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Relatos Ardientes

Las amigas de su tía y el juego que acabó mal

Adrián llevaba todo el verano dando vueltas alrededor de la piscina del chalet familiar como si fuera el dueño del lugar. En realidad solo era el sobrino de la dueña, un chico de diecinueve años con demasiado tiempo libre y muy poca cabeza. Cuando su tía salía, las cosas cambiaban. Entonces aparecían sus amigas.

Eran tres hermanas y, salvo por el color del pelo, costaba diferenciarlas. Carmen era rubia, con una risa que llenaba el patio entero. Rebeca tenía una melena pelirroja que recogía en una coleta tirante. Daniela, la menor de las tres, llevaba el cabello negro y liso hasta los hombros. Rondaban los cuarenta, eran guapas de una manera segura, sin prisa, y miraban a Adrián como quien evalúa una mercancía.

Él se sentía halagado. Tenía un cuerpo trabajado, alto y atlético, y se cuidaba cada detalle. Se depilaba con esmero porque le gustaba el resultado, le gustaba sentirse limpio y expuesto. Estaba orgulloso de lo que tenía entre las piernas y no perdía ocasión de demostrarlo.

Todo había empezado de forma tonta. Las hermanas le pedían que posara, que fingiera limpiar el fondo de la piscina, que se moviera de un lado a otro con la red en la mano mientras ellas tomaban algo fresco bajo la sombrilla. Por cada tontería le deslizaban unos billetes. Era dinero fácil y un poco absurdo, pero Adrián no se quejaba.

El salto vino cuando empezaron a pagarle por desnudarse. Su tía, sin querer, había comentado alguna vez lo bien dotado que estaba el chico, y aquellas tres no necesitaron más. La primera vez Adrián dudó. La segunda ya se bajaba el bañador con una sonrisa.

Menudas viciosas. Les gusta mirar y pagan por ello. Yo encantado.

Se quitaba la tela despacio, disfrutando del momento, mostrando una erección que el propio juego le provocaba. Las hermanas aplaudían, hacían comentarios, fingían escandalizarse. Él se crecía con cada mirada. Creía que tenía el control.

Aquella tarde, sin embargo, el aire era distinto. Carmen le hizo una seña para que se acercara a la mesa y las tres lo recibieron con una calma que debió ponerlo en guardia. Sobre la madera había un sobre.

—Hoy queremos proponerte algo diferente —dijo Rebeca, jugando con el borde del sobre—. Te ofrecemos quinientos euros. De golpe.

Adrián abrió mucho los ojos. Quinientos euros eran más de lo que ganaba en una semana de cualquier trabajo de verdad.

—¿Y qué tengo que hacer por quinientos euros? —preguntó, ya saboreándolos.

—Dejar que te demos una patada —respondió Rebeca, con la misma naturalidad con la que habría pedido un refresco—. Una sola. Ahí abajo.

El chico bajó la vista hacia su propia entrepierna. Sabía perfectamente cuánto dolía un golpe en ese sitio. Una vez, en un partido, un balonazo lo había dejado doblado en el suelo durante diez minutos.

—No sé… —murmuró.

—Venga, no exageres —intervino Daniela, dándole un sorbo a su copa—. Somos tres señoras. No tenemos fuerza. Será como un empujoncito.

Carmen soltó una carcajada y se inclinó hacia él.

—Además, hay premio —dijo bajando la voz—. Si aguantas la patada, te dejamos terminar. Sobre nosotras. ¿Hace cuánto que no te corres sobre unas tetas de verdad en vez de en tu mano?

Eso terminó de decidirlo. Era joven, era avaricioso y estaba caliente. Una mala combinación.

—Está bien —dijo, intentando sonar tranquilo—. Pero suave, ¿eh?

—Suavísimo —prometió Rebeca, y las otras dos se miraron con una chispa que él no supo leer.

***

Carmen y Daniela sacaron los móviles. Querían grabarlo todo, y Adrián, vanidoso hasta el final, pensó que iba a quedar de maravilla en cámara. Se quitó el bañador sin que se lo pidieran y se quedó desnudo bajo el sol, con las manos en la cintura, retándolas.

