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Relatos Ardientes

Convertí a mi ex en una travesti sumisa

La última vez que Roberto me humilló fue en la recepción anual de su firma, delante de decenas de personas que jamás me habían importado y que a él le importaban demasiado. Llegamos juntos, salimos juntos, pero todo lo que hubo en el medio sucedió como si yo no existiera. Me arrastraba de grupo en grupo sin presentarme, me lanzaba miradas de advertencia cuando hablaba demasiado o demasiado poco, y cuando alguien interesante se acercaba, se giraba justo a tiempo para dejarme fuera de la conversación.

En el auto de vuelta no pude aguantar más.

—Me ignoraste toda la noche —le dije—. ¿Acaso te doy vergüenza?

—Honestamente —respondió sin apartar la vista de la ruta—, eres tan poco sociable que sí, me incomodas en estos eventos. No sé cómo pedirte que madures sin que lo tomes como un ataque.

Llegamos al edificio sin decir más. Cuando bajé del auto, le dije que no quería volver a verlo. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y no me di vuelta para ver su expresión.

Esa noche lloré más de lo que había llorado en mucho tiempo. No por él, sino por todo el tiempo que había pasado dejándolo hablarme así.

***

Patricia me esperaba con dos cafés al día siguiente. Habíamos entrado juntas a la empresa tres años antes, las dos sin experiencia, las dos con esa costumbre de ocupar el menor espacio posible en cualquier habitación. Pero algo había cambiado radicalmente en ella durante el último año y medio. Traje sastre ajustado, espalda erguida, una seguridad en cada movimiento que yo le envidiaba en silencio cada mañana cuando llegaba a la oficina.

También era mi jefa desde hacía ocho meses.

Le conté lo de la recepción entre sorbos de café. Escuchó con la paciencia que nunca tenía para las reuniones de presupuesto. Al final dijo:

—Sabes que va a volver con flores y mensajes de voz, ¿no?

—Lo sé.

—Y sabes que si vuelves, va a pasar exactamente lo mismo.

—Lo sé —repetí.

Metió la mano en su cartera y sacó una tarjeta blanca, casi sin diseño. Solo un nombre y un número de teléfono.

—Llama —dijo.

—¿Qué es esto? ¿Una terapeuta?

—Algo más eficiente.

***

La directora de la Asociación de Mujeres con Poder, Lorena Vásquez, me recibió en el piso veintitrés de una torre de oficinas con vistas a media ciudad. Era una mujer de unos cincuenta años, con el cabello rubio peinado en un moño alto, un traje que costaba lo que yo ganaba en tres meses y una mirada que no pedía permiso para nada. Detrás de su escritorio de vidrio, el panorama de la ciudad se extendía como algo que ella también poseía.

—Ya sé quién eres —me dijo antes de que yo abriera la boca—. También sé quién es Roberto.

Me explicó que habían revisado redes sociales, publicaciones, patrones de comportamiento. No era una violación, me aclaró, era información pública analizada con criterio. Tenían un expediente preparado.

—Roberto proyecta una imagen que no le pertenece —dijo—. Por dentro es completamente distinto. Sumiso, necesitado de guía, incapaz de relajarse frente a otros hombres sin construir una fachada de control. Tú lo viste en privado.

Tenía razón. El Roberto que me ignoraba en los eventos no era el mismo que me preparaba el desayuno los domingos o que me preguntaba si estaba bien cuando me veía callada demasiado tiempo.

—¿Y yo? —pregunté—. ¿Qué dice el expediente de mí?

Lorena sonrió por primera vez desde que había entrado al despacho.

—Que tienes más potencial del que imaginas. Y que llevas años bloqueándolo.

***

El mes que pasé en la casa de la Asociación me cambió de formas que todavía no termino de entender del todo. No fue terapia, no exactamente. Fue algo más parecido a aprender a hablar un idioma que siempre había conocido pero que nadie me había enseñado a usar. La postura, la voz, la ropa como lenguaje, la mirada como herramienta. Cómo entrar a una habitación. Cómo hacer que el silencio trabaje a tu favor. Cómo ocupar el espacio que te corresponde sin disculparte por ello.

Cuando salí, treinta días después, Patricia y Lorena me esperaban con una botella de champán y la pregunta que yo sabía que llegaría antes o después:

—¿Qué quieres hacer con Roberto?

No tardé ni un segundo.

—Quiero educarlo.

***

Roberto salió de su estudio jurídico un martes al atardecer, contrariado por un caso que se le había complicado a último momento. Carmen y Sandra, las dos agentes de seguridad de la Asociación, lo esperaban junto a una camioneta negra con vidrios polarizados. Eran imponentes: uniformes ajustados, tacones cuadrados, cinturones con todo lo necesario para convencer a alguien que prefiere no ser convencido.

