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Relatos Ardientes

El barón cautivo que la supervisora doblegó

La supervisora Maelvira sonrió cuando vio cómo cuatro guardias arrastraban hasta la entrada del Lodazal al que hasta hacía poco había sido el altivo, atractivo y poderoso barón Verlandt Kreshan. Departía en ese momento con un supervisor de rango inferior, y el espectáculo le pareció un regalo inesperado. El aspecto del noble era lamentable: grilletes pesados en muñecas y tobillos, el cuerpo desnudo, la piel cruzada por las marcas del martirio. Se rumoreaba que la propia Diosa Vharassa había empuñado en persona el látigo de nueve colas, un honor poco habitual que pocos sobrevivían para contar.

—Supervisora Maelvira —el guardia, enorme y musculoso, inclinó apenas la cabeza—, te traemos un nuevo morador del Lodazal. Y, como verás, un invitado de honor. Ja, ja, ja.

—Vaya, vaya... —ella se acercó al noble, que se había dejado caer de rodillas y la observaba con un odio puro, sin fisuras—. El famoso barón Kreshan. Quisiste desafiar a nuestra Diosa y creíste que no habría consecuencias.

—Perra esclava... —escupió él con desprecio.

Un guardia le pateó el estómago. El barón se dobló sobre sí mismo y cayó de bruces.

—Quieto —ordenó Maelvira al guardia—. No lo golpees más. No quiero que lo dañes ni que le impidas sobrevivir más tiempo del que él mismo quisiera aquí. ¿Perra esclava? Lo soy. Soy una orgullosa perra esclava de mi Diosa, a la que mi vida pertenece. Pero tú no vas a ser ni eso.

***

Hizo una señal a los guardias para que lo sujetaran mientras las ciclópeas puertas de acero herrumbrado, grabadas con los símbolos de poder de la Diosa, empezaban a abrirse gimiendo sobre sus goznes. Maelvira se colocó la máscara con respirador, y su ayudante la imitó. La ráfaga de pestilencia que se expandió a medida que las hojas cedían hizo que los guardias torcieran el gesto y se taparan la nariz. El hedor era insoportable: una mezcla de heces, putrefacción y desechos de todo tipo. Arrastraron al barón a través de un salón amplio hasta dos puertas de barrotes, tras las cuales se adivinaba un mundo de fango, excrementos y bestias.

El barón apretó los dientes. No, no iba a suplicar. No les daría esa satisfacción a la bruja ni a su camarilla. Él solo había querido ejercer sus derechos como noble, y la consentida de la Diosa, la infame Lirín, lo había denunciado después de acceder ella misma a ser usada. Maldita sea. La había tenido a cuatro patas sobre su cama, con el culo abierto para él, gimiendo como una puta mientras le clavaba la polla hasta el fondo del coño y luego del ojete. La muy zorra se había corrido dos veces sobre su verga antes de irse. Y después había ido a lloriquearle a la Diosa. Maldita puta traicionera. Le quitaron los grilletes y lo arrojaron al fango. Las puertas de barrotes se cerraron a su espalda.

—Ahí te pudras —le espetó un guardia, y escupió entre los barrotes.

—No te preocupes —rió Maelvira tras la máscara—. Se pudrirá, se consumirá y, lo mejor de todo, terminará regocijándose con ello.

***

El barón se incorporó y avanzó con dificultad por un fango espeso y hediondo hasta un muro de piedra negra y lisa. Apoyó la espalda y se dejó caer hasta quedar sentado. A unos metros lo observaban dos cerdos enormes, más grandes que los comunes. No alcanzaba a calcular las dimensiones del lugar; desde fuera parecía grande, pero no tanto. Los muros eran demasiado altos para escalarlos, y por las almenas paseaban guardias y supervisores con máscara y respirador, gozando del único placer que la vida les concedía además de adorar a la Diosa: contemplar y provocar sufrimiento, degradación e indignidad.

—Eh, barón, ¿estás cómodo entre la mierda? —gritó uno desde lo alto.

—¡Baja a comprobarlo, hijo de perra, y dile a tu Diosa que la maldigo! —respondió él, sacando fuerzas de flaqueza, aunque las torturas lo habían dejado roto.

—Ja, ja, ja. Nuestra Diosa no se ocupa de los cerdos.

Se durmió de puro agotamiento, pese a las náuseas que le retorcían el estómago. Cuando abrió los ojos, dio un respingo: una mujer estaba a gatas frente a él, observándolo.

