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Relatos Ardientes

El día que mi ama me presentó a su aprendiza

Después de meses de mensajes, esperas y promesas a medias, por fin estaba allí. Aquel hombre, que en ese instante no tenía nombre porque había renunciado a tenerlo, se hallaba de rodillas frente al ama Vera. Nadie salvo él sabía cuánto había tenido que rogar para llegar hasta esa habitación cerrada, sin ventanas, donde el aire olía a cuero y a látex caliente.

El ama tenía un cuerpo imposible, envuelto en un corsé negro que le brillaba bajo la única lámpara encendida. El cabello violeta le caía sobre un hombro. De su cintura colgaba un arnés con un falo de goma oscura que se mecía con cada paso que daba, como un péndulo que marcaba el tiempo que le quedaba al sumiso para arrepentirse. Las tetas casi se le desbordaban del corsé, apretadas por los cordones hasta hacerse dos medias lunas de carne blanca que él no se atrevía a mirar más de un segundo. Los muslos, embutidos en medias de rejilla, terminaban en unas botas de cuero altas hasta la rodilla.

—Joder, por fin… he esperado tanto —murmuró él detrás de la máscara de cuero que le ocultaba el rostro.

Era un hombre menudo, de estatura mediana y manos nerviosas. Bajo la máscara, su respiración se entrecortaba. Se colocó tal como había aprendido en los foros y en sus propias fantasías: las piernas bien abiertas, las manos cruzadas a la espalda, la barbilla baja. Temblaba de pies a cabeza, y no era de frío. La polla le colgaba dura y roja entre los muslos, marcando ya un hilo de líquido preseminal que le brillaba en la punta.

—¿Listo? —preguntó ella con una voz grave, sin ninguna calidez.

—¡Listo!

—¿Listo qué más?

—¡Listo, mi ama! —corrigió enseguida, y tragó saliva.

Vera esbozó una sonrisa breve. Retrocedió dos pasos, tomó un poco de impulso y lanzó la punta de su bota directamente entre las piernas del hombre. El golpe resonó en la sala vacía como una bofetada en una iglesia, seco, plano, con un crujido apagado de cuero contra carne. Un segundo después llegó el aullido: él se dobló sobre sí mismo, se agarró la entrepierna con ambas manos y cayó de costado al suelo, apretando los dientes y arqueando la espalda. Los huevos le latían como si tuviera un segundo corazón entre las piernas, y aun así la polla no se le bajaba: se le sacudía contra el vientre a cada espasmo de dolor.

—Creo que ha sido mi mejor patada en mucho tiempo —comentó ella sin alterarse. Se arrodilló junto a él, le acarició la nuca con la punta de los dedos enguantados—. ¿Estás bien, perrito?

El hombre asintió con la cara hundida en el suelo. Entonces, contra toda lógica, empezó a temblar de otra manera. No era dolor: su cuerpo se sacudía de placer. Un gemido ronco escapó de la máscara mientras se corría sin que nadie lo tocara, ahí tirado, encogido y patético. Los primeros chorros de semen salieron a borbotones y le mancharon el vientre, los muslos, hasta la punta de la bota de Vera, que no se molestó en apartar. Siguió corriéndose durante lo que le pareció un minuto entero, con la polla latiéndole al ritmo del dolor en los huevos, escupiendo lechada espesa a cada contracción, hasta que un charco tibio le brilló entre las rodillas dobladas. Cuando terminó, se quedó quieto, casi inconsciente, con los ojos en blanco, la boca abierta detrás de la máscara y un hilo de baba colgándole de la mandíbula.

Vera se incorporó despacio y soltó una carcajada limpia. Tuvo que secarse una lágrima de la comisura del ojo. Se limpió con desdén la puntera de la bota manchada contra la espalda del sumiso.

—Esto no me había pasado nunca —dijo para sí misma—. Gajes del oficio.

***

Cuando el sumiso volvió en sí, seguía dolorido y desorientado. Vera se había sentado en un sillón cercano y leía un libro con las piernas cruzadas, como si nada de aquello tuviera la menor importancia.

