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Relatos Ardientes

Mi vecina dominante me esperaba con sus amigas

Sebastián llevaba tres días en la residencia universitaria y todavía no había encontrado el coraje para presentarse en voz alta a nadie. Caminaba por los pasillos pegado a las paredes, alto pero encorvado, con el flequillo cubriéndole los ojos como una cortina protectora. Las chicas de su planta le parecían criaturas de otro planeta: ruidosas, descaradas, dueñas absolutas de cada metro cuadrado del edificio.

De entre todas, había una que lo desestabilizaba con solo cruzársela en el pasillo. Se llamaba Renata. Pelo negro azabache cortado al estilo bob, un piercing diminuto en el labio inferior y una forma de mirar que parecía catalogar cada gesto ajeno. No era la más escandalosa del grupo. Era peor: era la que se quedaba callada y observaba.

Cuando sonreía, la sonrisa no le llegaba a los ojos. Era una sonrisa que prometía cosas que probablemente no debían prometerse en un primer encuentro.

Coincidieron por primera vez en la cocina común a las once de la noche. Él intentaba calentar agua en silencio, como si el simple hecho de existir mereciera disculpas. Ella entró descalza, con pantalones cortos de deporte y una camiseta blanca que dejaba ver la sombra del sostén debajo y el contorno de dos tetas pequeñas y firmes con los pezones marcándose por el frío.

—¿Tú eres el de la 408, no? —preguntó sin saludar.

Sebastián asintió sin levantar la vista del hervidor.

—Te observé ayer en el pasillo. Caminas como si tuvieras que pedir disculpas por respirar.

Él notó cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. No supo qué decir. Se quedó mirando fijamente las burbujas que empezaban a formarse en el agua, como si fueran lo más fascinante del mundo.

Renata se acercó otro paso, apoyó una cadera contra la encimera y ladeó la cabeza para estudiarlo de cerca.

—Me caes bien. Eres… deliciosamente tímido.

Sebastián casi tira la taza al suelo.

***

Durante los días siguientes, ella empezó a aparecer «por casualidad» en los mismos sitios que él. La salita de estudio cuando él se acomodaba con sus apuntes. La máquina de café del tercer piso justo cuando él bajaba. El pasillo a las once y media de la noche, cuando él volvía del baño común con la toalla al hombro.

Cada vez le soltaba algún comentario directo, alguna provocación calculada que lo hacía sonrojarse y a la vez sentirse visto de una forma que nadie había hecho antes. «Tienes los hombros más bonitos de lo que un chico tan callado debería tener». «¿Siempre te vas a la cama tan temprano o solo cuando estoy yo cerca?». «Algún día voy a hacerte hablar más alto, te lo prometo».

La cuarta noche que coincidieron solos en el pasillo, ella se acercó hasta dejar apenas un palmo entre los dos. Olía a champú de menta y a algo más, algo cálido que él no supo identificar.

—¿Te apetece venir un rato a mi cuarto? —susurró—. Mis compañeras de piso están viendo una película mala en el salón. Podemos… charlar tranquilos.

A él le temblaron las manos cuando abrió la puerta de su propia habitación para dejar la sudadera. Cuando salió, Renata seguía apoyada contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados y esa media sonrisa.

—Buen chico —dijo bajito.

***

El cuarto de Renata olía a incienso barato y a ropa limpia. La cama estaba deshecha, la mesa cubierta de libros y dos tazas vacías. En la pared, sobre la cabecera, había una bandera negra sin ningún símbolo, lisa, casi amenazante en su minimalismo.

Ella cerró la puerta con el pie. Se quedó de pie frente a Sebastián, que se había sentado en el borde de la cama con las manos sobre las rodillas como un niño de visita en casa de un familiar lejano.

—¿Te pongo nervioso? —preguntó mientras se quitaba la camiseta por la cabeza con un movimiento lento, casi teatral.

Llevaba un sostén negro liso. Nada de encaje, nada llamativo, pero en ella todo parecía caro. Se lo desabrochó por delante con dos dedos y lo dejó caer al suelo. Dos tetas pequeñas y respingonas, pezones oscuros y ya duros, apuntando hacia él como si tuvieran voluntad propia.