—Olor... distinto —dijo ella con voz áspera—. Uggg... uggg...

Supo que era una mujer porque los pechos le colgaban al moverse, aunque todo su cuerpo estaba cubierto de inmundicia. Lo que le llamó la atención fueron sus ojos: limpios en contraste con la mugre del rostro, y completamente vacíos, sin expresión alguna. Las tetas, largas y flácidas, le pendían embarradas, y entre los muslos se le adivinaba un coño peludo y sucio que la mujer se rascaba sin pudor. La apartó de una patada, pero entonces apareció un hombre a su lado, con la polla medio erecta colgándole entre las piernas costrosas.

—Olor raro... nuevo aquí —masculló él, olisqueando—. Mío... uggg...

El barón se levantó apoyándose en la pared, con el fango cubriéndole por encima del tobillo, y le propinó una patada.

—Fuera, basura. Alejaos de mí —les gritó, desesperado.

Los dos se retiraron, y el barón vio con asco cómo hocicaban el fango y devoraban algo que prefirió no identificar. Solo entonces tomó conciencia del hambre y, sobre todo, de la sed. Tenía la garganta y los labios secos. Se dejó resbalar de nuevo hasta el suelo. Si no lo habían ejecutado, razonó, sería porque pensaban alimentarlo de algún modo. ¿O no? Debía dormir. Debía ahorrar fuerzas.

***

Lo despertaron a la fuerza. Tres machos lo habían inmovilizado boca abajo y le hundían la cara en el barro. Sintió cómo unas manos callosas y sucias le abrían las nalgas de golpe, y luego una polla dura y gruesa que se le clavaba en el ojete en seco, sin aviso, sin piedad. Aulló contra el fango, con la boca llena de mierda líquida, mientras la verga le desgarraba el recto de una embestida brutal. El macho embistió con furia animal, gruñendo sobre su nuca, y se corrió dentro de él en pocos minutos, dejándole el semen resbalando entre los muslos. No hubo pausa: el segundo lo montó de inmediato, agarrándolo del cuello, y le folló el culo ya ensangrentado con las mismas ganas, escupiéndole en la espalda mientras se movía. El barón sintió cómo su ano cedía, cómo se abría contra su voluntad, cómo la polla entraba y salía chapoteando en la mezcla de semen, mierda y sangre. Cuando el segundo se corrió con un rugido, el tercero ya le estaba abriendo las piernas. Este fue el peor: tenía una verga enorme, casi bestial, y lo penetró hasta el fondo con una única estocada que le hizo perder el aliento. Le folló el culo despacio, como saboreándolo, sujetándole los brazos contra la espalda, mientras los otros dos, sentados en el barro, se restregaban las pollas y lo miraban. Cuando por fin acabó, le llenó el interior con un chorro caliente y espeso, y se retiró con un ruido húmedo que le dejó el ojete abierto, goteando semen sobre el fango.

Fue sodomizado por las bestias sin poder hacer nada salvo rogar para que terminaran pronto. Cuando lo dejaron tirado sobre el lodo, con el culo ardiendo y el semen ajeno resbalándole por las nalgas y los muslos, la rabia se le mezcló con las lágrimas. Escuchó unos pasos. Levantó la mirada y vio a Maelvira, con sus botas imponentes y un uniforme de cuero negro que se ajustaba a cada curva.

—Baroncito... parece que te has convertido en una cerdita muy apetecible para los machos del lugar, ¿verdad? —se burló, mirándole con delectación el ojete dilatado que aún expulsaba semen—. Mira cómo te han dejado el culito. Todo lleno de leche. Imagino que tendrás sed.

Le mostró un cuenco con agua.

—Te... mataré... —logró articular él.

La supervisora vertió el agua sobre el fango, rió y se marchó. El barón se relamió mirando el charco. Era simple supervivencia. Si quería vivir para vengarse, solo debía pensar en vivir. Se arrastró hasta el agua sucia y bebió. Lo sació.

También tuvo que alimentarse de los restos podridos que los guardias arrojaban desde el muro. Por primera vez se disputó la comida con un cerdo y dos criaturas que alguna vez habían sido humanas: unas sobras fétidas que devoró con la avidez de quien lleva días sin comer, mezcladas con el barro. Incluso mordió al cerdo para apartarlo. Sobrevivir. Solo contaba eso.

