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Relatos Ardientes

La tutoría que terminó con los profesores sometidos

La reunión estaba marcada para las cuatro de la tarde. Carolina, Beatriz, Andrea y Patricia coincidieron en el aparcamiento del colegio, las cuatro con la misma expresión cansada, las cuatro convocadas por la misma razón: sus hijos de tercero de primaria, ocho años cada uno, eran considerados los responsables de cada gamberrada que ocurría dentro del recinto.

—¿Volvemos a tener la charla? —preguntó Carolina, la más joven del grupo con sus treinta y tres años, mientras se ajustaba el bolso al hombro.

—Por enésima vez —contestó Patricia, la mayor, asintiendo con resignación. A sus treinta y nueve años recién cumplidos, había aprendido a reconocer aquellos rostros desagradables que las esperaban siempre detrás de los mismos escritorios.

Beatriz y Andrea se acercaron casi al mismo tiempo. Las dos trabajaban y habían pedido el día libre solo para asistir a aquella tutoría. Carolina y Patricia, ambas en excedencia, podían permitirse la flexibilidad, pero ninguna disfrutaba de ese trámite.

—Esta vez es con el director —murmuró Andrea—. Algo grave debió pasar.

—Lo que pasa es que esos dos hombres tienen manía a nuestros hijos —escupió Beatriz mientras avanzaban hacia la entrada principal—. Cada incidente del colegio se lo cuelgan a ellos, sean culpables o no.

El despacho del director estaba en el primer piso, al final de un pasillo que olía a desinfectante y papel viejo. Las cuatro caminaron en silencio. Cuando entraron, el director Ramón Saldaña, un hombre alto, canoso, de gafas redondas y cincuenta años recién cumplidos, las recibió sin levantarse del sillón. A su lado, de pie, esperaba el tutor Octavio Marín, calvo, con una barba mal recortada y la mirada cargada de desprecio que siempre les dedicaba.

—Tomen asiento, señoras —dijo Saldaña con un tono que pretendía ser conciliador y resultaba condescendiente.

Las cuatro obedecieron y se sentaron juntas frente a la mesa.

—Hemos llegado a un punto insostenible —comenzó Octavio antes incluso de que ninguna pudiera abrir la boca—. Vuestros hijos han hecho pintadas en el muro del patio, han colocado petardos dentro de las pizarras y, lo último, han echado aceite en los pupitres del aula contigua. Esto ya no son travesuras, esto es vandalismo organizado.

Hablaba con tanta vehemencia que un hilo de saliva voló desde su boca y aterrizó en el regazo de Andrea. Ella se apartó con asco visible, limpiándose con la palma de la mano.

—Modere su forma de dirigirse a nosotras —pidió Patricia con voz firme—. Y modere también sus acusaciones. ¿Tienen pruebas de que fueron nuestros hijos? Porque me cuesta creer que cuatro niños de ocho años tengan la capacidad logística para semejante despliegue.

Saldaña adelantó el cuerpo sobre la mesa. Cogió un sobre de cartón con cierta teatralidad y lo dejó caer ante las madres.

—Aquí tienen el informe. Quince días de expulsión para los cuatro. La decisión está tomada.

Carolina sintió cómo la sangre le subía hasta las sienes.

—Quince días es una barbaridad. Mi hijo perdería el ritmo de todo el trimestre. Y no han demostrado nada.

—No tenemos por qué demostrarles nada a unas madres que no saben educar —escupió Octavio, otra vez con su saliva imprudente.

Andrea, harta del personaje, se levantó de la silla con una calma extraña. Caminó dos pasos hasta el tutor y, con una precisión que sorprendió incluso a sus amigas, le clavó un rodillazo entre las piernas que hizo que Octavio se doblara en dos antes de caer arrodillado al suelo, las manos sosteniéndose la entrepierna y un quejido lastimero saliendo de su garganta.

El silencio que siguió fue absoluto.

Saldaña se levantó del sillón rojo de furia.

—Pero qué hace usted, salvaje, locas, las voy a denunciar a las cuatro, esto es agresión...

No pudo terminar la frase. Beatriz, cinturón negro de karate desde los veintidós años, había rodeado el escritorio en silencio y le aplicó un golpe seco en la base del cuello que lo dejó desplomado contra la mesa, consciente pero sin fuerzas para reaccionar.

Patricia y Carolina se miraron. Las dos sonrieron con una mezcla de incredulidad y satisfacción que no pudieron disimular.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Carolina en voz baja.

