La apuesta que perdí esa tarde en la bodega
Trabajé casi dos años en la distribuidora donde mi marido era encargado de logística. No fue idea mía entrar ahí; cuando el puesto quedó libre, él lo mencionó una noche en la cena y yo asentí sin pensar demasiado. Así de sencillo fue meterme en ese lío.
Mi trabajo consistía en registrar entradas y salidas de mercancía. Cada camión que llegaba pasaba primero por la báscula de pesaje, en el extremo del patio de carga, donde yo tomaba los datos, firmaba los albaranes y actualizaba el sistema. Tenía una pequeña oficina en ese punto, un cuarto largo y estrecho con una ventana que daba directo a la plataforma. No era glamoroso, pero era mío.
El problema empezó con los jefes.
La empresa tenía dos directores regionales que venían a hacer inspecciones una o dos veces por semana. Uno se llamaba Acosta —un tipo de unos cincuenta años, manos siempre húmedas y una sonrisa que me ponía los pelos de punta. El otro era Rodrigo, más joven, de unos cuarenta, callado, con esa costumbre de mirarte como si supiera exactamente lo que estabas pensando.
Acosta era el problema inmediato. Mi oficina era tan angosta que cuando alguien pasaba detrás del escritorio, el espacio apenas alcanzaba para dos personas. Él lo aprovechaba cada vez que podía. Siempre encontraba un pretexto para cruzar ese pasillo y rozarme —la cadera, el hombro, una vez directamente las nalgas, con un «perdón, qué pequeño está esto aquí» que no engañaba a nadie. Yo me enojaba. Le decía que tuviera cuidado. Él sonreía.
Mi marido sabía que Acosta era un pesado, pero lo toleraba porque era su superior directo. Yo también aprendí a tolerarlo, más o menos. Lo que no esperaba era lo que terminaría pasando con Rodrigo.
***
Rodrigo era diferente. No era de los que te tocaban sin permiso ni de los que hacían comentarios que ponían incómoda a una. Pero tampoco era inocente. Tenía esa costumbre de hacerte preguntas que empezaban siendo normales y terminaban siendo otra cosa. ¿Estás contenta aquí? ¿Te aburres durante las esperas? ¿Qué haces cuando no hay camiones?
Un día me preguntó, con toda la calma del mundo, si alguna vez había fantaseado con alguien del trabajo.
Le dije que no.
—Mientes —respondió, sin apartar la vista de los papeles que tenía en la mano.
No me molesté en discutir. La verdad era que llevaba semanas imaginándome su polla, y no de una manera vaga: me la imaginaba dura, gruesa, entrándome despacio mientras él me miraba con esa cara de saberlo todo.
Los retos empezaron casi sin que me diera cuenta. Apuestas tontas al principio: a ver quién adivinaba cuántos bultos traía un camión, a ver si el peso coincidía con el manifiesto. Él ganaba más veces de las que perdía, y cuando ganaba, cobraba en pequeñas incomodidades —una pregunta comprometida que yo tenía que responder, un momento de silencio que alargaba hasta que yo miraba hacia otro lado primero. Cuando perdía, simplemente sonreía y decía que la próxima era suya.
Era un juego. Yo lo sabía. Y seguí jugando de todas formas, con el coño húmedo cada vez que él entraba a la oficina.
***
El día que cambió todo empezó de manera completamente ordinaria.
Mi marido amaneció con fiebre y se quedó en casa. Llamó a la oficina para avisar y me pidió que yo manejara sola la jornada. Llegué a las siete, como siempre, abrí el sistema y esperé el primer camión.
Rodrigo llegó a las siete y cuarto.
No era su día de inspección habitual, pero tampoco era raro que apareciera cuando había algo que revisar. Se sentó en la silla frente a mi escritorio como si fuera la cosa más natural del mundo, sacó el teléfono para revisar mensajes y me preguntó cómo estaba.
—Bien —dije—. ¿Viene alguien más hoy?
—No —respondió—. Acosta está en otra visita. Somos nosotros dos.
Hubo un silencio que duró lo suficiente para que ambos lo notáramos.
La mañana transcurrió con los camiones de siempre, los registros de siempre, las firmas de siempre. Rodrigo estuvo presente todo el tiempo, a veces revisando documentos, a veces simplemente ahí. Hablamos de cosas sin importancia. Pero en algún punto, sin que pudiera señalar exactamente cuándo, la conversación cambió de registro.