***

El paso de los días le demostró que era más práctico moverse a cuatro patas, así que dejó de caminar erguido. Cada noche, o lo que él suponía noche, algún macho lo montaba. A veces uno, a veces dos, a veces la piara entera. Su ano se había convertido en un agujero flácido y siempre húmedo, incapaz de cerrarse del todo, que goteaba semen viejo y mierda. Aprendió a levantar el culo en cuanto sentía un cuerpo detrás, a abrir las piernas y dejar hacer. Era más rápido. Dolía menos.

Una mañana, el aroma a cuero le hizo levantar la cabeza. Era Maelvira.

—Parece que te vas adaptando. Para empezar, no te han devorado los cerdos ni las demás bestias. Sígueme, si quieres comer.

Se giró y echó a andar. Comer. El barón se relamió. Ni siquiera consideró que aquello fuera otro de sus juegos; solo pensó en que, si la seguía, comería. Y lo hizo. Gateó tras ella hasta una de las puertas de servicio de la muralla. Al cruzar el umbral se encontró en una estancia iluminada por antorchas, donde seis guardias lo esperaban.

—Lavadlo y desinfectadlo —ordenó Maelvira.

Lo arrojaron a un pozo de agua y lo restregaron con cepillos como a una bestia. Le abrieron las nalgas y le metieron una manguera en el ojete, lavándolo por dentro; un chorro de agua sucia, semen y mierda salió a borbotones cuando la retiraron, y los guardias soltaron una carcajada. Le restregaron la polla y los huevos hasta dejarlos rojos, le lavaron la boca con un cepillo áspero. El barón permaneció pasivo; en su cabeza solo había sitio para la comida. No sabía cuánto tiempo llevaba en el Lodazal. ¿Días? ¿Semanas? Era imposible saberlo: una penumbra perpetua envolvía el lugar e impedía contar el paso de las jornadas.

Le depilaron el cuerpo entero, hasta la cabeza, de manera que jamás volviera a brotarle un solo vello. El pubis liso, los huevos afeitados al ras, el culo lampiño y brillante. Le lanzaron un mendrugo de pan mohoso que devoró. Cuando lo creyeron listo, le ordenaron salir, y lo hizo a gatas. Maelvira lo aguardaba con un trozo de carne en la mano, agitándolo.

—Muy bien, cerdo —dijo, y lo dejó caer al suelo.

El barón se abalanzó sobre la carne y la devoró. La supervisora le acarició el cuero cabelludo, consciente de su progreso. Ya no intentaba erguirse, ya no insultaba ni hablaba: respondía a estímulos básicos.

—¿Está rica la carne, cerdo?

—Sí... sí... —respondió él, comiendo sin usar las manos, costumbre adquirida.

—¿Y no deberías darme las gracias? —el tono era afilado, sin rastro de burla; parecía exigir algo razonable.

—Gra... gracias —dudó un instante, pero su mente elaboró un pensamiento brutalmente lógico: si mostraba gratitud, quizá comería y bebería de nuevo—. Gracias, supervisora.

Maelvira, experta en esos menesteres, advirtió otra cosa, y el regocijo la invadió: la polla del barón estaba dura, erguida contra su vientre, con la punta brillante de líquido preseminal que goteaba lento sobre el suelo. Habían sido semanas, pero lo había conseguido. El orgulloso noble sentía tal placer en ser humillado que su cuerpo ya no fingía ni respondía solo al miedo. Se agachó, le rodeó la verga con la punta de un dedo enguantado y la recorrió de la base al glande. El barón gimió como un animal y empujó las caderas hacia ella.

—¿Eres feliz, cerdo?

—Sí —no dijo más; un nuevo trozo de carne le llenó la boca.

***

La supervisora sonrió. Si él supiera que estaba comiéndose a la hembra que vio el primer día. La primera fase estaba lograda. La verdad era que había perdido la apuesta con su ayudante: esperaba mayor resistencia del barón, pero no la hubo.

—Bien, cerdo. Hoy dormirás aquí, fuera del fango, y comerás carne. Pero antes tendrás que rogarme que los guardias te usen, y deberás ser cariñoso con ellos.

El barón pensó un momento. Debía sobrevivir. Debía aceptar. Pero ¿sobrevivir para qué? No lo tenía claro. Lo único cierto era que la supervisora estaba siendo buena con él, que comía y bebía, y que una excitación extraña le recorría el cuerpo porque sabía que ella disfrutaba cuando lo usaban. No lo golpeaba con la vara; le daba comida y atención.

