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Relatos Ardientes

Confieso lo que hice con dos hombres en una semana

Hay cosas que uno no debería escribir, pero las escribo igual, porque guardarlas adentro me pesa más que ponerlas en palabras. Soy un hombre casado, tengo dos hijos, vivo en Lima y llevo años conviviendo con una contradicción que nadie en mi vida pública sospecha. Me gustan los hombres. No los amo, no los busco para enamorarme, pero a veces el cuerpo me arrastra a buscarlos.

Conseguir sexo con mujeres en mi ciudad es complicado. La mayoría espera cenas, regalos, paseos. Es una cultura donde el deseo se negocia con dinero, y a mí, con dos colegios privados y una hipoteca, no me sobra nada. Hablar con hombres por las redes resulta mucho más sencillo. Nos mandamos fotos, fijamos una hora, elegimos un motel discreto y vamos al grano. Sin promesas, sin facturas. Sé que suena machista decirlo en voz alta, pero entre hombres hay una franqueza que con mujeres rara vez encuentro.

Hace dos semanas, en cuatro días, salí con dos. El primero fue Mateo, un tipo de unos treinta y ocho, atlético, depilado, perfumado. Lo conocí por una aplicación. Cruzamos mensajes durante varios días antes de decidirnos. Cuando vi su foto, supe que iba a aceptar. Cuerpo trabajado, mirada serena, esa elegancia adulta de los hombres que ya no improvisan.

Nos vimos un martes por la tarde, en un motel cerca del Centro Histórico. Pedí la habitación a mi nombre, pagué en efectivo, subí solo. Él llegó diez minutos después. Tocó dos veces, suave. Abrí descalzo, en pantalones deportivos sin ropa interior debajo. No hablamos. Cerró la puerta, dejó la mochila en una silla y caminó directo hacia mí.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Seguro?

Asentí. Me besó.

El beso fue distinto a los que recordaba. Profundo, sin prisa, con esa autoridad calmada de alguien que sabe exactamente lo que quiere. Me apretó la cintura, me empujó suave contra la pared. Sentí su perfume mezclado con un olor más íntimo, a piel limpia. Se me puso dura enseguida. Le metí la mano por debajo de la camiseta y le toqué el abdomen, esos cuadritos que solo se trabajan con disciplina. Me llevó las manos hasta su trasero, redondo, duro, y dejó que se las apretara.

—Quítate la camiseta —le pedí.

Lo hizo. Le besé el cuello, bajé a las clavículas, le mordí una tetilla. Soltó un suspiro que me hizo cerrar los ojos. Yo no soy el tipo de hombre que se reconoce en estos gestos, y sin embargo, cuando estoy con otro hombre, soy capaz de cosas que con mi mujer ya ni intento.

Me sentó al borde de la cama. Le bajé los pantalones. Tenía una verga gruesa, no muy larga, perfecta para lo que yo quería. Le pasé la lengua despacio, desde la base hasta la punta. Sabía suave, como si se hubiera puesto crema antes de venir. Lo metí en la boca, lo chupé con ganas, le sentí el pulso contra la garganta. Él me sostuvo la cabeza con las dos manos, sin forzarme, marcando el ritmo. Quería hacerlo durar.

—Acuéstate boca abajo —me dijo.

Obedecí. Me bajó los pantalones, me abrió las nalgas y me pasó la lengua entre ellas. Fue eléctrico. Apreté las sábanas. Nunca me acostumbro a esa sensación. Estuvo así varios minutos, alternando lengua y dedos, hasta que estuve completamente dilatado y le pedí, casi suplicando, que se pusiera el condón.

Me senté encima de él. Lo monté de espaldas, con las rodillas a los costados de sus muslos. Entró lento, dolió un poco al principio, después fue puro placer. Cerré los ojos. Yo, padre de familia, contador en una empresa minera, montado sobre un hombre al que había conocido por una pantalla. La idea me excitó tanto como el acto.

—No te quedes quieto —susurró.

Empecé a moverme, despacio al principio, después con más fuerza. Él me sujetó las caderas y me marcó el ritmo. Cambiamos de posición: me puso boca abajo, levantó mis caderas y me penetró así, con calma, mientras yo enterraba la cara en la almohada para no gritar. Me tocó el pene mientras me cogía. Le dije que iba a venirme y le pedí algo que en mi vida diaria no me atrevería a pronunciar.

—Acábame en la boca.

Se quitó el condón, se acostó de espaldas y se masturbó. Yo me arrodillé entre sus piernas, abrí la boca, saqué la lengua como un cachorro hambriento. Soltó dos chorros largos, uno sobre mi lengua, otro que cayó al costado de su ombligo. Me incliné y lo lamí. Quedó mirando el techo, con una sonrisa quieta. Yo quedé sentado en el borde de la cama, sin saber qué decir.

—Repetimos —dijo al irse.

