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Relatos Ardientes

Lo dominó otra vez en el descampado del barrio

El descampado de la avenida vieja olía a tierra seca y a gasolina. Era un solar polvoriento entre dos naves abandonadas, el sitio al que la gente del barrio iba a arreglar cuentas cuando no quería testigos oficiales. Bajo un cielo anaranjado que se apagaba en el atardecer, Renata clavaba su mirada en Tobías y no parpadeaba. Tenía la paciencia de quien ya sabe cómo va a terminar la noche.

Tobías, en cambio, se movía con esa rigidez del hombre que ha ensayado demasiado. Treinta años, alto, de hombros anchos que él creía suficientes. El pelo oscuro le caía en mechones desordenados sobre la frente, casi tapándole los ojos castaños, que ahora brillaban con una mezcla de rabia y cautela. Una chaqueta de cuero gastada le colgaba floja sobre el cuerpo tenso, los músculos apretados como si estuviera listo para no repetir los errores de la otra vez.

Porque había una otra vez. Tres semanas atrás, en ese mismo solar, Renata lo había puesto de rodillas delante de medio barrio sin despeinarse. Desde entonces Tobías se había convertido en blanco de burlas. En el bar de la esquina alguien lo llamaba «el descojonado» cuando creía que no lo oía. Una mujer le gritó desde un coche que tuviera cuidado con sus joyas. Y en la pared de la nave alguien había pintado con spray «Tobías 0 — Renata 1».

Harto de las risas y decidido a recuperar su orgullo, la había vuelto a retar. Esta vez llegaba preparado, repitiendo en su cabeza los movimientos que había practicado durante semanas para no caer tan fácil.

—No vas a pillarme otra vez —gruñó, con la voz cargada de rencor, manteniendo los puños en guardia.

Un corro irregular de vecinos los rodeaba, todos adultos curtidos del barrio, expectantes, con los móviles en alto y un murmullo de anticipación recorriéndolos. Nadie quería perderse la segunda parte.

Renata no dijo nada. Se limitó a sonreír de medio lado, como quien acepta una invitación que ya tiene memorizada. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y una camiseta sin mangas que dejaba ver unos brazos firmes. Plantó los pies en la tierra, repartió el peso y esperó.

Tobías se acercó con pasos medidos, más cauto que en el primer encuentro, los ojos fijos en ella. Intentó provocarla, señalándola con el dedo.

—A ver qué haces ahora, fanfarrona.

Ella respondió sin avisar. Lanzó la mano derecha en un arco rápido, la palma abierta, buscando estrellarla entre las piernas de él con una bofetada brutal. El chasquido cortó el aire del descampado. Pero esta vez Tobías se lo esperaba: dio un salto atrás y esquivó el golpe por centímetros. La palma de Renata pasó silbando justo por delante de la bragueta de sus vaqueros gastados, como un látigo que no llega a morder.

La multitud soltó una exclamación sonora. Un hombre flaco gritó que por poco. Una mujer con un piercing en la nariz le dijo a su amiga que aquello iba directo a hacerle daño de verdad. Un amigo de Tobías murmuró, casi con admiración, que por fin el tío había aprendido algo.

Envalentonado por sus propios reflejos, Tobías no esperó. Aprovechó el desconcierto y lanzó un empujón rápido con las dos manos, alcanzándola de lleno en el pecho. El impacto la hizo retroceder un paso; el pie se le fue en la tierra suelta y trastabilló, a punto de caer. Un destello cruzó sus ojos. No era miedo. Era algo más frío.

—¡Le ha dado! —gritó un hombre con la gorra ladeada.

—Eso no le va a salir gratis —dijo una mujer con los auriculares colgando del cuello.

Conque quieres jugar de verdad, pensó Renata mientras recuperaba el equilibrio.

Se enderezó despacio y cargó contra él. Tobías intentó otro golpe, un puñetazo torpe lanzado con más nervio que técnica. Ella se agachó por debajo del brazo, giró sobre la cadera y, en el mismo movimiento, levantó el codo derecho y lo clavó con todo el peso del cuerpo contra la entrepierna del hombre. El golpe fue sordo, profundo, el de la carne blanda aplastada contra el hueso.

Tobías soltó un alarido. El rostro se le crispó, perdió el color de golpe y se encorvó sobre sí mismo, las dos manos volando hacia la ingle. Las piernas le temblaban.

—¡Le ha hundido todo! —exclamó un hombre.

Una mujer de pelo violeta soltó un silbido y le dijo a su amiga que esa chica no se andaba con tonterías. Un amigo de Tobías gruñó por lo bajo que ahí se los había cargado.

Pero Renata estaba furiosa por haberse dejado tocar. No pensaba dar tregua. Tobías, tambaleándose y aún en pie por pura cabezonería, intentó agarrarla del brazo, gruñendo, con el pelo cubriéndole los ojos. Ella se zafó sin esfuerzo, dio un paso atrás y lo miró con un desprecio tranquilo, midiéndolo.

