La noche que me entregué a tres desconocidos
La recepcionista deslizó la tarjeta-llave sobre el mármol del mostrador sin apenas levantar la vista.
—La habitación ya está pagada, señorita —dijo, y volvió a su pantalla.
Me quedé mirándola un segundo de más, como si esperara que añadiera algo, una advertencia, una pregunta. No lo hizo. Cerré los dedos alrededor de la llave y caminé hacia los ascensores con el corazón golpeándome las costillas. El hotel era de los caros: lámparas de cristal, alfombra que se tragaba el sonido de mis tacones, un silencio espeso que olía a flores y a dinero. A cada paso me ponía más nerviosa.
Dentro del ascensor me obligué a mirarme en el espejo. Llevaba un vestido negro tan ceñido que parecía pintado, escotado hasta el límite de lo decente. Los tacones, altos y finos. El delineado marcado, los labios de un rojo descarado que no dejaba lugar a dudas sobre lo que había venido a hacer. Me reconocí y no me reconocí a la vez. Esta no soy yo, pensé. Y justo por eso estaba allí.
Llevaba meses dándole vueltas a esta fantasía. Tumbada al lado de Mateo, mi novio, escuchándolo respirar, imaginaba exactamente esto: una habitación de hotel, hombres sin nombre, ningún cariño, ninguna explicación. Nunca había quedado con desconocidos. Esa noche iba a dejar de ser un pensamiento.
La suite me recibió con una botella de vino abierta sobre la mesa baja y dos copas limpias junto a ella. Me serví una y me la bebí casi de un trago. Me serví otra. Me senté en el borde de la cama con las rodillas juntas, como una niña buena, y esperé. Las manos me temblaban.
Llamaron a la puerta.
Abrí sin levantarme del todo, y por el hueco entró el primero: un tipo de unos treinta, delgado, con una sonrisa tranquila que no llegaba a ser amable. Detrás de él, otro mayor, de unos cuarenta y tantos, ancho de hombros, con la mirada de quien está acostumbrado a que le obedezcan. Se miraron entre ellos y sonrieron sin decir palabra. Yo los observé desde la cama con los ojos entrecerrados, esperando a ver qué hacían.
—El tercero llega ahora —dijo por fin el más joven, dejando la chaqueta sobre una silla—. Lo ha pillado el tráfico.
Se sirvieron una copa cada uno y se quedaron de pie, a unos metros, mirándome como se mira algo que ya es tuyo.
—¿Vas a quedarte ahí sentada? —preguntó el mayor.
Me ofreció la mano. Me levanté. Ellos se acomodaron en el borde de la cama y yo quedé de pie, en medio de la habitación, bajo la luz tenue. El joven se acercó por detrás y empezó a desabrocharme el vestido con una calma que me erizó la piel. La tela cayó al suelo. Quedé solo con el tanga, y duré poco así: el mayor me lo arrancó de un tirón seco que lo partió por la costura.
—Hoy no te llevas esto a casa —dijo, y se lo lanzó al otro.
El joven lo atrapó al vuelo y se lo acercó a la cara sin disimulo, oliéndolo, mientras con la otra mano empezaba a tocarse por encima del pantalón.
—Tócate —ordenó el mayor—. Quiero verte.
Obedecí. El pulso se me disparó. Me apoyé contra la cómoda que tenía detrás, abrí las piernas y deslicé la mano entre ellas, de pie, frente a dos hombres cuyos nombres no sabía. En la cabecera de la cama había un espejo enorme, y desde donde estaba lo veía todo: a mí, a ellos, la escena entera reflejada como si fuera otra persona la que se tocaba. El joven se desnudó del todo y se masturbó sin prisa, observándome. El mayor permanecía quieto, autoritario, con media sonrisa torcida, hasta que se echó hacia atrás y se tumbó.
—¿Qué prefieres? —le preguntó el joven.
—El culo —respondió el otro, con la voz ronca.
—Ven aquí —y el dedo índice del mayor me llamó hacia la cama.
Las piernas todavía me temblaban, pero algo muy hondo, algo que llevaba meses callando, se había despertado y me empujaba hacia delante.
Me subí a la cama y volví a buscarme en el espejo. Iba a tumbarme encima de él cuando su voz me detuvo.
—No. A cuatro patas.
Hice lo que me decía. Me la metió en el coño, que ya tenía empapado, sin un solo preámbulo. Cuatro embestidas seguidas, profundas, que me arrancaron un gemido. Y cuando todavía intentaba acostumbrarme, sentí al joven colocarse detrás de mí. Lo vi por el espejo. Me miraba sonriendo, sin ninguna intención de pedir permiso.
Se echó lubricante en la mano y después me lo repartió por el culo con dos dedos fríos. Empezó por la punta. Dolía, y me quejé, y el sonido pareció gustarles a los dos.
Justo entonces se abrió la puerta y entró el tercero. Dijo algo, una disculpa, una broma, ya no lo sé: para ese momento había dejado de entender las palabras.