—Mírenlo, qué chulo —dijo Daniela, enfocándolo de arriba abajo—. A ver si aguantas igual de chulo después.

Rebeca dejó su copa, se levantó y caminó hacia él contoneándose como si desfilara. Se detuvo a un paso de distancia. Llevaba los pies descalzos sobre las baldosas calientes.

—Abre las piernas —dijo, y el tono fue tan grave, tan dueño de la situación, que a Adrián se le endureció todavía más a pesar del miedo.

Obedeció. Separó los pies y echó la pelvis hacia adelante con una bravuconería estúpida. Las tres hermanas se reían. Él se reía con ellas, nervioso.

Lo que Adrián ignoraba, lo que nadie se molestó en contarle, era que Rebeca había hecho kárate durante quince años. Sabía exactamente dónde golpear y con cuánta precisión.

Tomó un poco de impulso. El pie desnudo subió desde el suelo en un arco rápido y limpio, y por un instante el chico sintió el desplazamiento del aire contra los muslos antes de que el golpe llegara.

El sonido fue seco. El grito, agudo y larguísimo.

Adrián se desplomó de rodillas sobre las baldosas, doblado sobre sí mismo, con las dos manos apretadas entre las piernas. No podía respirar. Una náusea le subió desde el estómago hasta la garganta. El dolor no era una punzada; era una marea que se extendía por el vientre, las ingles, la parte baja de la espalda.

—¡Dios mío, qué grito! —exclamó Carmen, sin dejar de grabar, partiéndose de risa.

Las tres saltaban como adolescentes, se abrazaban, chocaban las manos. Rebeca estaba radiante.

—Llevaba toda la vida queriendo saber qué se sentía —dijo, sacudiendo el pie como quien se quita una mota de polvo—. Mejor de lo que imaginaba.

Se acercaron a darle palmaditas en la espalda encorvada, con una ternura burlona que dolía casi tanto como la patada.

—Pobrecito —canturreó Daniela—. ¿A ver, a ver? Aparta las manos, déjanos verlo.

Entre las tres le retiraron las manos casi a la fuerza. Lo que vieron las hizo aullar de risa otra vez. Aquella polla de la que tanto presumía se había encogido hasta quedar ridícula, escondida, asustada. Los testículos, en cambio, estaban hinchados y tensos, rojos como dos pelotas de tenis.

—¡Mira cómo se ha quedado! —se carcajeaba Carmen—. ¡Si parece de juguete!

Adrián habría querido morirse allí mismo. No solo por el dolor, que era brutal, sino por la humillación de verlas reír mientras él lloraba de rodillas, desnudo, sin poder articular palabra.

***

Tardó un buen rato en recuperarse. Daniela le trajo una bolsa de hielo de la cocina y se la apretó ella misma contra la entrepierna, demorándose más de lo necesario, observando su cara de dolor con una sonrisa.

—Tranquilo, campeón —le decía—. Te lo has ganado a pulso.

Cuando por fin pudo enderezarse, Rebeca le entregó el dinero en billetes de cincuenta, contándolos uno a uno delante de su cara.

—Quinientos, como prometimos —dijo—. Eres todo un profesional.

Luego se arrodilló frente a él. Apartó la tela del bikini, dejando los pechos al aire, y abrió la boca con una lentitud teatral.

—Y aquí tienes tu premio —murmuró—. Adelante. Hazte una buena paja para nosotras.

Adrián deseaba aquello más que respirar. Quería desquitarse de la humillación llenándolas, marcándolas, recuperando algo de orgullo. Se agarró y empezó a moverse con desesperación, mirando los pechos de Rebeca, su boca entreabierta, las cámaras de las otras dos apuntándolo.

No pasó nada.

Por más que se esforzaba, su cuerpo no respondía. El dolor seguía latiendo en los testículos y el miedo había apagado cualquier excitación. Sudaba. Apretaba los dientes.