—Repetimos —respondí.

No repetimos. Esa semana me escribió dos veces, frases cortas. Después se perdió. Sospecho que también tiene pareja, una mujer probablemente, hijos quizás, una vida que no admite dos historias paralelas. No le insistí.

***

Tres días más tarde me escribió otro. Se llamaba Iván, veintisiete años, gordito, blanco, depilado. La foto que me mandó era de cintura para abajo y la verga, gruesa y limpia, me decidió. Le dije que sí casi sin pensarlo. Sentí culpa apenas envié el mensaje. Era el segundo en cinco días. Pero la cabeza me pedía algo distinto a la rutina, algo que sacara los problemas de la cuenta corriente, de los planes con los chicos, de las cenas obligadas con los suegros.

Llevaba meses sin acostarme con nadie fuera de casa. Cuando uno se priva tanto tiempo, basta un mensaje para derribar todo.

Nos vimos un sábado al mediodía. Misma zona, otro motel. Iván llegó con una mochila y una camisa abierta hasta el segundo botón. Era de esos cuerpos blandos, redondos, con pecho de adolescente. Cuando se quitó la ropa, le vi unas tetillas grandes, hinchadas, casi como las de una mujer. Se las chupé largo rato. Él gimió bajo, con timidez, y me acarició la nuca.

—Nunca me han hecho esto así —dijo.

—¿Así cómo?

—Con tantas ganas.

Le besé el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, le bajé la mano hasta el pantalón. La verga estaba dura, abultando el algodón. Le bajé los bóxers, me arrodillé y se la chupé sin preámbulo. Era gruesa de verdad, más que la del primero, y eso me intimidó un segundo. Me costaba abrir la boca lo suficiente. La saboreé despacio, con las dos manos, con los ojos cerrados, hasta que él me levantó por las axilas.

—Quiero metértela ya.

Le dije que sí. Tenía el ano todavía dolorido del martes y, en la fricción, me había salido una verruguita pequeña en el borde. Me unté aceite, lo monté de espaldas como había hecho con Mateo, y entré sin lubricante adicional porque la verga gruesa pidió paso sola. Dolió. Un dolor caliente, mezclado con placer, que me obligó a respirar fuerte por la nariz.

Salté sobre él unos minutos. El cuerpo blando, ancho, me amortiguaba el rebote. Su barriga, cuando bajaba, me daba contra los muslos. Era cómodo, casi tierno. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, los dedos clavados en mis caderas.

—Para —dijo de repente.

Me detuve. Me bajé. Pensé que se iba a venir, que necesitaba un segundo para no acabar antes de tiempo. Se levantó sin hablar y se metió al baño. Escuché el agua correr. Salió a los pocos minutos con la verga encogida, escondida ya bajo el pliegue de la barriga, y empezó a vestirse.

—¿Te tienes que ir?

—Sí —dijo, sin mirarme.

—¿Pasó algo?

—No, todo bien.

Se ató los zapatos, agarró la mochila, me dio un beso rápido en la mejilla y se fue. Me quedé sentado, desnudo, en la cama. Me metí los dedos para revisar, esperando encontrar rastros de leche. No había nada. Quizás tuvo un orgasmo en seco, pensé. Quizás se arrepintió. Quizás era el primero, como me había dicho, y no supo cómo terminar. Nunca lo voy a saber.

Encendí el televisor del motel, busqué un canal cualquiera, me masturbé hasta venirme en una toalla. Me duché largo, me sequé despacio. Salí a la calle con el ano abierto, la verruga ardiendo, y la mezcla rara de saciedad y vergüenza que conozco bien.

***

Hice las cuentas esa noche, en el carro, antes de entrar a mi casa. En ocho años de matrimonio, me he chupado unas treinta vergas. Me han penetrado unas veintinueve veces. Hombres distintos, todos. Algunos cuyos nombres ya olvidé, algunos a los que repetí dos o tres veces, ninguno con el que haya intentado nada serio. Es una cifra que me incomoda mirar de frente. Promiscuo, dicen. Adicto, dicen otros. Yo no sé qué soy.

Soy un hombre que escribe esto a las dos de la mañana, en una pestaña anónima, porque si no lo cuento siento que reviento.

Subí a la habitación. Mi mujer dormía con la luz del pasillo encendida. Le di un beso en la frente, me acosté a su lado, miré el techo. Le pasé la mano por la espalda. Ella, dormida, se acomodó contra mi pecho, como hacía cuando éramos novios. Sentí algo parecido a la ternura y, al mismo tiempo, una culpa que no sé cómo nombrar.

Por ahora no pienso volver a buscar a nadie. La verruga se cura, el dolor pasa, las redes pueden esperar. Lo escribo aquí, en este rincón anónimo, para sacarlo. Si alguien lo lee y se reconoce en algún detalle, sepa que no es el único. Besos a todos y a todas.

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