Atada y vendada, esperaba el primer correazo
El cuarto estaba casi vacío a propósito. Un sillón gastado contra la pared, una silla de respaldo recto en mitad del espacio, un somier sin colchón y una cuerda que colgaba del techo, sujeta a un cáncamo que Tomás había atornillado él mismo el fin de semana anterior. Nada más. Habían acordado que esa noche probarían algo distinto, y los dos sabían perfectamente lo que significaba cruzar esa puerta.
Lucía estaba desnuda en el centro, con las muñecas atadas por encima de la cabeza. Una bola de goma le separaba los labios y una cinta ancha le tapaba los ojos. No veía nada, y esa era justo la idea. Sin la vista, cada sonido crecía hasta volverse enorme: la respiración pausada de él, el roce de sus pasos descalzos sobre el suelo frío, el siseo del cuero al deslizarse fuera de las trabillas.
—Acuérdate de lo que dijimos —intentó decir ella, aunque la mordaza solo dejó salir un murmullo apagado.
Tomás no contestó. Esa también era la regla.
El primer correazo llegó sin aviso. Un golpe duro y seco que le cruzó el vientre y resonó en las paredes desnudas. Lucía se contrajo entera, tragando el quejido contra la bola que le llenaba la boca. El escozor se extendió por su piel como una línea ardiente, justo encima del ombligo.
El segundo cayó casi en el mismo sitio. El tercero, un poco más abajo, en esa franja sensible entre el ombligo y el pubis, y esta vez el grito ahogado le salió de muy adentro. No podía adivinar de dónde venían los golpes ni cuándo llegaría el siguiente. Colgada de la cuerda, ciega y amordazada, solo podía esperar.
Y eso, paradójicamente, era lo que más la encendía. No el dolor en sí, sino la incertidumbre: ese instante eterno entre un correazo y el otro en el que su cuerpo se preparaba para algo que podía no llegar. Confiaba en Tomás más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta, y entregarle el control de esa manera, hasta el último centímetro de su piel, era la única forma que conocía de soltarse del todo.
Hubo una pausa. Lucía sintió que él se acercaba, que apoyaba el puño cerrado contra su vientre dolorido y empezaba a empujar despacio, hundiéndolo poco a poco. Al principio tensó todos los músculos del abdomen para impedirlo, terca, orgullosa. Pero bastó un pellizco firme en el pezón para que, tras aguantar casi un minuto, cediera y aflojara el cuerpo.
El puño se hundió entonces, desplazándole las entrañas con una presión lenta que ella conocía bien y que la llevaba a ese punto raro donde el malestar se confunde con el placer. Un quejido largo se le escapó por la nariz.
Tomás retiró la mano y dio una vuelta entera alrededor de ella. Le gustaba mirarla así, indefensa y expuesta, leer en su piel las marcas rectas del cinturón y decidir con calma dónde caería lo siguiente. Tenía todo el tiempo del mundo.
El cuarto golpe sonó distinto. Más mate, más profundo. Le había cruzado las nalgas. Y detrás llegaron cinco más, encadenados, rápidos, uno tras otro, que le encendieron la piel del culo al instante.
Lucía se contorsionaba intentando esquivarlos, girando las caderas a ciegas, sin saber jamás de qué lado venía el cuero. Inflaba el pecho buscando aire, flexionaba una pierna para amortiguar de algún modo el ardor. Verla retorcerse, ver sus pechos moverse de un lado a otro, lo excitaba más que ninguna otra cosa, aunque ella no pudiera comprobarlo.
Entonces, otra pausa. Esos segundos en los que él elegía el próximo blanco eran, sin que él lo supiera, los que ella aprovechaba para recuperar el aliento.
El siguiente movimiento no fue un golpe. Una mano fuerte se le coló entre los muslos y le apretó la vulva depilada con una rudeza repentina. Lucía gimió contra la mordaza, sorprendida, y el gemido se le quebró cuando dos dedos le entraron de golpe, sin contemplaciones.
—Mmm… —protestó, aunque su cuerpo decía otra cosa.
Él la penetraba con los dedos a un ritmo brusco, entrando y saliendo, mientras con la otra mano hacía chocar algo plano y pequeño contra uno de sus pechos. Una raqueta de ping-pong de madera. Así podía azotarla y follarla con los dedos al mismo tiempo, y eso era exactamente lo que pretendía.
Sin que ella se diera cuenta del todo, su propio cuerpo la traicionaba. La vulva se le iba hinchando, la vagina se humedecía hasta gotear sobre los dedos de él. Los golpes de la raqueta menudearon, doce seguidos, rápidos y livianos sobre la curva de los pechos, y a Tomás se le notaba que disfrutaba con esa combinación tanto como ella.