—¿Nunca te has preguntado qué pasaría si perdieras una apuesta de verdad? —me dijo.
Yo levanté la vista del teclado.
—¿Una apuesta de verdad cómo?
Lo explicó despacio, como si hubiera estado pensándolo desde hacía tiempo. Si el peso del siguiente camión caía dentro de un rango específico que él iba a predecir, yo tenía que hacer lo que él me pidiera. Si fallaba, él hacía lo que yo dijera.
Era una estupidez. Era exactamente el tipo de cosa que no debía aceptar.
—Está bien —dije.
Rodrigo sonrió. Fue la primera vez que lo vi sonreír de verdad.
El camión llegó veinte minutos después. La báscula marcó exactamente el número que él había predicho.
Me quedé mirando la pantalla un momento, procesando lo que acababa de pasar.
—¿Y bien? —dijo él desde detrás de mí.
Me levanté para ir a recoger los papeles del conductor. Cuando volví y me senté, noté que algo había cambiado en la forma en que él me miraba. No era la mirada de siempre. Era algo más abierto, más directo, como si la apuesta hubiera levantado una barrera que llevaba meses en pie.
—Voy por comida —dijo—. Para los dos. Quince minutos.
Y salió.
***
Me quedé sola con el zumbido del ventilador del ordenador y un pensamiento que no me abandonaba: yo quería que él ganara.
No desde ese día. Desde hacía semanas, tal vez desde que empezamos con los retos y las preguntas y esa forma suya de mirarme como si supiera exactamente lo que estaba pensando. Nunca lo había admitido, ni siquiera a mí misma, pero ahí estaba yo, sola en esa oficina estrecha, con las bragas ya mojadas de sólo pensar en lo que se venía, y ya no había manera de ignorarlo.
Cuando escuché sus pasos en el pasillo exterior, me puse de pie. No sé por qué exactamente. Una parte de mí quería estar de pie cuando él entrara.
Dejó las bolsas sobre el escritorio sin decir nada. Me miró. Yo lo miré.
Y lo besé yo primero.
Fue un beso rápido al principio, casi torpe, los dos con la boca cerrada durante medio segundo antes de que todo lo demás se soltara. Él dejó las bolsas, puso las manos en mi cara, metió la lengua hasta el fondo de mi boca, y el beso se volvió algo completamente distinto. Una de sus manos bajó por mi cuello, mi pecho, y me apretó una teta por encima de la blusa como si llevara meses queriendo hacerlo.
—Follame —le dije en la boca—. Ya. No aguanto más.
—Vas a aguantar todo lo que yo quiera —me contestó, y su voz era distinta también, más grave, más sucia.
Nos movimos hacia el rincón de la oficina donde no había ventanas. Me arrancó la blusa botón por botón, sin prisa pero sin dudar, y cuando el sostén cayó al suelo me chupó los pezones uno detrás del otro, mordiéndolos apenas, tirando con los dientes hasta que se me escapó un gemido que traté de ahogar tapándome la boca. Él me apartó la mano.
—Nadie te oye. Grita si te da la gana.
Me subió la falda hasta la cintura y me metió la mano dentro de las bragas. Le corrí los dedos por el coño en dos segundos.
—Joder, estás empapada —dijo, medio riéndose—. ¿Desde cuándo así?
—Desde la báscula. Desde antes.
Me metió dos dedos de golpe y yo eché la cabeza para atrás contra la pared. Me los movía adentro despacio, buscando, hasta que dio con el punto exacto y empezó a golpearme ahí con el pulgar en el clítoris al mismo tiempo. Me corrí la primera vez de pie, con las bragas todavía a medio bajar, mordiéndome el puño para no gritar demasiado, temblando contra su mano mientras él me susurraba al oído que así, que eso quería, que me la iba a follar todo el día.
Cuando me pude sostener, me arrodillé. No me lo pidió. Me arrodillé yo porque necesitaba verle la polla, tenerla en la boca, saber cómo era. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón, y me la encontré de frente: dura, gruesa, con una vena marcada por debajo y la punta ya brillando de líquido. Más grande de lo que me la había imaginado, y eso que me la había imaginado mucho.
Se la agarré con las dos manos y le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, chupándole con ganas, mirándolo hacia arriba. Le metí la cabeza entera en la boca y la fui bajando despacio, apretando los labios, hasta que me tocó la garganta y tuve que parar. Él me puso las dos manos en la nuca, sin empujar, sólo sujetándome.
