Mi empleado fantaseaba conmigo y le enseñé a obedecer
Pasé por detrás de su escritorio porque la impresora del fondo se había quedado sin tóner otra vez y nadie en esta empresa es capaz de cambiar un cartucho sin pedir permiso. Fue casualidad. Una de esas casualidades que después una repite mil veces en la cabeza buscándoles otro sentido.
La pantalla de Mateo estaba abierta en un procesador de textos. No en la hoja de cálculo que debería estar revisando, no en el correo del cliente que llevaba tres días esperando respuesta. Un documento de texto, lleno de párrafos, con una palabra que me detuvo en seco a mitad de paso.
Verde militar.
Leí dos líneas antes de entender lo que tenía delante. Eran mis pantalones. Los de algodón que me había puesto esa mañana sin pensar demasiado, los que se ajustan más de la cuenta cuando me siento. Él los describía con una precisión que me erizó la nuca: la tela tensándose contra el coño, la costura marcándome los labios, lo que se intuía debajo a contraluz, el triángulo diminuto de tanga que, según escribía, le ponía la polla dura cada vez que yo pasaba por su lado.
No tuve que leer la firma. No había firma. Pero supe que esa mujer era yo con la misma certeza con la que reconozco mi propia letra.
Está hablando de mí. Ahora mismo, a tres metros, con la cara más seria del mundo, con la polla dura debajo del escritorio pensando en mi coño.
Seguí caminando como si nada. Cambié el maldito tóner con las manos temblando, sintiendo el sudor frío bajándome por la espalda y un calor distinto, más abajo, entre las piernas, que no tenía nada que ver con el frío. Se me estaba mojando la tanga. Lo notaba a cada paso, esa humedad tibia empapándome la tela, y me imaginé lo que pensaría él si supiera que sus frases me habían puesto así en treinta segundos. Volví a mi despacho. Cerré la puerta de cristal. Y me quedé un rato larguísimo mirando el techo, apretando los muslos, preguntándome cómo alguien se atreve a hacer eso en horas de trabajo.
Lo peor no era el atrevimiento. Lo peor era que yo quería seguir leyendo. Y que ya me imaginaba metiéndome la mano dentro de los pantalones esa misma noche pensando en él.
***
Al mediodía la planta se vació. Los comerciales salieron a almorzar en grupo, las dos de administración se fueron a su sitio de siempre, y Mateo bajó a la calle con los auriculares puestos sin mirar atrás. Me quedé sola entre las luces apagadas y el zumbido de los servidores.
Tendría que haber comido. En cambio, salí de mi despacho y me senté en su silla.
La pantalla seguía encendida. En esta empresa nadie cierra sesión, por más que yo lo recuerde en cada reunión, y por primera vez se lo agradecí a todos. Abrí los documentos recientes y ahí estaba, el primero de la lista, con un nombre de archivo que era casi una provocación: «verde militar».
Lo abrí.
Había más de lo que había alcanzado a leer por encima. Mucho más. Describía cómo me bajaría esos pantalones de un tirón hasta las rodillas, cómo me arrancaría la tanga de un mordisco, cómo se arrodillaría detrás de mí y me abriría los cachetes del culo con las dos manos para poder hundirme la lengua en el coño desde atrás. Contaba con detalle cómo me chuparía los labios uno por uno, cómo me metería dos dedos hasta el fondo mientras me mordía las nalgas, cómo me clavaría la polla de golpe en cuanto me oyera gemir la primera vez. El orden exacto. La postura exacta. Lo que yo iba a gritar cuando me corriera.
Era crudo y detallado y, por momentos, sorprendentemente bien escrito, como si llevara semanas puliendo cada frase en lugar de trabajar. Cada tanto se le escapaba una palabra sucia que casi se podía escuchar dicha en voz baja: puta, mía, mojada, tragátela. Adjetivos que un empleado no debería usar nunca para hablar de su jefa.
Me di cuenta de que tenía las piernas cruzadas con fuerza y de que llevaba así un buen rato. Que se me había tensado el coño solo de leerlo. Que si me metía la mano dentro de los pantalones ahora mismo, en su silla, la iba a sacar empapada. Me removí en el asiento. Cabrón. Eso era lo que pensaba mientras lo leía, y al mismo tiempo era mentira, porque ningún hombre me había dedicado tanta atención sin tocarme, y ninguno me había hecho apretar los muslos así con un documento de Word.
Podría haberlo despedido. Tenía pruebas, tenía el archivo, tenía la firma de la empresa en mi nombre. Una llamada a recursos humanos y Mateo se iba a la calle esa misma tarde con una carta y un cartón con sus cosas.