—Un poco —admitió él en un hilo de voz.

—¿Solo un poco?

—Mucho —corrigió.

Renata se sentó a horcajadas sobre sus muslos. Su peso era ligero, pero la sensación de tenerla así, encima, con las tetas desnudas a la altura de su boca, le aceleró el corazón hasta el punto de marearse. Ella le sostuvo la cara con las dos manos y lo besó despacio, dejándole tiempo para responder, para soltarse. Le metió la lengua entera hasta el paladar, jugando con la suya, chupándosela como si le estuviera dando una demostración de lo que sabía hacer con la boca.

Las manos de Sebastián subían y bajaban por su espalda como si pidieran permiso en cada centímetro de piel. Ella le agarró una muñeca y se la llevó directamente a un pecho, obligándolo a apretar. Cuando él pellizcó torpemente el pezón, Renata gimió bajito y le mordió el labio inferior con la presión justa para que él soltara un gemido pequeño, contenido.

—Chúpame las tetas —le ordenó al oído.

Sebastián agachó la cabeza y se metió un pezón en la boca, chupando con la torpeza del que nunca lo ha hecho. Ella le agarró la nuca, le clavó las uñas suavemente y guio el movimiento, enseñándole a lamer en círculos, a morder despacio, a chupar fuerte hasta hacerla arquearse. Sentía la polla de él empujando contra la tela del bóxer, dura, marcándole el interior del muslo.

Entonces se separó un poco y lo miró fijamente.

—Quítate los pantalones.

Él obedeció torpemente, con las mejillas ardiendo. Se quedó en bóxers, sentado en la cama, con las piernas ligeramente separadas por puro nerviosismo. El bulto se marcaba obscenamente en el algodón gris, con una mancha húmeda formándose ya en la punta.

Renata se puso de pie frente a él. Lo observó como si estuviera decidiendo qué hacer con un regalo recién desenvuelto.

—Voy a hacer algo que igual te va a doler un poco —murmuró—. Pero también te va a gustar. ¿Confías en mí?

Sebastián tragó saliva. Asintió.

Ella se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.

—Di «sí, Renata».

—S-sí, Renata.

—Buen chico.

***

Ella se incorporó. Dio un paso atrás. Y, sin previo aviso, levantó la pierna derecha con una precisión casi gimnástica y le propinó una patada seca, calculada, en pleno centro entre las piernas.

El impacto fue exacto. No demasiado fuerte como para hacerle vomitar, pero sí lo suficiente como para que el aire se le escapara de los pulmones en un gemido agudo, roto.

Sebastián se dobló hacia delante, las manos volando instintivamente a la entrepierna, los ojos llenándose de lágrimas de golpe. Renata no se inmutó. Se limitó a mirarlo con esa calma perturbadora suya.

—Shhh… respira por la nariz. Despacito.

Justo en ese momento se abrió la puerta.

Tres chicas entraron riéndose entre dientes. La primera, una rubia bajita con el pelo recogido en moño, llevaba el móvil en la mano y claramente grababa todo. La segunda, morena de gafas redondas, se tapaba la boca como intentando no estallar en carcajadas. La tercera —la más alta, de pelo castaño hasta los hombros— simplemente cruzó los brazos y dijo:

—Joder, Renata, qué puntería.

Sebastián intentó taparse, hacerse pequeño, desaparecer dentro del propio colchón. Pero Renata le sujetó las muñecas con suavidad y se las apartó hacia los lados, exponiéndolo otra vez.

—No te tapes, cariño. Que te vean bien.

***

Las tres se acercaron rápidamente, rodeando la cama como si fuera el escenario de una función minuciosamente ensayada. La rubia, a quien Renata llamó Julieta, se arrodilló a un lado del colchón. La morena del móvil —Andrea— se colocó justo enfrente, ajustando el enfoque. La alta, Paula, se quedó de pie al otro lado, supervisando con los brazos todavía cruzados.

