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Relatos Ardientes

Mi primera tarde en la habitación alquilada de Sevilla

La habitación que conseguí al llegar a Sevilla era mucho más de lo que esperaba por el precio que pagaba. Tenía entrada independiente, una cocinita de gas, nevera y un rincón con sofá y mesa que servía a la vez de sala, comedor y escritorio. Estaba amueblada con buen gusto, lo justo para una persona sola o, si surgía la ocasión, para dos.

La luz de la mañana entraba a través de unos vitrales antiguos y se descomponía en manchas verdes, rojas y ámbar sobre el suelo. El dormitorio tenía una cama individual ancha, nueva, con sábanas blancas, y un baño minúsculo pero impecable. Era mi primer alquiler de verdad, mi primera vida lejos de casa, y todavía me costaba creer que aquello fuera real.

Saqué el móvil y llamé a mi tía para contárselo. Le describí cada rincón con el entusiasmo de un crío. Ella se rio y me pidió la dirección para mandarme un paquete con cosas de cocina y un par de mantas. Le prometí pasársela más tarde, colgamos, y empecé a vaciar la maleta. No traía gran cosa, casi todo era ropa.

La nevera estaba vacía. Tenía que ir a hacer la compra antes de que oscureciera. Salí por la puerta de atrás, la que daba al patio interior de la casa principal. Allí estaba la zona de servicio, con una lavadora vieja y unas cuerdas tendidas al sol. Más allá, una parrilla de ladrillo, una ducha al aire libre en una esquina y tres tumbonas bajo un toldo de lona. El césped estaba recortado con mimo. La casa de Beatriz, mi casera, era preciosa por fuera. Del interior aún no había visto nada.

Volví a mi cuarto y, al entrar, oí golpes en la puerta. Era ella. Abrí.

—¿Cómo está, señora Beatriz? —saludé.

Abrió los ojos como platos.

—Beatriz a secas, por favor. Lo de señora déjalo para las mayores. Tengo que salir corriendo. A dos calles a la izquierda hay un minisúper, y unas manzanas más allá un supermercado grande. El barrio es tranquilo, pero anda con ojo igual. Si traes amigas o amigos, sin escándalo, ¿vale? El patio es tuyo también. Y si no tienes plan, esta noche cenamos juntos. Vengo sobre las cinco.

Hablaba como una locomotora. Se detuvo en seco porque le sonó el móvil.

—Esteban, ya salgo. Esta noche sí, ven a cenar. Volveré a las cinco, no sé seguro… vale, chao. —Me miró otra vez—. Chao, Iván. Cuida las llaves.

Y salió disparada. La detallé desde la puerta sin que se diera cuenta: tenía las piernas firmes, bonitas, montadas sobre unos zapatos de tacón medio, y un vestido vaporoso que el aire le levantaba un par de centímetros. Subió al coche, arrancó, y cerré.

Pensaba meterme a la ducha cuando vi a un hombre acercarse por la entrada principal con dos bolsas pesadas, una en cada mano. Lo reconocí por la foto que Beatriz me había enseñado el día que firmamos: era su hermano. Salí a abrirle la puerta del patio.

—Hola, don Esteban. Su hermana acaba de salir.

—Lo sé. Te traje algo para que puedas comer estos días, hasta que te organices. A cambio de… —dejó la frase a medias y sonrió de lado.

Yo seguía con el pelo mojado y solo una toalla atada a la cintura. Sentí cómo el calor me subía por la nuca. Quiere algo, y no es precisamente que le pague. Ni siquiera había tenido tiempo de procesarlo cuando Esteban dejó las bolsas en el suelo y entró detrás de mí.

***

Cerró la puerta con el pie. Se acercó sin prisa, con la calma de quien ya lo ha decidido todo por dentro. Me tomó del borde de la toalla y tiró, despacio, como esperando a que yo dijera que no.

No lo dije.

La toalla cayó al suelo. Él se sentó en el sofá pequeño, me hizo un gesto para que me acercara y empezó a lamerme como si tuviera todo el tiempo del mundo. Empezó por los testículos, subió por la cara interna del muslo, volvió a bajar. La barba corta me raspaba la piel. Cada vez que pensaba que iba a metérsela en la boca, se apartaba un centímetro y soplaba.

Me rendí enseguida. Apoyé una mano en el respaldo y dejé caer la cabeza hacia atrás. Llevaba años imaginando algo así y, ahora que estaba pasando, lo único que podía hacer era respirar y no caerme.

Esteban metió la mano en una de las bolsas y sacó un bote. Lo abrió delante de mí. Era una crema espesa, blanca, con un olor fuerte a menta. Me untó con dos dedos, despacio, desde la base hasta la punta. El frío me arrancó un escalofrío que terminó en un gemido sin querer.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sigue.

Volvió a abrir la boca y, esta vez, no se apartó. Lamía, tragaba, suspiraba hondo. Yo, de pie delante de él, intentaba mantenerme entero. El mentol se mezclaba con el calor de su lengua, y mi cabeza no terminaba de entender si era frío o quemazón.

De repente me giró. Lo hizo con suavidad pero con una autoridad que no me esperaba. Quedé de espaldas a él, las nalgas frente a su cara. Me las separó con las dos manos y dijo:

—Inclínate un poco.

Obedecí. Apoyé las palmas en el respaldo del sofá. Sentí primero su aliento, luego la punta de la lengua. Estuvo así un buen rato, y yo dejé de pensar. La cabeza se me llenó de un zumbido sordo, agradable, que me hacía empujar las caderas hacia atrás casi sin darme cuenta.

—Súbete —murmuró—. Apoya las rodillas.

