La lugarteniente de la reina y su esclavo
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Cuando crucé su puerta con las esposas en el bolsillo, creí que tenía el control. En diez minutos estaba de rodillas y él sostenía la correa.
Querían humillarlas frente a sus hijos. No contaban con que Beatriz tenía cinturón negro, ni con que Silvia siempre llevaba cuerda en el bolso.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Cuando entró a la habitación pensaba que iba a ser otra noche más. No había visto la mochila que dejé sobre la silla, ni la cuerda asomando del cierre.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Cuando mi tía Amparo abrió la puerta del baño de golpe y me encontró espiándola, supe que mi secreto más oscuro había quedado al descubierto.
Estaba atada a la mesa cuando él se arrodilló frente a mí. No era la primera vez que pedía algo así, pero tres hombres era un nivel diferente.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Rodrigo colgaba del Pilar al borde del colapso. Valeria no podía desafiar a la Reina, pero tampoco iba a dejar morir a un hombre sano por negligencia.