—Quitadle los bóxers —ordenó Renata sin apartar la vista de Sebastián—. Quiero que vean exactamente a qué le he dado.

Sebastián soltó un «no, por favor» tan bajito que casi no se oyó. Nadie le hizo caso. Julieta y Paula le agarraron cada una un lado de la cintura del bóxer y tiraron hacia abajo en un único movimiento coordinado, como si lo hubieran ensayado mil veces.

La tela se deslizó por sus muslos y se quedó atascada en los tobillos. Quedó completamente expuesto: la polla medio dura rebotando contra el vientre, el glande ya asomando por el prepucio con una gota gorda de líquido preseminal colgando de la punta, los cojones enrojecidos por el golpe reciente, la piel del escroto tensa y ligeramente hinchada, la mirada perdida entre las cuatro chicas que lo rodeaban.

Andrea acercó el móvil a escasos centímetros de la polla.

—Mira qué monada —dijo riéndose—. Está perfecto para fotos. Mirad cómo le gotea.

Renata se inclinó y, con dos dedos, le agarró la verga por la base y se la enderezó hacia arriba para que quedara más a la vista de la cámara. Sebastián soltó un jadeo. Las tres chicas sacaron sus móviles. Empezaron los flashes. Clic, clic, clic. Ángulos distintos: desde arriba, de lado, acercando la lente hasta que casi rozaba el glande brillante.

Sebastián cerró los ojos con fuerza. Las mejillas le ardían tanto que le dolían los pómulos. Su cuerpo entero temblaba de una vergüenza que no había sentido jamás en la vida.

Julieta fue la primera en tocar. Pasó las uñas pintadas de granate por la longitud de la polla, muy despacio, trazando círculos calculados alrededor del glande que lo hacían contraerse entero. Luego bajó hasta los testículos y le rozó apenas la piel enrojecida con la yema de un dedo.

—Mira cómo reacciona —comentó, fascinada—. Qué sensible. Mirad cómo se le pone más dura.

Paula se sumó. Con la palma abierta le dio unos golpecitos suaves, casi juguetones, directamente sobre los huevos hinchados, cada impacto hacía que la polla botara y que Sebastián soltara un gemidito ahogado.

—Uy, mirad esto —dijo Andrea entre risas, enfocando con el móvil—. Se está poniendo cada vez más duro. Que empalmado está el tímido.

Y era cierto. A pesar del dolor todavía latente en los cojones, o quizá precisamente por la humillación absoluta de estar expuesto y manoseado delante de cuatro chicas que se reían en voz baja, la polla se le puso completamente dura. Primero un movimiento leve, luego más evidente. Se irguió despacio, palpitando contra el vientre, gruesa, con las venas marcadas, el glande morado brillando de tanto líquido preseminal que ya le chorreaba por el tronco hasta la base.

Las chicas estallaron en risas contenidas.

—Increíble —dijo Julieta—. Le encanta que lo humillen delante de todas. Mira cómo se le sale por la punta.

Julieta se pasó un dedo por el glande, recogió una gota de preseminal y se la llevó a la lengua sin dejar de mirar a Sebastián a los ojos. Después se agachó, sacó la lengua y le dio un lametón largo desde los huevos hasta la punta, recogiendo el hilo de líquido transparente que le colgaba. Sebastián soltó un gemido gutural que no supo controlar.

—Está riquísimo —dijo Julieta relamiéndose—. Como caramelo salado.

Andrea, sin dejar de grabar con una mano, se agachó también y le metió el glande entero en la boca. Chupó fuerte, mejillas hundidas, y lo soltó con un sonido húmedo que resonó en toda la habitación. Un hilo de saliva quedó colgando de la punta.

—Joder —murmuró Sebastián, con las piernas temblando.

—Aún no te corras, cariño —dijo Renata acariciándole el pelo—. Ni se te ocurra correrte todavía.

Paula le apretó la base de la polla con dos dedos, cortándole el impulso, mientras Julieta seguía lamiéndole los huevos doloridos con una lentitud casi médica. Sebastián soltó un sollozo mezclado con placer.

