Escalé una reja de madrugada para confesarle todo
Durante todo el trayecto, mi cabeza no paró de insultarme en silencio. Siempre estuvo fuera de tu alcance. ¿Qué ibas a conseguir? ¿De verdad creíste que te esperaba, que iba a mirarte diferente solo porque cumpliste dieciocho años? La voz era mía, pero sonaba como si viniera de otra persona, alguien que observaba la situación desde afuera con los brazos cruzados y la expresión de quien no puede creer semejante estupidez.
Llevaba más de una hora caminando. Las calles estaban húmedas y casi vacías, iluminadas apenas por la luz anaranjada de los faroles. Cada vez que pasaba frente a un callejón oscuro aceleraba el paso, no porque tuviera miedo, sino porque si me detenía a pensar demasiado, daba vuelta y regresaba a casa. Y no podía hacer eso. No todavía.
El borde de mis zapatos había rozado mis talones durante tanto tiempo que ya no distinguía entre el cuero y la piel en carne viva. Las medias se habían agujerado a la altura del talón y cada paso era un pinchazo pequeño y constante. Caminaba de todas formas. Me dije que era la última vez. Que después de esa noche cerraría ese capítulo, lo guardaría en una caja y lo enterraría tan hondo que ni yo misma pudiera encontrarlo.
Lo que no me dije es que no tenía ningún plan concreto para cuando llegara.
***
El señor Herrera vivía en un condominio cerrado al que se accedía por una caseta con guardia. Lo sabía porque había estado ahí decenas de veces a lo largo de los años, siempre acompañando a Valeria, siempre con una razón legítima para entrar. Esa noche no tenía ninguna.
El guardia me miró como si hubiera bajado de otro planeta.
—¿A qué vivienda se dirige, señorita?
Balbucí. Dije el número incorrecto y luego lo corregí, lo que empeoró todo. Cuando el hombre giró para tomar el teléfono, aproveché el segundo de distracción y me alejé de la caseta lo más rápido que pude sin correr.
Me quedé en la acera de enfrente, mirando el enrejado desde la oscuridad. La reja era alta, de hierro, con plantas trepadoras que subían por los laterales. En mi estado normal, no habría considerado siquiera la posibilidad. Pero esa noche no estaba en mi estado normal. Antes de salir de casa había bebido algo del armario de mi madre, no sé exactamente qué ni cuánto, lo suficiente para que las cosas se movieran un poco más despacio de lo que deberían.
Usé las plantas como escalera. Subí con más torpeza de lo normal, sintiendo el metal frío entre los dedos, el vestido enganchándose a cada momento. En la cima había una cámara que no había visto desde abajo. Apuntaba directamente hacia mí.
Escuché los gritos del guardia antes de decidir qué hacer.
Salté.
No fue elegante. Aterricé de costado sobre un arbusto que resultó ser mucho menos mullido de lo que esperaba. Las ramas se me enterraron en los brazos, algo me pinchó en el muslo derecho, y el vestido se desgarró en varios puntos antes de que pudiera incorporarme. Me puse de pie con un dolor sordo en el cóccix y corrí.
Las luces de movimiento se encendieron a mi paso. Los perros de alguna casa ladraron. Salté una valla baja, esquivé por poco una piscina, caí dos veces sobre el césped mojado. Corrí hasta que reconocí la puerta de la casa que buscaba y entonces presioné el timbre sin parar, una y otra vez, con la respiración todavía sin ordenarse.
El guardia me alcanzó antes de que abrieran.
Era un hombre grande, con las manos enormes y una expresión que no admitía negociaciones. Me tomó del antebrazo con la firmeza de quien lleva años haciendo ese trabajo y no tiene ninguna intención de ceder. Jalé en la dirección contraria con todo el peso de mi cuerpo, arrastrando los zapatos sobre los adoquines del patio. Creo que grité algo. No recuerdo exactamente qué.
Entonces la puerta se abrió.
Primero vi la luz del interior. Luego vi a una mujer. Era madura, bien vestida, con el pelo recogido y una expresión que pasó de la sorpresa al disgusto en menos de dos segundos. Miré el número de la casa. Era el correcto. Me quedé inmóvil.
Detrás de ella apareció él.
El señor Herrera llegó empujando suavemente a la mujer hacia un costado para ver qué pasaba. Cuando me vio, algo cruzó su cara. No era enojo todavía. Era esa expresión de quien acaba de darse cuenta de que la situación es mucho más complicada de lo que parecía.