Lo hice. Me coloqué a cuatro patas en el sofá, con las rodillas hundidas en los cojines. Era obvio lo que venía. Iba a entrar. Yo no había hecho aquello nunca, y aunque me repetí diez veces que iba a doler, lo único que quería era sentirlo.

Oí cómo se bajaba los pantalones detrás de mí. No me giré. No quería mirar para no asustarme. Cerré los ojos y apreté los hombros. Primero noté un dedo, untado en la misma crema, abriéndose paso despacio. No molestaba. Aflojé las caderas y esperé.

Me penetró. Y me llevé una sorpresa: no era dolor lo que sentía. Era una presión leve, casi tímida, que apenas me llenaba. Sus manos se aferraron a mi cintura. El vaivén empezó suave y se aceleró. Las nalgas me rebotaban contra su pelvis con un golpeteo blando y rítmico, pero por dentro yo apenas notaba nada. Lo dejé hacer. Si así se empezaba, mejor para mí.

Al cabo de un par de minutos, oí su voz entrecortada.

—Voy a acabar. ¿Quieres que termine en tu boca?

Me giré, sorprendido por la pregunta. Lo miré. Le dije que sí.

Nos separamos. Pude verla por primera vez: era delgada, casi fina, no le pasaría de los diez centímetros. Por dentro entendí muchas cosas de golpe. No comenté nada. Me arrodillé en la alfombra y abrí la boca. No me costó nada tragarla entera. Apenas hice fuerza y noté cómo se tensaba contra mi paladar. Soltó un gemido grave y descargó. Tragué sin pensar. Era la primera vez que sentía el sabor de otro hombre en la garganta y, contra todo pronóstico, me gustó.

Cuando le limpié con la lengua, él se estremeció. Se rio bajito.

—Ahora ven —dijo—. Quiero que te corras tú.

Me senté en el sofá. Él se arrodilló esta vez. Me la metió en la boca con más hambre que antes, casi con prisa, agarrándome los muslos con fuerza y tirando de mí hacia él. No duré nada. Solté todo en su boca y le vi tragar despacio, sin asco, con los ojos cerrados, como si lo estuviera disfrutando más que yo.

***

Cuando terminamos, salí casi corriendo al baño. Cerré la puerta y me apoyé en el lavabo. Necesitaba pensar. Necesitaba entender qué había pasado, qué iba a pasar a partir de ese día. Me miré al espejo y, durante un segundo, no me reconocí. Luego abrí el grifo, me metí bajo el agua fría y me quedé ahí hasta que se me bajó el pulso.

Cuando salí, Esteban había preparado algo de comer en la mesita. Tortilla fría, pan, un poco de jamón. Había sacado dos platos y dos vasos de agua. Y, junto a uno de los platos, había una bolsa de tela azul intenso que antes no estaba.

—Ven, hablemos mientras comemos —dijo, sirviéndome.

Me senté. No le miré a la cara enseguida.

—No quiero que pienses que voy a estar aquí metido a cada rato —siguió él—. Aproveché porque Beatriz salía. Me ha encantado, y creo que tú estás como yo: con ganas de probar. Para mí también es la primera vez que penetro a un hombre. Y la segunda vez que trago. Las dos veces tuyas. —Sonrió—. Sé que eres libre. No te voy a pedir nada de exclusividad, sería ridículo. Esta tarde tengo que irme a otra ciudad por un posible negocio, dos horas de coche. Son amigos, seguro que me quedo a cenar y vuelvo mañana. Mi mujer, Lucía, sí va a venir a cenar con Beatriz esta noche. Así que tú no me has visto. ¿Estamos?

—Estamos.

—Te he dejado una sorpresa en esa bolsa azul. Ábrela cuando esté lejos. Si quieres escribirme, usa Telegram, es más discreto. ¿Te parece? —Se levantó—. Me voy ya, que tengo el tiempo justo. Buen día, Iván.

Y se fue. Salió a paso largo, le oí cerrar la puerta del patio, arrancar el coche, alejarse. Me quedé sentado, con el tenedor en la mano, las preguntas amontonándose en la cabeza.

Creo que me voy a echar un rato. He tenido demasiada mañana para un solo día.

Cogí la bolsa azul y me la llevé a la cama.

***

Subí al colchón, me senté con las piernas cruzadas y la abrí. Metí la mano dentro. Saqué una cajita estrecha. Era un vibrador rosa, no muy grande, con conexión por Bluetooth. ¿Es para mí, o es para él?

Volví a meter la mano. La segunda caja era bastante más grande. La abrí y, al ver lo que tenía dentro, solté una risa nerviosa. Era un arnés de cuero negro, con un consolador grueso, oscuro, casi monumental. Esto sí es para él. A mí ni de coña me entra eso.

Todavía había algo. Saqué una tercera caja, más rectangular. Era un móvil nuevo, sin abrir, con una tarjeta dentro: «sólo para nosotros, Iván». Sin firma.

Encendí el teléfono. Estaba virgen, sin contactos, sin fotos. Tenía una sola aplicación instalada: Telegram. Abrí. En el chat raíz aparecía un único contacto, con la foto en negro y un nombre de usuario: @Mljp1913.

Me quedé mirando la pantalla un largo rato, sin moverme. Acababa de mudarme, no llevaba ni un día en la ciudad, y ya tenía un sugar daddy en un cajón. Solté el móvil sobre la sábana y me reí solo, con la cabeza dándome vueltas. No sabía si lo que sentía era miedo, vértigo o ganas. Quizá las tres cosas al mismo tiempo.

Lo único claro era que mi primera tarde en aquella habitación no se iba a quedar en una anécdota. Y que el próximo capítulo dependía de si me atrevía o no a abrir aquel chat.

Por ahora, dejé el teléfono boca abajo, apagué la luz y cerré los ojos. Mañana ya pensaría qué hacer.

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