—Por favor, supervisora, quiero que los guardias me usen —se postró y besó las botas sucias de Maelvira—. Que me follen el culo, que me metan la polla en la boca, lo que ellos quieran. Por favor. Se lo ruego.

—¿Quién eres?

—Soy un cerdo...

—Los cerdos no hablan. No me creo que seas un cerdo.

—Oiggggh... oiggggh...

Los guardias gozaron de él con crueldad tosca; no podía esperarse más de aquellos brutos. El primero le agarró de la nuca y le hundió la polla hasta la garganta de un solo empujón. El barón se atragantó, escupió, sintió las lágrimas y la saliva chorreándole por el mentón, pero el guardia siguió embistiéndole la boca con furia, follándole la garganta como si fuera un coño, hasta que le vació la corrida entre los labios. La leche caliente le llenó el paladar y le resbaló por la barbilla, cayendo en hilos espesos sobre el suelo. No le dieron tregua. Otro le agarró de las caderas y lo puso a cuatro patas, escupió sobre su ojete y le clavó la verga hasta las pelotas. El barón gruñó, con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, mientras el guardia lo penetraba con brutalidad, dándole palmadas en las nalgas hasta ponérselas rojas. Un tercero se puso delante y le ofreció la polla; el barón, sin necesidad de que se lo pidieran, la agarró con la boca y empezó a mamarla con avidez, chupando y lamiendo, escuchando los elogios groseros del guardia. Le follaron el culo por turnos, uno tras otro, sin descanso, y cada uno le vació la corrida dentro. Al cuarto, al quinto, al sexto. El semen se le escapaba del ojete y le resbalaba entre los muslos, formando charcos en el suelo bajo sus rodillas. Uno lo puso boca arriba, le levantó las piernas hasta pegárselas al pecho, y le folló el culo mirándole a los ojos, riéndose de la manera en que se le contorsionaba el rostro entre el asco y el placer. El barón se había puesto a masturbarse la polla dura como una piedra mientras lo montaban, sin darse cuenta, gimiendo, gruñendo, empujándose contra la verga que lo atravesaba.

Maelvira presenció la escena acomodada en un diván, mientras un esclavo hermoso le comía el sexo con delicadeza y destreza, un sexo decorado con multitud de aros en los labios, los mismos que tiempo atrás le habían cosido con una cadena para mantenerla en castidad. El chico tenía la lengua entrenada: lamía los aros uno a uno, tiraba de ellos con los dientes con la suavidad exacta, y hundía la punta de la lengua entre los pliegues empapados del coño de su ama. Le chupaba el clítoris con la boca entera, succionando, y volvía a bajar hasta lamerle el ojete con la misma devoción. Maelvira le hundió los dedos en el pelo y le apretó la cara contra su sexo mientras miraba los gruñidos y los gritos del barón, que la excitaban tanto como verlo sometido a la rudeza de los guardias, a quienes pocas veces se les permitía descargar su calentura. Verlo con la boca llena de polla, con el culo abierto de par en par, chorreando semen ajeno, mientras se meneaba la verga a sí mismo... aquello valía cada gota de sudor.

La supervisora alcanzó el clímax con un espasmo profundo que le contrajo todo el vientre; se corrió sobre la boca del esclavo con un gemido largo y ronco, y sus gemidos se unieron a los del guardia que terminaba dentro del castigado recto del barón, llenándolo por enésima vez de leche caliente. Suspiró hondo y apartó al esclavo, que de inmediato se sentó sobre los talones, la mirada baja y los dedos entrelazados en la nuca, con la cara empapada y brillante de flujo.

—Mi cerdo... ¿has gozado?

—Sí, mi... —la bota de Maelvira sobre su cara le recordó que los cerdos no hablan—. Iiiggh... iggggh...

—Qué patético —sonrió ante la notable erección del barón, que seguía chorreando presemen sobre el charco de leche entre sus rodillas—. Y encima duro. Miradlo, guardias, la polla dura como una piedra después de habérselo follado seis. Es una cerdita perfecta. Bien, guardias, devolvedlo al fango.

El barón no protestó. Sabía que era inútil. Lo arrastraron sin resistencia, con el culo abierto y goteando corrida por todo el suelo hasta la puerta.

***

—Señora, ¿ya está sometido? —preguntó el supervisor ayudante.

