Lo que busco en el cesto de ropa de mis amigas
Cerré el pestillo del baño y en cuestión de segundos sentí la sangre acumulándose entre mis piernas. Era una reacción tan vieja como yo mismo, casi un reflejo. Desde que entendí que los cestos de ropa sucia viven en los baños, y que dentro de ellos se esconde el único tesoro que de verdad me importa, mi cuerpo aprendió a responder antes que mi cabeza. La polla se me hinchaba sola, empujando la tela del pantalón, goteando ya una gota espesa que se pegaba al calzoncillo antes de que hubiera tocado nada.
Soy consciente de lo que soy. Un cerdo, un depravado, un hombre que finge normalidad en las cenas y las fiestas mientras calcula cuánto falta para quedarse a solas con la intimidad ajena. No lo elegí. Simplemente un día descubrí esta parte de mí y, desde entonces, no he sabido apagarla. Tampoco he querido hacerlo.
Apoyé la espalda contra la puerta y respiré hondo. La música del salón llegaba amortiguada, las risas de mis amigos sonaban lejanas. Tenía tiempo. Siempre me aseguro de tenerlo antes de empezar.
Hay una parte de todo esto que me cuesta confesar incluso a mí mismo. No es solo el deseo. Es la humillación que viene con él, la certeza de estar arrodillándome ante algo que ninguna de ellas me ha ofrecido, robándolo en secreto como el último de los hombres. Y, sin embargo, esa misma vergüenza es lo que más me enciende. Cuanto más bajo me siento, más dura se me pone la verga, más se me tensan los cojones. Hace años que dejé de pelear contra esa contradicción.
***
Todavía recuerdo la primera vez, casi un accidente. Como les ocurre a tantos como yo, mi iniciación fueron unas bragas de mi madre. Ella me había tenido muy joven, con apenas veinte años, así que cuando yo terminé la adolescencia y entré en la universidad, ella seguía siendo una mujer espléndida, de esas que hacían girar la cabeza por la calle sin proponérselo.
Aquella tarde volví a casa antes de lo previsto. Me había saltado la última clase de la facultad y entré con la idea de tumbarme un rato. Ella ya se había marchado a trabajar después de comer, dejándome el piso entero para mí. Fui directo al baño, todavía con la mochila al hombro, y entonces las vi sobre las baldosas.
Supongo que se había duchado con prisa, porque había dejado la ropa tirada de cualquier manera por el suelo. Como un hijo bien educado, me agaché a recogerla para echarla al cesto. Pero al levantar el pantalón de andar por casa noté las braguitas enredadas en una de las perneras. Eran blancas, de algodón sencillo, y en el centro tenían una mancha amarillenta, justo en la zona donde su coño había descansado durante horas.
No sé qué me empujó. Acerqué la nariz casi sin pensarlo, y el olor que me invadió me marcó para siempre en ese mismo instante. Sudor, humedad, algo cálido e íntimo que no tenía nombre. Olor a mujer, a coño encerrado todo el día, a deseo guardado. La polla se me puso dura de golpe, tan hinchada que dolía, y mi mano fue hacia ella por puro instinto.
No era la primera vez que me tocaba, ni mucho menos. Pero sí era la primera vez que la urgencia me dominaba de aquella manera. Me bajé el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas y me agarré la verga con la mano derecha mientras con la izquierda apretaba las bragas contra mi cara, aplastando la mancha amarilla justo contra la nariz y la boca. Empecé a menearmela con torpeza y violencia, la cara ardiendo de vergüenza y de excitación a partes iguales, sacando la lengua para lamer la tela, chupando aquel algodón como si de allí fuera a salir jugo de verdad. Llenaba mis pulmones de aquel aroma a coño de mi madre y bombeaba mi puño arriba y abajo por el tronco, con el prepucio corriendo sobre el glande a una velocidad que jamás había probado. Aguanté apenas unos segundos antes de sentir cómo se me contraían las pelotas y me derramaba sobre el suelo del baño. La corrida salió en chorros largos, blancos, mordiéndome los labios para no gemir en voz alta mientras el semen caía sobre las baldosas y sobre mis propios pies descalzos.
