Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El ascenso que terminó con él de rodillas ante mí

Ilustración del relato erótico: El ascenso que terminó con él de rodillas ante mí

Tus brazos estaban cubiertos hasta el codo por unos largos guantes de látex negro. Tu cuello cargaba un collar de metal pesado, de esos que recuerdan a su dueño con cada movimiento. Sobre tus ojos, una venda apretada que te apartaba un poco más del mundo de allá afuera. El resto de tu cuerpo estaba desnudo, exactamente como yo quería verte.

Los hombres suelen tener esa impresión equivocada de que el universo entero gira alrededor de ellos. Y aun así esconden su propio centro, sus pollas, porque en el fondo saben que todos sus privilegios son frágiles. Esa tarde habías recibido un ascenso y decidiste gastarte la diferencia completa del sueldo en una sesión conmigo.

Me pareció una idea interesante. Salvo por una cita previa que no pensaba mover, cancelé el resto de mis planes y preparé algo especial para ti. No quería que salieras de mi departamento sintiéndote satisfecho ni orgulloso. Quería que te marcharas humilde.

El camino más corto hacia la humildad pasa siempre por la humillación. Apenas cruzaste la puerta te ordené quitarte la ropa y tirarte en el frío suelo de mi cocina. Las baldosas heladas te encogieron en cuestión de minutos, tal como había planeado.

Te observé doblar la ropa con un cuidado ridículo, como si esas prendas todavía importaran, como si el hombre que las llevaba siguiera existiendo dentro de mi casa. No te apuré. La anticipación es parte del castigo. Cuanto más tiempo pasas pensando en lo que viene, más blando te vuelves por dentro, y yo disfruto cada segundo de esa espera tuya.

Cuando por fin quedaste desnudo, te hice quedarte de pie en medio de la cocina, con los brazos a los costados y la mirada en el piso. Caminé a tu alrededor sin tocarte, dejando que el sonido de mis tacones contra las baldosas marcara el ritmo de tu nerviosismo. Cada vez que el eco se acercaba, contenías la respiración. Cada vez que se alejaba, la soltabas despacio, agradecido por una tregua que en realidad nunca existió.

—Arrástrate hacia mí sin despegar el estómago del piso —te dije.

Estaba a varios metros de distancia, sentada en mi sillón reclinable de cuero, observándote como se observa a un animal que todavía no aprende su nombre. Para la ocasión había elegido el atuendo completo: una chaqueta de cuero ceñida, con el cierre a medio bajar, haciendo de escote para que imaginaras cómo se verían mis pechos libres. Las piernas cubiertas por leggings de látex, las botas de montar negras hasta la rodilla, y joyería pesada decorando mi cuello.

Llevaba el mismo labial rojo que, en una sesión anterior, me comentaste que usaba tu maestra de la infancia. Maquillé mis ojos para sumarme unos cuantos años encima, para parecer más severa, más inalcanzable. Cualquier detalle que hiciera que tu insignificante cerebro percibiera autoridad de verdad.

—Lame —indiqué, cuando por fin llegaste hasta mis pies.

Apenas tu lengua se posó sobre el cuero de mi bota izquierda, apoyé la suela de la derecha sobre tu nuca y empujé. Se siente bien aplastar insectos. Pero esa tarde no apuntaba a tu cráneo, sino más abajo, a lo que de verdad querías proteger.

Después te vestí como corresponde, con el uniforme que asigno a todos mis esclavos, salvo por una pieza que todavía me guardaba para el final. Cuando te vi listo, arrodillado y temblando, todo lo que cruzó por mi mente fue tu ascenso. Tu lugar en la jerarquía de la empresa, tu pequeña victoria sobre tus compañeros, los elogios, las felicitaciones, las palmadas en la espalda. Nada de eso significa absolutamente nada cuando estás frente a mí, tu Diosa.

***

Me incliné sobre ti apenas lo suficiente para que percibieras mi perfume, ese aroma que asocias conmigo y con nadie más. Sentiste el roce del cuero de mi chaqueta contra tu hombro y supiste, sin que dijera una palabra, que la parte verdadera de la tarde recién comenzaba.

Tomé tu pene con la mano y apreté. Sentiste la punta de mis uñas clavarse en él a medida que, traicionándote, empezaba a endurecerse.

—Hoy vas a salir de aquí sabiendo cuál es tu lugar.

Tiré de tu miembro mientras sollozabas. Tus lágrimas, en lugar de ablandarme, alimentaron mi sadismo. Me reí en tu cara, como acostumbro, y te empujé de vuelta al suelo.

Lentamente apoyé las suelas de mis botas sobre tus testículos.

—La próxima vez las quiero depiladas, esclavo —dije.

Entre lloriqueos, asentiste con la cabeza.

—¡Habla fuerte, basura! —insistí, y pisé con más fuerza.

Mis vecinos seguramente te escucharon gritar. Probablemente, a un par de cuadras a la redonda alcanzaron a oír tu «Sí, Diosa», quebrado y agudo como el de un niño.

Pisé un par de veces más, midiendo la presión con la precisión de quien lleva años haciéndolo.

—¿Ves que no era tan difícil? Tienes que aprender modales si quieres que vuelva a aceptar tu presencia en mi santuario, imbécil.

