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Relatos Ardientes

La sumisa que no conocía límites en la trastienda

Nuria llevaba semanas escribiéndose con Bruno por un foro al que solo se entraba con invitación. Allí no había sutilezas: la gente decía lo que quería y lo que estaba dispuesta a aguantar, y ella había sido clara desde el primer mensaje. Quería entregarse del todo, sin red, a alguien que no la tratara con cuidado. Bruno le respondió con una dirección, una hora y una sola condición.

—Vienes tú sola y haces lo que se te diga —escribió—. Si dudas, no vengas.

No dudó.

El local era una peña de barrio de las que cierran por la tarde, con la persiana medio bajada y una cortina de tiras al fondo que separaba la sala de una trastienda sin ventanas. Olía a cerveza vieja y a cartón húmedo. Cuando Nuria apartó la cortina, Bruno ya la esperaba sentado en una silla de plástico, y a su lado, de pie, había un hombre más joven al que no conocía.

—Este es Iván —dijo Bruno sin levantarse—. Hoy juega con nosotros. ¿Algún problema?

Nuria negó con la cabeza. Cuantos más mejor, pensó, y la idea le aceleró el pulso de una forma que la asustaba un poco y la encendía mucho más.

—Desnúdate y ponte de rodillas —ordenó Bruno.

Obedeció despacio, dejando la ropa doblada sobre una caja de botellas vacías, y se arrodilló en el suelo de baldosa fría. Bruno la observó con la calma del que evalúa una compra, sin prisa, dejándola sentir el peso de las dos miradas encima.

***

El primero en acercarse fue él. Le agarró la coleta rubia y tiró hacia arriba para obligarla a levantar la cara. Con la otra mano le metió dos dedos en la boca, hasta el fondo, comprobando hasta dónde aguantaba. A Nuria se le saltaron las lágrimas y le vino una arcada, pero en cuanto pudo respirar volvió a sonreír, como diciéndole que siguiera.

—Aguantas bien —dijo Bruno, casi sorprendido—. Vamos a ver cuánto.

Iván se había desnudado mientras tanto. Era alto, con el cuerpo trabajado de quien carga peso todo el día, y se acercó por el lado sin esperar permiso. Le puso la mano en la nuca y la empujó contra él. Nuria abrió la boca y lo recibió entero, hasta que sintió que se le cerraba la garganta y se le nublaba la vista. El joven marcaba un ritmo lento al principio, sujetándole la cabeza con las dos manos, y ella le clavó las uñas en los muslos para sostenerse.

—Sin manos —le dijo Iván—. Las manos atrás.

Ella se las llevó a la espalda y se entregó al vaivén, dejando que él decidiera el aire que le tocaba y el que no. Las arcadas se hicieron sonoras, una detrás de otra, y aun así no se apartó. Fue Iván quien se retiró, satisfecho, dejándola jadear con la barbilla pringada de saliva y un hilo colgando hasta el pecho.

—Buena chica —murmuró Bruno—. Ven aquí.

***

Lo que vino después borró cualquier vergüenza que le quedara. Bruno la hizo apoyarse a cuatro patas en el suelo, le ordenó que arqueara la espalda y que levantara el culo, y la mantuvo así un rato largo, solo mirándola, hasta que ella empezó a moverse sola buscando que la tocaran. Cuando por fin le metió dos dedos, lo hizo de golpe, y Nuria gimió como si llevara horas esperándolo.

—Mira cómo está —le dijo a Iván sin dejar de moverlos—. Esta no necesita que la convenzan de nada.

—Sigue —pidió ella con la cara contra la baldosa—. No pares.

Bruno paró justo entonces, claro, y le soltó una palmada seca que la hizo gritar. Esa era la regla del juego y los tres la conocían: el placer no se pedía, se ganaba aguantando.

Nuria estiró la mano hacia el bulto del pantalón de Bruno, pero no le dio tiempo. Iván volvió a plantarse delante de ella, le sujetó la cabeza y le metió la polla hasta la mitad de una sola embestida. La peste a sudor del joven, después de un día entero de trabajo, le dio de lleno en la cara, y en lugar de apartarse respiró hondo, buscándolo, como si aquel olor fuera parte de lo que había venido a buscar. El segundo golpe de cadera la encajó del todo y el ritmo se volvió una follada de garganta en toda regla.

Las arcadas regresaron, más fuertes, hasta que Nuria no pudo más y vomitó parte de lo que había comido a mediodía. Iván se retiró a tiempo, riéndose, y ella se quedó un segundo inmóvil, esperando a ver si aquello los echaba para atrás. No lo hizo. Se limpió la boca con el dorso de la mano, sonrió y volvió a abrirla, pidiendo más.