—¿Ya has despertado? —preguntó sin levantar la vista—. Bien, porque todavía no hemos terminado.

—Uff… qué patada —se quejó él, palpándose con cuidado—. Creo que me los has roto.

—No, cielo —respondió ella, dejando el libro a un lado—. No están rotos. Tengo práctica de sobra para saber exactamente cuánto aguanta cada hombre.

Se acercó y le cruzó la cara de una bofetada que lo tumbó de nuevo. El sumiso ni se quejó. Cuando la vio sentarse en el borde de una camilla y separar las piernas, supo perfectamente lo que venía a continuación, porque había pagado por ello con varias semanas de antelación. Echó la cabeza hacia atrás y sonrió bajo la máscara. Llevaba días preparándose para recibirla: se había lavado por dentro tres veces esa mañana, se había untado el culo con lubricante hasta dejarse el agujero blando y abierto, y aun así sabía que aquel falo negro y grueso iba a costarle sangre.

—Venga, que se nos echa el tiempo encima —dijo Vera mientras le hacía levantar las caderas.

Le enganchó una mano detrás de cada rodilla y se las empujó hasta el pecho, dejándole el culo levantado del todo, obscenamente expuesto, con el ojete brillante de lubricante palpitándole a la vista. Vera escupió una vez sobre el agujero, sin ningún cariño, y frotó la saliva con el pulgar enguantado, hundiéndoselo hasta el nudillo. El sumiso jadeó y apretó los dientes. Ella sacó el dedo y lo cambió por la cabeza del falo.

La punta del falo de goma entró despacio. El hombre gimió largo, con un sonido que estaba a medio camino entre el quejido y el ruego. Ella avanzó sin prisa, midiendo cada centímetro, observándole la cara como un cirujano observa una herida. El culo del sumiso se abrió a la fuerza, cediendo con un ardor que le subía por la columna. Sintió cómo la goma se le abría paso, gruesa, curvada, implacable, empujando algo dentro de él que hacía años nadie había tocado. Cuando notó las caderas de Vera chocarle contra las nalgas y supo que ya lo tenía entero, dejó escapar un sollozo de puro alivio.

—Empieza el baile —anunció, apoyando las manos enguantadas sobre el pecho de él.

Las caderas de Vera comenzaron a moverse con un ritmo constante, profundo, implacable. Sacaba el falo casi entero y volvía a metérselo de una embestida, hasta el fondo, hasta hacerle rebotar los huevos machacados contra el vientre. El sumiso gemía como nunca antes había gemido en su vida. Era una sensación que no sabía nombrar: el ama con la que tanto había soñado lo estaba poseyendo, follándoselo por el culo como a una puta cualquiera, y a él le encantaba. Recibía cada embestida con una mezcla de gratitud y vértigo, sintiendo cómo su cuerpo entero se rendía, cómo el agujero se le acostumbraba al calibre y empezaba a chuparlo por sí solo. La polla se le sacudía tiesa contra el vientre a cada golpe, y cada vez que ella se hundía hasta el fondo, algo dentro de él —esa glándula secreta que sólo aparece cuando te la meten bien— le disparaba latigazos de placer que lo dejaban temblando.

—Más… más fuerte, ama, por favor —imploró, con la voz rota.

—Cállate y aguanta, perra —le respondió ella, escupiéndole encima.

Vera aumentó el ritmo. Ahora el sonido de sus muslos chocando contra el culo del sumiso llenaba la habitación entera, junto con el chapoteo húmedo del lubricante y los gemidos ahogados detrás de la máscara. Vera bajó una mano y le apretó entre las piernas, sin esfuerzo, casi con desprecio. Le agarró los huevos hinchados y los apretó justo lo suficiente para que él soltara un grito.

—¿A qué mujer ibas tú a hacer feliz, eh? —le susurró, apretando un poco más—. Con esta polla de mierda, ¿a quién ibas a follar tú? Dímelo, perro.

—No… no tengo mujer —contestó él entre dientes.

—No me extraña —rió ella sin dejar de moverse—. Mírate: te corres con una patada en los huevos, te abres de piernas como una zorra y me pides más. Un día de estos debería dejarte sólo con el dolor de un hombre, a ver si así aprendes lo que vales.

