Lo que no conté de ese año nuevo en la quinta
Llevan meses conmigo estos recuerdos y por fin me siento con ganas de escribirlos. Los fines de semana tranquilos, cuando tengo la casa para mí y el mate se puede tomar despacio, son el único momento en que me permito volver a ellos.
Cuando terminé mi relación de siete años no esperaba recuperarme rápido. Me equivoqué. A los dos meses de firmar los papeles algo dentro de mí se destrabó, como si hubiera pasado años respirando a la mitad de mi capacidad y de repente los pulmones se expandieran del todo. Empecé a ir al gimnasio con una constancia que antes no tenía. Empecé a aceptar invitaciones que antes habría declinado, a mirarme en el espejo sin ese cansancio acumulado que antes veía en mis ojos. Mi cuerpo cambió. Mi actitud también. Y cambié la forma en que me relacionaba con el deseo: sin disculparme, sin justificarme, sin el peso de lo que se supone que debe hacer una mujer de mi edad.
Ese año nuevo no tenía un plan claro. Con mi ex habíamos acordado que navidad era con los chicos, y el 31 para él. Me quedé sin destino fijo. Entonces apareció la invitación: una quinta en General Rodríguez, a setenta kilómetros de la ciudad, con un grupo grande de conocidos de amigos. Ese tipo de noche donde nadie se conoce demasiado pero todos terminan abrazándose a las cuatro de la mañana.
Nos pasó a buscar Nicolás, un chico que conocía de vista a través del grupo. No era lo que llamaría atractivo, pero tenía esa energía de la gente alegre que hace más liviano cualquier viaje largo. Tenía buen olor también, uno de esos aromas que quedan flotando en el aire del auto durante horas. Paramos a buscar a otra pareja y arrancamos por la ruta hacia el campo.
En la quinta había luces colgadas entre los árboles, mesas largas con comida, música desde el principio. Me fui orientando entre caras nuevas cuando, cerca de la pileta, noté a un grupo de chicos que se diferenciaban del resto. Uno en particular tenía algo que me detuvo: Lucas. Alto, relajado, con esa expresión de quien no necesita demostrarle nada a nadie. No era el más guapo del lugar, pero tenía una calidad de atención al hablar que hacía tiempo que no encontraba.
No tardó en acercarse. Alguien del grupo le había comentado que yo acababa de separarme, esas cosas siempre se saben, y supongo que eso le dio pie para la charla. Empezamos hablando de viajes, de música, de esa rareza de encontrar gustos similares en una reunión donde uno llega sin conocer a casi nadie.
En la cena nos sentamos juntos sin que ninguno lo propusiera de manera explícita. Compartí con él dos copas de vino, más de lo que suelo tomar, y sentí cómo el cuerpo se me aflojaba de una manera agradable. La noche estaba cálida. Desde el campo el cielo tenía esa claridad que la ciudad no permite. Me sentía bien de una forma muy concreta: presente, liviana, sin ese ruido de fondo que a veces no sé que llevo encima hasta que desaparece.
Pasada la medianoche, después del brindis y de mucho baile, me senté en una reposera a descansar. Me había sacado los zapatos. Lucas apareció y se acomodó frente a mí con esa calma que lo caracterizaba.
—¿Querés que te dé un masaje en los pies? —preguntó, como si fuera la propuesta más natural del mundo.
Dije que sí. Sus manos eran grandes y sabían lo que hacían. Mientras hablábamos de cualquier cosa, sus dedos fueron subiendo lentamente por mis pantorrillas. Cuando llegó a las rodillas le pedí que me hiciera los hombros, más para ver qué pasaba que porque me doliera algo. Se levantó, se paró detrás de mí y trabajó durante unos minutos el nudo que tenía entre los omóplatos. Podía sentir la intención en cada movimiento de sus manos. No me resultó desagradable en absoluto.
***
Alrededor de las tres de la mañana salimos en grupo hacia un bar que había a pocas cuadras de la quinta. Era un lugar chico y estaba completamente lleno. Nos apretujamos donde pudimos.
Lucas y yo terminamos pegados en un rincón, de pie, sin haberlo planificado. El calor dentro del local era denso, de mucha gente en poco espacio. Cada vez que alguien pasaba empujando, él ponía la mano en mi cintura para que no me movieran, y esa mano fue quedando ahí. Bajó a la cadera. Su rodilla se coló entre las mías sin que ninguno hiciera un movimiento brusco. Yo apoyé la palma en su muslo y él no se apartó.
Pensé que si alguien del grupo nos miraba en ese momento iba a entender exactamente qué estaba pasando entre nosotros.
El calor, el vino, la acumulación de todo lo que habíamos estado conteniendo durante horas me tenían al límite. Nos miramos al mismo tiempo, y sin ponernos de acuerdo dijimos algo parecido: necesito tomar aire.
Salimos solos.
Afuera el campo tenía esa temperatura tibia del verano que de noche se vuelve soportable. Caminamos media cuadra, doblamos en una esquina sin iluminación y nos detuvimos junto a una pared baja, en el primer lugar oscuro que encontramos.
Lo besé yo. O él me besó a mí. No recuerdo exactamente los últimos centímetros. Sí recuerdo que sus manos tenían una seguridad que me desarmó por completo: una en mi pelo, otra en la curva baja de mi espalda. Sus labios eran firmes y cálidos. Nos besamos durante varios minutos sin que ninguno quisiera interrumpir eso. Sentí su cuerpo contra el mío y supe con claridad lo que quería.