—Toda —me dijo—. Sé que puedes.
Respiré por la nariz y volví a bajar, tragándomela hasta el final, con lágrimas saliéndome de los ojos y saliva chorreándome por la barbilla. Se la mamé así un rato largo, con arcadas y ruidos guarros, dejándome la garganta destrozada, mientras él me sujetaba el pelo y me decía cosas al oído que ni un actor porno se atrevería a decir. Cuando la sacó, tenía toda mi baba pegada.
—Levántate. Boca abajo sobre el escritorio.
Me arranqué las bragas yo misma. Me tumbé sobre los papeles, con las tetas aplastadas contra la madera fría y el culo levantado. Él se puso detrás. Sentí la punta de su polla pasearme entre los labios del coño, mojándose, arriba y abajo, rozándome el clítoris a cada pasada.
—Métemela —le supliqué—. Por favor.
Y me la metió. De una sola embestida, hasta el fondo. Grité contra el escritorio y él se quedó quieto un segundo, dejándome sentir cómo se la tragaba entera, cómo me llenaba de una manera que mi marido no me había llenado nunca. Después empezó a moverse. Al principio despacio, sacándomela casi entera y volviendo a clavármela, midiendo cada golpe. Yo le sentía el peso de los huevos chocándome cada vez.
—Más fuerte —le pedí—. Fóllame más fuerte.
Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme en serio. El escritorio empezó a moverse contra la pared, el ordenador se sacudía, y a mí ya no me importaba nada. Le pedía más, le pedía todo, le decía que se corriera dentro, que me hiciera lo que quisiera. Él me dio una palmada en el culo, fuerte, y luego otra, y otra, y me la seguía metiendo sin parar.
Me corrí una segunda vez con él dentro, apretándole la polla con el coño en espasmos que no podía controlar. Rodrigo aguantó. La sacó, brillante de mis flujos, y me la volvió a meter con las piernas más abiertas, buscando otro ángulo. Cambiamos: me tumbó de espaldas sobre el escritorio, me subió las piernas a sus hombros, y desde ahí me la clavaba doblada por la mitad, mirándome a la cara mientras yo apretaba los dientes.
—Mírame cuando te corras —me ordenó—. Quiero verte.
Me corrí así, con él encima, con los ojos clavados en los suyos, gimiéndole el nombre en voz baja. Y entonces él se salió, se colocó sobre mi cara y se corrió a chorros en mi boca, en mis labios, en el cuello. Le tragué todo lo que me cabía y me lamí lo que se me escapó por la barbilla con dos dedos. Semen espeso, salado, mucho, como si llevara meses guardándolo.
Y ni siquiera habíamos terminado. La intensidad de todo me recorrió en oleadas repetidas durante horas, y cada vez que creía que habíamos llegado al final, encontrábamos otro comienzo. Me la mamó él a mí después, arrodillado entre mis piernas encima de la silla, chupándome el clítoris y metiéndome la lengua hasta que me corrí en su boca. Me la volvió a poner dura pasándomela por las tetas, restregándomela contra los pezones, y me la volví a meter en el coño montada encima de él, cabalgándolo mientras él me manoseaba el culo y me metía un dedo por atrás para prepararme.
Porque sí, esa también me la pidió, y esa también se la di.
***
A las cinco de la tarde llegó el último camión del día.
Yo salí a atenderlo. Sin sostén, con la ropa apenas puesta, con el coño ardiendo y el culo dolorido, sintiéndome completamente expuesta aunque nadie pudiera saberlo. Recogí los documentos del conductor con las manos que me temblaban un poco y le dije que esperara mientras yo revisaba los registros en el sistema.
Rodrigo entró detrás de mí antes de que yo llegara al teclado.
Mientras yo capturaba los datos, él me levantó la falda por atrás, me apartó las bragas a un lado y me la volvió a meter en el coño, ahí de pie contra el escritorio, con las manos en mis caderas y sin apresurarse. Yo seguí tecleando. El conductor esperaba afuera junto al camión, a diez metros, del otro lado de la pared. Rodrigo me follaba despacio, cada embestida entrando entera, tapándome la boca con una mano cuando se me escapaba algún ruido. La pantalla parpadeó con los números del último registro del día y yo firmé el albarán con él todavía dentro. Se salió justo antes de que yo saliera a entregárselo al conductor, y noté cómo un hilo caliente de su semen empezaba a bajarme por el muslo mientras cruzaba el patio.
