El amo me enseñó a llamar al sexo por su nombre
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
El cartel prometía resultados garantizados. No decía que incluirían ataduras, descargas y un año encerrada sin poder salir. Firmé de todos modos.
Encendí la luz del salón y vi el caos de la fiesta. Fui al dormitorio buscando paz. Abrí la puerta y lo vi todo: él, desnudo, en mi cama.
Me ataron en el parque a plena luz del día y nadie pasó a ayudarme. Lo habían planeado bien, mucho mejor que yo.
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
El mensaje decía siete minutos para decidir. Sesenta y tres días para obedecer. Firmé sin releer y la persiana metálica cayó detrás de mí.
Cuando su sumisa me tapó la boca y la nariz, mi cuerpo gritó por aire. Pero algo más oscuro y prohibido despertó entre mis piernas, y ya no quise que parara.
Nadia y Sofía volvían del evento más grande del año cuando la oscuridad las reclamó. Al despertar, solo existían las cadenas y la voluntad de otro.
Llevábamos veinte años hablando por Discord. Cuando por fin quedamos, ella llegó con un vestido de látex y algo en el bolso que cambió todo.
Cuatro semanas de pruebas de sumisión y ahora la final: resistir más que la otra pareja. Sofía no pensaba pronunciar la palabra de seguridad, cueste lo que cueste.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Llevaba semanas queriendo un cuerpo solo para mí, sin caprichos ni voluntad propia. El complejo tenía exactamente lo que buscaba. Solo tenía que elegir bien.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
No había cometido ninguna falta, y él quería verla de rodillas con la bayeta en la mano. Ella lo haría, porque eso era lo que había elegido ser para él.
La primera vez que Marcos la hizo arrodillarse frente a la cámara, Valeria sintió el calor de la vergüenza quemarle las mejillas. Era exactamente lo que él buscaba.