Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde en que me arrodillé ante mis amos

Era un martes de finales de febrero, poco después del mediodía, y llevaba más de una hora conduciendo con una erección tan persistente que había terminado por doler. Cada salida de la autopista de peaje me ofrecía la posibilidad de dar media vuelta y regresar a casa, y en cada una sentía la tentación de hacerlo. Pero no quería. No debía. Desde hacía meses me había vuelto cobarde, tan cobarde que apenas me reconocía a mí mismo, y aquella tarde había decidido dejar de serlo.

Cuando vi por fin el cartel de mi destino, el corazón se me disparó. La presión del sexo contra la tela parecía a punto de reventar la costura. Una mancha húmeda se transparentaba ya en el vaquero, y no podía hacer nada por evitarla.

Aparqué cerca del portal y respiré hondo varias veces sin conseguir calmarme. Entonces caí en la cuenta de que había olvidado la mochila con toda mi vestimenta en el asiento de atrás. Volví a por ella maldiciendo mi torpeza. De camino al edificio sentía que cada persona con la que me cruzaba tenía rayos X en los ojos, que todos adivinaban lo que llevaba dentro de aquella bolsa y para qué iba a usarlo.

Toqué el interfono. La espera se hizo eterna. Tras unos segundos interminables, una voz demasiado familiar y demasiado sensual respondió al otro lado, y sentí que me derretía.

—Sube —dijo, y nada más.

En el ascensor me temblaban las manos. Al llegar al rellano, la puerta se entreabrió y apareció el Amo Darío, que me saludó con una cortesía seca antes de franquearme el paso hacia el salón. Allí estaba ella.

***

La Ama Vera estaba sentada de una manera majestuosa, con una copa de vino en la mano y la espalda muy recta. La disposición del sillón solo me permitía ver el giro de su cabeza, así que no alcanzaba a adivinar qué llevaba puesto, aunque intuía una prenda de vinilo de cuello alto que le ceñía la garganta.

Me tendió la mano para que se la besara y, con un gesto apenas perceptible, me indicó el baño donde debía cambiarme. Entré temblando. No atinaba a vestirme, y estuve a punto de rasgar las medias por la prisa de ponérmelas. Me habían ordenado avisar en cuanto estuviera listo, pero también me habían dejado muy claro que no podía abrir la puerta hasta recibir la orden correspondiente.

—Ya puedes asomarte, perrita —dijo la Ama Vera, con una voz a medio camino entre la dulzura y el mando.

Mi respiración estaba agitadísima. No llegaba a hiperventilar, pero lo que salía de mi garganta eran casi gemidos. Gemidos de pura anticipación.

Lo primero que hizo fue acercarse con un bote de lubricante de efecto calor y verter su contenido sobre un plug negro. Me ordenó que me arrodillara y, como buena perra, empecé a gatear hacia ella. Aprovechó el momento para ponerse a horcajadas sobre mi espalda e introducirme el juguete despacio, ahogando mis gemidos con la palma de la mano sobre mi boca.

—Ni se te ocurra gritar —susurró—. Los vecinos son muy curiosos.

El plug vibraba, y lo puso al máximo. Después me anudó una correa al cuello y, de un tirón, me obligó a ponerme de pie. Craso error: había observado que no llevaba zapatos de tacón, y eso me supuso el primer castigo.

***

El castigo era la jaula. Me ataron las manos a la espalda y me encerraron, y desde allí, en cuclillas y en silencio, tuve que observar cómo la Ama Vera y el Amo Darío se acariciaban y se besaban. De vez en cuando me lanzaban miradas cómplices, viciosas, cargadas de una crueldad divertida que me ponía más a cien que cualquier caricia.

En un momento dado, ella se levantó y me permitió admirar su cuerpo entero. El corpiño de vinilo le marcaba la cintura y las botas le subían hasta medio muslo. Daría lo que fuera por lamer esas botas, pensé, por sentir la punta de ese tacón recorriéndome la espalda. Se acarició el sexo con dos dedos, se los embadurnó y me los pasó por la cara, obligándome a chuparlos uno a uno mientras me miraba con desprecio.

Sentía que iba a explotar. Ella, que lo sabía mejor que yo, no dudó en atarme los testículos con una cuerda fina y tirar de ella. La postura era casi imposible: mi cuerpo encogido hacia delante, el Amo Darío tirando del collar para ahogarme apenas lo justo, y la Ama Vera tensando la cuerda atada a mi sexo. Estaba por completo a su merced.

Gemí. Estaba en tensión, luchando por no correrme. No quería, no debía, pero al final dejé escapar unas gotas más espesas de lo normal que cayeron al suelo. Aquello desató la furia de ambos.

—Has manchado nuestro suelo —dijo él, con una calma que daba más miedo que un grito.

Me abofetearon por turnos y luego me arrastraron del collar hasta el charco. Me obligaron a limpiarlo con la lengua, y lo hice con ansia, con una entrega que ni yo me esperaba.

***

Era feliz. Por primera vez en mucho tiempo, era feliz. La Ama Vera me agarró el rostro con fuerza, lo atrajo hacia el suyo, sonrió y me susurró al oído:

—Esto es solo el comienzo, perrita.

