Mis pies después de un día entero en Praga
Me desperté antes que él, como casi siempre. La habitación tenía esas cortinas gruesas de los hoteles europeos que bloquean cualquier rastro de luz, así que tardé un segundo en recordar dónde estaba: Praga, quinto día, cuarta cama distinta en tres años de relación a distancia. La luz del teléfono me iluminó la cara cuando abrí la app del clima. «9°C de máxima, cielo cubierto, viento del norte». Cerré la app y me quedé mirando el techo con una sonrisa que nadie veía.
Perfecto. Frío suficiente para zapatillas cerradas. Frío suficiente para medias gruesas. Frío suficiente para pasar doce horas con los pies completamente encerrados.
Para lo que tenía planeado desde la noche anterior.
Él seguía durmiendo cuando me levanté despacito. Fui al baño, me lavé los dientes, me miré en el espejo un momento. Tenía ese brillo específico en los ojos que me aparece cuando sé que el día va a terminar bien, ese brillo que él reconoce en cuanto me ve y que todavía, después de años, le cambia la cara. Después abrí la valija y elegí con cuidado: las zapatillas blancas que ya llevaban cuatro días de uso, con el interior ablandado y caliente. Las medias de algodón grueso que había usado durante el vuelo desde Madrid, lavadas una sola vez y vueltas a usar. Los jeans más ajustados, una campera liviana que no abrigaba demasiado.
Todo calculado. Todo deliberado.
Hay cosas de nuestra intimidad que no necesitan demasiadas palabras porque existen desde hace tanto que ya forman parte del idioma propio que construimos juntos. Él tiene un fetiche con mis pies que cultivamos despacio, con paciencia, aprendiendo qué variantes le gustan más y en qué orden. No le gustan sucios, eso lo aprendí pronto. Le gustan calientes, húmedos, con ese olor denso que se acumula después de horas de trabajo: el olor del encierro y el esfuerzo, limpio pero intenso. Yo no transpiro fácil, así que lograrlo requiere condiciones específicas. Kilómetros, temperatura moderada, calzado cerrado todo el día sin respiro.
Ese día se lo iba a dar.
Me incliné sobre él antes de salir del baño, le di un beso suave en la sien sin despertarlo, y me senté a esperar que abriera los ojos.
***
Praga en otoño tiene una luz rara, entre gris y dorada, que hace que los edificios de la Ciudad Vieja parezcan sacados de un cuento que nadie termina de contar. Salimos después del desayuno con el mapa en el teléfono y las manos entrelazadas. Caminamos hasta el Puente de Carlos, que a esa hora ya estaba poblado de turistas fotografiando las estatuas de los santos. Cruzamos el río hacia Malá Strana, subimos la cuesta larga empedrada hasta el Castillo, recorrimos los patios y los corredores de la Catedral de San Vito con el cuello estirado hacia arriba. Después bajamos por el otro lado, cruzamos toda la Ciudad Vieja hasta la Plaza de la República y terminamos en un restaurante pequeño cerca del Barrio Judío que tenía gulash en la pizarra del día.
Doce kilómetros fácil. Adoquines irregulares, escaleras de piedra, subidas y bajadas que hacen que los pies trabajen más de lo que parece. Justo lo que necesitaba.
A cada rato sentía el calor concentrándose adentro de las zapatillas. Las medias se iban humedeciendo muy de a poco, y yo pensaba, mientras él me señalaba algún detalle de una fachada barroca o me tomaba del brazo para cruzar una calle angosta: ¿Le gustará esta noche? ¿Reaccionará igual que siempre, o la distancia habrá enfriado algo?
Lo miraba caminar a mi lado y sabía que no. Que no se había enfriado nada.
A media tarde, mientras esperábamos en la cola de una cervecería para almorzar, me puse de puntillas y le susurré al oído:
—Esta noche tengo algo para vos.
Él se separó un centímetro para mirarme.
—¿Algo como qué?
—Algo que sé que vas a adorar —dije, y me giré a mirar el menú escrito a tiza como si nada.
Lo escuché soltar el aire despacio a mi lado.
***
Cenamos en un restaurante pequeño con luz de velas y mesas de madera oscura. Pedí una copa de vino blanco checo que sabía a manzana y mineral, y él pidió cerveza. Afuera caía una llovizna fina que hacía que los reflejos de los faroles temblaran en los adoquines mojados. Adentro todo era cálido e íntimo, con el murmullo de las otras mesas y el olor a manteca derretida y hierbas.
Levantó su copa y me miró.
—Por estos días —dijo—. Por conseguir que coincidan los calendarios, los vuelos y las ganas al mismo tiempo.
—Por eso —respondí, chocando mi copa contra la suya—. Y porque lo que viene todavía es mejor que lo que pasó.
Alzó una ceja con esa expresión que mezcla curiosidad y anticipación y que conozco de memoria.
