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Relatos Ardientes

Lo que hice para el mirón de la rendija

Donde ahora se levanta un edificio corporativo con fachada de espejos, antes había una librería con cafetería que era leyenda en mi ciudad. Decían que era el negocio más rentable del centro, aunque algunos sospechábamos otras razones detrás de tanto brillo. Lo cierto es que la gente entraba por motivos muy distintos a comprar libros: a hojear revistas durante horas sin pagarlas, a fingir interés por un ensayo mientras se estudiaba el escote de la lectora de al lado, a tantear el peso de un telescopio que jamás iban a usar.

La cafetería del fondo era famosa por su discreción. Se decía que allí se habían cerrado más acuerdos comerciales que en cualquier oficina de la avenida principal, y que más de un juicio se había resuelto entre cucharitas y servilletas almidonadas. Los nostálgicos del ligue espontáneo bajaban a admirar las piernas de las meseras, que llevaban una minifalda negra plisada y medias hasta el muslo. Nadie estaba seguro de si traían ropa interior. La duda formaba parte del encanto.

Pero el verdadero teatro estaba abajo, en los baños del sótano. Aislados del resto de la planta, mal iluminados por unos fluorescentes que zumbaban como insectos, eran el escenario donde se cumplían tantas cosas que no tenían nada que ver con la higiene.

Lo descubrí por accidente, una tarde que de verdad bajé a orinar. Me planté frente al mingitorio y entonces noté algo raro. Un hombre de traje impecable llevaba allí un buen rato sin que pasara nada. Otro entró, lo miró de reojo, fingió desabrocharse el pantalón a un metro de distancia y se quedó esperando una señal. Más allá, un tercero recorría las puertas de los privados con paso lento, deteniéndose en cada rendija. A veces se quedaba parado, los hombros tensos, la respiración corta, y se sobaba el bulto del pantalón con la disimulación más cómica que he visto.

Me intrigó la mirada de aquellos hombres. Casi todos parecían respetables: ejecutivos con corbatas conservadoras, funcionarios que probablemente tenían fotos familiares en sus despachos, todos perfumados, afeitados, bien peinados. Hombres que durante el día se sentaban en juntas y por la tarde bajaban a un sótano a buscar lo que en sus casas no podían pedir.

Y allí, frente al espejo manchado de salpicaduras, se me ocurrió la idea.

***

Volví dos días después con un plan trazado. Me llevé una mochila con un cambio de ropa, una camisa de un color completamente distinto a la que iba a estrenar el papel principal, y un cinturón nuevo. Quería tener una salida limpia, sin riesgos.

Bajé despacio las escaleras del sótano. Conté los privados: cuatro en total. Elegí el segundo, el que tenía mejor luz cenital. Me encerré, me senté completamente vestido sobre la tapa cerrada y abrí una revista que había llevado conmigo. Esperé.

No tardé mucho. Escuché pasos lentos en el corredor, el rumor amortiguado de unos zapatos bien cuidados sobre el piso de granito. El hombre dio una primera vuelta. Lo imaginé revisando quiénes estaban detrás de cada puerta, descartando a los que orinaban deprisa, a los aburridos, a los recelosos. Volvió a pasar. Esta vez se detuvo frente a la mía.

Vi sus zapatos a través del hueco bajo la puerta. Negros, lustrados con paciencia. El dobladillo de un pantalón gris oscuro, de buena tela, sin duda parte de un traje. Más arriba, un ojo se acomodó en la rendija. Se quedó allí, fijo. Esa era la señal que esperaba.

Sin levantar la mirada de la revista, fingí seguir leyendo unos segundos más. Después llevé una mano al cuello, con esa lentitud ensayada de los que tienen calor, y empecé a desabrochar el primer botón de la camisa. Después el segundo. Después el tercero. Botón por botón, como si me sobrara el tiempo del mundo. Cuando llegué al último, hice una pausa, suspiré y comencé el show estelar.

Me puse de pie muy despacio, dándole la espalda a la puerta. Me bajé la camisa por un hombro y la deslicé por el brazo. Me pasé la mano por la piel desnuda, acariciándomela como si fuera la primera vez que la sentía. Después el otro hombro. Después la espalda entera. Me volví a poner la camisa de golpe, solo para arrancármela de nuevo con más rabia. Escuchaba al otro lado de la puerta una respiración cada vez más corta, un cuerpo que se removía sin atreverse a hacer ruido.

La camisa terminó colgada de un gancho que alguien había instalado años atrás en la pared. Le di la espalda al espectador y empecé a recorrer mi propio cuerpo con las manos. El cuello, los hombros, los brazos. Me besé el bíceps, con suavidad, sin teatralidad. Acaricié mi pecho con los ojos cerrados. Imaginaba lo que él imaginaba: el reflejo dorado de la luz sobre la piel, los músculos tensos por el esfuerzo de no moverme demasiado rápido.

Cuando calculé que aquel hombre estaba al borde del colapso, me giré.

Mis manos bajaron al cinturón. Lo agarré con las dos, lo moví en círculos como si fuera a estrangular a alguien con él, y después lo desabroché con un solo gesto. Sobre el pantalón apreté la entrepierna. Le mostré que ya estaba duro. Le mostré que él era la causa. Metí una mano por dentro de la cintura, agarré la verga y empecé a moverla muy despacio, hipnóticamente, sin sacarla todavía.