Era una decisión sencilla y honesta. Nada que justificar.
Fuimos a su auto. Condujo una cuadra y estacionó en la entrada oscura de una propiedad con el portón cerrado. Antes de que apagara el motor yo ya tenía las manos en su pantalón.
Lo exploré primero con las manos, después con la boca. Lo tomé despacio, disfrutando de la forma en que su respiración cambiaba cuando yo ajustaba el ritmo, de la presión de sus dedos en mi pelo cuando apretaba sin forzar. Tenía el cuerpo trabajado y olía bien incluso después de horas de fiesta, ese tipo de detalle que en la práctica importa mucho.
Cuando noté que estaba cerca lo paré. Me incorporé y lo miré. Él sacó un preservativo y yo me senté sobre él de costado, con la espalda hacia el parabrisas y las piernas dobladas sobre el asiento. Estaba tan húmeda que entró completamente de una sola vez, lento y sin forcejeo.
Me detuve un segundo. Solo para sentirlo.
Después empecé a moverme.
Él tenía las manos en mis caderas, marcando el ritmo sin apurarlo. Mi vestido blanco estaba subido hasta la cintura. El calor dentro del auto era sofocante pero ninguno de los dos pensó en bajar una ventanilla. Me incliné hacia adelante y él buscó mi boca, besándome profundo mientras yo seguía moviéndome sobre él. Sentí sus músculos tensarse, las manos apretarse en mis caderas, y unos segundos después lo confirmé.
Nos quedamos quietos y en silencio durante un minuto largo.
***
Volvimos al bar. El grupo seguía ahí. Nadie preguntó nada, aunque algunas miradas lo dijeron todo. Poco antes del amanecer regresamos caminando a la quinta.
El día siguiente fue almuerzo y mucha pileta y esa complicidad silenciosa que tienen dos personas que comparten un secreto reciente. Lucas llegó al mediodía. Cada vez que se acercaba en el agua, que rozaba mi brazo con cualquier pretexto, yo sentía el eco de la noche anterior. Sus ojos me buscaban a través del grupo y los míos siempre lo encontraban.
A media tarde, Nicolás se volvió a la ciudad. Lucas y yo habíamos coordinado que él me llevaría de regreso más tarde. Me quedé con el grupo un rato más y cuando finalmente nos despedimos de todos y arrancamos, el silencio del auto era de ese tipo que no necesita llenarse.
Habíamos hablado de cenar algo cuando llegáramos a su casa.
No llegamos a la cocina.
Su departamento tenía una sala chica con ventanas a la calle y una terraza con pileta en el fondo. Nos quedamos en el sofá de la entrada, todavía con la ropa del día, y fue como retomar exactamente donde lo habíamos dejado la noche anterior. Solo que esta vez sin el apuro, sin la penumbra, sin la adrenalina de saber que cualquiera podía vernos. Teníamos tiempo y lo usamos bien.
Cogimos durante mucho tiempo. En el sofá, después en el dormitorio, después de vuelta en la sala. Me vine varias veces. Lucas tenía esa paciencia que no es pasividad sino una forma sofisticada de atención: sabía exactamente cuándo mantener el ritmo y cuándo frenarlo, cuándo profundizar y cuándo retroceder. Cuando yo le decía lo que quería él lo hacía sin convertirlo en algo complicado.
Hacía años que no estaba tan dentro de mi propio cuerpo.
Cuando los dos necesitamos bajar la temperatura nos fuimos a la pileta. Era ya de noche y el agua estaba tibia. El cielo sobre la terraza tenía algunas estrellas. Nos quedamos flotando en silencio durante un rato, después abrazados en el escalón más bajo, donde el agua llegaba a la cintura.
Ahí, con su cuerpo detrás del mío y el agua como algo que nos separaba del resto del mundo, Lucas me preguntó algo al oído. Lo había estado sugiriendo desde que llegamos, con las manos, con el modo en que se movía cerca de mí, pero lo preguntó con palabras y esperó la respuesta.
Dije que sí.
Fue lo más despacio que habíamos tenido hasta ese momento. El agua ayudaba, mi cuerpo estaba completamente relajado, y él no tenía ningún apuro. Nos quedamos así mucho tiempo, conectados, con el agua a la cintura y la noche encima. Sus brazos me rodeaban por delante, sus manos me tocaban al mismo tiempo que lo sentía dentro, y me hablaba muy bajo cerca del oído, palabras que no recuerdo pero que entonces hacían que quisiera quedarme ahí para siempre.
Me vine varias veces seguidas, sin interrupciones entre una y otra. Era la primera vez que me pasaba de esa forma, con esa combinación específica de sensaciones. Cuando él terminó nos quedamos quietos en el agua durante un rato largo.
Después floté boca arriba mirando el cielo. Ninguno habló durante varios minutos. No hacía falta.
Me llevó a casa cerca de las cuatro de la mañana. Me dejó en la puerta con un beso corto y sin promesas en la mirada. Había algo honesto en eso que agradecí más que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.
No volvimos a estar juntos, por esa cosa que tienen los calendarios y las distancias y las vidas que no siempre encuentran el momento. Pero sé que en algún punto va a pasar de nuevo. Y lo espero con la misma calma con que aprendí a esperar todo lo que realmente vale la pena.