***
Llegó la policía. No sé quién llamó. Recuerdo las luces giratorias azules y rojas reflejándose en los charcos del pavimento, y el camino hacia el patrullero como la marcha más larga y humillante de mi vida. Los vecinos miraban desde sus puertas en pijama. Algunos murmuraban. Todos me miraban a mí.
Dentro del vehículo, un oficial me cuestionó con la paciencia agotada.
—¿Conoces a ese hombre?
Asentí.
—¿Venías a ver a su hija?
Volví a asentir, aunque no era del todo verdad.
—¿Sabes qué hora es? ¿Sabes el susto que le diste a todo el condominio?
No respondí. Tenía los ojos fijos en el señor Herrera, que discutía con otro oficial a unos metros. Gesticulaba con la calma tensa de alguien que contiene mucho más de lo que muestra. Finalmente el oficial abrió la puerta del patrullero de un golpe brusco.
—Bájate. Él se hace cargo de ti. Lárgate antes de que me arrepienta.
***
No me atreví a mirarlo cuando me acerqué. Sentí su mano en mi nuca, una presión firme pero sin brutalidad, y así me guió entre los vecinos que todavía no se habían retirado a sus casas. Nadie dijo nada. Él tampoco.
Cuando cerró la puerta detrás de nosotros, la mujer estaba en la sala con los brazos cruzados. Me miró de arriba abajo con una expresión que no necesitaba palabras.
—Siéntate —me dijo él, señalando el sofá—. Ya vuelvo.
Se fueron a la cocina. Yo me senté y retorcí mis propios dedos hasta hacerlos crujir, con los ojos clavados en el suelo. Podía oírlos murmurar. No las palabras exactas, pero sí el tono. Ella estaba furiosa. Él intentaba mantener la voz baja.
—¿Qué hace esa chica aquí? ¿Quién es? —alcancé a oír.
—Es amiga de Valeria.
—¿La amiga de tu hija? ¿A estas horas, sola, en ese estado?
—La situación en su casa es complicada, Claudia. No puedo simplemente echarla.
—¡Llama a sus padres, Luis! ¡No es tu problema!
—Déjame atenderla primero.
—¿Le vas a dar prioridad a esa niña en lugar de quedarte conmigo esta noche? ¿En serio?
—Claudia...
—Como quieras. Eres un idiota, pero como quieras.
El portazo resonó en toda la casa. Yo no me moví.
***
Cuando regresó, traía un botiquín en la mano. Se arrodilló frente a mí sin decir nada durante un momento, observándome con esa expresión entre el agotamiento y la preocupación que yo había visto en su cara incontables veces, pero nunca dirigida hacia mí de esa manera.
—Quítate las medias —dijo en tono neutro, poniéndose guantes de látex.
Obedecí. Tenía heridas en las piernas que no había notado mientras corría. Él las revisó con calma, limpiando cada una con gasa y antiséptico, presionando los bordes para asegurarse de que no quedara suciedad. Sus manos eran cuidadosas, precisas. Yo intentaba mirar el techo.
—Tiéndete boca arriba.
Me recosté en el sofá. Sus manos avanzaban despacio por mis piernas, aplicando parches, revisando cada corte. El tacto era imposible de ignorar. No era nada indebido, era exactamente lo que parecía, pero el simple contacto de sus dedos en mi piel me hacía difícil mantener la respiración regular.
—¿Ahora sí me vas a decir qué estabas pensando? —preguntó sin levantar la vista de su trabajo.
No respondí.
—Date la vuelta.
Me puse boca abajo. Las heridas en la parte posterior eran peores: más profundas, más cercanas a los muslos. Sus manos subieron poco a poco, con precisión clínica, sin prisa ni vacilación. Cuando llegó al límite se detuvo.
—¿Tienes más arriba?
Sentía claramente que sí. Un dolor punzante en el glúteo derecho que había ignorado desde la caída. Pero algo en mí no pudo decirlo en voz alta.
—No estoy segura.
—Tócate y dime si duele.
Lo hice. La punzada fue inmediata. Aun así tardé en responder.
—A ver, déjame revisar —dijo.
Casi no pude respirar.
Levantó el vestido con una naturalidad que me resultó todavía más desconcertante que si hubiera dudado. Revisó la herida en silencio, desinfectó, cubrió. Luego bajó el vestido y se puso de pie.
—Caíste feo. Tienes un moretón importante en la espalda baja. —Hizo una pausa—. ¿Qué bebiste?