Pero no quería que se fuera. Quería otra cosa, y mientras la idea tomaba forma fui sintiendo cómo se me dibujaba una sonrisa que no tenía nada de inocente. Quería tenerlo escribiendo así para mí todas las noches. Quería tenerlo mirándome cruzar la oficina con la polla dura, sin poder hacer nada. Quería que aprendiera que su boca, sus manos y su verga eran míos desde ese mediodía, y que iba a follarme solo cuando yo lo decidiera.
Borré la última línea de su documento. Puse el cursor al final, donde él había dejado la frase a medias, y empecé a escribir.
***
«Sí, llevo tanga. Y sí, estoy mojada ahora mismo leyéndote. Podría volverte loco, mucho más de lo que tu pobre imaginación alcanza a inventar. Podría abrirme de piernas encima de este escritorio y hacerte tragar todo lo que se te está cayendo por la boca. Pero hay un detalle que se te escapa, y es importante: aquí mando yo.
Entiendo que se te ponga dura mirándome cruzar la oficina. Lo entiendo perfectamente. Se te nota, por cierto. Aprende a cruzar las piernas debajo del escritorio, o hazte una paja en el baño antes de que llegue yo, como cualquier hombre con vergüenza. Lo que no entiendo es que malgastes horas de trabajo escribiendo sobre mi coño en un ordenador de la empresa, con un cliente esperando tu correo desde el lunes. Eso, querido, es un problema de disciplina. Y los problemas de disciplina los resuelvo yo.
Así que vamos a hacerlo a mi manera. Vas a escribir, sí, pero no aquí. En tu casa, por la noche, con la polla en la mano si hace falta, en tu tiempo. Y me lo vas a mandar. Si lo haces bien, si me describes con la misma precisión enfermiza con la que describiste mis pantalones —cómo me chuparías las tetas, cómo me abrirías el coño con los dedos, cuántas veces me harías correrme en tu boca antes de metérmela— voy a leerlo. Tal vez incluso voy a tocarme leyéndolo, despacio, con dos dedos hundidos hasta el fondo, imaginando esa boca tuya que no para de sonreírme mientras me chupa. Puede que me corra pensando en ti. Pero eso no lo vas a saber nunca.
Tú solo vas a obedecer. Vas a esperar. Vas a hacerte pajas pensando en mí y vas a desear que llegue mi respuesta como se desea algo que sabes que no depende de ti. No te vas a follar a nadie más mientras esto dure, ¿entendido? Esa verga es mía desde hoy, aunque no la haya tocado todavía. Y cada vez que vuelvas a perder un minuto de trabajo en esto, cada vez que yo pase por detrás de tu silla y vea algo que no debería estar en esa pantalla, te quedarás sin tu recompensa una semana entera. Sin correrte pensando en mí. Sin nada.
Firma: tu jefa.»
Guardé el documento. Apagué la pantalla. Volví a mi despacho con el pulso golpeándome en sitios donde una jefa no debería tener pulso, con la tanga tan mojada que la notaba pegada al coño a cada paso, y comí mi ensalada fría leyendo informes que no entendí ni una palabra.
***
Mateo volvió a las dos. Lo vi sentarse, encender el monitor y quedarse muy quieto. Desde mi despacho, a través del cristal, vi cómo se le tensaban los hombros, cómo leía y releía, cómo giraba la cabeza un par de veces hacia mi puerta sin atreverse a mirar del todo. Vi también cómo se acomodaba disimuladamente en la silla, cómo se llevaba una mano al regazo un segundo antes de apartarla como quemado. Se le había puesto dura leyéndome. Bien.
No me moví. Dejé que se cociera en su propia incertidumbre toda la tarde, con esa polla apretada dentro del pantalón y sin permiso para hacer nada al respecto. Era parte del castigo y parte del premio, y a esas alturas yo ya disfrutaba sin distinguir uno del otro.
A las seis, cuando los demás recogían, lo llamé por el interfono.
—Mateo, ven un momento.
Entró cerrando la puerta de cristal con cuidado, como si pudiera romperse. Se quedó de pie frente a mi escritorio, las manos cruzadas por delante —tapándose, seguramente— la mandíbula apretada. Un hombre que sabía perfectamente lo que había hecho y no tenía la menor idea de lo que iba a pasarle.
—El correo del cliente —dije sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Salió?
—Sí. Esta tarde. Disculpe el retraso.