Renata se inclinó hacia él y le susurró al oído, lo bastante alto como para que las otras también lo oyeran:

—¿Lo ves? Tu polla no miente, pequeño. Te pone cachondísimo que te miren así. Expuesto, dolorido, con tres desconocidas chupándote a la vez y grabándolo todo.

***

Andrea siguió grabando mientras Paula le daba otro golpecito un poco más firme en los cojones, haciendo que la erección saltara visiblemente. Sebastián soltó un gemido largo, mezcla de vergüenza y placer retorcido, y un chorro gordo de preseminal resbaló por el tronco hasta caer sobre su abdomen.

Julieta le agarró la polla por la base y empezó a masturbarlo despacio, con la muñeca girando en cada subida como si le estuviera enroscando la piel. Con la otra mano le sopesaba los cojones, apretándolos apenas, calibrando cuánto podía aguantar.

—Mira qué grande la tiene el mudito —dijo—. Y qué venas. No parece.

Paula se subió a la cama, se puso de rodillas justo al lado de la cara de Sebastián y se bajó los leggings hasta las rodillas. No llevaba nada debajo. Un coño depilado, los labios menores asomando ya hinchados, brillantes de humedad. Se lo plantó a dos dedos de la boca.

—Chúpame —le ordenó agarrándolo del pelo—. Si te portas bien igual dejamos que te corras.

Sebastián sacó la lengua con la torpeza del que nunca ha comido un coño y le dio un lametón tímido a los labios. Paula gruñó, le apretó más la nuca y le restregó el chocho por la boca entera, dejándole los mofletes empapados de sus flujos.

—Más adentro, joder. Métemela hasta el fondo.

Él obedeció. Hundió la lengua entre los labios, buscó el clítoris a tientas y empezó a chuparlo con más ganas que técnica. Paula echó la cabeza atrás y soltó un gemido largo, moliéndole la cara contra el coño mientras Julieta seguía pajeándolo abajo. Andrea circulaba a su alrededor con el móvil, enfocando primero la cara de Sebastián sepultada entre las piernas de Paula, luego la polla goteando entre los dedos de Julieta.

Renata se había quitado los pantalones cortos en algún momento. Se sentó a horcajadas sobre la boca de Sebastián apenas Paula se apartó, con el coño ya empapado y el clítoris asomando entre los labios. Se restregó despacio, dejándole toda la humedad en la nariz y la barbilla.

—Chúpame el clítoris —susurró—. Igual que le has hecho a ella. Y si te muerdo el pelo, es que lo estás haciendo bien.

Sebastián sacó la lengua y le lamió el clítoris con la punta, en círculos, tal como acababa de aprender. Renata gimió, se agarró al cabecero de la cama y empezó a moverse encima de su cara. Le chorreaba la boca. Le chorreaba la barbilla. Le chorreaba el cuello.

Mientras tanto, Julieta le había subido el ritmo a la paja. Le apretaba el glande en cada subida, le retorcía la muñeca en cada bajada. Los cojones doloridos se le empezaron a apretar contra el cuerpo.

—Se va a correr —anunció Julieta—. Le está subiendo.

—Ni se te ocurra —siseó Renata desde arriba, sin dejar de restregarse sobre su cara—. Aguanta, cariño. Aguanta hasta que yo me corra en tu boca.

Sebastián apretó los dientes, lamió más fuerte, más rápido, con la lengua hecha una tenaza sobre el clítoris de Renata. Ella gimió gutural, le tiró del pelo con las dos manos y se corrió con un espasmo que le sacudió las caderas. Le empapó la cara entera de flujos calientes y espesos. Sebastián se los tragó como pudo, medio ahogado, medio en éxtasis.

Renata se bajó de encima. Se apartó a un lado. Julieta soltó la polla justo cuando el primer chorro le salía disparado.

—Ahora sí, córrete —ordenó Renata.

