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Relatos Ardientes

La degradación que Vanesa buscaba en el minisúper

Vanesa estaba sentada en un rincón de la cocina, como casi todas las mañanas. Delante de ella, un plato con un trozo de bizcocho casero y una taza de café que apenas había tocado. La luz entraba floja por la ventana y la casa olía a tostada y a sueño.

—Pásame un poco de zumo, anda —dijo ella, extendiendo el brazo con un vaso de tubo vacío hacia su tía.

La tía Rosa, siguiendo una costumbre que las dos se habían inventado hacía tiempo, se abrió la fina bata que llevaba puesta. Separó las piernas, sostuvo el vaso a unos centímetros de su cuerpo y empezó a orinar. Un chorro cálido llenó el cristal hasta la mitad. A Vanesa se le iluminaron los ojos.

—Hoy poca cosa —dijo sonriendo, la melena rubia despeinada, mientras le quitaba el vaso de la mano.

Se lo bebió de un trago, sin pestañear, y soltó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Le gustaba empezar el día así: con algo que nadie más entendería, con un secreto compartido entre las paredes de aquella cocina.

—¡Andrés! —llamó, levantando la voz hacia el pasillo—. Que tengo hambre.

Su tío apareció canturreando, todavía en pijama, y le metió una mano por debajo del jersey holgado que llevaba esa mañana. Vanesa no había salido de casa con intención de guarrear; iba vestida para pasear por el centro comercial, vaqueros y una camiseta blanca sin nada debajo. Pero en aquella casa las cosas pasaban solas.

—Te dejé el desayuno en el baño —dijo Andrés sin dejar de manosearle el pecho.

Ella se rió, agarró el plato y caminó hasta el cuarto de baño. Aquello formaba parte del ritual, una forma de empezar el día que solo tenía sentido para ellos tres. Cuando volvió a la cocina, los tíos ya la esperaban. Andrés se acercó, le sostuvo la nuca y, a los pocos minutos de roces, terminó descargando en su boca abierta mientras la tía Rosa le apretaba un pecho desde un lado. Vanesa tragó despacio, enseñó la boca vacía y se limpió la comisura con un dedo.

—Que tengas buena mañana —le dijo la tía, cerrándose la bata.

***

El minisúper del barrio estaba a tres calles. Lo regentaban dos hermanos, Ramón y Tomás, dos hombres entrados en años y en kilos, sudorosos, de manos grandes y modales bruscos. Ramón era el calvo, el que la trataba a patadas. Tomás llevaba una melena canosa pegada al cuello y la piropeaba como un viejo verde. Un chaval del barrio, Iván, completaba la plantilla reponiendo estanterías.

A Vanesa se le aceleraba el pulso cada vez que cruzaba aquella puerta. No por la tienda, sino por cómo la miraban ellos: como si supieran algo de ella que el resto del barrio ignoraba.

Fue al estante de los bollos y cogió uno relleno de cacao. Ramón estaba en la caja; Tomás colgaba el teléfono al fondo. Iván andaba entre los pasillos, lejos.

—Rubia, no me revuelvas la estantería como siempre —soltó Ramón desde la caja, con desprecio.

Ella pegó un respingo y se acercó a pagar.

—Qué susto, hombre.

—No la trates así, que es lo más bonito que entra aquí —dijo Tomás, acercándose con una sonrisa pegajosa. Arrugó la nariz—. Aunque hoy traes un aliento raro, niña.

—Algo en mal estado habrá comido —apuntó Ramón—. O alguna guarrada de las suyas.

Vanesa notó cómo se le encendía la cara, y también cómo, debajo de los vaqueros, la ropa interior empezaba a humedecerse. Aquel desprecio le hacía algo por dentro que no sabía explicar y que no quería dejar de sentir.

—A ti te daba yo de comer otra cosa, para quitarte ese sabor de la boca —añadió Ramón, mirándola fijo.

Ella no solía mostrar su lado más sumiso fuera de casa, y menos en un sitio que era el altavoz del barrio. Pero la calentura pudo más.

—Así me gusta a mí, recién hecho y de quien manda —dijo, sosteniéndole la mirada.

Ramón cambió de cara. Le hizo un gesto a su hermano para que se quedara en la caja.

—Tú, ven conmigo —ordenó, y echó a andar hacia el fondo sin esperarla.

***

El almacén era un cuarto mediano lleno de cajas hasta el techo. Ramón ni le sostuvo la puerta; ella tuvo que apretar el paso para que no se le cerrara en la cara. Aún llevaba el bollo en la mano, sin darse cuenta.

El hombre se bajó los pantalones sin ceremonia. Bajo la camisa abierta asomaba un cuerpo fofo y cubierto de una capa de sudor, y entre las piernas un bulto que ya empujaba la tela. Vanesa lo miró con un hambre distinta, se arrodilló sobre un cartón y le bajó la ropa interior.

—Te gusta lo que ves, ¿eh? —dijo él, sujetándose la base.

—Me gusta todo lo que sale de un tío como tú —contestó ella, y empezó a chuparla con ganas, las dos manos clavadas en aquellas nalgas peludas.