—Un licor de mi madre. No sé cuánto.
Exhaló por la nariz. No era exactamente enojo. Era algo más parecido al cansancio mezclado con la resignación de alguien que ha visto demasiadas cosas.
—¿Qué estabas pensando, en serio? Caminaste kilómetros. De madrugada. Sola. Por zonas que no son seguras ni de día. —Se sentó en el borde del sofá—. Tuviste mucha suerte de que no te pasara nada peor.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. O lo sabes y te importó poco. Que es peor.
Me senté despacio. Las heridas ardían, pero era un dolor manejable. Lo que no era manejable era lo que sentía en el pecho cada vez que él hablaba.
—¿Y qué era tan urgente? ¿Por qué tenías que verme esta noche?
Dilo. Dilo de una vez y termina con esto de una maldita vez.
—Yo... —Empecé tres veces. Las tres me detuve en la misma sílaba.
—¿Qué te pasa? Estás temblando. Mírate. —Se acercó un poco—. Habla, por favor.
Cerré los ojos. Todo daba vueltas a mi alrededor de una manera que no tenía que ver solo con el alcohol. Intenté ordenar las palabras en mi cabeza, elegir alguna combinación que sonara menos ridícula. Ninguna lo era.
—Siento cosas por usted, señor Herrera.
Silencio.
No abrí los ojos. No quería ver su expresión. Me bastaba el silencio para saber que había dicho exactamente lo que había dicho, sin ambigüedades, sin posibilidad de retractarme.
—¿En un sentido... romántico? —preguntó despacio, eligiendo cada palabra con cuidado.
Abrí los ojos y lo miré. Asentí.
—Hija, la cabeza a tu edad puede jugarte malas pasadas. A veces confundimos el afecto con otra cosa. Tal vez estás...—
Negué con la cabeza antes de que terminara. Las lágrimas ya resbalaban solas, sin que yo hubiera decidido nada al respecto.
Soltó un suspiro profundo y se apretó el puente de la nariz entre el pulgar y el índice.
—No es posible, hija.
—Ya lo sé —pude decir esa vez.
Posó su mano sobre la mía. Permanecieron así, quietas, sobre mi rodilla.
—Hay personas más acordes para ti. De tu edad, con tu energía. Solo hace falta que las veas.
No podía más. El llanto se soltó sin aviso, de esos que no tienen remedio ni dignidad. Él acercó su mano a mi nuca y me llevó hacia su pecho sin decir nada. Lo abracé. Apoyé la frente contra su camisa y lloré durante un buen rato.
—Tranquila —me susurró—. Está bien. Así tienen que ser las cosas.
—¿Por qué? —alcancé a decir entre sollozos.
—Porque soy una persona demasiado complicada y tú estás empezando. Te mereces algo que no sea difícil desde el principio.
Me recosté con él en el sofá sin que ninguno dijera nada durante un rato. Su brazo rodeaba mis hombros. Su mano me daba palmadas suaves en la espalda, como si yo fuera algo frágil que no quería terminar de romper.
—Lo amo —dije al final, con la voz apagada, enterrada en su camisa.
—No sigas, por favor.
—Necesito saber si estoy loca. Si todo esto fue solo en mi cabeza. —Levanté la vista—. Dígame que no me abrió su puerta solo por lástima. Que hay algo, aunque sea muy pequeño. Dígamelo. No puedo más con no saber.
Larga pausa. Sus ojos, que yo conocía tan bien desde hacía años, estaban aguados.
—No —dijo al fin.
El silencio fue total. Incluso el llanto se detuvo de golpe.
—No te equivocas.
Respiré.
—Sí siento algo. Hace tiempo que lo siento. —Otra pausa, más larga—. Pero eso no cambia que sea imposible.
Lo abracé con toda la fuerza que me quedaba. No me importó nada más. Ni la diferencia de edad, ni la mujer que se había ido dando un portazo, ni los guardas, ni el patrullero, ni los vecinos en pijama que nos miraron caminar juntos por el patio. Solo me importó ese momento y el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, había dicho exactamente lo que sentía y el mundo no se había terminado.
—Hija, no me hagas esto —susurró. Sus ojos ya no podían ocultar nada.
Alcé la mano y acaricié su mejilla. Él no la retiró.
—Es imposible —repitió, con la voz completamente rota.
Sonreí. Seguía siendo imposible. Pero ya no me dolía igual que antes.