—No puedo… —jadeó—. Dame un segundo, no puedo…

—Vaya, vaya —dijo Rebeca, mirando directamente a la cámara de Carmen—. Parece que al machote se le ha bajado del todo. Un buen gatillazo en directo.

—Qué pena —añadió Daniela, sin un gramo de pena en la voz—. Yo creo que ya tenemos los dos mejores momentos: la patada y esto.

Las tres se levantaron entre risas, recolocándose los bikinis, y se metieron en la casa a prepararse otra copa, dejándolo solo junto a la piscina, rojo de vergüenza, con quinientos euros en la mano y nada más.

***

Fue justo entonces, en la peor de las soledades, cuando su cuerpo decidió volver a la vida. La erección regresó tan absurda como inoportuna. Adrián, terco, pensó que aún estaba a tiempo de cobrar su premio. Entró en la casa detrás de ellas, desnudo, con la polla por delante.

—Vengo a terminar lo que… —empezó a decir.

Se quedó sin voz. En el salón no estaban solo las tres hermanas. Su tía acababa de llegar y lo miraba desde la entrada con los ojos muy abiertos.

—¿Se puede saber qué demonios haces desnudo en mi casa? —preguntó, lívida.

—¡No para de enseñárnoslo! —chilló Carmen, cubriéndose la cara con una mano, fingiendo un pudor que dejó a Adrián con la boca abierta—. ¡Llevamos toda la tarde pidiéndole que se vista!

—¡Eso no es verdad, ellas me…! —alcanzó a decir.

No terminó la frase. Su tía cruzó el salón en tres zancadas y le soltó una patada en los testículos tan certera como la de Rebeca. Adrián volvió a doblarse, esta vez sin un solo céntimo de compasión a su alrededor. Las tres hermanas observaban la escena con una sonrisa idéntica, encantadas con el giro.

—¡Como se te ocurra hacer esto otra vez, te juro que te las corto, calenturiento de mierda! —gritó su tía—. ¡Vístete y sube a tu cuarto ahora mismo! Y no se te ocurra volver a enseñárselo a mis amigas. ¿Me oyes? Avisado quedas.

Recogió el bañador del suelo y se lo tiró a la cara. Luego se giró hacia las hermanas con una sonrisa de disculpa.

—Vamos fuera, chicas, a disfrutar de la tarde. No le hagáis caso a este crío.

Mientras subía las escaleras, encorvado y temblando, Adrián sintió las miradas burlonas clavadas en su espalda. Rebeca fue la última en salir. Antes de hacerlo, se acercó a él y se agachó hasta quedar a su altura.

—¿Sabes por qué prefiero tener esto? —le susurró, separándose un instante la tela del bikini para mostrarse—. Porque lo mío no se rompe con una patada. Lo tuyo, en cambio… —le rozó los testículos hinchados con dos dedos, suavísimo, y él gimió de dolor—. Dos cositas frágiles que valen quinientos euros la patada.

Le dio un beso en la mejilla, se levantó y salió al patio con sus hermanas.

Adrián se quedó solo en la escalera. Tardaría horas en poder caminar derecho y semanas en olvidar las risas. Había ganado más dinero que nunca en una sola tarde. A cambio, lo habían pateado, grabado y humillado hasta dejarlo sin nada de lo que tanto presumía.

Y lo peor era que, en el fondo, sabía que volvería a aceptar.

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Comentarios (5)

TucoLector

increible relato!!! me tuvo en vilo de principio a fin

Gaston_Vte

Por favor necesito saber que pasa despues, quede con demasiadas ganas de mas. Continuacion!!

Javier_BA

Lo que mas me gusto fue la tension del principio, ese momento donde el tipo acepta sin pensarlo dos veces... muy bien construido

Belen_lectora

jaja pobrecito, en eso no se mete uno a ciegas con extrañas

FilipeCordero

Me recordo a un relato que lei hace tiempo pero este tiene mucho mas ritmo. Se nota que hay buena mano para escribir.

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