Lo que me hizo el isleño después del naufragio
Hasta hoy nadie sabe lo que me pasó en aquella isla. Llevo dos años evitándolo, pero hay confesiones que terminan saliendo solas, aunque sea por escrito y sin nombres reales.
Tenía veintisiete años, trabajaba como fotógrafo de viajes y había aceptado un encargo en el Caribe colombiano. La revista necesitaba imágenes de catamaranes para un especial de turismo de lujo, así que me embarqué en uno con otras seis personas. El plan era sencillo: tres horas de navegación, snorkel en un arrecife y vuelta al puerto antes del atardecer.
No hubo vuelta. A media tarde, una falla en el motor combinada con una corriente más fuerte de lo previsto nos dejó a la deriva. El capitán pidió que tres de nosotros subiéramos a una balsa salvavidas mientras él intentaba comunicarse por radio. Subí yo, y nadie más alcanzó a hacerlo, porque otra corriente nos arrastró antes de que pudieran cargar a más gente. Vi cómo el catamarán se alejaba mientras yo, solo en una balsa naranja, agitaba los brazos como un idiota.
Pasaron horas. El sol bajaba y yo había pasado del miedo a la resignación cuando vi tierra a babor. No era una isla grande, apenas un atolón con palmeras y arena blanca. Remé como pude hasta encallar.
La playa estaba desierta. Caminé sin saber muy bien qué buscar, hasta que entre los cocoteros divisé dos cabañas de madera oscura, bien construidas, con tejado de palma. Toqué la puerta de la más cercana sin demasiada esperanza, y me abrió un hombre enorme.
Mediría un metro noventa fácil, espalda ancha, piel muy oscura, barba corta. Hablaba español con acento del Caribe inglés, arrastrando las erres y comiéndose los finales. Le conté la situación atropelladamente: el naufragio, la balsa, el catamarán. Él escuchó con calma, sin interrumpir, y al final asintió.
—Tranquilo, hermano. Aquí no llega ningún barco en lo que queda del día. Yo me llamo Tariq y vivo aquí seis meses al año, cuidando el atolón para una fundación. Tengo radio, tengo comida, tengo agua. Avisamos a tus jefes y mañana esperamos al barco que surte el puesto. Suele venir cada tres o cuatro días.
—¿Tres o cuatro días? —Sentí que me fallaban las piernas.
—Puede ser mañana o puede ser el viernes. Aquí el tiempo se mide distinto. Pasa, pasa.
Me dio ropa seca, una toalla y me indicó la otra cabaña, la pequeña, para que descansara. Me bañé con agua de lluvia recolectada en un tanque y, por primera vez en seis horas, dejé de sentir el sabor del mar en los labios. Cuando salí, Tariq había preparado pescado a la brasa y ron con limón. Me senté frente a él en una mesa de madera bajo el porche.
Aclaro algo antes de seguir, porque sin esto el resto no se entiende. A mis veintisiete años, siempre había sido alguien muy abierto en la cama, pero solo con mujeres. Me gustaba ser dominado, eso sí: que ellas tomaran el control, que me dijeran qué hacer. Pero solo con mujeres. Nunca había estado con un hombre y nunca me lo había planteado en serio.
Esa noche bebimos. Más de lo que debí. El ron entraba suave por el calor y por el alivio de estar a salvo, y Tariq sabía servir. La conversación empezó por lo de siempre: a qué me dedicaba, de dónde venía, qué fotos hacía. Pero a partir del cuarto vaso las preguntas empezaron a torcerse.
—¿Tienes novia? —preguntó, sin dejar de mirarme.
—Tuve. Hace meses que no.
—¿Y te gustan dominantes o sumisas?
Me reí, incómodo. Le contesté que dominantes, pero que tampoco era algo que fuera contando por ahí. Él asintió como si ya lo supiera.
—¿Cuánto crees que mido yo abajo? —soltó de repente.
—¿Cómo?
—Adivina. Comparado contigo.