Patricia se acercó a su bolso y sacó un rollo de cuerda fina que solía usar para empacar paquetes en su pequeño negocio online. Lo había metido aquella mañana sin razón aparente, casi por costumbre. La vida le estaba devolviendo aquella casualidad con una sonrisa.

—Ahora les damos la lección que llevan años mereciendo.

Entre las cuatro levantaron al tutor del suelo y lo sentaron en una de las sillas auxiliares del despacho. Andrea le sujetó las muñecas detrás del respaldo mientras Patricia anudaba la cuerda con destreza. Beatriz hizo lo mismo con Saldaña, que ya empezaba a recuperar el aliento, y Carolina remató los nudos para que ninguno pudiera moverse.

Cuando los dos hombres estuvieron asegurados, Andrea cogió una silla y se sentó frente a ellos con las piernas cruzadas, los tacones apuntando hacia las víctimas como pequeñas dagas brillantes.

—Os explico cómo va a ir esto —dijo con voz tranquila, casi didáctica—. Vais a romper ese informe. Vais a anular la expulsión. Y vais a olvidar todo lo que ha pasado en este despacho. A cambio, os soltamos y nos vamos como si nada.

Octavio intentó protestar. Apenas pudo emitir un gruñido antes de que Patricia se acercara, levantara su falda con un gesto rápido y, ante la mirada estupefacta de sus tres amigas, se quitara las bragas y las metiera dentro de la boca del tutor con dos dedos, empujándolas hasta que apenas asomaba la tela.

—Pero qué demonios, Patricia —murmuró Carolina entre la risa y el espanto.

—A mi marido le encanta cuando hago esto —respondió ella encogiéndose de hombros—. Y hoy precisamente estoy con la regla. Considéralo un castigo extra.

Octavio puso unos ojos enormes y trató de escupir la mordaza, pero no pudo. Andrea soltó una carcajada breve que se contagió a las otras tres.

Saldaña, viendo lo que le esperaba, intentó hablar.

—Esperen, esperen, podemos negociar...

Beatriz se acercó con calma. Le sujetó la cabeza por los cabellos canosos y la inclinó hacia atrás hasta que el director quedó mirando al techo.

—No estás en posición de negociar —le dijo cerca del oído—. Estás en posición de obedecer.

Carolina se quitó los zapatos despacio. Aproximó su pie descalzo hasta el rostro de Saldaña y le presionó la mejilla con la planta. El director cerró los ojos. Sentía la suavidad de la piel femenina sobre la suya, el contraste húmedo de la sudoración del día encerrado en aquellas medias, y una humillación que le quemaba por dentro más que el golpe del cuello.

—Abre la boca —ordenó Carolina con un susurro firme.

Saldaña apretó los labios. Beatriz le apretó las pelotas a través del pantalón con saña. El director abrió la boca por instinto y Carolina deslizó dos dedos del pie sobre su lengua, sin prisa, dejándolo allí mientras él temblaba.

—Bien —dijo Patricia, observando la escena—. Andrea, pasa el informe.

Andrea cogió el sobre de cartón y lo dejó sobre las piernas atadas del tutor. Sacó un bolígrafo de su bolso.

—Ya sabes lo que tienes que firmar —le dijo a Octavio, mientras le retiraba la mordaza húmeda de la boca con dos dedos—. Anulas la expulsión, escribes una nota disculpándote con los niños y firmas. Si gritas, si pides ayuda o si dices una sola palabra fuera de lugar, te ponemos las bragas otra vez. Y a Patricia le quedan muchos días de regla por delante.

Octavio asintió con la cabeza, derrotado. Andrea le desató la mano derecha, le puso el bolígrafo entre los dedos y le dictó cada palabra. Mientras escribía con el pulso temblando, Carolina seguía con su pie sobre la cara del director, ahora moviendo los dedos por su frente, su nariz, sus mejillas, marcando un territorio.

Lo estamos disfrutando demasiado, pensó Carolina, sin dejar de presionar.

—¿Habéis pensado alguna vez —dijo Patricia, paseándose por el despacho con la calma de quien organiza una clase— lo poco que cuesta perder el control? Cuántas veces nuestros hijos os han pedido un segundo de atención y vosotros les habéis castigado por moverse en clase. Cuántas veces nosotras hemos venido aquí a escuchar cómo nos hablabais con esa superioridad de funcionario aburrido. Pues hoy aprendéis vosotros lo que se siente.

Beatriz se acercó al director. Le aflojó el nudo de la corbata y se la quitó por completo. Se la pasó entre las manos como quien examina un trofeo.