Pisé con rabia. Pisé pensando en todos los hombres que en algún momento de mi vida creyeron que podían frenarme, corregirme, ponerme en un lugar que ellos habían decidido por mí. Si pudiera, despertaría cada mañana aplastando los testículos de hombrecitos como tú.

Al cabo de unos minutos te solté. Me alejé tan silenciosa como pude y me quedé contemplándote desde el otro extremo de la cocina. Una pequeña laguna de lágrimas rodeaba tu rostro contra las baldosas. A través del sudor, todavía se respiraba el perfume que seguramente habías comprado por impulso, en un intento patético de salir de tu propia mediocridad.

Me pregunté si habrías conseguido novia. Si alguna mujer lograría hacerte sentir lo que yo te hacía sentir. No lo creo. Nadie te toca el alma como yo te la piso.

***

Regresé hacia ti cargando un balde lleno de cubos de hielo. Uno a uno, empecé a colocarlos sobre tu polla. No pude contener las carcajadas cuando te vi sacudir la pelvis al sentir el primero. Te sujeté de los testículos y te gruñí al oído.

—Quieto. No mojes mi piso.

Tu pene se encogió hasta un tamaño que no recordaba haber visto en mucho tiempo. Volví a clavar mis uñas en ti, pero esta vez en tus bolas. Sé exactamente cuánto presionar para no sacar sangre, aunque nunca prometo que no vayas a salir lastimado.

Empezaste de nuevo con tus alaridos de crío malcriado, así que decidí callarte de la forma más humillante que conozco. Me senté sobre tu cara. Froté mi trasero, cubierto de látex, contra tu boca abierta, mientras seguía apretando lo poco que te quedaba de masculinidad, hasta dejarte por completo reducido a nada.

—Se te está acabando el tiempo, perrita —dije, sin levantarme—. Y eso significa que hay que guardarte como corresponde.

Del bolsillo interior de mi chaqueta saqué la pieza que había reservado: una jaula de castidad metálica, plana, de las que aprietan sin dejar espacio para la dignidad. Me había costado una parte considerable de lo que pagaste, pero valía cada centavo. Si conseguía transformarte en un esclavo frecuente, podría dejar de preocuparme por un par de facturas al mes.

—Voy a sellarte para que nadie más pueda tocarte —te expliqué mientras la cerraba sobre ti—. Quiero que vuelvas, ¿entiendes? Quiero que regreses rogando que te libere. Tú decides cuándo. Yo no voy a arrastrarme por ti. Pero si alguna vez quieres ver tu micropene de nuevo en libertad, tendrás que hacer méritos con tu Diosa.

El metal estaba frío cuando lo cerré sobre ti, y sentiste el clic del candado como una sentencia. Esa pequeña pieza valía más que cualquier discurso. Mientras existiera, yo viviría en tu cabeza a cada hora del día: en las reuniones, en el ascensor de tu oficina, cada vez que pensaras en otra mujer y el deseo chocara contra una pared de acero.

Desde abajo de mis muslos te escuché agradecerme, con la voz amortiguada y húmeda. Golpeé con suavidad la jaula, como quien deja un regalo de despedida, y volví a vestirte con calma.

***

Pagaste tu tributo con un extra más que considerable. Me imagino que tus almuerzos de la semana se verán afectados, pero eso no me importó en lo más mínimo. Lo único en lo que pude pensar fue en qué juguetes nuevos probaría contigo, ahora que tenía ese presupuesto a mi entera disposición.

Te ordené marcharte y obedeciste con la docilidad de una presa que sabe que no hay escapatoria. Saliste pensando en tu agenda, calculando quizá si podrías tomarte un día completo solo para verme. Imaginando ya la excusa para cancelar la cita con esa chica que tan bien te había tratado los días anteriores, todo con tal de volver a ser torturado por tu Diosa.

Sentiste la presión de una erección contenida por el metal y casi se te escapó un gemido mientras el ascensor bajaba los pisos de mi edificio. Cada planta que descendía te alejaba de mí y, a la vez, te ataba más fuerte. Esa es la trampa que nunca terminan de entender: creen que se van, cuando en realidad recién empiezan a pertenecerme.

Sin embargo, al cruzar las puertas del ascensor, una sola imagen bastó para hacer pedazos tu éxtasis. Tu jefe, el mismo que esa misma tarde había firmado tu ascenso, entraba por la puerta de al lado del edificio. Con una sonrisa idéntica de estúpida a la que tú habías traído puesta una hora antes.

Y entonces lo comprendiste todo. El ascenso, la diferencia de sueldo, el privilegio del que tanto presumías frente a tus compañeros: nada de eso era tuyo de verdad. Como tú, él también venía a aprender lo que significa la humildad. Y, como tú, lo haría de rodillas, sobre mis baldosas frías, rogando por algo que solo yo puedo conceder.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (3)

Vero_1983

De los mejores que leí acá en mucho tiempo!! me enganché desde el titulo

GonzaFl

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto. Excelente!!

EstebaNoc

increible como esta contado, se siente real. La psicologia del personaje esta muy bien lograda, se nota que quien escribe sabe de lo que habla.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.