El despertar de la diosa y la correa de su esclava
El alba se filtraba por los ventanales de la fortaleza de Karneth cuando el canto despertó a la diosa. En su lecho descomunal, Sarvexia yacía desnuda entre sábanas de seda negra y almohadones color sangre, con Nessi enroscada contra su costado. Desde la balconada, un coro de siervos de voces imposibles entonaba el himno de cada mañana, un susurro hipnótico tejido para arrancarla del sueño con suavidad.
A los pies de la cama dormían dos esclavos exhaustos, las pieles cubiertas de tatuajes rituales. Sarvexia los había usado la noche anterior y ahora yacían vencidos, aunque el encantamiento que los mantenía en un deseo perpetuo no les daba tregua. Sus cuerpos seguían tensos, listos, esperando el instante en que su diosa volviera a reclamarlos.
Nessi despertó en cuanto el primer hilo del canto rozó el aire. Sin dudarlo, empezó a recorrer con la boca el vientre y los pechos de su dueña, ebria de devoción. Se deleitaba con cada suspiro que escapaba de los labios de Sarvexia y con el roce de aquella mano en su cabello. Pero pronto los dedos de la diosa se cerraron sobre sus mechones, tirando de ella con autoridad, guiándola sin palabras hacia donde debía estar. La orden era clara.
Nessi se relamió. Adorarla con la lengua no era un simple placer: era un acto de fe. Contempló los labios pálidos de su dueña, los tatuajes apenas visibles que latían con energía propia, signos diseñados para amplificar cada caricia hasta volverla insoportable. Su boca los recorrió despacio, sabiendo que cada roce se multiplicaba en oleadas dentro del cuerpo de la diosa.
El canto del coro se mezcló con los gemidos de Sarvexia, que enredaba los dedos en el pelo de su favorita como quien acaricia a una mascota consentida.
—Mi diosa… mi diosa… —susurraba Nessi entre lametones, levantando apenas la cabeza—. Gracias por dejar que la adore.
El primer orgasmo sacudió a Sarvexia y la hizo arquear la espalda. Con media sonrisa, tiró de Nessi hacia arriba y la obligó a erguirse sobre las rodillas. Sus ojos, despóticos y hambrientos, bajaron hasta el pequeño sexo de su favorita, delicado, inquieto, teñido de escarlata: un vestigio del doloroso ritual que la había marcado como su esclava más preciada.
La diosa no dijo nada. No hacía falta. Con una sola mirada concedió lo que pocas veces concedía.
Nessi tembló. Un gemido ahogado se le escapó. Era un honor, y lo sabía. Con plena conciencia del regalo, se acomodó y, con la sumisión grabada en los ojos, se ofreció a la boca de su dueña.
—Gracias, mi diosa… gracias por dejarme ser su esclava… su sierva más humilde.
Sarvexia no respondió enseguida. Cerró los ojos y se demoró en la entrega torpe y desesperada de su mascota, en esa necesidad que la divertía tanto como la halagaba.
—Termina, perra… —ordenó al fin, con el tono despectivo de quien permite un capricho sin importancia.
Pero mientras la observaba, una idea nueva tomó forma en su mente.
—Voy a modificarte otra vez, Nessi —dijo, con una voz que era letal e indulgente a la vez—. Voy a hacer que ese juguete que te regalé te dé descendencia digna de entretenerme.
Nessi jadeó, la piel erizada de puro éxtasis. Su dueña iba a transformarla de nuevo, y eso bastaba para deshacerla.
—Sí… sí, mi diosa… haga conmigo lo que desee… soy suya.
Los gemidos despertaron a los machos que dormían a los pies del lecho. No tenían más voluntad que la de dar placer, y la insaciabilidad los devoraba sin descanso. Sarvexia se incorporó, satisfecha, contemplándolos con una mezcla de desdén y deleite.
—Perros —murmuró—. Entreténganse el uno al otro mientras tanto. Que su ansia no encuentre fin.
Los esclavos obedecieron al instante, sin vacilar, entregándose el uno al otro como bestias condenadas a no saciarse jamás.
Sarvexia se volvió hacia Nessi con una sonrisa cruel y le acarició la cabeza con la dulzura con que se mima a una gata. La reacción fue inmediata: Nessi gimió y se estremeció bajo el contacto.
—Prepárate. Quiero verte con el traje de cuero rojo… sí, el que se ciñe a tu cuerpo y lleva los refuerzos en las rodillas para que no sufras. Te quiero a mis pies, como una gatita, mientras recibo al concilio. Hay asuntos que no admiten espera.