Sebastián se corrió con un rugido que no reconoció como suyo. Un primer chorro grueso le saltó hasta el pecho. El segundo le cayó en el vientre. El tercero se le derramó por la polla y por los dedos de Julieta, que se la seguía apretando sin ordeñarla del todo, alargándole el orgasmo hasta hacerle daño. Cuatro, cinco, seis chorros. Semen espeso, blanco, chorreando por todos lados. Andrea grabó cada gota con el móvil a dos centímetros.

—Joder qué cantidad —murmuró Paula, riéndose—. Qué cerdo eres, mudito.

Julieta le recogió con dos dedos el semen que le había quedado en el vientre y se lo llevó a la boca. Después se agachó y le limpió la polla con la lengua, lametón a lametón, hasta dejársela brillante.

Las fotos siguieron unos segundos más. Primeros planos de la polla todavía dura y goteando restos, de la barriga cubierta de semen, de la cara empapada en flujos, lágrimas y rubor. Renata levantó por fin una mano.

—Vale, suficiente por ahora. Dejadlo respirar.

Las tres se apartaron un poco, todavía riendo y comentando entre ellas. Paula le dio una palmadita aprobatoria a Renata en el hombro. Andrea revisaba las grabaciones en su móvil con una sonrisa de oreja a oreja. Julieta se sentó en el borde de la mesa y se comió una gominola que sacó de un bote sobre los libros, sin haberse limpiado el semen de la comisura.

Renata se sentó al lado de Sebastián. Le acarició el pelo sudoroso con una ternura que contrastaba violentamente con todo lo que acababa de ocurrir.

—¿Lo ves? —le susurró—. Te dije que te iba a doler. Y también que te iba a gustar.

Y entonces, muy despacio, le dio un segundo golpe en los cojones. Esta vez con la parte superior del empeine, un movimiento más suave pero igual de preciso sobre los huevos ya sensibles. Sebastián soltó otro gemido largo, casi un sollozo, y la polla, increíblemente, le dio un tirón otra vez, engordándose de nuevo entre restos de semen sin secar. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama, temblando entero.

Las tres chicas aplaudieron bajito, como si fuera el final de un número de circo bien ejecutado.

***

Renata se inclinó sobre él. Le pasó los dedos por la frente, por las sienes, por el pelo pegado de sudor. Le habló con esa voz dulce que tenía guardada para los momentos posteriores, esa voz que sonaba a recompensa.

—Ahora ya saben todas lo que te gusta, pequeño. Que te peguen en los huevos, que te mamen entre varias, que te obliguen a chupar coño mientras te graban. Y yo ya sé que no vas a poder olvidarte de esto nunca.

Le dio un beso suave en la frente, justo donde las lágrimas habían dejado un rastro brillante.

—Y lo mejor —añadió en un susurro— es que esto solo ha sido el calentamiento. Mañana te voy a follar yo sola, y va a ser mucho peor.

Afuera, en el pasillo, todavía se oían risitas ahogadas y algún comentario subido de tono. Sebastián, hecho un ovillo en la cama de aquella chica que llevaba conociendo apenas una semana, con el corazón latiéndole en la garganta, la polla todavía medio empalmada entre restos de semen y un dolor sordo y caliente en los cojones, entendió dos cosas al mismo tiempo.

Que estaba perdido.

Y que no quería estar en ningún otro sitio.

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Comentarios(8)

Rodri_77

Tremendo!!! me quede con ganas de saber que paso despues.

VeraLectora

La tension del comienzo esta muy bien lograda, no te deja soltar el relato. Segui asi!!

MarceloReader

Jaja me imagine la cara del protagonista cuando escucho abrirse esa puerta. Buenisimo.

LucianaM

Segunda parte por favor, no puede quedar asi!!!

Dani_2kBA

Primera vez que leo algo de BDSM y me engancho de esta manera. Muy buen trabajo.

NocteMx

Muy bien narrado, uno se mete en la piel del protagonista sin darse cuenta. Esperando la continuacion.

Romina_84

Me recordo a cierta vecina que tuve jeje... pero esa es otra historia. Excelente relato!

Ibero54

Lo que mas me gusto es el ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Saludos desde España

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