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Relatos Ardientes

La hechicera lo convirtió en su esclavo sellado

Ilustración del relato erótico: La hechicera lo convirtió en su esclavo sellado

—¡No, maldita hechicera! —gritó Aldric, retorciéndose entre los dos esclavos que lo mantenían de rodillas—. Te mataré… te juro que te mataré.

Vesperia avanzó sin prisa, con esa belleza fría que no parecía pertenecer del todo a este mundo. Una sonrisa apenas le curvaba los labios. Cuando estuvo lo bastante cerca, el último líder de la resistencia juntó la poca saliva que le quedaba y se la escupió a la cara.

Ella no se enfadó. Se llevó dos dedos a la mejilla, recogió el desprecio que él le había lanzado y lo lamió despacio, sin apartar de él sus ojos dorados. Después le rozó la frente con la yema del pulgar y murmuró tres palabras en una lengua que ya nadie hablaba. El cuerpo de Aldric se quedó rígido, como si cada músculo hubiera olvidado de pronto cómo obedecerle.

—Así me gusta —dijo ella, tomándolo de la barbilla para obligarlo a mirarla—. Cuanto más resistes, más perfecta será la obra. Vas a ser algo precioso aquí, en mis aposentos. —Se volvió hacia los esclavos—. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Los dos hombres, anchos de espalda y mudos de tanto miedo, lo tendieron sobre una mesa de metal frío. Aldric era ya poco más que un muñeco roto: solo sus ojos conservaban algo de movimiento, y se movían sin parar, buscando una salida que no existía.

Empezaron por las piernas. Lo envolvieron en vendas largas, marcadas con símbolos que parecían moverse cuando uno no los miraba de frente. Subieron por los muslos, el vientre, el pecho, los brazos. Le introdujeron en la boca dos tubos rematados en cuero negro, y solo cuando lo dejaron sin una palabra que decir terminaron de cubrirle el rostro. No le dejaron libre más que una franja de piel: el sexo, anillado en la base, latiendo contra su voluntad.

Vesperia observó la labor de sus siervos y entonces pronunció el verdadero conjuro. El aire de la sala se volvió denso. Un olor metálico, parecido al de la sangre o al de una tormenta a punto de romper, lo invadió todo. Los esclavos retrocedieron, espantados y a la vez fascinados por el poder de su ama.

Las vendas que cubrían al prisionero empezaron a cambiar. La tela se oscureció, se volvió brillante y elástica, y se ciñó a su cuerpo como una segunda piel negra que no dejaba ni un pliegue libre. La hechicera tomó aire y lo soltó muy despacio, agotada por el esfuerzo. Luego le devolvió a Aldric el movimiento, solo para que descubriera que ya no podía mover ni un milímetro: la goma viva lo sellaba entero, salvo aquel sexo expuesto.

—Perfecto… sí… precioso —susurró ella, recorriéndole el pecho con la mano para sentir la suavidad de aquella piel imposible.

De los labios de Aldric escapó un gruñido sordo. La membrana le apretaba la mandíbula con tal fuerza que ninguna palabra lograba formarse. Vesperia tapó con los dedos los extremos de los tubos por los que respiraba y los mantuvo cerrados un instante, lo justo para que entendiera quién decidía a partir de ahora cada bocanada de aire.

—Deberías estar orgulloso —le dijo al oído—. Te he convertido en una obra de arte. En una crisálida. Sé que me escuchas. Sé que tu voluntad y tu odio siguen intactos ahí dentro. Eso es lo que más me gusta de ti.

***

Apretó el sexo expuesto entre los dedos y completó su obra deslizando una fina sonda por la uretra, conectada a un sistema que se perdía bajo la mesa. A partir de ese momento, ni siquiera las funciones más básicas de su cuerpo le pertenecerían a él.

—Sé lo que estás pensando —siguió ella, con una voz que era a la vez burlona y cruel—. Cuánto puede aguantar un hombre convertido en esto. Muy poco, crees. Y crees que entonces descansarás en la muerte. —Se inclinó sobre la franja negra que cubría su rostro—. No. No será así.

Más magia brotó de aquellas palabras oscuras: hechizos antiguos para conservar el cuerpo del cautivo, para asegurar que siguiera existiendo como crisálida, como un simple objeto decorativo en su alcoba. La muerte, su última esperanza, le había sido negada.

Aldric intentó moverse otra vez. Era inútil. Empezó a respirar deprisa, a hiperventilar, hasta que su propia razón le exigió calma. No podía ver. No podía gritar. Con la lengua exploró los dos tubos que le bajaban por la garganta. Respirar: eso era lo único que le quedaba. Respirar y pensar. Concéntrate en el odio, se dijo. Mientras odies, sigues siendo alguien.

Pero algo lo distraía. Una presión donde no debía haberla, un calor en el sexo que no lograba apagar. Lo estaban tocando. Ella lo estaba tocando. No, pensó, no le daré la satisfacción. Y, sin embargo, la satisfacción llegó sola: una oleada de placer que no había pedido y que no pudo rechazar. Fue breve. Se hundió en una oscuridad sin sueños y despertó sin saber cuánto tiempo había pasado, con el sexo erecto y palpitante, vaciándose sin que él decidiera nada, como si su cuerpo hubiera dejado de consultarle.