Me giré una vez más, ahora dándole la espalda. Metí la otra mano por la parte trasera del pantalón, me agarré una nalga, la apreté, separé los dedos. Abrí un poco las piernas para que la tela se ciñera contra todo. Quería que el mirón se imaginara cada cosa antes de verla. Quería que la espera le doliera.

Bajé la cremallera. El sonido fue obsceno en el silencio del sótano. Saqué la verga muy despacio y dejé que la viera, todavía de espaldas, asomada por encima del elástico del bóxer. Mi mano la rodeaba con los dedos abiertos, casi sin tocarla, sólo para que él notara su tamaño contra los nudillos.

Le mostré las nalgas. Bajé el pantalón hasta las rodillas, me incliné hacia adelante apoyándome en la pared del fondo. Sé que la luz del techo le caía justo encima, marcando el contorno, dibujando la sombra. Me separé las nalgas con las manos, lentamente, y aguanté la postura unos segundos. Quería que aquel ojo, fijo en la rendija, se aprendiera de memoria cada centímetro.

Cuando me giré de nuevo, ya con todo a la vista, lo miré directamente. Mis ojos en los suyos. Él lo entendió: yo sabía que estaba allí, y aun así seguía. Quiso empujar la puerta, comprobar si cedía. No cedió, claro. Le hice un gesto lento con la mano libre, palma abierta, pidiendo paciencia. Después me llevé un dedo a los labios, en señal de silencio, y lo chupé entero, como si fuera otra cosa.

Empecé a masturbarme.

No fui rápido. Tenía un público y no podía defraudarlo. Movía la mano con cadencia, las caderas seguían el ritmo como si estuviera embistiendo a alguien muy lentamente. Con la otra mano me acariciaba los huevos, me apretaba el pecho, me llevaba los dedos a la boca. De vez en cuando dejaba de mirar la rendija para fijar la vista en el techo, en mi propio reflejo borroso sobre la puerta, en cualquier parte. Quería que él sintiera que se me estaba escapando, que tenía que esforzarse por ganarse mi atención.

Me gusta esto. Me gusta más de lo que debería.

Descubrí algo aquella tarde. Descubrí que me gusta ser visto, que me gusta ser deseado por alguien que no puede tocarme. Que el placer crece cuando hay un filtro entre el cuerpo y los ojos. Lo mismo que muchas mujeres han sabido siempre, y que los hombres tardamos demasiado en aprender.

Aceleré sólo en los últimos segundos. Sentí las contracciones subir desde los muslos, el peso del clímax acumulado durante quince minutos de actuación. Cuando me corrí, fue contra la puerta. Casi todo el semen golpeó la madera, otro poco quedó en mi mano. Mi cuerpo entero tembló durante varios segundos. Tuve que apoyar una mano en la pared para no caerme.

Recuperé el aliento despacio. Limpié lo que pude con papel, me subí el pantalón, me abroché el cinturón con la calma del que no tiene a nadie esperando. Cuando finalmente me puse la camisa, miré la rendija y allí seguía aquel ojo, fijo, sin parpadear.

Levanté la mano. Mostré cinco dedos. Después señalé hacia un punto vago detrás de él, hacia las escaleras. «Te veo allá afuera en cinco minutos», le dije con el gesto. El ojo desapareció. Escuché los pasos alejarse rápido por el corredor, casi corriendo.

Lo que mi mirón no sabía, porque no alcanzó a verlo, es que en mi mochila tenía otro pantalón, otra camisa, otro cinturón. Me cambié en treinta segundos sin salir del privado. Me até el cabello en una coleta baja, me coloqué unas gafas de armadura fina que no usaba nunca y guardé la camisa anterior en el fondo de la mochila, doblada en cuatro.

Subí las escaleras con paso firme. Parecía cualquier muchacho que sale del baño tras lavarse las manos. Antes de irme, fui hasta el mostrador de cigarros y compré una cajetilla y un paquete de chicles. Mientras pagaba, miré de reojo hacia la escalera del sótano.

Allí estaba él. Apoyado contra una columna de mármol, con un cigarrillo apagado entre los dedos, mirando hacia la boca de la escalera como un perro frente a una puerta cerrada. No me reconoció. Pasó la mirada por encima de mí sin detenerse ni una décima.

Salí a la calle. La luz del atardecer me dio en la cara y sonreí sin querer.

***

Volví a aquellos baños tres veces más en los siguientes meses. Cambié de privado, cambié de hora, cambié de público. A veces el mirón era distinto, a veces creía reconocer a alguno de las semanas anteriores. Aprendí a leer las respiraciones, a calcular cuánto rato podía hacer durar la espera, a sacar más placer de la cabeza que del propio cuerpo. Aprendí que el deseo crece cuanto más imposible parece, y que un hombre encerrado en un cubículo puede ser más excitante que uno desnudo en una cama.

Aquella librería con cafetería ya no existe. Donde estaba el sótano, ahora hay un estacionamiento subterráneo con cámaras de seguridad y sensores de movimiento. Cada vez que paso por la torre nueva, miro las ventanas tintadas y me pregunto cuántos de los ejecutivos que ahora trabajan allí arriba bajaron alguna vez aquellas escaleras, qué fantasía les sigue dando vueltas en la cabeza mientras firman papeles. Y cuántos, sin saberlo, fueron alguna vez mi público.

Me he vuelto adicto a esas pequeñas funciones privadas. Si este país no fuera tan mojigato, daría el mismo show frente a mujeres. Pero ese ya es otro capítulo, otra confesión que tal vez deba contar en otro momento.

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