el capullo rozarle, dejó caer su peso y le entró media de golpe.

—Dios, qué tranca —gritó ella, arqueándose.

—Sigue, puta, que te queda poco —dijo Mateo, sujetándola de la cintura.

El sudor bañaba los dos cuerpos. Otro empujón y el culo de Lorena chocó contra la barriga del hombre. Entonces empezó él, un vaivén bestial desde el primer segundo, levantándola con la fuerza de las piernas hasta dejarla en vilo. La sensación de estar llena hasta la garganta era brutal, y a ella le encantaba.

—Sigue, cabrón, pártemelo —jadeaba, desencajada.

—¿Te gusta, no, perra? Menudo pedazo de guarra estás hecha —contestaba Mateo, sintiendo subir la leche desde los testículos.

Lorena botaba sobre él cada vez más rápido, mordiéndose el labio, hasta que notó la polla latir dentro de un modo distinto.

—Me corro, cabrona. Toma, aguántalo todo —gritó el conductor, abrazándola contra su pecho mientras se vaciaba.

Ella aguantó la descarga sin moverse, sonriendo con los ojos cerrados, sintiendo cada espasmo. Cuando notó que las piernas del hombre dejaban de temblar, supo que había terminado.

***

El aire de la cabina era ya irrespirable hasta para ellos. Aníbal abrió la ventanilla y respiró hondo, riéndose.

—Recoge tú la cabina, cabronazo. Yo llevo a esta a su casa —dijo, saltando a su coche, que había dejado al lado—. Ningún taxista la va a querer subir oliendo así.

Lorena bajó del camión desnuda, con el vestido en la mano. La primera claridad del amanecer le iluminaba el cuerpo entero, marcado por todo lo que había pasado esa noche. Recogió la botella con el resto de orín del suelo y se la echó por la cara, a modo de ducha improvisada, para quitarse lo peor. El olor no mejoró, pero al menos podía mirarse al espejo retrovisor. Se enfundó el vestido y se montó junto a Aníbal, que esperaba con el motor en marcha.

Estaba radiante. La melena pegada al cuerpo, la mirada de plena felicidad de quien por fin ha encontrado a alguien que no la juzga.

—Si te das prisa —dijo ella, sonriendo, con la cabeza ya apoyada en el reposacabezas—, cerca de mi casa hay un descampado. Y todavía me daría tiempo a hacerte un último favor antes de que amanezca del todo.

Aníbal soltó una carcajada y metió primera. Pensó que los pijos del chalet no sabían lo que se habían perdido.

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Comentarios (5)

NocheLectora22

excelente!!! me enganchó desde el titulo, no lo pude dejar

Marcos_BsAs

Necesito la segunda parte ya!! se cortó justo cuando empezaba a ponerse interesante de verdad

Dani_Cba

El titulo me llamo la atención y no me decepciono para nada. Bien escrito y con mucho morbo, sigue asi

Gema77

jajaja ese final del titulo me mato antes de empezar a leer. Y el relato cumplió con creces. Tremendo

RosaCordon

me recordo a una vez que yo también termine en el lugar mas inesperado de mi vida jajaja. Que bueno este relato, muy bien contado!

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