Le clavó las uñas enguantadas en el pecho y le dejó dos surcos rojos mientras seguía embistiendo. El sumiso notó cómo la polla se le ponía todavía más dura, imposible, dolorosa, con la piel a punto de reventar. Cada embestida del falo le tocaba el punto justo dentro del culo y le arrancaba un gemido nuevo. Vera lo estaba montando como si fuera una silla suya, sin mirarle a los ojos, mordiéndose el labio, concentrada en su propio ritmo, y él sentía que se le partía por la mitad de puro placer.

El sumiso sintió que volvía a estar al borde. Abrió la boca, cerró los ojos y levantó las caderas buscándola, ofreciéndole el culo aún más abierto, jadeando como un animal. La polla le latía sola, tiesa, sin necesidad de una mano, dispuesta a soltarlo todo con la siguiente embestida. Vera lo notó, se retiró de golpe y sacó el falo de un tirón que le dejó el agujero abierto y palpitando, vacío, hambriento. Él soltó un aullido de decepción y su cuerpo estalló igual: los primeros chorros salieron sin control, dibujando arcos gruesos y blancos que le cayeron encima del pecho, del cuello y del cuero negro del corsé de Vera. Algunas gotas se le colaron por el escote y ella las miró con una mueca de asco fingido, atrapándolas con dos dedos.

—Cerdo —murmuró, chupándose los dedos con desprecio—. Ni siquiera aguantas hasta que yo te lo diga.

—Hemos terminado —dijo, desabrochándose el arnés—. No ha estado mal. Has aguantado más que la mayoría. Felicidades, perrito.

—¿Ya? —preguntó él, incorporándose con dificultad, con el culo ardiendo y las piernas sin fuerza—. Pero… ha durado poco.

—No te pongas triste —le acarició la cabeza como a un cachorro—. Otro día repetiremos. Si te portas bien.

El hombre se marchó del lugar arrastrando los pies, todavía dolorido, ya sin la máscara puesta, notando cómo el semen se le secaba pegajoso entre las piernas y cómo el agujero le seguía latiendo con cada paso. En el umbral, ella le prometió que lo llamaría pronto para otra sesión.

***

Pasaron dos semanas. Dos semanas enteras en las que el sumiso se prohibió a sí mismo tocarse, una penitencia que se había impuesto convencido de que así la siguiente vez sería todavía más intensa. No fue fácil. Soñaba con Vera casi todas las noches, con su falo negro hundiéndose hasta el fondo, con sus botas machacándole los huevos, y se despertaba empapado en sudor, con las sábanas manchadas de semen sin haberse tocado siquiera, con el corazón disparado. Cuando por fin vio el nombre del ama parpadeando en la pantalla del teléfono, aceptó antes de que terminara el primer tono y salió de su apartamento casi corriendo.

Entró en la habitación desnudo, con la máscara puesta, como ella le había ordenado. Llevaba la polla ya semierecta antes siquiera de cruzar el umbral.

—¡Aquí estoy, ama! —anunció.

Pero Vera no estaba sola. Junto a ella había una mujer joven, también desnuda, con el cabello rojo encendido y un antifaz que le cubría la mitad del rostro. Tenía las tetas pequeñas y firmes, con los pezones rosados y erguidos, y entre las piernas un coño depilado y liso que él no pudo evitar mirar. El sumiso se puso duro de inmediato, casi sin proponérselo, y la polla se le levantó tiesa hasta tocarle el vientre.

—Ella es el ama Daniela —explicó Vera, deslizando los dedos por el pelo rojo de la muchacha—. Es nueva en esto. Ha venido a aprender, y tú vas a ser su primera lección.

Los ojos de Daniela eran fríos, serios, calculadores. Cuando se clavaron en él, el sumiso sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y, por un instante, hasta su erección flaqueó. Vera lo notó y se rió por lo bajo.

—Empieza ella —dijo el ama—. Tiene que practicar la patada. Colócate.

