El día que mi dueña decidió castigarme de verdad
Llegué a casa como cualquier otro día, con el cuerpo molido y la cabeza todavía en la oficina. Cerré la puerta despacio, esperando oír sus pasos, su voz, cualquier señal de que estaba al otro lado. No oí nada. Solo el zumbido lejano de la nevera y mi propia respiración.
El pulso se me disparó. Ese silencio no era un silencio cualquiera. Lo había aprendido a leer con los meses, igual que se aprende a leer el cielo antes de una tormenta. Significaba que Bruna estaba en casa, en alguna parte, esperándome. Y que algo no iba bien.
Pasé al cuartito que teníamos junto a la entrada, el que para cualquier visita parecía un simple trastero. Allí dentro me quité los zapatos, la camisa, los pantalones. Doblé la ropa con cuidado, porque hasta eso lo evaluaba ella. Cuando dejé los calzoncillos sobre el respaldo de la silla, quedó a la vista la jaula que llevaba puesta desde hacía casi un mes. El metal frío contra la piel ya era parte de mí.
Descolgué el collar del perchero. Me miré en el espejo un instante mientras lo cerraba alrededor de mi cuello. El hombre que había firmado contratos toda la tarde, que había dado órdenes a media plantilla, desaparecía con ese clic. Quedaba solo lo que ella había decidido que yo fuera.
***
Salí del cuarto de rodillas, con las palmas apoyadas en las baldosas frías. Y allí estaba, como sabía que estaría. De pie en el pasillo, mirándome desde arriba.
Le bastó una mirada para confirmármelo: estaba cabreada. Tenía la mandíbula tensa y los brazos cruzados. Bajé la vista de inmediato, porque no tenía permiso para sostenérsela si ella no me lo ordenaba. Adelantó uno de sus pies, enfundado en esas botas negras de caña alta que me volvían loco, y dejó la punta a un palmo de mi cara.
Me arrastré como pude hasta alcanzarla y empecé a besar el cuero, despacio, con los labios entreabiertos, sintiendo el olor a betún y a calle.
—Has tardado mucho hoy, ¿no? —su voz era plana, sin matices. Peor que un grito.
—Lo sé, Ama.
No añadí excusas. Las excusas se pagaban caras. Ella enganchó la correa al collar y tiró, sin avisar, obligándome a seguirla por el pasillo a cuatro patas.
A medida que avanzábamos, las luces se iban apagando. La casa se sumergía en una penumbra rota apenas por unas velas encendidas en el suelo. Reconocí el camino antes de llegar. Íbamos a la habitación del fondo, la que mantenía siempre cerrada con llave por si aparecía alguien de improviso. La habitación del castigo.
El corazón me golpeaba las costillas. ¿Qué he hecho mal? Repasé el día entero buscando el error, y no lo encontraba. Su silencio me desconcertaba más que cualquier reproche. Bajo la jaula, mi polla intentaba endurecerse y no podía, atrapada, y ese dolor sordo era casi un consuelo: al menos eso lo entendía.
***
Me condujo hasta la cruz de madera apoyada contra la pared. Tiró de la correa para que me incorporara y, sin una palabra, me esposó las muñecas y los tobillos hasta dejarme abierto como una estrella. Desnudo del todo, con la jaula brillando bajo la luz temblorosa de las velas, completamente a su merced.
—Hoy estoy enfadada —dijo, acercando su cara a la mía—. ¿Sabes lo que eso significa?
Yo miraba al suelo, con un nudo en el estómago, sin atreverme a responder. El titubeo me delató.
—¡Mírame!
La bofetada llegó antes de que pudiera obedecer. Me giró la cara de un golpe y me dejó la mejilla ardiendo. El sonido seco rebotó en las paredes. Comprendí, por el peso de su mano, que esa noche no había margen para juegos, y eso me dio todavía más miedo.
—No, mi Ama —contesté por fin, levantando la vista.
Acarició mis testículos con dos dedos, suave, casi con ternura, mientras una sonrisa torcida le nacía en la comisura de los labios. Conocía esa sonrisa. Era la antesala de algo.