***

Pasó el tiempo. ¿Cuánto? No tenía forma de saberlo. Un día empezó a oír gemidos, gritos de placer al otro lado de la oscuridad. Era ella, sin duda, porque sabía que su lecho estaba cerca. No pudo evitar que su sexo respondiera, creciendo contra la goma. Los gritos cesaron.

—Vaya. Mi crisálida reacciona cuando gozo —dijo Vesperia, divertida—. Mis esclavos favoritos acaban de servirme bien.

Entonces un líquido espeso le llenó la boca por uno de los tubos. Tenía un sabor horrible, pero no le quedó más remedio que tragarlo, sintiendo cómo el estómago se le contraía de asco.

—Tranquilo, no es veneno —murmuró ella—. No quiero que mueras. Solo lo justo para que no desfallezcas.

De nuevo sintió la mano de la hechicera cerrarse sobre su sexo, acariciarlo con lentitud calculada, y él se desesperó por dentro.

—¿Te das cuenta de que ya no controlas nada de lo que ocurre en tu cuerpo? —le preguntó—. Eres una obra de arte. Un objeto que no manda ni en sus propias entrañas.

Pero Aldric apenas la escuchaba. Toda su mente se concentraba en la caricia, en el deseo brutal de alcanzar el clímax. Estuvo a punto. Lo notó subir, inevitable… y justo entonces la mano se retiró. Pasaron unos minutos eternos. Volvieron los roces, volvió la esperanza, volvió el gruñido ahogado que era su única forma de hablar. Y otra vez lo abandonaron al borde, sumiéndolo en pura desesperación.

—Te dejo aquí, crisálida. Tengo asuntos importantes que atender.

***

En la oscuridad, el que un día había sido el orgulloso líder de la rebelión sentía pasar las horas como un objeto sin dignidad, despojado del control de cada función de su cuerpo. Solo el odio lo mantenía centrado. Solo el odio le recordaba que aún tenía un nombre.

Vesperia, mientras tanto, tenía a sus pies a dos esclavos que la miraban con devoción absoluta. Esa noche los había elegido para su placer. De vez en cuando dirigían una ojeada de espanto a la crisálida que reposaba junto al lecho, a aquel pobre desgraciado convertido en capricho de su ama.

—Mirad bien a mi crisálida humana —les dijo ella—. ¿A que daríais cualquier cosa por estar en su lugar y demostrarme vuestra devoción?

—Ama, haré lo que sea para serviros —jadeó el mejor dotado de los dos, besándole los pies—. Mi vida os pertenece.

Vesperia sonrió y le cruzó la espalda con la fusta. El esclavo gimió, agradecido.

—Mi señora, os lo suplico, castigadme a mí también —dijo el otro, disputándole los pies a su compañero—. Sería feliz si me convirtierais en otra crisálida.

—Perros aduladores —rió ella—. Venid al lecho. Quiero gozar.

Los usó hasta cansarse y luego les permitió echarse a sus pies. Después se levantó y caminó hasta su obra de arte, que mostraba de nuevo una erección imposible de disimular.

—Mi crisálida se excita oyendo cómo me hacen gozar mis esclavos —murmuró, tomando aquel sexo entre los dedos y estimulándolo con movimientos rápidos y bruscos—. Voy a hacer que termines, criatura. Pero no vas a sentir placer. Será solo otra cosa más que tu cuerpo expulsa sin tu permiso. Vivirás con un deseo que nunca quedará saciado, porque me perteneces.

La crisálida gruñó, tensándose, y cuando estaba a punto de derramarse la mano de la hechicera se detuvo en seco, arruinándole el final una vez más.

—No hay más placer para ti que el que yo decida concederte —sentenció ella—. Ninguno.

***

Pasaron los días. Las semanas. Aldric se impuso una rutina: repasar su vida, sus batallas, los nombres de los que habían caído a su lado. Pero con el tiempo recordar le costaba cada vez más. Primero olvidó los detalles pequeños. Luego los huecos se hicieron grandes. El líquido repugnante que lo alimentaba dejó poco a poco de darle asco; un día, sin saber cómo, lo esperaba casi con ansia.

Ya no pensaba en la dignidad ni en su pérdida. Era un objeto que se limitaba a permanecer, a desear, a respirar. Y, lo más terrible, empezó a encontrar placentera esa existencia. De la resignación inicial pasó a algo peor: el goce. Las caricias en su sexo se volvieron un deleite absoluto para su mente vacía, por más que aquella voz se burlara de él en la oscuridad.

Y llegó el día en que, por más que lo intentó, ya no supo cómo nombrarse a sí mismo. No le importó. En ese mismo instante su cuerpo se derramó y experimentó un placer breve, sin recuerdos detrás que lo avergonzaran. Solo quedaba la oscuridad tibia, el sabor del líquido en la boca, la caricia esperada y aquella voz dentro de su cabeza que le decía cosas que ya no entendía, pero que, si hubiera podido sonreír, lo habrían hecho sonreír.

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Comentarios (4)

NocheOscura_R

Increible!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en esta categoria

FelipeGBA

Me engancho desde el primer parrafo. Por favor seguí, quedo con demasiado suspenso!

Wolf1122

Me recordó a otro relato que leí hace tiempo pero este está mucho mejor escrito. Muy bueno!

Romi_lect

Que manera de construir la tension, fue mejorando con cada parrafo. Se nota que hay mucha creatividad detras. Espero que haya mas de este estilo!

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