—Muy bien —obedeció él, abriendo las piernas y cruzando las manos a la espalda, ofreciendo los huevos como quien ofrece un cuello al verdugo.

Daniela imitó el gesto que había visto hacer a su maestra. Tomó impulso y descargó una patada seca contra la entrepierna desprotegida del hombre, que cayó redondo al suelo gritando. No había en ella ni rastro de la sonrisa traviesa de Vera; sólo concentración, como quien clava una estaca.

El castigo se prolongó al menos diez minutos. Cuando el sumiso ya no podía sostenerse en pie, tuvieron que amarrarlo de las muñecas a una argolla del techo para que no se desplomara.

—Aprende del ritmo —le indicaba Vera a su aprendiza—. No es fuerza, es puntería.

El ama le mostró cómo hacerlo: sus golpes parecían medidos al milímetro, dolorosos y, a la vez, extrañamente placenteros para el hombre, que colgaba de las correas gimiendo con la polla todavía tiesa, marcada de rojo, goteando. Luego le cedió el turno de nuevo a la joven.

Daniela se aproximó despacio, como una cazadora que estudia a su presa antes del salto. Su mirada hizo que el sumiso tragara saliva tras la máscara; algo en su interior le advirtió que esa mujer no jugaba. Ella tomó carrerilla y golpeó con una violencia que sorprendió incluso a Vera. El hombre dejó escapar un alarido distinto a todos los anteriores, uno que nacía del miedo y no del placer, y empezó a convulsionar colgado de las correas.

***

Despertó horas más tarde, tendido en una cama estrecha al fondo del local, con la boca seca y un dolor sordo entre las piernas.

—Hola —lo saludó Daniela, sentada a su lado, sonriente.

—Recuerdo que… —empezó él, y, presa de un mal presentimiento, apartó la sábana.

Bajo el vendaje no había nada salvo el recuerdo de lo que había sido. El sumiso se quedó mirando aquel punto con los ojos muy abiertos, incapaz de procesarlo. Buscó a Vera con la mirada, pero el ama no estaba; había salido a atender otra sesión y, según la nota que le habían dejado, volvería más tarde para disculparse. La aprendiza, le decía la nota, había golpeado con demasiada saña en su primera vez.

El hombre tardó en asimilarlo. Aquello no podía estar pasándole, tenía que ser una pesadilla de la que despertaría sudando, como tantas otras. Entonces oyó la puerta. Daniela seguía allí, de pie, envuelta en una bata. Le dedicó una sonrisa que le heló la sangre. Despacio, casi con coquetería, se quitó el antifaz.

El sumiso reconoció esos ojos. Era la misma chica que años atrás, en el transporte público abarrotado, solía pegarse a él y rozarlo sin pudor entre la multitud. La misma que él nunca se atrevió a mirar a la cara. Ahora llevaba el pelo rojo, pero la mirada era idéntica.

—Disfruta del resto de tu vida pensando en mí —dijo ella con una risita, antes de darse la vuelta y marcharse.

Y allí se quedó él, llorando en silencio sobre la cama, recordando cómo había llegado hasta ese punto. Por ansioso. Por entregado. Por perro y por sumiso.

***

Como digo siempre: esto es pura ficción. Y va dedicado a un lector muy paciente.

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Comentarios(8)

GusJav30

que relato!!! me encanto de principio a fin, uno de los mejores que lei en esta categoria

Clau_BA

quedé con ganas de mas... espero que tenga continuacion porque el final me dejo muy intrigada

NocheBA

excelente!!! de los mejores que hay aca sin dudas

LectoraApasionada

Lo que mas me gusto es como manejaste el suspenso sin apurarte. Se nota que entendés el tema y eso se agradece, no es facil escribir de esto con esa clase. Esperando mas relatos asi

CuriosaMente_AR

hay segunda parte?? porque necesito saber como sigue jaja

SoniaLee77

tremendo, la tension se siente desde el primer parrafo. muy bien escrito, me engancho de entrada

Marina_BA

me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo, esa mezcla de nervios y adrenalina esta muy lograda

SubLector85

buenisimo, seguí escribiendo por favor!

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