—¿Eso es una promesa?
—Es un hecho —dije.
Sonreí y crucé las piernas por debajo de la mesa. Sentí de inmediato el calor acumulado en las zapatillas: denso, húmedo, con ese olor que sabía que ya estaba ahí, esperando. Me recosté un poco en la silla y lo miré con toda la inocencia del mundo.
—Me duelen los pies de tanto caminar. Qué ganas de que alguien me los masajee.
Dejó el tenedor a la mitad del camino.
—¿Cómo de masajee? —preguntó, con esa voz que se vuelve más grave cuando empieza a excitarse.
—Como se masajean los pies después de doce kilómetros con las mismas zapatillas de hace cuatro días —respondí, sin apartar los ojos de los suyos—. Con las medias del vuelo, que usé de vuelta hoy.
Tragó saliva. Miró el plato un segundo. Después me miró otra vez.
—¿Lo hiciste a propósito?
—Todo el día —dije, bajando la voz apenas—. Para vos. Pensando en esto exactamente.
Se pasó la mano por el pelo y exhaló despacio por la nariz. Lo vi hacer el cálculo mental de cuánto faltaba para poder pedir la cuenta.
—No sé si puedo terminar de cenar —murmuró.
—Vas a terminar de cenar —dije, firme pero sin dureza—. Despacio. Disfrutando la comida. Porque el postre no se va a ir a ningún lado y yo tampoco.
Terminamos la cena con esa tensión sorda que flota entre dos personas que saben exactamente lo que viene pero eligen alargar la espera porque la espera también forma parte del placer. Hablamos de cosas normales, de los días que quedaban, del tour de la ciudad subterránea que habíamos visto en el folleto del hotel. Pero cada tanto nuestras miradas se cruzaban y los dos sabíamos que la conversación era solo decorado.
Cuando por fin salimos al frío de la noche checa, me tomó de la mano y apretó fuerte.
—Apuremos —dijo.
—Caminemos normal —respondí—. Que yo llego calentita igual.
***
Apenas cerramos la puerta de la habitación me apoyé contra la pared y lo besé. Despacio, sin apuro, porque quería que lo saboreara bien. Después me separé, me saqué la campera, los jeans. Me quedé solo con la remera y la ropa interior.
Y las zapatillas. Y las medias.
Me senté en el borde de la cama, crucé los tobillos y lo miré.
—Vení —le dije—. Arrodíllate.
Lo vi dudar medio segundo: ese instante en que el deseo y la obediencia terminan de acomodarse dentro de alguien. Después se arrodilló delante de mí sin decir una palabra. Le tomé la cara con una mano, le levanté el mentón para que me mirara.
—Despacio —le dije—. Primero las zapatillas. Con cuidado.
Las desató y las sacó con lentitud. Después agarró la primera media por el borde y empezó a bajarla, centímetro a centímetro, como si estuviera desenvolviendo algo que podría romperse. Cuando jaló para terminar de sacarla, el olor salió de golpe: cálido y denso, con esa intensidad que se construye durante horas de encierro y kilómetros de esfuerzo sostenido. Lo vi cerrar los ojos. Lo vi aspirar profundo y sin pudor, la nariz apenas separada de la tela todavía tibia en su mano.
—Dios —murmuró.
—Sí —dije—. Todo eso lo acumulé hoy caminando. Pensando en vos en cada cuadra.
Le pasé el pie por la cara. La planta tibia contra su mejilla, contra su nariz, contra sus labios. Él no se movió, no resistió, simplemente dejó que yo lo hiciera: que yo decidiera la dirección y la presión y el ritmo. Le froté los dedos bajo la nariz despacio y escuché cómo aspiraba otra vez, más lento, más adentro.
—La otra —le dije.
Sacó la segunda media con la misma lentitud. El olor se multiplicó cuando el par quedó completo: ambos pies al aire, calientes, con las uñas pintadas de burdeos oscuro que me había hecho antes de tomar el vuelo, la piel ligeramente enrojecida por la presión de todo el día, los arcos húmedos y tibios.
—Mirálos —le dije—. Me pinté las uñas antes de venir, pensando en esta noche.
Se quedó mirándolos en silencio. Había algo en su expresión que me resultaba difícil de nombrar: no era solo excitación, era algo más parecido al asombro. A la gratitud genuina por algo que no se puede comprar ni pedir con palabras exactas.
—Masajeame —le pedí, recostándome un poco más en la cama—. Empezá por las plantas. Muy despacio.
Se puso a trabajar con las manos. Los pulgares recorriendo los arcos con presión firme pero sin brusquedad, los dedos envolviendo los empeines, los nudillos deslizándose por los talones. Yo cerraba los ojos y gemía bajito, no solo por mantener el juego, sino porque después de doce kilómetros en adoquines el masaje era genuinamente placentero: sentía los músculos ceder en capas, la tensión acumulada en los metatarsianos disolverse poco a poco bajo sus manos.