Sin previo aviso, me clavó la rodilla entre las piernas. De no estar amarrado a la cruz, me habría desplomado en el suelo durante un buen rato. El dolor me subió por el vientre hasta la garganta. Ella se rió a carcajadas, una risa limpia, liberada, y aquello, por absurdo que parezca, me excitó. Pensar que mi dolor la aliviaba era todo lo que yo quería ser para ella.
—Gracias, Ama… —logré susurrar, con la voz rota.
Otra bofetada me devolvió de golpe al presente.
—¿Has sido un perrito fiel? —preguntó ahora con un tono dulce y burlón, sabiendo de sobra la respuesta.
—Sí, Ama…
Mi polla empujaba contra los barrotes de la jaula, desesperada por salir, y ella lo notó. Bajó la mirada hacia el metal, se inclinó y le susurró algo que no alcancé a oír, como si le hablara a un animal encerrado. Después volvió a acariciarme los huevos.
***
Entonces, como si alguien hubiera escuchado mis plegarias, cogió la llave que colgaba de una cadena fina entre sus pechos. Abrió la jaula con un gesto seco y la lanzó lejos. El metal repicó contra el suelo, y ese eco fue la promesa de una libertad que llevaba un mes esperando.
La polla apuntó al techo en cuanto quedó suelta. Los huevos me palpitaban, y ya no sabía si era por el rodillazo o por las semanas de encierro acumuladas.
—Parece que lo ha pasado mal —comentó, con esa burla suya que me derretía y me aterraba a partes iguales.
Dudé unos instantes. Luego decidí lanzarme, aun sabiendo que no era buena idea.
—Por favor, Ama… —la miré a los ojos, esos ojos felinos que me observaban desde su altura—. Se lo suplico.
Se acercó hasta que su aliento me rozó la frente. La respiración se me cortó. Lo que era capaz de provocarme sin apenas tocarme resultaba increíble. Mi sumisión vivía en la cabeza antes que en el cuerpo; ella lo sabía y jugaba con eso como nadie. Agaché la mirada, incapaz de sostenérsela.
—No, no —dijo, agresiva, sujetándome la barbilla con fuerza—. Ahora me miras. —Y me abofeteó otra vez.
La miré como me ordenó, pero mis ojos viajaban de un lado a otro, sin poder fijarse en ningún punto. Ella entreabrió la boca en una media sonrisa, como si la escena misma la excitara, esperando a que yo siguiera humillándome.
—Déjeme correrme… —conseguí pedir, consciente de que estaba tentando a la suerte.
Me agarró de la cara de nuevo y me miró con una seriedad gélida. Entonces me escupió. Sentí el escupitajo deslizarse por mi mejilla, y, lejos de repugnarme, me recordó lo poca cosa que era a su lado. Esa era la idea.
***
Se alejó haciendo sonar los tacones de sus botas por toda la habitación. Cada paso era un latigazo anticipado. Sabía que mi petición no iba a salir gratis. Se detuvo frente a la estantería que tanto le gustaba, esa donde guardaba sus juguetes, y dudó un momento, recorriendo los objetos con un dedo. Yo la observaba desde la cruz, temiendo y deseando a la vez lo que vendría.
Volvió con una fusta en una mano y un plug anal en la otra.
—Yo, la verdad, no necesito placer ahora mismo —dijo con superioridad, dejando que las palabras cayeran despacio—. ¿Te acuerdas de aquel chico con el que tomé unos vinos el otro día?
Asentí, con un peso frío instalándose en el pecho.
—No te puedes imaginar cómo me folló.
Sus pasos volvieron a recorrer la estancia hasta llegar de nuevo frente a mí. Agaché la cabeza por instinto.
—¿Por qué iba a dejar que tú hicieras eso? —preguntó, esta vez con un tono helado, casi indiferente.
Me soltó de las esposas, una a una. Yo me quedé en la misma postura, intuyendo lo que quería. Como respuesta, me dio otro rodillazo que me tiró al suelo, a sus pies. Acercó la punta de sus botas a mi boca y las besé por reflejo, sin necesidad de orden. Cuando se alejó, la seguí de rodillas, besando cada baldosa que ella pisaba, como si su huella mereciera adoración.
—Quédate ahí —dijo, señalando el centro de la habitación.