Me reí más fuerte, nervioso. Le dije, en broma, que con la fama que tienen los hombres como él seguro que me sacaba ventaja. Tariq se levantó despacio, rodeó la mesa y se detuvo a mi lado. Antes de que pudiera reaccionar, se había bajado el pantalón corto.
Lo que tenía colgando no era humano. Grueso, largo, todavía a medio levantar.
—A ver lo tuyo —dijo—. Pero el que pierda paga castigo.
—¿Estás hablando en serio?
—Hermano, te di techo, comida y ron. Lo mínimo es que me sigas el juego, ¿no crees?
Estaba ebrio, estaba lejos de todo y me sentía en deuda. Me levanté tambaleándome y me bajé los pantalones. Mi miembro es normal, ni grande ni pequeño, y en aquel momento, blando y comparado con el suyo, parecía ridículo. Tariq soltó una risa baja.
—Perdiste, mariquita. El castigo es que te depiles entero. Como una novatada.
Pensé que era una broma estúpida. Me dio unas maquinillas y crema, y me señaló la ducha. Yo, riendo nervioso y bastante borracho, fui pensando que aquello era una anécdota más, algo que contar al volver. Tardé media hora larga en quitarme todo el vello del cuerpo: pecho, axilas, piernas, ingle, escroto. Estoy delgado y en forma porque corro tres veces por semana, y cuando me miré al espejo me costó reconocerme. La piel desnuda me daba un aire ambiguo, casi adolescente.
Salí del baño con la toalla en la cintura y entonces vi a Tariq.
Estaba sentado en la cama de la cabaña principal, no en la mía. En la mano sostenía una cadena fina y un collar de cuero rosa con una placa metálica. Sobre la cama, doblada con cuidado, había una prenda de encaje negro, otra rosa, y una peluca larga del mismo color.
—¿Qué es esto? —La voz me salió blanca.
—Esto se puede hacer por las buenas o por las malas, pero da igual cuál elijas, vas a estar aquí conmigo varios días más. Mejor llevarnos bien, ¿no crees?
Me quedé inmóvil. Él habló sin levantar la voz, casi suave.
—La regla es sencilla. Te pones eso, haces lo que te diga y te diriges a mí como señor. ¿Está claro?
***
No sé qué me pasó. No sé si fue el ron, el cansancio, el miedo o aquella parte mía que siempre había querido ser arrastrada por alguien más fuerte. Sé que me oí a mí mismo decir «sí, señor», y que un calor extraño me subió desde el estómago hasta la nuca.
Me puse el encaje sin mirarlo, como en piloto automático. Las bragas rosas, las medias hasta el muslo, el sujetador relleno, la peluca. La cadena con el collar me la puso él mismo, ajustándola dos dedos detrás de la nuca con una calma que me hizo temblar.
—Ven a cuatro patas. Hasta acá.
Bajé al suelo. La alfombra olía a sal y a tabaco. Avancé despacio, con las rodillas separadas, sintiendo el frescor del aire en la piel recién depilada. Tariq estaba desnudo en la cama, sentado contra el respaldo, mirándome bajar como si llevara años esperando ese momento.
—Así me gusta. Mira ese culito limpiecito. Cuando termine contigo, me vas a pedir tú mismo que sea tu papi.
Me senté sobre mis talones a sus pies. Él se inclinó, hundió un dedo lleno de lubricante entre mis nalgas y empujó sin avisar. La sensación caliente del producto me hizo arquear la espalda. Era la primera vez que algo así me entraba ahí, y me sorprendió no querer huir.
—Vaya, eres una perra obediente. Ven, chúpamela.
Gateé hasta él. Cuando me acerqué, me golpeó la mejilla con el miembro, una, dos veces, hasta que abrí la boca. Lo que entró era demasiado. Tosí, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero él me sujetó por la nuca y me marcó el ritmo. No tuve que hacer nada salvo dejarme.
—Date la vuelta —ordenó cuando ya estaba duro del todo—. El castigo por perder no termina aquí. Tengo que preñarte. Es la ley del más grande. ¿O pensabas que un hombre con esto entre las piernas iba a ser el pasivo alguna vez?