—Esto me lo quedo de recuerdo —dijo, guardándosela en el bolsillo del abrigo—. Para que cada vez que la mires colgada en mi entrada, te acuerdes de quién manda.

***

Octavio terminó de firmar. Andrea revisó el documento, asintió y lo dobló cuidadosamente antes de guardarlo en su bolso.

—Bueno —dijo, cerrando el cierre con un clic—. Ahora la parte importante.

Se acercó al teléfono del despacho, lo descolgó y marcó el número de su propio móvil. Cuando este sonó dentro del bolso, dejó que sonara dos tonos antes de colgar.

—He registrado vuestros números —mintió con aplomo—. Y tengo grabada toda esta tarde en mi móvil. Si alguno de vosotros se atreve a abrir la boca con la policía, con vuestras esposas, con la inspección educativa o con quien sea, esa grabación llegará a internet antes de que termine la semana. Vuestras carreras, vuestras familias, vuestra reputación. Todo desaparece en una tarde.

Saldaña intentó hablar. Carolina retiró el pie de su cara y le permitió pronunciar tres palabras.

—No diremos nada.

—Más alto.

—No diremos nada.

—Mírame a los ojos cuando lo dices.

El director levantó la cabeza con esfuerzo. Tenía los ojos enrojecidos, el pelo revuelto, un hilo de saliva en la comisura. Carolina le sostuvo la mirada hasta que él bajó los suyos por puro instinto de sumisión.

—No diremos nada, señora.

—Muy bien —dijo Carolina—. Aprendes rápido.

Beatriz se agachó delante de Octavio. Le acercó la cara al oído y susurró algo que sus amigas no llegaron a escuchar. El tutor cerró los ojos y empezó a sollozar en silencio.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Patricia mientras volvían a recoger los bolsos.

—Le he descrito con detalle lo que pienso hacerle si vuelve a tocar a mi hijo aunque sea con la mirada —contestó Beatriz, encogiéndose de hombros—. Soy creativa cuando me enfado.

Las cuatro se miraron. Patricia comprobó que las cuerdas estuvieran lo suficientemente flojas para que pudieran liberarse en una hora, lo bastante apretadas para que les costara un buen rato. Carolina recogió sus zapatos y se los calzó con calma. Andrea guardó el bolígrafo. Beatriz se ajustó el abrigo y palpó el bolsillo con la corbata robada.

Salieron del despacho como habían entrado. En silencio. Por el pasillo de desinfectante y papel viejo. Saludaron a la conserje al cruzar la entrada y se metieron en sus coches respectivos.

Quedaron en una cafetería cercana, a tres calles del colegio. Se sentaron las cuatro juntas en una mesa del fondo, pidieron café y se miraron sin decir nada durante casi un minuto entero. Después, Andrea soltó una risa nerviosa que rompió el silencio.

—¿De verdad acabamos de hacer eso? —preguntó.

—Acabamos de hacerlo —confirmó Patricia.

—Yo todavía no me lo creo —murmuró Carolina—. Patricia, lo de las bragas...

—Nunca pensé que lo haría con un desconocido —rió ella—. Pero el cabrón se lo merecía.

—¿Y la mirada esa que le pusiste al director cuando sacaste la cuerda? —preguntó Beatriz a Patricia—. Daba miedo de verdad.

Patricia sonrió con cierta picardía y removió el café con la cucharilla.

—Soy actriz, querida. Profesora de arte dramático. Hace años que no me daban un papel tan bueno como este.

Las cuatro estallaron en una carcajada que llenó la cafetería entera. La camarera las miró con curiosidad pero no preguntó. Aquellas mujeres parecían haber estrenado algo nuevo aquella tarde, algo que no tenía nombre todavía pero que les iluminaba la cara desde dentro. Una sensación que ninguna había probado antes y que probablemente, sin decírselo en voz alta, querrían volver a probar.

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Comentarios (6)

Lola_Noche

increible!!! de lo mejor que leí en mucho tiempo

NightReader88

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas. Muy buen relato!

ElProfe88

jaja el titulo lo dice todo pero el relato supera las expectativas 😂 Muy bueno

MarisolNoche

Me recordo a algo que viví hace años, nada tan extremo jaja pero ese juego de roles me transporto. Muy bien escrito

RosaAmalia47

Que buena escritura, se nota el cuidado en cada detalle. Felicidades, de lo mejor que hay en esta categoria

DiegoRio88

El giro que da el relato me dejo con la boca abierta. Genial

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