Me levantaron entre los dos de malas maneras y me llevaron a una habitación, donde me ataron a la cama en una postura obscena. Me rasgaron las medias sin contemplaciones. Verme así expuesto los excitaba tanto que no tardaron en empezar a follar con fuerza junto a mí, asegurándose de que los mirara fijamente. Se reían, jadeaban, y yo solo podía observar, atado, incapaz de tocarme.

Empecé a suplicar. Les pedí que me soltaran, que al menos me dejaran masturbarme y participar en aquel espectáculo que me estaba volviendo loco. Entonces la Ama Vera, como si me leyera el pensamiento, se incorporó y volvió a abofetearme.

—El único placer que cuenta aquí es el nuestro —dijo—. El tuyo no le importa a nadie.

Siguieron a lo suyo, como dos animales, y yo a sus pies: atado, humillado, mojado. Al darse cuenta de que estaba frotando el sexo contra las sábanas para aliviarme, decidieron inmovilizarme con más dureza todavía. Y, de modo improvisado, añadieron un castigo nuevo: privarme de los sentidos. Me taparon los oídos, la vista y la boca con una mordaza que me hacía salivar sin parar. Solo me dejaron el tacto y el gusto.

***

No sé cuánto tiempo pasó en aquella oscuridad silenciosa. De pronto me quitaron la mordaza y sentí cómo mi boca era ocupada por algo grueso. Me atraganté. Quise escupirlo, me vino una arcada, sentí que me ahogaba. Hasta que por fin comprendí lo que se esperaba de mí: mamar. Mamar sin descanso, chupar, degustar, tragar todo cuanto pudiera.

Cuando bajaba el ritmo, la Ama Vera me sujetaba la cabeza con ambas manos y la empujaba contra el sexo del Amo Darío. Tardé en entenderlo, pero al final lo asumí: no estaba allí para mirar por mí, sino por mis amos. A cada embestida tragaba un poco más, un poco más adentro, hasta el borde de la asfixia, y no me dejaban parar. Aunque no podía oírlos, percibía en el frenesí con el que se movían lo excitados que estaban.

Entonces lo entendí todo. Entendí por qué me habían puesto la máscara de cuero. Yo no era nadie. Era una puta despersonalizada, un objeto con el que jugaban y se lo pasaban en grande. Era su muñeca, su cosa, y aquella idea, lejos de hundirme, me liberaba de un peso que llevaba años cargando.

Llevados por la excitación, me desataron las manos para volver a atármelas, esta vez a los tobillos. Apoyaron mi cuello contra el suelo y el Amo Darío aprovechó para penetrarme. Estaba tan dilatado que apenas costó, pero después sentí cómo se hacía más grande dentro de mí, más profundo, y cada embestida dolía un poco más que la anterior.

***

La Ama Vera se dio cuenta de que estaba a punto de desfallecer y se sentó frente a mí. Llevaba puesto un arnés con un consolador de látex, y atrajo mi cara hacia su entrepierna. Los tres nos sincronizamos de tal modo que, con cada empujón del Amo Darío por detrás, mi garganta se hundía un poco más en el sexo de ella por delante.

Gemíamos los tres a la vez. Yo era feliz porque los estaba haciendo felices a ellos. Sentía que flotaba; mi cuerpo estaba presente, pero la liberación de mi mente era mucho más grande y satisfactoria que cualquier cosa física.

El Amo Darío se corrió sobre mi cara sin avisar. No lo esperaba, pero lo recibí con ganas. La Ama Vera me restregó todo por la piel con la palma, llegó a lamer un poco de mi rostro y terminó besándome los labios con una ternura inesperada.

Quedamos rendidos los tres. Yo seguía atado, ahora boca arriba, con las piernas abiertas y las manos sujetas a los tobillos. Estaba expuesto, indefenso, convertido en poco más que una putilla sucia y barata a la que llevaban a rastras.

***

Me arrastraron hasta el cuarto de baño entre insultos y risas y me metieron en la bañera. Allí empezaron a regalarme su lluvia dorada, caliente, y yo temblaba, frágil y avergonzado, sintiendo cómo aquel último gesto de humillación me ataba a ellos para siempre.

Como acto final, les supliqué que me hicieran fotos así, sucio y degradado. Se lo rogué, y la respuesta me golpeó como un latigazo de placer:

—Desde el primer segundo supimos lo puta que eras —dijo la Ama Vera—. Llevamos toda la tarde haciéndote fotos sin parar. Y ahora vas a masturbarte para nosotros y vas a tragarte tu propia leche.

Lo hice sin rechistar, mientras ella seguía bañándome con su lluvia dorada y el Amo Darío observaba con una sonrisa de satisfacción. Cerré los ojos y me dejé caer en aquel agotamiento dulce, sabiendo que volvería a cruzar esa puerta tantas veces como ellos quisieran.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

FlordePampa

que intensidad!! me dejaste sin palabras

LuciaSol_BA

Por favor necesito una continuacion, me quede con ganas de mucho mas...

CarlosBaires

Lo lei de un tiron. Hay algo en como esta escrito que te mete adentro de la historia, se siente muy real. De los mejores que encontre en esta categoria.

MateoLector_78

Me recordo a una experiencia que tuve hace tiempo... los que sabemos, sabemos jaja. Muy bien contado, sin ser burdo.

Rolando_Uru

Queria preguntar, esto es experiencia propia o pura imaginacion? Se siente demasiado autentico para ser inventado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.