Los ojos de Nessi brillaron de adoración.
—Ama, ¿me dejará jugar con mi muñeca? —preguntó, con un tono lascivo y suplicante.
Sarvexia la miró con un deje de burla.
—A ver si la cuidas un poco más, gatita. Quiero que esa simiente tuya engendre algo que me dé regocijo.
—Sí, mi ama…
Dos esclavas entraron a vestir a la diosa. El vestido negro que le ciñeron era una obra de arte, recorrido por encajes que imitaban la textura de las sombras vivas. Recogieron su melena azabache en un prendedor, dejando al descubierto la línea esbelta de su cuello. Nessi, ya lista con su traje rojo, se arrodilló y le ofreció el extremo de la correa, la respiración entrecortada, esperando con anhelo.
Sarvexia tomó la correa y, de un tirón, la obligó a moverse.
***
Las puertas de los aposentos se abrieron. Fuera aguardaba su escolta personal, innecesaria salvo por el simbolismo. Vereska, la mortal capitana de las Doncellas, hizo una leve reverencia junto a su compañera. Juntas, diosa y mascota avanzaron hacia el salón del concilio, seguidas por las dos guerreras altas y sombrías, envueltas en seda negra, con la mano siempre cerca del pomo de la espada.
El trecho hasta el salón estaba flanqueado por esclavos postrados, las frentes contra el suelo en señal de sumisión absoluta. Los guardias hincaban la rodilla al paso de la diosa. La atmósfera era solemne, un recordatorio de la jerarquía incuestionable que reinaba en Karneth.
De entre las sombras emergió Vereska, sigilosa como un depredador. Su voz rompió el silencio.
—Mi diosa, ¿ya tiene una decisión sobre Velrathen?
Era de las pocas personas en Karneth que podían hablarle con cercanía, sin temer su ira. Sus consejos eran precisos, letales, casi siempre acertados.
Sarvexia sonrió con indulgencia y le permitió prenderse de ella un instante, como una amante, símbolo de la confianza velada que las unía.
—Mi querida Vereska… eres muy impaciente —susurró. Le acarició el cabello con una suavidad calculada antes de hablarle al oído—. Pero te diré que sí. Son elfos, sí, aunque muy distintos a sus hermanos. Están marcados por Vorghal el Maldito… y pueden resultarnos útiles.
Vereska esbozó una sonrisa apenas perceptible. Juntas avanzaron hasta las enormes puertas, que seis guardias abrieron de par en par.
El salón, iluminado por antorchas, era un templo al poder. En torno a una mesa de obsidiana, una docena de hombres y mujeres se puso en pie e inclinó la cabeza ante su diosa. Sarvexia ocupó la cabecera, con dos Doncellas a su espalda, inmóviles como estatuas, las manos sobre los pomos de sus espadas.
No era común que asistiera al concilio. Ese dominio pertenecía a Varth Grimsel, su Mano de Hierro, el administrador implacable que velaba por su voluntad. Pero esta vez era distinto.
A sus pies, Nessi se frotaba contra una de las patas de la mesa, perdida en su propio mundo de adoración. Sarvexia se lo permitía con una sonrisa, mientras los consejeros exponían sus informes.
Su interés real, sin embargo, estaba en otra parte: el déficit de esclavos y el destino de los elfos renegados que pretendían asentarse en el norte. La falta de nuevas conquistas, fruto de su política de consolidación, había frenado el flujo de siervos, y el problema empezaba a pesar en cada nivel de la economía.
Entonces tomó la palabra Maelith Dravane, la consejera de producción. Su voz, mezcla de reverencia y nervios, atrajo de inmediato la atención de la diosa.
—Mi diosa Sarvexia… tengo una propuesta.
—Adelante, consejera.
Sarvexia la devoró con la mirada mientras se levantaba. Era joven, brillante y devota, hija de una de las casas más fieles. La diosa ya había decidido que pronto la recibiría en sus aposentos… tal vez junto a su insulso marido.
—Hace meses que trabajamos en una solución —dijo Maelith, controlando el temblor—. En las afueras de Drennholt hemos acondicionado instalaciones donde criar nuevos siervos para Karneth. Las personas elegidas son adultas, capturadas en las campañas del sur, y sus mentes se reforman para que su único deseo sea servir.
Un murmullo recorrió la mesa.
