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Relatos Ardientes

Mi confesión: el chico del cine vino a casa con nosotros

Lara estaba derrumbada en el sofá de cuero gastado, las piernas todavía abiertas en una uve descarada, los muslos resbaladizos por la mezcla espesa que le bajaba en hilos lentos hasta las rodillas. Las medias negras, rotas a la altura de la entrepierna desde el cine, le colgaban como jirones inútiles. Tenía la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando con un ritmo desigual, los pezones todavía rígidos y sensibles bajo la luz amarillenta de la lámpara de pie.

Daniel, su marido, se limpiaba la barba canosa con el dorso de la mano. La saliva y los restos de la última corrida le brillaban en la barbilla y en el cuello. Frente a ellos, sentado en el borde del sofá con las rodillas separadas, estaba Mateo: veintipocos años, polla larga y todavía medio dura colgándole entre los muslos, el cuerpo lampiño marcado por un sudor que no terminaba de secarse.

La televisión seguía encendida al fondo, una película de acción que ninguno había mirado en serio desde que entraron en casa. La banda sonora tronaba con explosiones que apenas tapaban los jadeos.

—Esta vez sin medias tintas —dijo Lara, con una voz ronca que no parecía la suya. Se separó los labios del coño con dos dedos, descarada, mostrándoles el rosa hinchado y empapado—. Os quiero a los dos dentro al mismo tiempo. Que me abráis, que me reventéis, que mañana no pueda cruzar las piernas.

Mateo tragó saliva con un movimiento audible. Llevaba toda la noche al límite y se le notaba: en el temblor del muslo, en la forma en que evitaba mirar a Daniel y al mismo tiempo no podía dejar de mirarlo.

—No sé si voy a poder con todo —murmuró. Tenía la voz frágil—. Yo nunca… con un tío. No es algo que…

Daniel se acercó despacio. Se sentó junto al chico y le puso una mano en el muslo interno, sin apretar, solo dejándola ahí. Era el mismo gesto que Lara le había visto hacer mil veces con ella en la cocina cuando volvía del trabajo: una promesa silenciosa.

—Nadie te obliga, chaval —le dijo, con esa voz grave que a Lara siempre le aflojaba algo dentro—. Pero mírate. Cada vez que ella habla, se te endurece otra vez. Cada vez que te rozo, no te apartas. Esta noche es para probar lo que quieras y olvidar lo que no. Si no quieres, me lo dices y bajamos el ritmo. Si quieres, lo intentas. Pero no te marches mañana arrepintiéndote de no haberlo hecho.

Mateo no contestó. Cerró los ojos un momento y, cuando los abrió, Lara supo que ya estaba dentro.

***

Lara se deslizó del sofá hasta quedar de rodillas en el suelo, entre las piernas de los dos hombres. Les agarró las pollas, una con cada mano: la de Mateo larga y de venas marcadas, la de Daniel más gruesa, más densa, con esa textura que conocía de memoria. Las masturbó despacio, alternando el ritmo, dejando que el precum se mezclara entre sus dedos.

—Mirad —dijo, sin levantar la vista—. Las dos por mí. Las dos a la vez.

Se inclinó y se las metió juntas en la boca. La piel rozaba la piel, los glandes se encontraban contra su lengua, y ella se obligó a abrir más para que cupieran las dos. La saliva le caía por la barbilla y le goteaba sobre las tetas, dejándole rastros brillantes que le bajaban hasta el ombligo.

Daniel y Mateo se miraron por encima de su cabeza. Hubo una duda mínima, casi imperceptible. Después fue Daniel quien se inclinó y besó al chico: el primer beso, lento, casi tanteando, con la barba raspando la mandíbula sin afeitar. Mateo tardó dos segundos en responder. Luego le metió la lengua hasta el fondo y le agarró la nuca, igualándole la fuerza.

Lara seguía chupándolas. Notó, entre los labios, cómo las dos pollas latían más fuerte mientras los dos hombres se besaban encima de ella. Le subió un escalofrío por la columna que casi la hizo correrse solo con eso.

—Quiero verte chuparle a Daniel —le pidió a Mateo, soltándole la polla—. Quiero ver cómo aprendes.

Mateo se arrodilló sin decir nada. Se inclinó sobre la polla del marido y la besó primero, casi con respeto, antes de abrir la boca. Daniel le agarró el pelo —oscuro, fino, todavía húmedo del sudor del cine— y lo guio sin prisa.

—Despacio. Respira por la nariz. Si te atragantas, paras.

Lara se colocó detrás del chico. Le escupió en la mano y le metió dos dedos a la vez en el culo. Mateo gimió alrededor de la polla de su marido y todo el cuerpo se le contrajo. El anillo apretado, virgen, le mordió los dedos como si quisiera tragárselos. Lara giró la muñeca, buscó el ángulo, presionó la próstata con la yema. La reacción del chico fue inmediata: un quejido largo, cargado de algo que iba más allá del placer. La polla de Mateo, dura como una piedra, goteaba contra el suelo.

Daniel le aceleró el ritmo en la boca. Le mantenía la cabeza con firmeza, sin pasarse, dejándole espacio para retirarse si quería. Mateo no se retiró.