Esa tarde me corrí dos veces más. Ni siquiera se me bajó del todo entre una y otra. La segunda me la hice sentado en la taza, con las bragas metidas en la boca como una mordaza, saboreando el ácido tímido de su humedad seca. La tercera, ya de pie otra vez frente al espejo, me la casqué directamente sobre las braguitas, sujetándolas abiertas con una mano y empujando la punta de la polla contra la tela, hasta que descargué encima de la mancha una lechada gruesa que se mezcló con la suya. Sumar mi rastro al suyo me volvió loco. Después las estrujé despacio, esparciendo el semen por el algodón, y lo recompuse todo con cuidado. Nadie lo supo jamás.
Desde entonces no pude parar. Aprendí los horarios, las costumbres, los descuidos. Ningún cesto de aquella casa volvió a estar a salvo de mí. Llegué a reconocer cada prenda por el tacto, a distinguir los días en que ella había tenido prisa de los días en que había vuelto cansada y se había desnudado despacio. Cada una contaba una historia que solo yo sabía leer: la braguita blanca de encaje con dos gotas espesas en la entrepierna, el tanga negro con el hilo del culo teñido, las bragas de deporte todavía húmedas de sudor pegado al pubis. Todas pasaron por mi boca, por mi polla, por mi corrida.
Aprendí también a controlar el riesgo, a calcular los minutos, a borrar cualquier rastro. Esa disciplina se convirtió en parte del placer. La espera, el sigilo, el corazón disparado mientras escuchaba la cerradura de la calle: todo formaba parte del mismo juego. Y cuando me marché a vivir solo, descubrí que el mundo está lleno de cestos, de baños ajenos, de mujeres que dejan su intimidad olvidada sin imaginar que alguien la convierte en su obsesión.
***
El cesto que tenía ahora frente a mí pertenecía a Carla. Varios amigos nos habíamos reunido en su piso para celebrar su cumpleaños, y yo llevaba toda la noche esperando este momento. A partir de la segunda copa, con la gente repartida entre el salón y la cocina, riéndose a gritos, cada uno a lo suyo, supe que había llegado mi turno.
Llevaba toda la noche observándola sin que se notara. Cada vez que se inclinaba a llenar las copas y se le marcaba la raja del culo bajo los vaqueros ajustados, cada vez que cruzaba las piernas en el sofá y se le abría un poco la blusa dejando ver el nacimiento de las tetas, yo archivaba la imagen para más tarde. Ella reía, ajena por completo, convencida de tener delante a un amigo más entre los que habían venido a celebrar su día. Esa confianza ciega era, quizá, la parte más excitante de todo.
—Voy un momento al baño —dije, levantándome con la naturalidad ensayada de quien lo ha hecho mil veces.
—El del fondo del pasillo —contestó Carla sin apenas mirarme, ocupada en servir otra ronda.
Levanté la tapa despacio y memoricé la posición exacta de cada prenda, como hago siempre. Es una regla que nunca rompo: todo debe quedar tal y como estaba, hasta el último pliegue. Aparté con dos dedos unos vaqueros doblados que cubrían el resto y contuve la respiración.
Premio. Unas braguitas negras de algodón, de talle bajo, con la parte trasera recortada, de esas que apenas cubren la mitad del culo. Las tomé como quien sostiene algo sagrado y me las llevé a la cara. Por primera vez olí el coño de Carla, y la sensación me arrancó un suspiro silencioso.
Era un olor intenso, denso, mucho más fuerte de lo que había imaginado en todas las veces que la había mirado de reojo. Un aroma agrio y dulce a la vez, a piel encerrada, a flujo secado sobre la costura. Una pequeña mancha clara, casi transparente, se había endurecido justo sobre la unión central del algodón, y hacia allí voló mi lengua. Chupé la tela con hambre, aplastándola contra el paladar, arrancándole hasta la última gota de sabor. Dos vellos castaños y rizados se habían quedado atrapados entre las fibras. Siempre había sospechado cómo era ella por debajo de la ropa, y aquellos pelos eran la confirmación: Carla no se rasuraba entero, se dejaba mata sobre el pubis. La sola idea me hizo empujar las caderas hacia delante.
Me desabroché el cinturón con dedos torpes y me bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La polla saltó hacia fuera dura como una piedra, la punta brillante de líquido preseminal, la vena del reverso latiendo. Escupí en la palma, me la envolví bien empapada y empecé a machacármela con ritmo, mientras con la otra mano me apretaba las braguitas contra la boca y la nariz, respirando a Carla, tragándomela en cada bocanada.