—Bien. —Lo dejé esperar un segundo más de lo necesario. Después lo miré—. ¿Algo más que quieras decirme?
Tragó saliva. Vi el movimiento exacto de su garganta.
—No. Nada.
—Perfecto. —Volví a mis papeles—. Que tengas buena noche. Y cierra sesión al salir. Es la última vez que lo digo.
Se fue. No dijo una palabra más. Pero esa noche, a las once y cuarto, mi teléfono personal vibró con un mensaje de un número que no tenía guardado. Cómo consiguió mi número privado es algo que todavía no sé y que, en ese momento, me importó menos que nada.
Era un texto. Largo. Lo había hecho bien.
***
Lo leí entero, dos veces, tumbada en la cama con la luz apagada. Me describía con un cuidado que rozaba la devoción: no solo lo que quería hacerme, sino cómo me movía por la oficina, cómo apoyaba la cadera en el borde de los escritorios cuando hablaba, la forma en que me mordía el bolígrafo cuando me concentraba. Después venía lo otro. Cómo me arrancaría la blusa botón por botón con los dientes hasta dejarme las tetas al aire encima de mi propio escritorio. Cómo me chuparía los pezones despacio, uno después del otro, hasta que se me pusieran duros y morados. Cómo me subiría la falda hasta la cintura, me apartaría la tanga con un dedo y me lamería el coño con la punta de la lengua trazando círculos alrededor del clítoris hasta que le suplicara que me lo metiera entero. Cuántos dedos me iba a poner, en qué orden, y en qué momento exacto sacaría la polla y me la clavaría hasta el fondo, sujetándome del pelo, con el otro brazo apretándome la cintura contra la mesa. Prometía hacerme correrme tres veces antes de correrse él encima de mis tetas.
Me había estado observando durante meses. Y en lugar de sentirme invadida, me sentí, por primera vez en mucho tiempo, completamente vista. Y follada de antemano, aunque solo fuera con palabras.
Hice exactamente lo que le había prometido y que él jamás iba a saber. Me quité el pantalón del pijama y la ropa interior de un tirón, abrí las piernas encima del edredón y me deslicé la mano entre los muslos, despacio, sin prisa, releyendo sus frases con la otra mano sosteniendo el teléfono sobre mi cara. Me encontré empapada, más de lo que había estado en meses. Me pasé el dedo corazón por los labios, arriba y abajo, notando cómo se me hinchaba todo, cómo el clítoris se me endurecía hasta latir. Me metí dos dedos y apreté las paredes del coño alrededor, imaginándome que eran los suyos, imaginando cómo los movería él, cómo los curvaría hacia arriba mientras me susurraba «puta» al oído como en su documento.
Con la otra mano me subí la camiseta y me pellizqué los pezones, primero uno, después el otro, tirando fuerte. Pensé en su boca seria, en sus hombros tensos frente a mi puerta, en lo fácil que sería tenerlo de rodillas con una sola palabra. Pensé en abrirle la boca a la fuerza y sentarme encima de su cara hasta correrme empapándole toda la barbilla. Empecé a mover los dedos más rápido, adentro y afuera, buscando ese punto que él había descrito con una precisión sospechosa, como si ya me lo hubiera hecho mil veces en su cabeza. Me mordí el labio para no gritar. Se me cerró el coño de golpe alrededor de los dedos, en oleadas, mojándome la mano hasta la muñeca, y me corrí susurrando su nombre contra la almohada como una idiota.
Me quedé un rato con la mano quieta entre las piernas, respirando, notando cómo me palpitaba todo. Me llevé los dedos a la boca y me los chupé uno por uno, imaginando que era su lengua limpiándome. Pensé en escribírselo. Pensé en decirle exactamente cómo me había venido pensando en él. No lo hice.
No le respondí esa noche. Ni la siguiente. Lo dejé esperar tres días.
Al cuarto, cuando ya lo veía consumirse en su silla, cuando ya había empezado a perder la sonrisa con la que me saludaba cada mañana, le mandé una sola línea desde mi teléfono, sin saludo y sin firma.
«Bien. Pero todavía no es suficiente. Quiero más detalle. Mañana, a las dos, te quiero el último en irse a comer.»
***
Al día siguiente la planta se vació igual que siempre. Mateo no bajó. Se quedó en su sitio, fingiendo ordenar carpetas, esperando una orden que no terminaba de llegar.
Lo dejé esperar veinte minutos. Después abrí la puerta de mi despacho y me apoyé en el marco.
—Ven.
