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Relatos Ardientes

Mi primer amarillo en la cama de un dominante

Conocí a Mateo en una galería de fotografía del centro. Yo estaba mirando una serie sobre cuerdas japonesas cuando se acercó por detrás y comentó algo sobre la diferencia entre el shibari estético y el funcional. Se quedó conmigo veinte minutos hablando de tensión, de equilibrio, de la diferencia entre atar y abrazar con cuerda.

Esa misma noche le pedí su Instagram. Tres semanas después, estaba parada frente a la puerta de su loft.

Habíamos hablado mucho antes de llegar a esa puerta. Audios largos, intercambios de listas, preguntas que en otros contextos habrían sonado ridículas. ¿Te molesta el dolor en el escote o solo en los muslos? ¿Cuál es tu límite con la humillación verbal? ¿Has tenido alguna experiencia traumática con la asfixia?

Yo nunca había hecho nada de esto. Lo único que había probado eran unas esposas baratas con un ex que jamás entendió por qué yo se las pedía.

—Tu lista de límites blandos es interesante —me había dicho Mateo en un mensaje—. Quiero que sepas que no vamos a tocar nada de eso esta primera vez.

Esa frase me había tranquilizado más de lo que esperaba.

Llegué a las diez. Él me abrió en pantalón negro y camisa blanca arremangada. Olía a cedro y a algo cítrico que no supe identificar. Me ofreció vino, lo rechacé. Habíamos acordado que no habría alcohol en la primera noche. Me dio agua con una rodaja de limón.

—Antes de empezar, repasemos —dijo, sentándose frente a mí en el sillón.

Tenía una libreta. Me la enseñó. Estaban anotadas todas mis cosas. Mis límites duros: asfixia, juego con cera caliente, marcas visibles. Mis curiosidades: bondage suave, venda en los ojos, juego sensorial, control. Mis palabras de seguridad: el sistema del semáforo. Verde, amarillo, rojo. Y una señal no verbal por si llegaba a amordazarme: tres golpes con el pie en el colchón.

—¿Confirmas todo? —preguntó.

—Confirmo.

—Si en algún momento quieres parar, dices rojo y no me debes ninguna explicación. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo.

Asintió. Cerró la libreta. Cuando volvió a mirarme, algo en su cara había cambiado. La sonrisa amable del que recibe a una invitada se había replegado. Lo que quedó fue una atención más densa, más precisa. Una atención de cazador, pensé, y me asusté de pensarlo y al mismo tiempo el pensamiento me gustó.

—Vamos al cuarto.

Su dormitorio tenía las paredes pintadas de un verde oscuro, casi negro. Una cama baja con sábanas de algodón crudo. Una cómoda de madera. En el respaldo de la cama, dos argollas de hierro forjado fijadas a la estructura. Sobre la cómoda, una bandeja con varios elementos dispuestos como un instrumental médico: cuerdas de yute color natural, una venda de seda, una pluma larga, un trozo de tela aterciopelada, un cuenco con cubitos de hielo.

—Desvístete —dijo—. Ropa interior puesta.

Lo hice. Mientras me sacaba el vestido sentí frío en los brazos, no por la temperatura del cuarto sino por el cambio de registro. Hasta hacía cinco minutos había sido yo. Ahora estaba en otro lugar.

—Acércate.

Caminé hacia él. Me tomó por las muñecas, suave, y me las giró palmas arriba como si me leyera la suerte.

—Voy a atarte las muñecas a las argollas. La cuerda es de yute, pica un poco al principio. Si en algún momento sientes hormigueo o frío en los dedos, me avisas. ¿Entendido?

—Entendido.

Empezó por la muñeca izquierda. La cuerda se movía en sus manos con la calma de un oficio largo. Hizo una vuelta, dos, una tercera, un nudo plano. La cuerda se ajustó sin morder. Probó pasando un dedo entre la cuerda y mi piel. Después la otra muñeca. Cuando terminó, mis brazos quedaron en cruz, levantados, no del todo tirantes.

