El verano que pasé entrenada como yegua
Las clases en la universidad por fin habían terminado y todo el mundo hacía maletas para volver a casa o irse de vacaciones lejos. Tenía dos meses enteros por delante para descansar del estrés de los exámenes, y a diferencia de mis compañeras, yo ya sabía exactamente cómo iba a aprovecharlos.
Mi destino era la granja de Damián, un viejo amigo de la familia que vivía a las afueras de la ciudad. Había estado allí muchas veces de pequeña, cuando mis padres lo visitaban, pero en los últimos años empecé a ir sola. Y tenía mis razones para hacerlo así: no quería que en casa entendieran demasiado pronto cuál era mi nueva afición.
Preparé una maleta ligera y tomé el primer taxi que pasó. Llevaba unas zapatillas deportivas, un short de mezclilla tan corto que me hacía gracia ver al conductor buscar mi reflejo en el espejo, y una blusa pequeña sin sujetador para que mi figura se notara sin esfuerzo. El pelo recogido en una coleta alta.
Cualquiera habría dicho que viajaba con un cartel colgado entre los pechos. Pero no, esta vez no buscaba nada de eso por el camino. Al menos no todavía.
Cuando llegué, le pagué al taxista y fingí un descuido al acomodarme la blusa. Juro que vi sus ojos clavarse en mi escote durante el segundo escaso que le concedí. Sonreí para mis adentros y bajé.
La casa era un sitio tranquilo en pleno campo: una cerca de madera, árboles viejos, un granero, un establo, el aire fresco y limpio que nunca encontraba en la ciudad. Tomé la maleta y fui a tocar la puerta.
Damián abrió poco después y me recibió con un abrazo cálido antes de dejarme pasar. Pero esto no era una visita cualquiera de vacaciones, y él lo dejó claro enseguida.
—Deja eso ahí y prepárate —me dijo, con esa voz serena que me erizaba la piel.
Sonreí, sabiendo perfectamente a qué se refería. Pero déjame explicarte un poco.
Dos años atrás, durante una de mis visitas, había descubierto por casualidad que guardaba revistas y libros sobre BDSM y, en concreto, sobre ponyplay. Cuando me sorprendió hojeándolos se puso nervioso, casi asustado. Yo, en lugar de espantarme, me dediqué a investigar por mi cuenta. Verme reflejada en aquellas imágenes, imaginarme en esas situaciones, me ponía caliente como pocas cosas.
Así que la siguiente vez lo encaré. Bueno, más bien le rogué. Le supliqué que me entrenara como su pony. Al principio se mostró distante, se negó una y otra vez, pero insistí tanto y le demostré tanto interés que terminó cediendo. Desde entonces habían pasado muchas visitas, muchas rutinas, y yo había aprendido a disfrutar y a gozar esta pequeña vida secreta que compartíamos.
***
De vuelta al presente, ya estaba desatándome las zapatillas y desvistiéndome en su sala. Doblé la ropa con cuidado y la guardé en la maleta mientras sacaba mi otra vestimenta, la verdadera.
Empecé por las botas. Eran largas hasta la rodilla y terminaban en una punta dura, como el casco de un caballo. Me las calcé, ajusté los cordones y aseguré cada una con un pequeño candado. Al levantarme me tambaleé un poco; me había costado adaptarme a caminar siempre de puntillas, pero ahora las sentía como una parte natural de mi cuerpo.
Saqué lo siguiente: una cola de caballo unida a un plug. Apliqué un poco de lubricante y lo introduje despacio, sintiendo cómo mi cuerpo se abría para recibirlo. No pude evitar un gemido cuando entró del todo. Di un tironcito para comprobar que quedaba firme. Aprender a retenerlo había sido una de las lecciones más duras: al principio se me escapaba, y entonces llegaba el castigo de la vara que me dejaba marcas ardientes y me hacía gritar. Ahora, por mucho que tiraran, no se movía.
Me coloqué el bocado especial, que se ajustaba en la nuca y mantenía una pieza dura entre mis dientes, junto con unas anteojeras que me obligaban a mirar solo al frente. Después vino el arnés de tiras de cuero que rodeaba mis pechos.
Por último tomé lo que más me había costado dominar: un consolador grueso y negro con forma equina. Había empezado con piezas pequeñas y fui subiendo de tamaño hasta llegar a este, enorme. Damián me había prometido que, si lograba adaptarme a él con firmeza durante unos meses, hablaríamos de cosas más ambiciosas. La sola idea de hasta dónde podía llegar mi entrenamiento me dejaba húmeda.
Abrí las piernas y empecé a introducir la cabeza ancha, gimiendo contra la mordaza. Mis labios la abrazaron y la fui empujando hacia dentro poco a poco, sintiendo cómo me estiraba centímetro a centímetro. Era un placer inmenso, casi insoportable.
Cuando la base quedó pegada a mi sexo, un leve bulto se marcaba en mi vientre. Apreté las piernas, crucé los brazos a la espalda agarrándome los codos y me quedé de pie, esperando, conteniéndolo todo dentro.
De pronto sentí sus manos rodearme desde atrás y amasar mis pechos. Me reí por dentro al notarlo pellizcar mis pezones, jugando conmigo. Luego envolvió mis brazos con tiras de cuero hasta inmovilizarlos contra mi espalda y me giró para que lo mirara.