—Está cerca, pero no quiero solo someterlo, Doran. Quiero más.

—Mi señora se supera cada día —hizo una leve reverencia y miró al esclavo hermoso, que seguía junto al diván con la mirada perdida—. ¿Y este?

—Mándalo a su celda. Trátalo bien.

—Es precioso, mi señora... ¿podría...? —carraspeó, y se ajustó el bulto que le crecía bajo el pantalón de cuero—. Me he calentado viéndolo comerte.

—No, no puedes.

Y se alejó hacia sus aposentos, donde deseaba quitarse de encima la sensación de suciedad del Lodazal. La estancia, funcional y alumbrada por faroles de luz amarillenta y mortecina, la recibió en silencio. Dos esclavos la ayudaron a despojarse del barroco traje de cuero negro y, a una orden suya, se retiraron con premura a la jaula del fondo. Sabían que su Dueña iba a celebrar sus rituales de agradecimiento a la Diosa.

Se arrodilló ante un espejo de marco decorado con figuras grotescas que parecían moverse. En la mano derecha empuñaba un látigo; su espalda lucía los trazos de antiguas flagelaciones. Con la otra mano jugueteó entre las anillas que adornaban su sexo, tirando de ellas con dos dedos, sintiendo cómo el metal frío tensaba los labios del coño hasta hacerla gemir.

—Mi Diosa... gracias por permitir que esta sierva te pertenezca.

Zas, zas, zas. Se fustigó con fuerza, y gimió de dolor y de placer mientras sus dedos se hundían en su sexo empapado. Se metió tres dedos de golpe, embistiéndose el coño con la misma cadencia con la que se azotaba la espalda. El clítoris se le hinchó, rojo y palpitante, y ella se lo pellizcó entre el pulgar y el índice hasta arrancarse un grito.

—Te entrego mi placer con devoción, Diosa sublime. No soy nada sin ti.

Zas, zas, zas. Con una cadencia medida, se castigó para honrarla. Su mano se cerró en un puño que excavó su gruta: cuatro dedos, luego el pulgar, y el puño entero se le hundió en el coño abierto, chapoteando en su propio flujo. Placer y dolor, dolor y placer; en realidad, todo era placer. Se folló a sí misma con el puño, empujando adentro, adentro, hasta la muñeca, sintiendo cómo el sexo se le estiraba alrededor. La espalda se le dibujó a látigo y sangre, hilos rojos que le corrían por los omóplatos hasta las nalgas, y lloró de emoción cuando en el espejo apareció la imagen de la Diosa con una sonrisa antinatural y bella. Como un murmullo, escuchó su voz dulce y poderosa: «Mi esclava fiel y devota, quiero que sepas que te amo, amo tu alma porque me pertenece». Y Maelvira recibió la gracia de un orgasmo brutal que le sacudió todo el cuerpo, chorros de flujo caliente escapándosele alrededor del puño, y se desplomó sobre el suelo con la mano aún hundida en el coño, dichosa de ser esclava de una diosa tan perfecta.

***

El barón gateaba por el fango junto a los demás cerdos humanoides. Aquel día los cerdos habían comido primero, y las criaturas rebuscaban entre el lodo los restos que habían dejado. Desde la muralla arrojaron agua que formó charcos infectos, bebidos con avidez. El barón había cruzado ya la línea: actuaba como uno más de la piara. Una manzana podrida, un resto de pescado maloliente y, tras pelearse con dos machos, incluso un pedazo de carne de procedencia que era mejor no imaginar.