***
Sentía a los dos a la vez, una dentro de cada agujero, llenándome hasta un punto que no creía posible. El de detrás empujó hasta el fondo y abrí los ojos de golpe, y de nuevo me encontré en el espejo, la boca floja, el delineado empezando a correrse.
El tercero se desnudó deprisa y se plantó delante de mí, tapándome el reflejo, y me la metió en la boca. Me agarró del pelo con las dos manos y me obligó a tragarla hasta atragantarme, mientras el de atrás volvía a embestir y el de abajo aceleraba sin compasión. Me corrí sin darme cuenta siquiera de que iba a hacerlo, ahogada entre los tres, sin un solo centímetro de mí que no estuviera ocupado.
No paraba de gemir contra la polla que me llenaba la garganta. El que me la metía en la boca empezó a respirar más fuerte; estaba cerca. Los tres cruzaron una mirada y, sin una sola palabra, decidieron cambiar. Al salir el de mi culo me quejé, y por respuesta me llegó un azote seco en la nalga.
—No te quejes tanto —dijo una voz a mi espalda.
Me quedé a cuatro patas, deshecha, intentando recuperar el aliento para lo que venía. Había perdido la cuenta de las veces que me había corrido. Olía a ellos por todas partes.
El que antes estaba debajo me sacó de mi propio aturdimiento poniéndose frente a mí. Sonrió, me escupió en la mejilla y me dio una bofetada que más que dolerme me encendió. Me la metió en la boca sin esperar a los otros, mientras el que había estado en mi culo pasaba a tumbarse abajo y el de la boca ocupaba su lugar detrás.
Volvieron a abrirme sin contemplaciones. Una parte de mí quería quejarse, decía que dolía. La otra estaba completamente entregada, inmóvil, ensartada por los tres a la vez y sin querer estar en ningún otro sitio.
Cambiaron otra vez, no sé cuántas embestidas después. Yo, más perdida que nunca, conseguí juntar dos palabras entre jadeos.
—Más fuerte…
Los tres se rieron y empezaron a insultarme, las voces mezcladas, sin que pudiera distinguir ya cuál era cuál. En esa última tanda, el que me llenaba la boca se apartó hacia un lado para que pudiera verme en el espejo. Me miré: los labios sin rastro de pintura, el rímel corrido en dos surcos negros, la cara de alguien a quien han usado hasta el final. Empujaron tan hondo y tan duro como pudieron, hasta dejarme sin aire.
Y justo antes de correrse, los tres pararon a la vez. Me quedé colgada del borde, sin respiración, mirándolos con los ojos llenos de lágrimas.
—Boca arriba —ordenó uno.
Obedecí. Vi las tres pollas apuntándome a la cara. Empezaron a masturbarse encima de mí y yo cerré los ojos y recibí cada corrida en la piel. Abrí la boca para tragar lo que pudiera, pero sentí cómo gran parte me caía en los párpados, en las pestañas, en el pelo.
Los tres recuperaron el aliento poco a poco. Yo, casi sin fuerzas, volví a respirar despacio. Estaba destrozada. Me sentía como una cosa que habían usado y soltado, y eso, en lugar de avergonzarme, me ponía todavía más. Los miré desde la cama, aún con lágrimas, mientras la vergüenza empezaba por fin a abrirse paso. Busqué el vestido con la mano. Uno de ellos me lo alcanzó sin dejar de mirarme de arriba abajo.
Me incorporé para ir a la ducha y el primero de todos se puso en medio, bloqueándome la puerta del baño.
—¿Adónde vas, preciosa?
—Necesito ducharme.
—Cielo —se relamió—, si estás hecha un cuadro abstracto.
Los tres se rieron. Yo los miré casi suplicando.
—Por favor, tengo que ver a mi novio ahora y mi casa queda lejos…
El que me cerraba el paso se relamió otra vez, los ojos brillándole.
—Más placer, entonces. La próxima dile que le dejamos mirar.
—Él no sabe nada de esto —conseguí decir.
Hubo un silencio. Después me puse el vestido como pude, me pasé la mano por la cara sin conseguir limpiarme apenas, y salí al pasillo enmoquetado del hotel. El corazón me iba a mil. Me crucé con alguien camino del ascensor y bajé la vista al suelo; noté que se quedaba mirándome más de la cuenta. Pulsé el botón varias veces, como si así fuera a llegar antes.
Dentro respiré hondo y me enfrenté al espejo del ascensor. La cara llena de rímel corrido, los ojos hinchados de haber llorado, los labios borrados, la piel todavía marcada por tres hombres que media hora antes no conocía de nada.
Pensé en Mateo. Tenía que llegar a casa, ducharme, borrarlo todo antes de verlo. Y, sin embargo, recordar lo que acababa de pasar volvía a encenderme mientras me miraba en el reflejo.
No iba a lavarme la boca. No iba a lavarme nada. Llegaría a casa, le daría un beso largo, y esta noche haría que me lamiera entera. Solo esperaba que no se diera cuenta.
Las piernas me temblaban otra vez. No sabía si por lo que había pasado o porque, contra todo, ya estaba deseando que volviera a pasar.