La sesión fue rápida y sucia. Ella echaba el cuerpo hacia atrás para que los hilos de saliva cayeran al cartón y no a su ropa: tenía toda la mañana de compras por delante y no quería mancharse.

—¿Dónde la quieres? —jadeó Ramón, a punto.

Vanesa se incorporó, sacó el bollo del plástico y lo abrió a lo largo, dejando el relleno de cacao al aire. Lo sostuvo bajo la entrepierna del hombre.

—Suéltala aquí, que me lo voy a comer delante de ti —dijo, con la voz ronca de lujuria.

Él se masturbó mirándola a los ojos hasta vaciarse sobre el bollo, capa tras capa, hasta tapar el chocolate. Vanesa juntó las dos mitades, le dio un bocado por la parte más cargada y masticó despacio, sin apartar la vista de su cara. En dos mordiscos no quedaba nada.

—Anda, tira para fuera —dijo Ramón, subiéndose la ropa—. Pero tú hoy no te vas sin lo que te mereces.

Pasó por caja, pagó el bollo como si nada y se despidió.

—Luego nos vemos.

Tomás, que no sabía qué había tramado su hermano, sonrió encantado al oírlo.

—Hasta luego, bonita. Vuelve cuando quieras.

***

El plan era sencillo. La tienda cerraba a las tres, comían en un bar cercano y volvían a abrir a las cinco. Esa tarde iban a cerrar antes, en homenaje a la rubia, para tener más tiempo. A Iván le dijeron que se fuera y no apareciera hasta las cinco; el chaval asintió, pero tenía claro que no se lo iba a perder.

Vanesa aparcó cerca de su casa a las tres y media. Había quedado a las cuatro, pero estaba tan ansiosa que probó suerte antes. Llevaba cinco minutos esperando cuando los vio doblar la esquina. Si por la mañana la habían puesto cachonda, ahora, solo de verlos llegar, sintió que el cuerpo entero se le abría.

Venían con los pantalones medio caídos, las camisas abiertas, manchas de sudor en los sobacos y un andar pesado que delataba que la comida había ido bien regada de cerveza. Eran exactamente lo contrario de lo que cualquier mujer querría, y por eso mismo a ella le costaba contenerse.

—Mira qué guapa, mi rubia, que viene a pasar la tarde con nosotros —dijo Tomás.

—Mira la desesperada, buscando lo que le di esta mañana —añadió Ramón.

Entraron por una puerta trasera. Una bofetada de calor le dio en la cara: era una sala grande, contigua al almacén, también llena de cajas. Nada más cruzar el umbral, Vanesa se quitó el jersey de un tirón. En segundos tenía el pecho al aire delante de los dos hombres.

Los hermanos se colocaron uno a cada lado y empezaron a masajearle los pechos. Ramón ya le había advertido a su hermano que aquella mujer no tenía límites, y Tomás lo creyó al instante: ninguna mujer en su sano juicio se entregaría así a ellos.

Vanesa les sostenía las cabezas sudadas, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Cuando pasaron de manosearle el pecho a chupárselo con aquellas bocas enormes de pocos dientes, ella se encendió del todo. Empezó a besarlos uno tras otro, metiéndoles la lengua, recorriéndoles el cuello y los hombros, hundiendo la nariz en sus axilas para respirar hondo aquel olor a hombre sin lavar que a ella la enloquecía.

—¿Qué habéis comido, cabrones? —preguntó, lamiéndole el costado a Ramón.

—Potaje —contestó Tomás, riéndose.

—Y yo sin comer nada en todo el día —dijo ella, y era verdad: después de la mañana se había quedado tan caliente paseando por el centro comercial que se olvidó del almuerzo.

—Tú hoy no te vas con hambre —prometió Ramón.

Tomás se desnudó del todo, dejando a la vista un cuerpo igual de fofo y sudoroso que el de su hermano. Vanesa se lanzó a sus axilas, aspirando y lamiendo, recogiendo con la lengua los hilos de sudor que le bajaban por los costados. A su lado, Ramón terminaba de quitarse la ropa.

—Esto necesita descargar —dijo Ramón, acariciándose la barriga—. No puedo follar con el cuerpo lleno.

—Yo lo que tengo es una buena meada guardada —dijo Tomás.

Una puerta lateral daba a un baño pequeño y mugriento. Vanesa los guió hasta allí, los sentó en su sitio y se acomodó ella en el borde de la taza, decidida a no perder ni una gota. Se echó la melena hacia atrás, se apretó los pechos y esperó.

Los dos chorros brotaron a la vez, calientes y de olor fuerte. Su boca no daba abasto; lo que se le escapaba le resbalaba por el cuello y lo aprovechaba para masajearse el cuerpo. Cuando se vaciaron, los dos hombres se acercaron a escurrirse sobre su cara.

—Quita, que me estoy cagando —ordenó Ramón.