Me quedé mirándolo desde abajo.

—¿Cómo estás?

—Verde.

Sonrió. No de forma cálida. De forma satisfecha.

Me cubrió los ojos con la venda de seda. La oscuridad llegó como un alivio inesperado. Sin la mirada ya no tenía que controlar nada. Sentí que el cuerpo me pesaba más, que respiraba más hondo.

—Voy a tocarte con cosas distintas. No vas a saber qué es cada una. Tu única tarea es decirme verde, amarillo o rojo si te lo pregunto. ¿Bien?

—Bien.

La primera caricia fue una pluma. La pasó por el cuello, bajó hasta el escote, rozó la curva de los pechos por encima del corpiño. La segunda fue terciopelo. Después algo frío en el ombligo —el cubito— y mi cuerpo se arqueó solo, no porque doliera sino porque la sorpresa borró todo lo demás.

Los minutos dejaron de medirse en minutos. Pasó por mis muslos un cubito derretido a medias, dejando un rastro mojado que él siguió con la pluma. Pasó algo nuevo, áspero, tal vez una vara de bambú envuelta en algodón, por la planta de los pies. Pasó sus propios dedos. La diferencia entre los objetos y su mano se volvió obvia: los objetos eran neutros, su mano sabía. Su mano se quedaba donde yo no sabía que necesitaba que se quedara.

—¿Cómo estás?

—Verde.

Me bajó el corpiño, no del todo, hasta dejar los pechos al descubierto. La pluma volvió. El hielo volvió. La boca de él, también, una sola vez, tan brevemente que dudé de haberla sentido.

Yo respiraba con la boca abierta. Tenía los muslos apretados sin darme cuenta.

—Abre las piernas.

Las abrí.

Algo cambió en ese momento. No sé describirlo bien. Hasta entonces yo había sido una espectadora atenta de mi propio cuerpo, asombrada de cuánto reaccionaba, midiéndolo todo con la cabeza. Cuando abrí las piernas obedeciendo, algo en la cabeza dejó de medir. Empecé a sentir sin traducir.

Mateo siguió con el juego sensorial, ahora más cerca. La pluma por dentro de los muslos. El terciopelo. Sus dedos, todavía por encima de la tela. Yo gemía bajo. No quería gemir, me daba pudor, pero el ruido salía solo.

Y entonces pasó.

Apretó. Su mano cubrió la tela de la ropa interior, y la presión fue exactamente lo que yo quería y al mismo tiempo demasiado pronto. Se me llenaron los ojos de algo, no eran lágrimas exactamente, era una emoción sin nombre que se acumulaba detrás de los párpados. Sentí que iba a pasarme algo que no sabía si quería que me pasara.

—Amarillo.

La mano se detuvo. Inmediatamente. Sin pregunta, sin reproche.

—Te tengo. Estoy aquí. Respira conmigo.

Su voz cambió otra vez. Volvió a ser la voz del sillón, la del repaso. La del hombre que tenía mi lista en una libreta.

Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Conté hasta diez en silencio.

Me corrió la venda hacia arriba sin sacármela del todo, solo lo suficiente para que pudiera verlo. Estaba arrodillado al lado de la cama, mi mano izquierda atada todavía pero ya sin tensión. Me miraba con una atención que no era ni maternal ni clínica. Era de adulto. Era de alguien que sabía que esto no era un juego de pornografía.

—¿Quieres parar?

Pensé. De verdad pensé.

—No —dije—. Quiero seguir. Pero más despacio.

—Eso es lo que vamos a hacer.

Volvió a bajarme la venda. Volvió a la pluma. Pasaron, no sé, otros cinco o diez minutos solo de sensaciones suaves, de esas que ya conocía. Cuando la mano regresó, lo hizo en una caricia larga, no en una presión. Subió y bajó por el muslo. Me preguntó cómo estaba.

—Verde.