Al principio intentó razonar. Preguntó quién lo mandaba buscar, qué quería esa gente de él, que no iba a moverse sin explicaciones. Carmen le aplicó una descarga eléctrica en el cuello antes de que terminara la segunda pregunta. Entre las dos lo cargaron hasta el vehículo sin que nadie en la vereda pareciera demasiado sorprendido.

Llegó a la casa de la Asociación esposado, vendado y sin saber dónde estaba.

***

Lo encontré en una habitación pequeña, sin ventanas, sentado en una silla con los tobillos atados a las patas. Cuando le quitaron la venda, tardó unos segundos en reconocerme. Parpadeó varias veces, como si estuviera esperando que la imagen cambiara.

—Elena —dijo finalmente—. Sácame de aquí ahora mismo.

La bofetada sonó antes de que yo decidiera darla. Después le acaricié la mejilla con la misma mano, despacio.

—Señora —dije—. O Ama. Esas son tus opciones de aquí en adelante.

Intentó protestar. Le expliqué con calma que tenía dos caminos disponibles: obediencia o resistencia. El camino del placer o el camino del sufrimiento. Que yo no tenía preferencia, pero que él probablemente sí tendría.

—¿Está claro? —pregunté.

Roberto me miró durante varios segundos. Después, en voz baja:

—Sí, Señora.

—Bien. Ya verás que no era tan difícil.

***

Los primeros días fueron de resistencia intermitente y creciente confusión. Roberto recibió ropa, pero toda era femenina: lencería de encaje, vestidos ajustados, zapatos con tacón, medias de nylon en distintos colores. Cuando protestó, Carmen le explicó con la paciencia exacta de quien ya ha tenido esa conversación antes que las quejas no eran una opción disponible en ese espacio.

Poco a poco empezó a ceder. Se puso las medias porque el piso de mármol estaba helado. Eligió un suéter rosa porque era el más abrigado del armario. Se miró en el espejo del tocador que le habían traído como recompensa por comportarse bien, y tardó más tiempo del necesario en apartar la vista.

El televisor de la habitación tenía cuatro canales: tutoriales de maquillaje, moda y combinación de colores, modales y postura femenina, y contenido erótico protagonizado por mujeres trans que servían a sus amas con una dedicación que Roberto miraba primero con incomodidad y después con algo diferente a la incomodidad. Lo llamábamos Roberta entre nosotras antes de que él lo supiera.

Empezó a practicar frente al espejo sin que nadie se lo pidiera. A ensayar cómo sentarse cruzando las piernas, cómo caminar sobre los tacones que le habían dado, cómo aplicarse el delineador con la mano que todavía no le obedecía del todo. Cuando las celadoras lo observaban por la cámara, intercambiaban mensajes sin decir nada en voz alta.

***

Carmen y Sandra visitaban la habitación cada tarde. Las primeras sesiones fueron de corrección y disciplina, con la firmeza necesaria para quien todavía tiene la tentación de resistirse. Las siguientes, cuando Roberta empezó a comportarse como esperábamos, fueron de otra naturaleza completamente distinta.

Una tarde, después de horas de práctica frente al espejo, las dos agentes entraron y comenzaron a desvestirse con una sincronización que parecía parte de una coreografía ensayada. Corsets negros, medias con portaligas, botas de caña alta. Y debajo de la ropa interior, algo que Roberta no había esperado encontrar.

—Tu premio de hoy —dijo Sandra.

Roberta se arrodilló sin que nadie se lo pidiera.

Aprendió de la misma forma en que había aprendido todo lo demás en esa habitación: por imitación, por instinto, por las instrucciones suaves de las dos mujeres que la guiaban. Lo que al principio le producía arcadas, después fluyó con una naturalidad que ella misma no esperaba. El sabor del semen de Carmen, la primera vez que lo sintió en la boca, la sorprendió. No de la forma en que esperaba sorprenderse.

—Si te portas bien, esto se repite todos los días —dijo Carmen mientras se abotonaba la camisa.

—Por favor —respondió Roberta.

Las dos agentes intercambiaron una mirada que lo decía todo.

***

Tres semanas después de su llegada, Roberta estaba irreconocible. No solo por la peluca negra de corte liso con flequillo que Carmen le había elegido, ni por el maquillaje que ahora aplicaba sola con una precisión que yo le envidiaba. Era otra cosa más difícil de nombrar: la postura, la forma de ocupar el espacio, la manera en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba, el sonido de sus tacones contra el mármol, que ella marcaba con una conciencia que no tenía el primer día. El Roberto que me había ignorado en aquella recepción no dejaba ningún rastro visible en la mujer que caminaba por los pasillos de la casa.

La tarde de su presentación formal, Lorena, Patricia y yo esperábamos en el salón principal sentadas en tres sillas altas que en ese contexto hacían las veces de tribunal. Carmen y Sandra anunciaron a Roberta con una solemnidad apenas contenida.