—Esta no tiene fondo —dijo Iván, y los dos se rieron.

***

Bruno tomó el mando entonces. Se quitó el cinturón, lo dobló y se lo pasó por la mejilla sin pegarle, solo amenazando.

—Hasta ahora has jugado —le dijo—. A partir de aquí mandamos nosotros del todo. Si quieres parar, dilo y se acabó. ¿Quieres parar?

—No —respondió ella mirándolo a los ojos—. No quiero parar.

Esa palabra fue la llave. Bruno la agarró de la coleta y la llevó casi a rastras hasta una silla, donde la sentó y le ató las muñecas a la espalda con el cinturón. Iván le sujetó las piernas, abriéndoselas, y Bruno se acuclilló delante para escupirle en el pecho y verla estremecerse de gusto.

—Te gusta que te traten así —no era una pregunta.

—Me encanta —dijo Nuria, y era verdad.

La dejaron atada un rato, alternándose: uno le mordía el cuello mientras el otro le pellizcaba los pezones hasta hacerla gemir, y luego cambiaban, sin avisar, para que nunca supiera de dónde iba a venir la siguiente sensación. La incertidumbre la tenía empapada. Cuando Bruno le bajó la mano entre las piernas y comprobó lo mojada que estaba, soltó una risa baja.

—Quítale el cinturón —le dijo a Iván—. Al suelo otra vez.

***

La pusieron a horcajadas sobre Bruno, que se había tumbado boca arriba en el suelo. Nuria se agarró la polla con la mano, se la pasó por toda la entrepierna untándose, y se dejó caer despacio, sintiéndola entrar centímetro a centímetro hasta que sus muslos chocaron contra las caderas del hombre. Echó la cabeza atrás y empezó a moverse, marcando ella el ritmo por primera vez en toda la tarde.

Bruno la dejó disfrutar unos minutos. Le agarró las tetas con sus manos ásperas y tiró de ella para pegarla a su cuerpo, y de no ser por la fuerza con que la sujetaba, Nuria se le habría escurrido del sudor que les corría a los dos por la piel.

Iván se arrodilló detrás. Le separó las nalgas, escupió y le acercó la polla al culo. Entró despacio, encontrando poca resistencia, y cuando estuvo dentro del todo empezó a acompasar su ritmo con el del padre, los dos hombres llenándola a la vez. Nuria gritó al sentirse abierta por los dos lados.

—Diosss, así —jadeaba—. Más fuerte, no os cortéis.

Los dos parecían haberlo hecho otras veces, porque cogieron un ritmo brutal sin pisarse, uno entrando cuando el otro salía, sin darle un respiro. El sudor de los tres cuerpos se mezclaba en aquel cuarto sin aire, y los gemidos de Nuria subían de volumen a cada embestida.

—Que me corro —avisó con la voz quebrada—. Que me corro como una perra.

Su cuerpo empezó a temblar. Los dedos de los pies se le encogieron en un espasmo, la espalda se le arqueó sola y se quedó un instante con la mirada perdida, sostenida solo por las dos pollas que la atravesaban. Cuando el orgasmo la atravesó por fin, gritó tan fuerte que Iván tuvo que taparle la boca con la mano para que no se oyera fuera del local.

Los dos hombres pararon, esperando a que se calmara. Todavía daba los últimos coletazos de placer cuando ya estaba pidiendo más.

—Otra vez —jadeaba—. No habéis acabado conmigo.

***

Bruno se levantó y fue hasta las cajas del rincón, donde rebuscó hasta encontrar lo que parecía buscar. Volvió con una botella de cristal de las pequeñas, de refresco, lisa y de cuello estrecho. La meneó delante de la cara de Nuria con una sonrisa torcida.

—A ver si te cabe esto, guarra.

—Pruébalo —lo retó ella, abriéndose con los dedos.

La tumbó de espaldas y le pidió a Iván que le sujetara una pierna mientras él le levantaba la otra. Le escupió encima para facilitarlo y fue introduciendo la botella despacio, viendo cómo el cristal desaparecía poco a poco. Nuria empezó a sudar a chorros, mordiéndose el labio, conteniendo el aire. Cuando apenas quedaban unos centímetros fuera, Bruno la giró ligeramente y la fue sacando igual de lento que la había metido. El cristal salió brillante y ella soltó el aire de golpe, con los ojos en blanco.

—Joder —murmuró—. Otra vez. Más adentro.