Ella se arrodilló a un lado de la taza mientras él se acomodaba ofreciéndole el trasero. Tomás aprovechó para ir al almacén. Vanesa hundió la cara entre aquellas carnes, deseosa, y lo que vino después lo recibió como un regalo, con la misma entrega con la que hacía todo lo demás. Era, para ella, la forma más pura de rendirse: dar el cuerpo entero, sin reservas, a quien la trataba como un objeto.

Tomás volvió con un bote de nata en spray, riéndose de lo que veía.

—Pues sí que es de las nuestras la rubia —dijo.

***

De vuelta en la sala grande, los dos hermanos se colocaron delante de ella, las pollas duras y goteando. Vanesa, sentada, se turnaba para metérselas en la boca, mientras ellos le sujetaban la cabeza y marcaban el ritmo. Cuando las arcadas se hacían evidentes, le sacaban la verga y la pasaban al otro.

—Te vas a ir con el postre tomado —dijo Tomás, echándose nata a lo largo del miembro.

—Si ni he almorzado —rió ella, y se lanzó igual.

—Por eso come polla como come —dijo Ramón—. Voy a traerle algo de comer.

Volvió con un plato y un cartón de salmorejo. Mientras tanto, Vanesa había hecho que Tomás se tumbara en el suelo, le había escupido encima y se había montado a horcajadas, botando sobre él con todas sus fuerzas. Las manos del hombre le apretaban los pechos hasta hacerla gritar; las de ella se clavaban en aquel pecho peludo. El orgasmo le llegó hondo y se derrumbó sobre él unos segundos, justo lo que tardó en lamerle una vez más la axila.

—Salmorejo, qué rico —dijo, descabalgando.

Ramón llenó el plato y, entre risas de los tres, le añadió sus propios toques de mala leche. Vanesa se reía como una cría, encantada de lo bajo que la hacían caer.

—Así me gusta más —dijo.

—Ponte ahí, que ahora te doy yo —ordenó Ramón, empujándola contra la mesa para que arqueara la espalda. Ella apoyó los codos, acercó el plato y se preparó.

Tomás, a un lado, cogió una cuchara.

—Yo te doy de comer, bonita. Tú disfruta.

Ramón le escupió en el trasero a modo de lubricante y la penetró de una embestida. Empezó a follarla por detrás con un ritmo brutal, agarrándola de las caderas, mientras su hermano aprovechaba cada empujón para meterle una cucharada en la boca. Iban tan seguidas que la crema le resbalaba por las comisuras. Entre los golpes, los eructos y el orgasmo que volvía a subirle, a Vanesa se le mezclaban el placer y las arcadas.

No hizo falta que avisara de nada. Los temblores de sus piernas y los ojos en blanco hablaron por ella. Se corrió a la vez que devolvía parte de lo tragado, todo encharcado bajo sus pies, en un estallido que la dejó sin aire.

—Que me corro —gruñó Ramón, sacándola de golpe y vaciándose sobre el plato, entre risas de los dos hermanos.

Vanesa, sin perder un segundo, recuperó la cuchara y rebañó el plato hasta el fondo, mirándolos con esa cara de viciosa que no sabía disimular.

—Túmbate —le dijo a Tomás—, que ahora te toca a ti.

Lo cabalgó ella sola, dando saltos sobre él, sin pedirle nada. Tomás, agotado y borracho, se dejaba hacer.

—Como sigas así me vas a sacar hasta la comida —jadeó él.

—Pues dámela —lo provocó ella, apretándole el vientre con las manos—. Dale a tu putita todo lo que tengas.

***

Cuando terminaron, los hermanos se vistieron y empezaron a recoger la sala. Vanesa, sentada en una silla con las piernas abiertas, rebañaba lo que quedaba en el plato con los dedos, embadurnándose y llevándoselo a la boca con un delirio que a ellos los dejaba a medias entre el asco y la fascinación. Estaba en su elemento: usada, despreciada y feliz.

—¿Puedo? —dijo una voz desde un rincón.

Era Iván. Llevaba rato escondido detrás de unas cajas, masturbándose con disimulo. No le pidió permiso a ella, sino a sus jefes, y eso a Vanesa todavía le gustó más: ni siquiera contaba como persona en aquella habitación, y era justo lo que había ido a buscar.

—Venga, rápido, que hay que abrir —refunfuñó Ramón.

Mientras los hermanos salían hacia la tienda, el chaval se acercó y se vació sobre el pecho de la rubia, chorro tras chorro. Ella se lo extendió por la piel con las manos, recogiendo de vez en cuando una gota con los dedos para llevársela a la boca. Y mientras lo hacía, ya pensaba que iba a tener que pasarse mucho más a menudo por aquel minisúper del barrio.

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Comentarios (4)

MarceloNoc

que morboso, me encanto!!

KarlaS

Segunda parte por favor, quede con muchisimas ganas de saber como termina todo esto

LoboNorte83

Buen manejo de la psicologia del personaje. Se nota que hay algo real detras, no se siente forzado para nada. Muy bien logrado.

TomásBsAs

¿Es basado en algo real o es pura fantasia? Lo pregunto en serio jaja, se siente muy creible

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