Me llevó a un sillón extraño que tenía junto a la pared, anclado al suelo, con grilletes de cuero. Me ató los tobillos abiertos y las muñecas a los reposabrazos. Quedé expuesto, en cuatro, con el culo al aire y la peluca rosa cayéndome sobre los ojos.
—Así no te vas a mover, perrita. Vas a ver lo que es bueno. Vas a pedir más.
Me metió una mordaza de bola en la boca.
—Resístete. Me pone que te resistas.
Lo que vino después no se puede contar entero. Sentí cómo algo enorme, cubierto de lubricante, presionaba contra mí. Grité dentro de la mordaza cuando empujó, y mi grito ahogado pareció encenderlo todavía más. Empezó a embestir despacio al principio, pero al cabo de un minuto cada estocada llegaba hasta lo más hondo, golpeando contra algo dentro de mí que yo no sabía que existía.
—Aquí tienes, mariquita —decía contra mi oído—. A mí me gusta agarrar a los putitos como tú y convertirlos en mis perras. Si me sigues, te trato bien. Si te resistes de verdad, te aplasto los huevos. Tú decides.
Para demostrarlo, deslizó una mano entre mis muslos y me apretó los testículos lo justo para que entendiera. Empecé a moverme, a empujar hacia atrás, a buscarlo. La humillación me estaba quemando por dentro, pero por debajo de la humillación había otra cosa que nunca había sentido: una excitación sucia, animal, libre. Llevaba veintisiete años cargando con la idea de quién era yo, y aquel hombre me la estaba arrancando de un tirón.
—¿Sabes lo mejor? —murmuró sin dejar de moverse—. Te mentí. El barco puede llegar mañana mismo. La guardia no tarda más de dos días. Pero tú no te vas a ir. Vas a quedarte aquí siendo mi perra hasta que yo lo diga.
Cuando me quitó la mordaza para escuchar mis gemidos, me oí decir algo que jamás pensé que diría.
—Sí, papi. Por favor. Déjamela adentro.
Su carcajada me retumbó en la espalda. Aceleró el ritmo y sentí que se vaciaba dentro del condón con tanta fuerza que las paredes de mi recto se abrieron como si nunca antes hubieran estado cerradas. Yo me corrí sin que nadie me hubiera tocado, manchando el cuero del sillón.
***
Se desplomó sobre mí un instante y luego me soltó las muñecas con calma, casi con cariño. Me tendió en la cama boca abajo, me puso una mano grande en la espalda y me dejó respirar. La peluca rosa se había torcido. Yo no podía dejar de temblar.
—Así me gusta —dijo—. De aquí te vas a ir bien cogido. Te voy a dar de mis raciones y te voy a dejar vivir tranquilo, pero solo si aceptas ser mi esclava mientras estés aquí. ¿Está claro?
—Sí, papi. Lo que tú quieras.
Entonces dejó caer sobre el colchón un objeto metálico, pequeño y curvo, con un candado diminuto.
—Bien. Vamos a convertirte en toda una puta.
—¿Vamos? —pregunté con la voz ronca.
Tariq sonrió de una manera que me erizó la nuca.
—En dos semanas viene la bióloga que controla el atolón. Ya le hablé de ti. Está deseando conocerte. No te emociones, no le interesan los hombres. Pero le encanta divertirse con mariquitas como tú. Tiene cincuenta años, mucha experiencia y una colección de juguetes que vas a recordar el resto de tu vida.
Yo me quedé en silencio, sintiendo cómo el frío del cinturón de castidad me rozaba el muslo.
—¿Estás listo para que te castren químicamente unas semanas? Es solo una crema. Te va a venir bien. Cuando salgas de aquí, vas a ser otra persona.
No contesté. No hizo falta. Cuando él se acostó detrás de mí y me rodeó con el brazo, yo ya estaba pensando en si la bióloga llegaría antes o después que el barco.
Continuará.