Una hembra lo miró con avidez. Se acercó, le señaló la carne y luego se giró para mostrarle el trasero, abriéndose las nalgas con las dos manos para exhibirle un ojete ancho y sucio y un coño peludo, ambos ofrecidos sin vergüenza. El barón lo entendió al instante. Su polla reaccionó, hinchándose entre las piernas hasta quedarse tiesa y goteando presemen sobre el barro. La hembra apestaba, pero él también, y le estaba ofreciendo sus agujeros a cambio de comida. Con brutalidad animal, emitiendo un gruñido sonoro, se echó sobre ella y la penetró con ansiedad violenta, hundiéndole la verga en el coño hasta el fondo de una sola embestida. La hembra gruñó y empujó el culo hacia atrás, buscándolo. Él la agarró por las caderas cubiertas de mugre y la folló como un cerdo, con embestidas cortas y rápidas, escuchando el chapoteo obsceno de la polla entrando y saliendo del coño empapado. Sacó la verga chorreando flujo, escupió sobre el ojete de la hembra y se la clavó ahí, en el culo, sin preámbulos. Ella soltó un gruñido más agudo y empezó a moverse contra él, dándole ella misma las embestidas. El barón le sujetó el pelo enredado como si fueran riendas, tiró de él para arquearle la espalda, y siguió embistiéndola con furia hasta que sintió la corrida subiéndole desde los huevos. Se corrió con un rugido dentro del ojete de la hembra, llenándola de semen, sacudiendo las caderas contra las nalgas mugrientas hasta vaciarse por completo. Un atisbo de lucidez le hizo tomar conciencia de lo que hacía —él, el barón Kreshan, follándose a una bestia humanoide en un charco de mierda, con las risas de los guardias sonando desde arriba— pero le dio igual, como le dio igual la mirada de la supervisora. Sacó la polla del culo de la hembra con un ruido húmedo, y una lengua espesa de semen le siguió, resbalando por los muslos de ella. No hubo placer, solo un alivio animal. Le arrojó a la hembra un trozo de carne podrida, y ella lo agradeció con gruñidos, comiéndolo con el culo aún abierto y goteando su corrida.

***

El día avanzaba cuando la voz de Maelvira, amplificada por un megáfono, resonó sobre los muros.

—Atención, escoria. Basura. Bestias inferiores a los cerdos que debéis honrar. Vuestra existencia miserable no puede seguir siendo improductiva. No sois más que parte de la mierda sobre la que os arrastráis, pero nuestra Diosa ha ordenado daros un propósito que cumpliréis con entrega. A partir de hoy recogeréis vuestros propios excrementos y los de vuestros superiores, los cerdos, y los depositaréis en los cestos que os entreguemos. Los campos del reino necesitan abono, y cada día deberéis cumplir una cuota. Es sencillo, incluso para los más estúpidos: recogéis mierda, coméis; no la recogéis, no coméis.

Unos cestos atados a cuerdas descendieron desde la muralla. El barón alzó la mirada hacia la supervisora, imponente con su traje de cuero y su máscara con respirador, una figura tan poderosa que suspiró de placer y sintió la polla endurecerse de nuevo entre las piernas embarradas. Tenía un propósito. Quizá, si lo cumplía, ella sería buena con él.

De pronto, junto a Maelvira, izaron a un macho del Lodazal atado a una cruz, a la vista de toda la piara y de los guardias excitados. Le habían abierto las piernas y los brazos en aspa, y el cuerpo desnudo, pringoso, colgaba expuesto. Ella tomó el látigo y le castigó el pecho, el vientre, la polla flácida que enseguida se puso dura contra su voluntad, mientras la bestia gritaba de dolor y, al mismo tiempo, lanzaba loas a la Diosa. Cada latigazo dejaba un surco rojo que se abría poco a poco en sangre. Maelvira le acarició la verga con la punta del látigo, le apretó los huevos con la mano enguantada, y el macho se corrió sobre sí mismo con un aullido, disparando chorros de semen que le mancharon el vientre y los muslos mientras seguía suplicando más golpes.

El barón, por una razón que ya no se molestaba en explicar, deseó estar en el lugar de aquel «afortunado», ser gozado por la magnífica supervisora Maelvira, ser azotado por ella, correrse bajo su látigo, sentir su bota sobre la boca. Se meneó la polla lentamente con una mano mientras la miraba, con la otra hundida en el barro. Y, sin pensarlo más, se corrió sobre el fango con un gruñido gutural, se limpió la mano en el muslo, y empezó a recoger los excrementos con las manos y a depositarlos en el cesto más cercano.

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Comentarios(7)

TatoRosario

Que relato tan intenso!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Tremendo

DulceTormenta

Necesito una segunda parte, no puede terminar asi!!! quede con muchas ganas de saber que pasa despues

MarceloM_cba

No suelo leer de esta categoria pero el titulo me atrajo y no me arrepenti para nada. Muy bien escrito

ViboraNocturna

genial!!!

Marta_leyendo

Me recordo a una historia que me contaron hace mucho, con esa misma intensidad entre los personajes. Muy logrado

SantiagoK_77

Lo que mas me gusto fue como va creciendo la tension sin apurarse. Se nota que hay talento aca. Esperando mas relatos de este estilo, saludos

RolandoOscar

El comienzo es impactante, ese excerpt dice todo. Buenisimo

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