Cuando el camión se fue y el portón quedó cerrado, nos quedamos en silencio un momento.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí —respondí. Y era completamente cierto.
***
Me llevó a casa en su coche. El trayecto duró unos veinte minutos y ninguno de los dos habló apenas. Cuando paró frente a mi edificio, yo estaba buscando las llaves en el bolso cuando sentí su mano en mi rodilla.
No sé cómo explicar lo que siguió sin que suene a una locura. El portal estaba a diez metros y lo que pasó junto al coche duró otros veinte minutos más. Salimos, me llevó al lado de la puerta trasera, me giró de cara contra la chapa y me subió la falda otra vez. Esta vez no había prisa. Me pasó la polla por el coño hasta que se puso dura del todo, y después me la metió por detrás. Despacio. Centímetro a centímetro, dándome tiempo, esperándome, con un dedo en el clítoris para que me relajara. Cuando ya la tenía toda dentro, empezó a moverse con la calma de un hombre que sabe que tiene lo que quería.
Me follaba el culo apoyada contra su coche, en la calle, con los tacones raspando el asfalto y las tetas aplastadas contra el metal frío. Se corrió dentro, apretándome contra el vehículo, mordiéndome el cuello por debajo del pelo. Cuando terminó yo olía a todo lo que habíamos hecho durante esas horas. Completamente llena, por dentro y por detrás, con la ropa interior empapada de semen y flujos, con el culo goteándome mientras me acomodaba la falda, y un calor en el cuerpo que no cedía.
Era de noche cuando por fin entré al ascensor.
Abrí la puerta de casa esperando que mi marido estuviera dormido.
No estaba.
—Ya llegué —dije desde la entrada—. ¿Cómo estás?
—Mejor —dijo desde el sofá—. ¿Todo bien en el trabajo?
—Sí, un día normal.
Me metí al baño antes de que encendiera más luces. Abrí el agua caliente, me quité la ropa —las bragas eran un desastre, pegajosas, con las marcas de todo—, y me quedé bajo el chorro un rato largo, viendo cómo el agua se llevaba los restos de Rodrigo por el desagüe. Cuando oí que la puerta del baño se abría, no me sorprendí.
—¿Puedo? —preguntó él.
—Entra.
Mi marido tiene ese instinto que tienen algunos hombres de notar cuándo una mujer ha estado activa. Me miró con esa expresión que conozco bien y preguntó si yo había estado pensando en él durante el día.
—Todo el día —mentí.
Le dije que me había distraído un rato sola en la oficina, que lo echaba de menos, que me había tocado pensando en él. Él se lo creyó, o decidió creerlo, que a veces es lo mismo. Se metió en la ducha detrás de mí, me pegó a los azulejos y me buscó la boca. Se le puso dura enseguida y me la metió ahí mismo, de pie, contra la pared, sin saber que le estaba entrando por donde acababa de estar la polla de su jefe hacía una hora.
Y lo peor —o lo mejor, no sé— es que estaba más apretado. El coño lo tenía sensible, hinchado de tanto uso, y cada embestida de mi marido me hacía notar el escozor y el rastro de Rodrigo al mismo tiempo. Cerré los ojos y me dejé follar pensando en el otro, comparando, notando la diferencia de grosor, de ritmo, de todo. Mi marido se corrió dentro creyéndose que aquel apretón era por él, y yo dejé escapar un gemido que era en parte teatro y en parte real, porque me corrí otra vez, mezclándose las dos leches dentro de mí, y esa mezcla de sensaciones me resultó imposible de ignorar.
Cuando salimos del baño y nos acostamos, él se quedó dormido casi enseguida.
Yo tardé mucho más.
***
No volví a trabajar en esa distribuidora. Pedí el cambio unas semanas después con una excusa que mi marido aceptó sin preguntar demasiado. Rodrigo y yo no tuvimos ninguna conversación al respecto, ningún mensaje, nada. Algunas cosas se cierran solas, sin necesidad de una escena final.
Pero a veces, cuando mi marido habla de él en la cena —porque siguen trabajando juntos, Rodrigo sigue siendo su jefe— yo escucho y no digo nada y recuerdo el sonido de la báscula marcando exactamente el número que él había predicho.
Y que yo lo había dejado ganar.