Seguía vestido, pero mis ojos fueron directos a su mano: sostenía un látigo fino y negro. Me dijo que sería castigada y, con un gesto, me señaló el suelo bajo mis pies.
Allí había unas gotas de mis propios fluidos, que se me habían escapado sin darme cuenta mientras me penetraba con el consolador.
Acepté el castigo sin protestar. Me planté firme y quieta mientras él se apartaba y dejaba caer el látigo desenrollado, listo para silbar en el aire.
El primer silbido terminó en un golpe seco sobre mi pecho. El dolor fue intenso, pero respondí con un relincho, como una buena yegua que agradece su corrección. Aprender a hacer ese sonido a la perfección me había costado semanas en las que apenas podía sentarme.
Otro silbido, otra marca, otro relincho. Me mantenía erguida después de cada golpe aunque por dentro temblara. Uno tras otro, hasta que veinticinco latigazos dejaron mi piel cruzada de líneas ardientes y mis piernas estremecidas.
***
Cuando terminó, me puso un collar con un pequeño cencerro y tiró de la correa para llevarme afuera. Caminé con paso firme, meneando las caderas para que mi cola se balanceara como si fuera de verdad.
En el patio había una noria de las que se usan para entrenar el trote de los caballos. Damián, además de sus otros negocios, llevaba un tiempo metido en el adiestramiento equino, y uno de sus mozos estaba justo allí trabajando con un semental negro precioso. Me gustaba bromear con mis amigas diciéndoles que ya tenía un novio guapo y musculoso; ellas nunca imaginaron que se trataba de aquel magnífico ejemplar de cuatro patas.
Al principio me daba vergüenza que los trabajadores me vieran así. Ahora, en cambio, sacaba pecho con orgullo para que me miraran, orgullosa de ser una pony hermosa y obediente.
A ellos también les había chocado al principio, pero con las indicaciones claras de Damián habían terminado por tratarme como a una yegua más del establo.
El mozo detuvo al semental, que se llamaba Tizón, al verme llegar, y Damián le entregó mi correa. Él la ató a la noria con total naturalidad. A partir de ahí, quien marcaba el ritmo era Tizón, y yo debía seguir su trote: si me quedaba atrás, caería sobre la gravilla y me arrastraría. Lo sabía por experiencia; una vez me dejó el pecho y el vientre llenos de raspones.
El mozo me indicó que abriera las piernas para retirarme el consolador. Antes de sacarlo me dio un par de bombeos lentos que me hicieron tambalear de placer un instante. Lo dejó sobre una mesa de madera y me regaló una palmada en el trasero, a la que respondí con un relincho. Mis relinchos solo significaban una cosa: gracias.
Después dio la orden a Tizón. El semental tiró de la noria y me obligó a empezar el trote. Debía mantener buen ritmo y buena figura, alzando las rodillas y meneando las caderas. Cada vez que pasaba junto al mozo, recibía un golpe de vara en las nalgas como recordatorio de no aflojar.
Alcancé a escuchar que Damián le dejaba instrucciones: un número de vueltas y, después, llevarme al establo. Sonreí por dentro.
El establo significaba comida, agua, el descanso del mozo de turno conmigo y, lo más importante, ser la yegua favorita de Tizón mientras Damián salía a atender sus asuntos.
Me divertía que cada vez que volvía, los empleados se peleaban por ser mi cuidador. Algunos eran rudos, otros me trataban con dulzura, pero para todos yo no era más que un animal igual que Tizón. Y ese era precisamente el juego que me volvía loca.
Seguí trotando, guiada y atenta. Confieso que incluso cuando estoy lejos de la granja salgo a correr para no perder la forma, imaginando que sigo a aquel semental por un campo y soñando con que algún día me reclame del todo para él.
***
Cuando terminé las vueltas, el mozo me condujo al establo y me lavó con una esponja y jabón para quitarme el sudor. Jadeaba, agotada, pero me encantaba que me bañaran. En cuanto acabó, me incliné y meneé la cola relinchando, tentándolo para que me tomara.
Se acercó, me quitó el bocado y me puso una manzana entre los dientes, que mordí apenas. Entonces escuché el sonido inconfundible de su bragueta al abrirse.
Apenas tuve tiempo de prepararme cuando me penetró de una embestida. Agarró mi cola y la levantó para mantener mi trasero en alto. Gemí contra la manzana sintiendo cada empujón mientras él aceleraba el ritmo y me daba palmadas que arrancaban de mí relinchos ahogados. Embistió con ganas, sin tratarme como a una mujer, sino como a la bestia que en ese momento yo quería ser, hasta que sentí su descarga caliente inundarme por dentro y desbordarse. Me dijo que era una buena chica.
Tomó la manzana de mi boca para que pudiera morderla entre jadeos, pasó la parte mordida entre mis piernas, bañándola en su semen y en mis fluidos, y volvió a ofrecérmela. La mordí sin dudar, saboreando aquella mezcla.
Cuando terminó de alimentarme me guio a un cubículo vacío y ató mi collar a una anilla de la pared. Me dio una última palmada y cerró la puerta. Agotada, me dejé caer sobre la paja para echar una cabezada.
Esta vida me hacía inmensamente feliz, y trataba de exprimir cada uno de sus días. Pero esta vez traía conmigo un plan nuevo para proponerle a Damián, uno que, si salía bien, cambiaría mi vida para siempre.