Solo entonces tocó la tela otra vez, con la palma abierta, sin apretar.

Lo que siguió fue lento. Tan lento que en algún momento dejé de notar el tiempo. Mi cuerpo entero se había vuelto piel. Mi cabeza estaba apagada de un modo que nunca había experimentado. Yo no decidía. Yo recibía. Cuando él me corrió la ropa interior a un lado y siguió tocando con los dedos, yo ya estaba en algún sitio de mi propia cabeza al que nunca había entrado antes.

—No vas a venirte hasta que yo te lo diga.

Asentí. No pude hablar.

Me llevó al borde tres veces. Tres veces se detuvo justo antes. Lloré una de esas tres, no por tristeza, lloré como un alivio, como cuando a uno le quitan algo pesado de los hombros sin haber sabido que lo tenía. Mateo me besó la frente cada vez que se detuvo, me dijo cosas que no recuerdo con palabras, solo con tono.

—Ahora sí —dijo a la cuarta.

No tengo forma de explicarlo. Lo que sentí no fue solo placer. Fue una salida de algo. Un destrabe.

***

Cuando volví, Mateo ya me había desatado las muñecas. Estaba sentado en la cama con mi cabeza en su regazo. Me había puesto la sábana por encima. Me acariciaba el pelo despacio.

Yo lloraba. No en serio, lloraba blando, con las lágrimas bajando solas, sin que el pecho se moviera.

—Estoy aquí —repitió él—. Toma agua.

Me ayudó a sentarme y me puso un vaso en la mano. Bebí. Después me dio un cuadrado de chocolate. Lo masqué sin pensarlo.

—Estás hermosa así —dijo, y por una vez no sentí que fuera un cumplido, sentí que era un dato.

Estuvimos un rato largo en silencio. Él me masajeó las muñecas donde la cuerda había dejado una marca rosada, leve, que ya no estaría al día siguiente. Me trajo una bata que olía como él. Me la puso encima de los hombros.

Cuando empecé a poder hablar, le dije:

—No sabía que el amarillo iba a ser así.

—¿Así cómo?

—Así de fácil. Pensé que iba a sentir que estaba arruinando algo.

Mateo me miró un rato.

—El amarillo no arruina nada. El amarillo es lo que hace que esto sea esto y no otra cosa.

Asentí. Era una frase obvia y al mismo tiempo era todo.

Me quedé hasta las cuatro de la mañana. No volvimos a tocarnos más. Pedimos comida, hablamos del día siguiente, hablamos de cosas tontas. En algún momento me reí de algo y él se rio también, y la diferencia entre el hombre que había mantenido la voz baja y firme una hora antes y el que ahora se reía conmigo no fue una contradicción. Fue una continuidad.

Cuando me fui, ya en la puerta, me dio un beso en la sien.

—Mañana te escribo para saber cómo estás.

—Está bien.

—No es opcional —dijo, sonriendo—. Es parte.

Lo entendí.

En el taxi de vuelta a casa, mirando por la ventana las luces blandas de la avenida, supe dos cosas. La primera, que iba a volver a verlo. La segunda, que algo dentro de mí, una tensión que llevaba años sin nombre, había soltado por fin.

No fue el sexo lo que me cambió esa noche. Fue la palabra amarillo y lo que pasó después.

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Comentarios (7)

viciosin

increible!! uno de los mejores de bdsm que lei por aca

SofiaKV

Me encanto como desarrollaste todo el contexto antes de llegar al momento fuerte. Se nota experiencia en el tema. Muy bien narrado

Caro_2025

quede con ganas de mas, continuacion por favor!!

Emi_Cordoba

tremendo, muy autentico todo

TobyDrake

La tension desde el principio es lo que mas me gusto. Bien logrado

MartaRossi

Muy bien escrito, se siente real sin parecer exagerado. Ojala haya mas!

LunaR_77

primera vez que leo algo de esta categoria y me sorprendio gratamente. muy recomendable!

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