***
Me quedé arrodillado, con las manos sobre los muslos, y ella se colocó a mi espalda. Sentí cómo separaba mis nalgas, cómo escupía, y luego el frío del plug rozándome. A mí nunca me había gustado jugar por detrás, y precisamente por eso ella lo disfrutaba el doble. Hasta entonces solo habíamos usado el pequeño; la amenaza constante era que algún día trajera uno más grande.
Me lo metió sin contemplaciones, de una vez, y sentí cómo se me iban las fuerzas. Una debilidad líquida me recorrió entero. «Esta es tu cola de zorrita», solía decir, y supe, sin verla, que estaba sonriendo a mis espaldas con esa malicia suya.
—No te muevas —ordenó.
La oí moverse, subirse a algo. De pronto se colocó por encima de mi cabeza. No entendí qué pretendía hasta que sentí el primer hilo caliente caer sobre mi frente y resbalar por mi cara. Se rió como hacía días que no la oía reír, una risa ancha, genuina. Yo cerré los ojos, me relamí lo que llegó a mis labios y mi polla, libre, se sacudió a punto de estallar. No me importaba nada salvo el momento en que me dejara tocarme.
Cuando terminó, se apartó y se quedó en silencio unos segundos eternos.
—Así, a cuatro patas —dijo al fin—. Empieza.
***
Sin creérmelo del todo, mi mano fue directa a la polla y empecé a masturbarme. El primer azote de la fusta me cruzó la nalga antes de que entendiera lo que pasaba. La piel me ardió, las gotas todavía calientes resbalando por mi cuello, y la humillación y el placer se mezclaron hasta volverse indistinguibles. De rodillas, gozaba de estar entregado por completo a su voluntad.
—No te vas a correr hoy —y sus palabras cayeron como una losa.
—Por favor… —supliqué.
Otro azote, lanzado con toda su rabia, me sacudió de nuevo.
—Ni por favor ni hostias. Si quieres correrte, será el día que veas cómo me folla otro —dijo, y cada palabra se me clavó en la cabeza—. Cuando notes que vas a llegar, paras. No tienes permiso. ¿Queda claro?
—Sí, Ama —jadeé.
Siguió azotando mientras yo me movía la mano. Al séptimo golpe tuve que parar, al borde, conteniéndome con cada músculo del cuerpo. La fusta esperaba en el aire.
—Eres una zorra, ¿eh? —se rió.
Me dejó retomarlo cuando el calentón cedió, y volvió a ordenarme parar justo antes del límite. Una y otra vez. Al borde y de vuelta, al borde y de vuelta, hasta que perdí la cuenta de los azotes y solo existía su voz marcando el ritmo. Llegamos a los cien.
***
En ese punto, se detuvo. Me ordenó que la mirara, arrodillado, mientras ella se sentaba en el sillón alto que llamábamos su trono. Obedecí. Su mirada fija me ponía cada vez más nervioso. Vio cómo la excitación se me iba apagando poco a poco, pero no podía imaginar hasta qué punto me dolían los huevos, hinchados y abandonados.
Entonces se levantó. Recogió la jaula del suelo, donde la había tirado, y volvió a encerrarme la polla todavía dolorida. Puse cara de súplica, de decepción, y me quedé con el deseo intacto, atrapado de nuevo. Me agarró del pelo y me arrastró hasta la jaula de barrotes que guardaba debajo de una de las camas. Me obligó a meterme dentro, agachado contra el suelo, como el perro que ella había decidido que yo fuera.
—Te vas a quedar ahí, para que recuerdes lo que eres —dijo, cerrando el cerrojo—. Para que no se te olvide cuál es tu lugar.
Me miré los nudillos contra los barrotes y me encogí, con miedo y con una devoción absurda. Lo único que deseaba en ese instante era lamerle los pies una última vez, agradecerle cada azote, cada escupitajo, cada minuto de su atención.
—Volveré dentro de una hora para que me hagas la cena —añadió, ya de espaldas—. Y mañana nos vamos de compras.
Se marchó y apagó la luz, dejándome a solas con mis pensamientos y el latido del culo dolorido. Las marcas de la fusta me duraron una semana entera, líneas finas que durante días fueron el recuerdo exacto de quién mandaba en aquella casa. Pero esa noche, encerrado en la oscuridad, mi cabeza solo era capaz de fijarse en una cosa: mañana era día de compras, y la humillación no había hecho más que empezar.