Después de un rato largo, le pasé un pie por la cara otra vez.
—Besálos —le dije—. Los empeines primero.
Obedeció. Besos pequeños y suaves que subió hasta los tobillos y bajó hasta la base de los dedos. Cuando llegó ahí, lo miré fijo.
—Chupálos. Todos.
Los tomó entre los labios de a uno. Metió la lengua en los espacios entre dedo y dedo, lamió despacio, saboreó sin prisa el gusto salado que se había concentrado ahí durante el día. Yo lo dejaba hacer mientras le sostenía la mirada sin apartar los ojos: quería que supiera que yo elegía cuándo y cómo. Que el ritmo era mío y que él estaba ahí porque yo lo había decidido así.
—Desnudate —le dije al fin—. Y acostáte boca arriba en la cama.
***
Se sacó todo con rapidez y se tendió en la cama. Yo me senté a los pies del colchón, lo miré de arriba a abajo durante un momento sin hacer nada, dejando que la espera trabajara sola. Después apoyé las plantas sobre él y empecé a moverme con calma.
Primero suave: el calor húmedo de la piel contra él, la presión distribuida de forma irregular que genera una sensación distinta a cualquier otra cosa. Lo escuché contener la respiración. Subí y bajé las plantas por el tronco, lento, sin apuro, explorando. Después lo envolví entre ambos pies, ajusté la presión y empecé a moverme con ritmo sostenido.
—¿Bien? —pregunté.
—Muy bien —respondió, con la voz quebrada.
—Entonces callate y dejáme trabajar.
Sentí cómo se tensaba más con eso. Lo conocía: la instrucción directa, sin dulzura innecesaria, lo lleva más lejos que cualquier otra cosa. Aceleré un poco la presión y el movimiento, y le metí los dedos de un pie en la boca al mismo tiempo.
—Chupálos mientras —le dije—. Probá el sudor de todo el día. Todo lo que guardé para vos caminando por esa ciudad.
Lo hizo sin dudar. Lo escuché gemir contra mi piel mientras sus caderas empezaban a moverse levemente, buscando más fricción.
—Quieto —le dije, sin pausar el movimiento—. Yo pongo el ritmo, no vos.
Se quedó inmóvil. Solo la boca siguió trabajando: lamiendo entre los dedos, chupando cada uno por separado, tragando sin quejarse lo que yo le daba. Lo notaba más cerca: la tensión que subía en oleadas por sus piernas, la forma en que respiraba con dificultad creciente, el calor que sentía crecer contra las plantas de mis pies.
Le froté las plantas en la base y volví arriba, más rápido, sin pausa.
—Acabá en mis pies —le dije, con voz baja pero completamente clara—. Quiero sentirlo en las plantas y entre los dedos. Todo.
Se tensó entero. Gimió con la boca todavía llena de mis dedos, y lo sentí: calor espeso y abundante sobre la planta derecha, después entre los dedos del pie izquierdo, después en el arco. Me quedé quieta, con los pies todavía sobre él mientras la última contracción se apagaba despacio.
Lo miré durante un momento sin decir nada.
—Bien —dije al fin, en voz baja.
***
Después nos acostamos juntos. Él respiraba agitado, con esa expresión boba de satisfacción que me encanta porque no puede fingirla ni disimularla. Me acerqué gateando por el colchón, me tendí a su lado y le acaricié la cara con la mano.
—No entiendo cómo lo planeás así —murmuró al rato, mirando el techo—. Con tanto detalle. Con tanto tiempo de anticipación.
—Porque me gusta —dije—. Me gusta saber exactamente cómo vas a reaccionar. Me gusta construirlo de a poco, desde la mañana.
—¿Y si alguna vez no reacciono como esperás?
Pensé un segundo genuinamente en la pregunta.
—Entonces ajusto el plan —dije—. Pero no me preocupa demasiado.
Se rio bajito. Me apretó contra su pecho, me besó la frente, me acarició el pelo con una mano pesada y lenta. Afuera la llovizna fina seguía cayendo sobre los adoquines de Praga. Adentro el cuarto olía a todo lo de esa noche: a piel, a sudor, al calor húmedo que se colaba entre las ventanas dobles.
Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, respirando juntos al mismo ritmo. Hasta que levanté la cabeza y lo miré.
—Todavía quedan cinco días —dije.
Él sonrió sin abrir los ojos.
—¿Ya estás planeando el siguiente?
—Desde hace rato —respondí, y apoyé la cabeza otra vez en su pecho.
La lluvia siguió cayendo. Los faroles de la calle iluminaban el techo del cuarto en franjas tenues y amarillas. Y yo me quedé despierta todavía un rato, pensando en qué ruta elegiríamos al día siguiente, cuántos kilómetros haría, qué zapatillas me pondría.
Planeando.