—Date la vuelta —ordenó Bruno—. De rodillas, la cara en el suelo.

En un segundo Nuria estaba en pompa, con el culo en alto y la frente apoyada en los brazos, ofreciéndose. Iván la había abierto a base de embestidas y el agujero seguía dilatado. Bruno le dio una palmada en cada nalga, lo justo para que levantara la cabeza y le sonriera por encima del hombro, dándole permiso para todo.

Le metió primero el puño cerrado, despacio, con varios intentos hasta que cedió, y la rubia ronroneó entre dientes mientras el hombre movía el brazo adelante y atrás con un ritmo medido. Solo cuando ella se lo pidió a gritos lo sacó, igual de lento, dejándola jadeando boca abajo.

***

Para entonces los dos hombres ya iban a tope. Bruno volvió a tumbarse y la hizo subirse encima, y mientras ella se empalaba en él de frente, Iván la penetró de nuevo por detrás. La doble follada arrancó otra vez, los tres sudados y resbaladizos, el cuarto entero oliendo a sexo.

—¿Dónde la quieres? —jadeó Iván—. ¿Dentro?

—Dentro, cabrón —gritó Nuria—. Córrete dentro de mi culo.

No hizo falta repetirlo. Iván aceleró, temblando, y se vació dentro de ella sin dejar de embestir, llenándola de calor mientras la rubia gritaba del gusto. Cuando sacó la polla, el agujero quedó abierto y un hilo espeso le resbaló por el muslo. Nuria se llevó los dedos atrás, recogió un poco y se lo pasó por los labios sin un gramo de pudor.

—Ahora tú —le dijo a Bruno, relamiéndose.

El hombre la giró bruscamente, dejándola de espaldas en el suelo, le agarró los tobillos y la separó. Empezó a follarla con saña, sacando la polla entera en cada movimiento, y Nuria lo recibió apretándose las tetas y pidiéndole más.

—Reviéntame —le decía—. Soy tu perra, no pares.

Bruno entró en un descontrol total. Se tumbó del todo sobre ella, le metió las manos bajo las nalgas para levantarla y se hundió hasta el fondo. Nuria se ahogaba bajo su peso y bajo el calor que desprendía aquel cuerpo, pero no se quejó: le pasaba la lengua por el sudor del cuello como si quisiera quedarse con todo lo que él soltaba.

—Me corro —gruñó el hombre—. Toma.

Metió un último golpe lo más profundo que pudo y se quedó quieto, vaciándose dentro de ella en chorros que Nuria sintió llenarla por dentro. Cuando terminó, se dejó caer de lado, boca arriba, con la polla todavía medio dura y brillante.

—Límpiame —dijo con los ojos cerrados.

Ella obedeció. Se incorporó, agarró la polla por la base y la repasó entera con la lengua hasta dejarla limpia de saliva y de todo lo demás, sin dejar de mirarlo. En segundos brillaba como si nada hubiera pasado.

***

Los dos hombres se vistieron casi en silencio, con esa calma rara que llega después. Iván le revolvió el pelo al pasar, medio en broma, y Bruno le dejó una botella de agua al lado antes de apartar la cortina de tiras.

—Has aguantado más de lo que pensaba —dijo desde la puerta—. La próxima, si quieres, te aviso.

—Avísame —respondió ella, todavía en el suelo, sonriendo.

Nuria se quedó un rato más sentada sobre la baldosa fría, recuperando el aliento, sintiendo cómo le bajaba por dentro el resto de lo que le habían dejado. Se vistió despacio, recogió la ropa de encima de las cajas y salió a la sala vacía, donde la luz de la tarde se colaba por la persiana medio bajada.

Aparcó cerca de casa con el cuerpo todavía caliente y el cuero del asiento le alivió un poco el ardor. Al bajarse no pudo evitar reírse sola: ya estaba pensando en cuánto tardaría Bruno en escribirle otra vez, y en hasta dónde estaría dispuesta a llegar la próxima.

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Comentarios (5)

DomSurAR

Tremendo. De los mejores de la categoría que leí en mucho tiempo, sin dudas.

SombrasBA

Por favor seguí con más relatos así! me quedé con ganas de saber qué pasó despues

DevotaLectora

Me gustó que no la presentan como victima sino como alguien que elige libremente. Eso le da otra dimensión y lo hace mucho mas interesante de leer.

Fer78

Excelente!!!

MimiLect

Me atrapó desde el primer párrafo y no pude parar hasta el final. Hace tiempo que no leía algo tan bien escrito en esta sección.

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