Le di la vuelta a la tela y encontré, en la parte de atrás, otra huella: una franja fina y amarillenta justo donde la costura se metía entre las nalgas. La olí despacio, cerrando los ojos, y el olor íntimo, sucio, casi animal del culo de Carla me hizo gemir contra el algodón. Saqué la lengua y lamí esa franja de arriba abajo, apretando la tela contra la boca, sin dejar ni un rincón sin recorrer, mientras mi puño subía y bajaba por la verga cada vez más rápido.
Eran unas bragas generosas, hechas para abarcar unas caderas anchas que yo había seguido con la mirada media noche. Me las envolví alrededor de la polla como si fueran un guante, apretando la tela contra el glande, y empecé a follármelas. La costura raspaba, el algodón se resbalaba, el olor a coño me llenaba la cabeza. Tenía un oído puesto en la puerta y el otro en el pasillo, atento a cualquier paso, a cualquier voz que se acercara demasiado. El peligro de que entraran y me descubrieran con la polla envuelta en las bragas de la cumpleañera no me frenaba. Lo contrario: me empujaba más rápido hacia el final.
Me metí dos dedos de la mano libre en la boca, los ensalivé bien y bajé la mano por debajo, hasta buscar mis propios cojones y masajearlos con la palma, tirando suave hacia abajo mientras seguía bombeando arriba con la otra mano. Sentí el orgasmo trepar desde el fondo del vientre, subir por el perineo, cargarme las pelotas hasta hacerlas doler. Aparté las bragas de la polla en el último segundo, las coloqué justo delante, la mancha rozando la punta, y entonces me dejé ir.
Me corrí como un animal. El primer chorro salió tan violento que empapó la tela hasta traspasarla, mojándome también los dedos. El segundo golpeó justo sobre la mancha clara de Carla, mezclándose con su flujo seco, sumando mi semen al suyo. El tercero, el cuarto, cinco espasmos que me sacudieron entero, jadeando en silencio, apoyado contra la pared con la mano libre para no perder el equilibrio. La corrida chorreaba por el algodón negro y me caía por los nudillos, densa y caliente. Tardé varios segundos en recuperar el aliento, doblado sobre mí mismo, con la polla todavía dura y palpitante, escurriendo las últimas gotas. Las piernas me temblaban y tuve que sentarme un instante en el borde de la bañera para no caerme.
Cuando volví en mí, me llevé de nuevo las bragas empapadas a la boca para buscar ese otro sabor que también había probado por primera vez sobre la ropa de mi madre, mucho tiempo atrás. El de mi propio semen mezclado con jugo de mujer. Lamí la mancha grande, la fresca, la que acababa de dejar yo, sintiendo cómo mi lefa espesa y salada se deshacía sobre la lengua mezclada con el rastro agrio y dulce de Carla. Me tragué esa mezcla despacio, saboreándola, gimiendo bajito contra la tela.
Lamí y limpié todo lo que pude, chupando cada rincón hasta dejar el algodón casi como lo había encontrado. Estrujé la tela para escurrir el resto de saliva y de semen, la sacudí un poco, y después lo devolví todo a su sitio, ordenando las prendas en la posición exacta que había memorizado y bajando de nuevo la tapa del cesto. Me subí el calzoncillo y el pantalón, me abroché el cinturón, me lavé las manos a conciencia con jabón, me enjuagué la boca en el grifo para llevarme cualquier rastro. Me miré un momento al espejo y compuse la sonrisa tranquila de siempre, la del amigo de confianza al que nadie mira dos veces.
Salí al pasillo y volví al salón como si nada. El bullicio seguía igual, nadie había notado mi ausencia, nadie sospechaba lo que acababa de ocurrir a unos metros de ellos. Carla me sonrió desde el sofá y levantó su copa hacia mí en un brindis distraído. Le devolví el gesto sin que me temblara la voz, sosteniéndole la mirada un segundo de más, imaginándomela ya al día siguiente metiéndose esas mismas bragas por la mañana sin saber que su coño se iba a apoyar sobre el rastro seco de mi corrida. Pensando ya en quién sería la siguiente en regalarme su secreto sin saberlo.
Quizá fuera el momento de hacerle una visita a mi madre. Al fin y al cabo, hacía demasiado tiempo que no la veía.