De no haber tenido los ojos vendados, él habría visto cómo se le iban en blanco; tal vez no tanto por el ardor de los pechos como por lo que sus dedos le provocaban cada vez que entraban y salían a un ritmo cada vez más frenético. O por las dos cosas a la vez, el dolor y el placer fundidos en lo mismo.
Tiró la raqueta a un lado. Le agarró un pecho entero con la mano y empezó a amasárselo, a estrujárselo sin dejar de penetrarla. Lucía sintió que los primeros espasmos le nacían en la vagina y se le extendían al vientre y a los muslos, hasta que todo su peso quedó colgado sobre la mano de él, que no aflojaba.
El orgasmo la sacudió en oleadas. Se corrió largo, en silencio roto solo por los quejidos contra la bola, hasta que un chorro tibio le bajó por la cara interna de los muslos, y otro, y otro, empapándole a él la mano, las piernas, el suelo. Tomás esperó a que pasaran los últimos temblores antes de detenerse.
***
La soltó de la cuerda. Le costaba a Lucía sostenerse en pie, así que él la condujo del brazo hasta la silla. Le dobló el cuerpo sobre el respaldo recto, que se le clavó en el vientre todavía dolorido, y le dejó los brazos apoyados en el asiento.
Le puso una mano firme en la base de la espalda para que no se moviera y, con la otra, empezó a darle nalgadas a mano abierta. El sonido seco se repitió una y otra vez en la habitación.
—Mmm… mmm… —se quejaba ella, arqueándose contra la presión de la mano que la inmovilizaba.
Cada palmada caía un poco más fuerte que la anterior, y Lucía empezó a empujar el culo hacia atrás, buscando la mano en lugar de huir de ella. Tomás lo notó y sonrió para sí. Esa era la señal de que estaba lista, de que el cuerpo le pedía ya algo más que dolor.
Una decena de palmadas le dejaron las nalgas rosadas y calientes. Solo entonces Tomás se sujetó la polla con la mano libre, sin dejar de presionarle la espalda, y se la metió de una sola embestida hasta el fondo, en la vagina empapada e hinchada que llevaba rato pidiéndolo.
Lucía gritó contra la mordaza, todavía con el escozor de las nalgadas vivo en la piel. Él empezó a moverse con fuerza, y en cada golpe de caderas el respaldo de la silla se le hundía en el vientre y volvía a soltarse, en un vaivén que la mantenía al límite entre la incomodidad y el placer.
Fue una embestida tras otra, sin tregua, hasta que ella se corrió de nuevo, una vez y luego otra, sin poder ya distinguir dónde terminaba un orgasmo y empezaba el siguiente. Tomás aguantó cuanto pudo, marcando el ritmo, hasta que sintió que se le acercaba el final.
—Ahí está… ya no aguanto —masculló, y se vació dentro de ella en varias sacudidas, mientras por los muslos de Lucía bajaban hasta el suelo sus propios flujos mezclados con el semen.
***
Se separó despacio. Le quitó primero la mordaza, después la venda. Lucía parpadeó, deslumbrada por la luz pobre del cuarto, y lo vio por fin: despeinado, sudado, con una media sonrisa de satisfacción que no se molestaba en disimular. Él se dejó caer en el sillón, agotado.
Ella se quedó un momento más sentada en la misma silla, con el respaldo aún apoyado contra el vientre, recuperando el ritmo de la respiración. Se miraban de reojo cada tanto, calmándose en silencio.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó él al fin, con un punto de preocupación que no había tenido un rato antes.
—No fue ni de lejos lo que habíamos hablado —respondió Lucía, todavía sin aire—. Pero, Dios, cómo me gusta que no me hayas hecho caso. Lo he disfrutado muchísimo.
Se levantó como pudo, caminando a duras penas, y cruzó la habitación hasta donde estaba él. Se sentó desnuda sobre sus muslos, le tomó la cara entre las manos y se la giró hacia ella.
—Tú me quieres, ¿verdad? Estás que no te lo crees, conmigo —dijo, medio en broma.
—Bueno, tampoco te flipes —contestó Tomás—. Te quiero un pelín, nada más.
Ella se rió y le dio un beso lento en la mandíbula.
—¿Y qué? ¿Seguimos otro día con más juegos?
—Sí, por favor —dijo él—. Me has dejado para el arrastre, pero nunca me he sentido tan deseada.
Nunca me he sentido tan deseada, pensó ella mientras lo abrazaba, y supo que era verdad.
Ya más descansados, se metieron juntos en la ducha. Se enjabonaron despacio, haciéndose mimos bajo el agua tibia, sin prisa. Después se vistieron y salieron a tomar el fresco a una de las terrazas del barrio, a dejar pasar la noche como cualquier otra pareja.
—Qué pareja más mona —comentó alguien al verlos pasar de la mano.
Si hubieran visto las marcas que el cinturón le había dejado a ella bajo la ropa, quizá no habrían pensado lo mismo. O quizá sí.