Lara metió un tercer dedo. El chico abrió las rodillas más, y en ese gesto Lara vio rendición.

***

Se tumbó en el sofá boca arriba, las piernas alzadas en una uve abierta, los talones apoyados en el respaldo. Ya no había nada disimulado: el coño, el culo, todo expuesto, todo brillante, todo pidiendo.

—Ya —dijo. No era una súplica. Era una orden.

Mateo se colocó primero. Le agarró las caderas y la penetró de una sola embestida, hasta el fondo, y los dos gimieron a la vez con la sorpresa de cómo todavía cabía. Daniel se subió detrás del chico, apoyó una rodilla en el sofá, escupió en su propia polla y, despacio, se apretó contra el ano de su mujer. Le dio tiempo. La conocía. Esperó a que ella exhalara y, en ese hueco, se metió hasta dentro.

Lara sintió las dos pollas a la vez, separadas solo por una pared finísima de carne caliente, rozándose, latiendo cada una a su ritmo y, sin embargo, sincronizándose en algo nuevo. No era el cine. No era ninguna otra noche que hubiera tenido. Era otra cosa.

—Más fuerte —pidió—. Movéos juntos. Tocaos.

Embistieron. Al principio descoordinados, después encontrando un compás. Daniel apoyó la mano en el hombro del chico para marcarle el ritmo. Mateo se giró un poco y le buscó la boca por encima del hombro de Lara. Se besaron así, follándola entre los dos, con la lengua del uno en la del otro y los gemidos compartidos.

Esto no se desaprende. Mañana ninguno será el mismo.

Le tembló todo el cuerpo. Se llevó la mano al clítoris y se frotó con esa furia que solo aparece cuando una sabe que el orgasmo ya viene, que no hay forma de pararlo, que solo queda dejarse arrastrar.

Se corrió primero. Un alarido que tapó las explosiones de la película, un chorro abundante que les empapó el abdomen al chico y a Daniel, las paredes contrayéndose como si quisieran ordeñarles las pollas a la vez.

Mateo no aguantó. Empujó dos veces más y se vino dentro de ella con un gemido roto, los dedos clavados en sus caderas. Daniel salió, se masturbó dos veces y descargó sobre la cara y el cuello de su mujer: chorros calientes que le pintaron la mejilla, los labios entreabiertos, la barbilla. Lara sacó la lengua y atrapó lo que pudo.

***

No pararon ahí. No pudieron.

Cambiaron de postura. Mateo se tumbó esta vez, y Lara se subió a horcajadas sobre él, dejándolo entrar otra vez en el coño hinchado. Daniel se colocó detrás, le agarró las caderas a su mujer y se metió en el culo dilatado, donde su propio semen seguía caliente. Doble penetración otra vez, más sucia, más cansada, más tierna. Se movieron sin prisa.

Daniel alargó la mano por debajo y agarró la base de la polla de Mateo, sintiéndola entrar y salir de su mujer. Mateo le devolvió el gesto: le pasó los dedos por los huevos, por el tronco, sintiendo cómo latía contra su palma. Lara, en medio de los dos, se rio bajito —una risa rota, agotada— y se dejó caer hacia adelante para apoyar la frente en el pecho del chico.

—No me lo creo —murmuró—. Os juro que no me lo creo.

Volvió a correrse. Esta vez sin grito, casi en silencio, con un temblor largo que le bajó desde el vientre hasta los pies. Los dos hombres se vinieron casi a la vez, uno dentro del coño y el otro fuera, sobre los riñones y la espalda baja, dejando regueros que se sumaban a todos los demás.

Se derrumbaron los tres en el sofá, hechos un nudo de piernas y brazos. La película seguía. Nadie la miraba.

Lara cerró los ojos un instante. Notaba el corazón latiéndole en sitios donde no debería sentirse el corazón.

—Mañana —dijo, con la voz casi apagada— me vais a tener que llevar el desayuno a la cama.

Daniel se rio bajo y le besó la sien manchada. Mateo, todavía sin saber del todo cómo había llegado hasta ahí, le pasó una mano por el muslo, despacio.

—¿Otra noche? —preguntó el chico.

—Otra —contestó Daniel antes de que ella pudiera responder—. Y otra. Las que quieras, chaval.

Lara abrió los ojos lo justo para verlos a los dos. Se inclinó y le dio un beso corto en los labios a Mateo, después otro a su marido. Sabía a sal, a mezcla, a una cosa nueva que tendría que aprender a llamar de otra manera.

Esto se cuenta o se calla para siempre.

Por ahora, prefería callárselo. Solo por ahora.

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Comentarios (6)

GabrielNochero

excelente relato!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin

LauraCba2020

Que historia... me dejo sin palabras. Espero que haya una segunda parte porque quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche.

Marcos_B

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. Son esas noches que despues no sabés como explicar jaja. Muy bueno.

Coco_Viajero

Una pregunta, esto te paso de verdad? Porque se siente muy autentico, los detalles son demasiado vividos para ser inventado

sofi_lee

que buenazo, me lo lei de un tiron. sigue escribiendo!!

NochePrima

Eso de no tener reglas tiene su magia y vos lo captaste perfecto. Tremendo relato.

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