—Comer, dormir y obedecer —continuó—. Ese será su propósito. Su placer y su felicidad quedarán atados por completo a esa tarea. Después se les cuidará y se les preparará para el siguiente ciclo.
Los ojos de Sarvexia brillaron de satisfacción. Era un plan tan eficiente como cruel.
—Además, gracias a la supervisora Sorane Vael, hemos desarrollado un método para acelerar el proceso. Los resultados se verían en una fracción del tiempo habitual.
Un murmullo de asombro recorrió la sala.
—Solo falta su aprobación, mi diosa, para poner en marcha las dos primeras instalaciones. —Maelith se irguió con orgullo—. Sería un honor que las visitara en persona.
Sarvexia inclinó apenas la cabeza. Interesante.
—Tu solución es a medio plazo, consejera —dijo, pensativa, aunque una sonrisa le danzaba en los labios. La economía de Karneth necesitaba algo inmediato, pero el concepto la fascinaba. Se recostó en el trono, los dedos jugando con la correa de Nessi—. Dime, Maelith… ¿y si aceleramos todavía más el proceso?
Los consejeros la miraron con sorpresa. Sarvexia sonrió. Siempre iba un paso por delante.
—Quiero que sean más ciclos al año —ordenó, la voz cortando el aire—. Y que los nuevos siervos sean educados y adoctrinados para una sola cosa: servir, obedecer y adorar a Karneth.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Fue Maelith quien rompió el silencio, la voz impregnada de fervor.
—Y para adorar a su diosa.
Un instante después, el salón se llenó de loas y aplausos. El concilio no solo aprobaba la medida: la celebraba. Durante un rato, los consejeros debatieron los detalles logísticos hasta cerrar el plan. Al día siguiente, Sarvexia visitaría las instalaciones en persona. No iría sola: la acompañaría Ozmael, su ingeniero, un visionario del placer y del sufrimiento, uno de los pocos en Karneth capaces de sorprenderla aún.
***
Pero quedaba otro asunto. Los elfos renegados, los oscuros.
El silencio cayó sobre la sala cuando las puertas volvieron a abrirse. Cuatro guardias escoltaban a un hombre de figura imponente, envuelto en un manto negro: Maelthiriun, el infame duque de los elfos oscuros desterrados. Tras él, en silencio, aguardaba otro elfo.
Su pueblo había renegado de los espíritus de la naturaleza y se había negado a someterse al Imperio de la Luz. Rotos los lazos con sus hermanos, buscaban un destino nuevo en Karneth. Con la dignidad propia de su raza, Maelthiriun avanzó hasta el centro de la sala y se arrodilló ante la diosa.
—Diosa oscura, me postro ante su poder —dijo, con el acento peculiar de los suyos. Sin vacilar, levantó la mirada y extendió la mano, ofreciendo un presente.
No era un objeto. Era joven, y era su primogénito.
Sarvexia lo observó con interés. Para los parámetros de su raza estaba en plena madurez, con la belleza cruel de los elfos oscuros: alto, de cuerpo forjado en la disciplina, ojos plateados que escondían una mezcla de orgullo y sumisión aún sin resolver. Por un instante, la diosa saboreó la idea. Era atractivo.
—Adiéstrelo para que sea su adorador más fiel —dijo el duque, con tono solemne—. Moldee su voluntad como le plazca, para que cuando llegue el momento me haga sentir orgulloso.
Sarvexia sonrió. Un regalo digno. Se reclinó en el trono y recorrió al joven elfo con una mirada posesiva, sin disimulo.
—Será uno de los servidores de mis aposentos —declaró con suavidad—. Le enseñaré yo misma lo que significa adorarme.
El primogénito no opuso resistencia. Bajó la cabeza sin perder la postura erguida, sin mostrar debilidad, pero sin rechazar el destino que se le imponía. Un susurro de aprobación recorrió la sala, y Sarvexia ya imaginaba las posibilidades.
—Ay… ay… ay…
Un gemido ahogado rompió la solemnidad. Todos volvieron la mirada hacia la mesa. La diosa suspiró, divertida, y tiró de la correa con un gesto brusco. Desde debajo de la mesa emergió Nessi, la respiración errática, las mejillas encendidas, completamente perdida en su frenesí. Se había frotado contra la pata de la mesa sin medida, ajena por entero a la audiencia.
Sarvexia no pudo contener la risa.
—Perra sucia.
El sonido de su carcajada llenó la sala y rebotó contra las paredes de piedra. Era un buen día, después de todo.