Entró. Cerré la puerta a su espalda y bajé la persiana del cristal, ese gesto pequeño que en una oficina lo cambia todo. Cuando me di la vuelta, lo encontré quieto en el centro de la sala, esperando, con esa misma tensión en los hombros que yo ya había aprendido a leer como un libro. Y con un bulto muy claro debajo de la cremallera. Se le puso dura en cuanto oyó bajar la persiana. Bien.
—Llevas semanas escribiendo sobre mí —dije, acercándome despacio—. Páginas y páginas. Sobre mi coño, sobre mi culo, sobre lo que harías con esa boca. Quiero saber si todo eso es solo palabras o si de verdad estás dispuesto a hacer lo que dices.
—Lo que usted quiera. —La voz le salió ronca—. Lo que sea.
—«Lo que sea» es mucho. —Me senté en el borde de mi escritorio y crucé las piernas justo delante de él, despacio, dejando que la falda se me subiera un dedo por encima de la rodilla, sabiendo lo que hacía—. Vamos a empezar por algo simple. De rodillas.
Lo hizo sin dudar. Bajó al suelo de la oficina, sobre la moqueta gris industrial, con la mirada fija en mí y la respiración alterada. Verlo ahí, obediente, con el pantalón apretándole la polla dura, fue mejor que cualquier cosa que él hubiera podido escribir.
Descrucé las piernas. Muy despacio. Las abrí un palmo, después otro, hasta que le dejé ver, desde su altura, el triángulo de la tanga entre mis muslos. Vi cómo se le desencajaba la boca. Cómo se le movió la garganta al tragar saliva. Cómo se le tensaba todo el cuerpo como si fuera a arrastrarse hacia mí y no se atreviera.
—Mírame bien —le dije en voz muy baja—. Esto es lo que llevas escribiendo hace meses. Mírame. No la toques. Ni a mí, ni a ti. Las manos en los muslos.
Se le fueron los ojos entre mis piernas. Le vi las pupilas dilatarse, la mandíbula apretarse hasta hacerle un músculo en la mejilla. Se le movió la polla dentro del pantalón. La vi latir a través de la tela, y me mordí el interior del carrillo para no reírme.
—¿Está mojada? —susurró, con una voz que ya no era la suya.
—Empapada. Y no la vas a probar hoy. —Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas abiertas, dejándole ver el escote—. Esto es lo que va a pasar. Vas a seguir trabajando. Vas a cumplir tus plazos, vas a contestar a tus clientes, y nadie en esta empresa va a notar absolutamente nada. Y cuando yo lo decida, solo cuando yo lo decida, vas a tener exactamente lo que llevas meses imaginando. Me vas a comer el coño donde yo diga y cuando yo diga. Te vas a tragar hasta la última gota de lo que te caiga en la boca. Y me vas a follar solo si te doy permiso. Ni un minuto antes. ¿Está claro?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Tragó saliva otra vez. Aprendía rápido.
—Sí, jefa.
Le pasé un dedo por la mandíbula, sintiendo cómo temblaba bajo el contacto, y le rocé apenas el labio inferior con la yema. Abrió la boca por instinto. Se la cerré empujándole la barbilla con un dedo.
—Todavía no. —Me permití una sonrisa larga antes de apartarme y volver a cerrar las piernas—. Buen chico. Ahora levántate, ve al baño a arreglarte eso —le señalé el bulto con la barbilla— sin tocarte, vuelve a tu sitio y termina el informe trimestral. Lo quiero en mi mesa a las cinco.
Se levantó con las piernas inseguras, se ajustó la ropa lo mejor que pudo y salió sin una palabra, dejando la puerta entornada. Lo vi cruzar la planta hasta el baño con la cabeza baja. Lo vi salir cinco minutos después, sentarse, respirar hondo y ponerse a teclear con una concentración que no le había visto en meses.
Subí la persiana del cristal. Volví a mi silla, junté los muslos con fuerza notando que yo tampoco estaba en mi mejor momento, abrí el correo y respondí tres mensajes pendientes con la cabeza fría y una calma absoluta. Porque esa es la parte que nadie entiende del poder de verdad: no está en gritar ni en castigar. Está en saber esperar, en repartir el deseo en dosis exactas, en tener a un hombre dispuesto a arrodillarse y abrir la boca por una palabra tuya y en elegir, despacio, cuándo se la vas a dar de follar.
El informe llegó a mi mesa a las cinco menos diez. Impecable.
Le dejé una nota encima, escrita a mano, con una sola línea.
«Esta noche. Mándame algo que valga la pena. Y córrete pensando en mí antes de dormir. Quiero saberlo mañana.»