Entonces ejecutó el ataque que de verdad lo iba a quebrar.

Con un movimiento rápido y feroz, se acercó y extendió la mano izquierda hasta cerrarla sobre los testículos de él a través de la tela. Los dedos se cerraron como una tenaza, hundiéndose en la zona blanda con una presión salvaje, una fuerza que parecía alimentada por su propia rabia. Mantuvo el agarre. No lo soltó. Fue aumentando la presión grado a grado, los nudillos blancos, mientras la mano derecha empujaba el pecho de Tobías para sostenerlo y no dejar que el dolor lo tumbara antes de tiempo.

Con las piernas firmes y la coleta balanceándose sobre el hombro, lo miró a la cara con los ojos llameantes. Quería ver cada gesto.

—Te tengo cogido por los cojones —dijo, con una voz fría y cortante que resonó en el solar—. Y lo sabes.

El dolor era atroz. Tobías soltó un alarido que pasó de agudo a ronco, el rostro pálido retorciéndose, las lágrimas resbalándole por las mejillas mientras el cuerpo entero le temblaba sin control. Intentó resistirse, apretando los dientes, gruñendo como un animal acorralado. Verlo era casi obsceno. Pero Renata todavía no estaba dispuesta a soltar a su presa. Antes quería que él reconociera su derrota delante de todos.

—Dilo —ordenó—. Di que te tengo cogido por los cojones.

Él balbuceó algo que quería ser una protesta. Renata apretó más fuerte. La presión se volvió insoportable; sus dedos eran un torno implacable alrededor de lo más blando del cuerpo del hombre. Las rodillas de Tobías cedieron, pero ella lo sostuvo en pie con el empujón de la otra mano, sin dejar que se desplomara, sin dejar que escapara al suelo.

—¡Dilo! —rugió.

La voz cayó como un latigazo. Los ojos clavados en él, casi sin pestañear. Y al final, quebrado por el dolor y por la humillación de todas esas miradas, Tobías cedió. Lanzó un grito desesperado, penoso, rendido.

—¡Me tienes cogido por los cojones! —chilló—. ¡Me tienes, joder!

La multitud enloqueció. Un hombre gritó que lo estaba destrozando. La mujer del piercing exclamó, con los ojos muy abiertos, que lo había hecho repetirlo como a un perro obediente. Otro, riéndose, dijo que aquello sí era tener a alguien cogido de verdad. La mujer de pelo violeta susurró que esa chica era una reina. Un amigo de Tobías, atónito, murmuró que para su colega aquello era el final.

Solo entonces Renata abrió la mano. Soltó el bulto blando con un gesto brusco, casi de asco, y Tobías se desplomó en la tierra polvorienta. Se encogió en posición fetal, las manos apretando la ingle, el cuerpo convulsionándose entre gemidos entrecortados que se le escapaban de la garganta sin permiso.

Ella se quedó de pie sobre él, respirando agitada pero con una calma feroz. Lo observó tirado, la chaqueta de cuero arrugada bajo el cuerpo vencido, el pelo desordenado tapándole la cara empapada. Tres semanas para esto, pensó. Tres semanas para acabar otra vez en el mismo sitio.

Dio un paso y, antes de retirarse, le soltó una patada sin demasiada fuerza, apenas la suficiente para dejarle marcada la huella entera de la zapatilla en la espalda de la chaqueta. Una firma. Una marca de propiedad.

—Esa es mi reina —gritó una mujer mayor desde el corro.

—Lo ha vuelto a hacer —exclamó un hombre, incrédulo, a su amigo.

La mujer de pelo violeta añadió que su orgullo se había quedado en el polvo. Varios coreaban su nombre. Los amigos de Tobías retrocedieron sin saber qué hacer; uno de ellos murmuró que no había manera, que estaba roto. Alguien comentó en voz baja que eso no se olvida nunca.

Renata se ajustó la coleta, dio media vuelta y se alejó con paso firme. No miró atrás. A su espalda, los vecinos la seguían con la mirada, algunos aplaudiendo, otros grabando con el móvil, todos sabiendo ya quién mandaba en aquel descampado. Y el grito de rendición de Tobías seguía resonando en el silencio del solar mucho después de que ella desapareciera por la avenida vieja.

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Comentarios (6)

Vikinga_Sur

Buenísimo!!! de las mejores historias que leí esta semana

juancho88

Por favor que haya segunda parte, se corto demasiado rapido. Quede con ganas de mas!!

Rodrigo_ba

Me encanto el ambiente que crea, se siente tan real sin ser exagerado. Sigue escribiendo!

RobertoM_46

jajaja me recordo a una situacion parecida aunque mucho menos intensa jeje. Muy buen relato, gracias por compartirlo

LetraVivaz

Es basado en algo real? pregunto porque esta narrado con mucho detalle y se siente completamente autentico. Gran trabajo la verdad

NachoDLN

el final no me lo esperaba para nada, tremendo giro jaja

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