Roberta cruzó el salón caminando despacio. El vestido negro ceñido, los tacones marcando cada paso, los ojos con sombra oscura y las uñas largas del mismo rojo que los labios. Se detuvo frente a nosotras y bajó la cabeza con una naturalidad que no era actuada.

—Señoras —dijo—, es un honor estar aquí.

—Cuéntanos cómo te sientes —le pedí.

—Libre —respondió sin dudar—. Por primera vez en mucho tiempo, completamente libre.

Lorena y Patricia intercambiaron una mirada. Yo ya sabía lo que eso significaba.

—Si quieres que sea tu Ama —dije—, demuéstralo.

Roberta se arrodilló y comenzó a besar mis botas con una atención que no era mecánica ni forzada. Subió por el cuero hasta la rodilla, introdujo el tacón entre sus labios como si fuera algo que había estado esperando hacer desde mucho antes de saber que lo esperaba. Cuando la hice levantar, tenía los ojos húmedos y una expresión que nunca le había visto en cinco años de relación.

—Ahora —le dije— vamos a sellar el pacto como corresponde.

***

Lo que siguió duró más de dos horas. Lorena y Patricia también participaron. Carmen y Sandra, a las que Roberta había aprendido a querer a su manera particular, completaron el círculo. Roberta cumplió con todo lo que se le pidió y con algunas cosas que nadie le había pedido, guiada únicamente por el deseo de agradar que había ido creciendo durante esas semanas de encierro y transformación.

Cuando terminó, tendida en el suelo del salón con la respiración agitada y una expresión que no se parecía a ninguna de las que yo le había visto antes, dijo:

—¿Cuándo puedo pedir la cirugía?

Lorena soltó una carcajada breve y genuina.

—Pronto —respondió—. Eres nuestra alumna más rápida.

***

Un año después, pocos reconocerían a Roberta en la mujer que patrulla los pasillos de la Asociación junto a Carmen y Sandra. Las tres llevan el mismo uniforme: falda tubo ajustada, camisa azul de manga larga, corbata negra, botas con tacón cuadrado. Las tres tienen un cuerpo que ninguna tenía hace doce meses, cada una a su manera y por sus propias razones.

Roberta se sometió a varias cirugías. Aumento de busto, redefinición de caderas, algunos detalles en el rostro que la hacen verse exactamente como siempre debió verse. Le queda algo de deuda con Lorena, que financió todo sin demasiadas condiciones, salvo una: seguir trabajando en la Asociación el tiempo que haga falta. A Roberta le parece un trato más que razonable. De hecho, no se imagina en ningún otro lugar.

Esa mañana, mientras las tres tomaban un descanso en la sala del personal, sonó el intercomunicador con la voz de Lorena:

—Señoritas, ¿pueden venir a mi despacho, por favor?

No era una pregunta.

Roberta dejó el café a medias, alisó la falda, se aseguró de que la corbata estuviera bien puesta y salió al pasillo. El eco de tres pares de tacones contra el mármol recorrió el edificio de punta a punta, como siempre.

En el despacho, Lorena estaba sentada con Patricia y con una mujer que ninguna de las tres había visto antes. Sobre el escritorio de vidrio, una carpeta cerrada.

—Tengo un pequeño favor que pedirles —dijo Lorena, empujando la carpeta hacia ellas—. Este hombre necesita ser educado.

La mujer desconocida asintió con una expresión que Roberta reconoció de inmediato. La había tenido ella misma, un año antes, sentada en esa misma silla.

—Con mucho gusto, Señora —respondió Roberta—. Esta tarde estará en la casa.

Tomó la carpeta y salió la primera. En el ascensor, mientras bajaban, Sandra y Carmen la miraron.

—Esta vez la pistola la uso yo —dijo Roberta.

Las otras dos se rieron. Las puertas del ascensor se abrieron al vestíbulo y las tres salieron a la calle, el sonido de sus tacones perdiéndose en el ruido de la ciudad.

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Comentarios (7)

Marcos_ar

Que historia... me quede sin palabras al final. Esperando mas!!!

NocheProfunda44

No esperaba ese giro para nada. Muy bien llevado todo, en serio.

leofiuco

La primera parte me enganchó total. Hay segunda parte? Quiero saber como sigue

Gustavo_49

Me recordó a ciertos tipos que uno conoce en la vida... la justicia poetica existe jaja

Sole_Noc

Me encantó como se desarrolla todo desde el principio. Se nota que hay mucha imaginacion detras. Sigue asi!!

CarlosM84

jajaja que manera de cobrar la deuda, me rei bastante con esto

shadoangel

Increible. De los mejores que lei en mucho tiempo sin dudas.

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