El poeta del recital me dejó una nota en la mano
Aquella tarde acepté ser jurado en un certamen de poesía sin sospechar que volvería al hotel con un secreto. No soy el tipo de hombre que se describe musculoso y todo eso. Mido un metro con sesenta, soy moreno claro, algo robusto, llevo barba corta y casi no tengo vello en el pecho. No me considero guapo, pero la gente se ríe con mis chistes y, al final, eso abre más puertas que cualquier portada de revista. Soy bisexual activo, y desde hace años aprendí algo: la apariencia varonil no garantiza nada en la cama. A veces el más callado, el más serio, el que viste de traje oscuro y habla de versos, es el que te arrastra sin pedirte permiso.
Todo empezó con una invitación a la casa de cultura de un pueblo del sur. Me pidieron que formara parte del jurado calificador porque, según ellos, mi nombre sonaba en los círculos pequeños. Acepté por cortesía. Imaginé una velada aburrida, sillas plegables y café aguado.
Cuando llegué al salón, una voz grave se impuso sobre el rumor del público. Levanté la vista y lo vi avanzar entre las mesas. Cuarenta y pocos años, bigote bien recortado, barba con un par de canas tempranas, cabello ondulado peinado hacia atrás. Vestía un traje sastre oscuro que le caía como si lo hubieran cosido encima.
—Buenas noches, maestro —dijo extendiéndome la mano—. Bienvenido. Espero que la velada sea de su agrado.
Sentí el apretón firme. Mantuvo mis dedos entre los suyos medio segundo más de lo necesario, y yo le aguanté la mirada. Sus ojos eran oscuros y atentos, de esos que no parpadean cuando te estudian. En ese mismo gesto, sin decirlo, supe que no le era indiferente.
Esto va a complicarse, pensé.
El recital arrancó con declamaciones, poemas largos, versos en lengua originaria y otros en español. Entre cada bloque, el maestro de ceremonias servía mezcal en pequeñas jícaras de barro. Yo lo bebía despacio, no por moderación, sino porque cada trago me obligaba a mirar al frente para no buscar al poeta entre el público. Y, sin embargo, lo encontraba. Una y otra vez. Sentado en la segunda fila, con una pierna cruzada sobre la otra, jugando con un lápiz entre los dedos, sin esconder que me miraba.
—¿Pasa algo, colega? —me susurró otro miembro del jurado al notarme distraído.
—Nada —contesté—. El mezcal pega bonito esta noche.
Hacia el final del programa subió él. Se llamaba Aurelio, según el folleto. Recitó tres poemas propios. El primero, sobre un río de su tierra. El segundo, sobre una mujer que no nombró. El tercero, sobre el deseo que llega tarde y se queda. Recitaba con el pecho, con las manos, con la pausa exacta. La sala se quedó en silencio. Cuando bajó del escenario, lo aplaudí más fuerte que el resto.
Después vino la convivencia. Quesadillas, más mezcal, conversaciones que se alargaban hasta que el reloj marcó las once. Uno por uno, los asistentes fueron despidiéndose. Yo me quedé hasta el final. No por estrategia, sino por terquedad. Quería estrecharle la mano otra vez.
—Maestro Aurelio —le dije al alcanzarlo en la puerta—. Le agradezco la invitación. Su declamación me dejó marcado.
—El gusto es nuestro —contestó—. Es un honor haberlo tenido como jurado.
Extendió la mano. Yo la tomé. Y al separarnos sentí un papel doblado contra mi palma.
***
Caminé hasta la esquina, doblé donde nadie pudiera verme y desplegué el papelito a la luz de un poste. Tenía un número y dos líneas escritas con tinta verde:
«Me llamaste la atención. Cuando estés solo, escríbeme. Debo cuidarme del personal docente que me rodea».
Me puse duro al instante. No tanto por la nota en sí, sino por la confirmación. Por el hecho de que un hombre como él, con esa voz, con esas manos, con ese traje, había estado esperando ese gesto durante toda la velada igual que yo.
Llegué al hotel, me serví un vaso de agua y me senté en la cama con el teléfono entre las manos. Tecleé un simple «hola» y esperé. Tardó menos de un minuto en responder.
—Ven —escribió—. Estoy rentando un departamento a tres calles. Tengo más mezcal. Quiero conocerte mejor.
Me cambié la camisa, me eché agua a la cara y salí. La calle estaba vacía. Caminé con el pulso en el cuello, atento a cada ventana iluminada. Llegué a su puerta. Toqué dos veces.
Abrió descalzo. Se había quitado el saco y la corbata. La camisa blanca caída sobre el pantalón, los dos primeros botones abiertos. Me miró de arriba abajo sin disimulo.
—Pasa —dijo.
Entré. Era un departamento pequeño y limpio, con una mesa de madera, dos sillones desiguales y una cama matrimonial visible desde la entrada. Olía a copal y a tabaco viejo. Aurelio cerró la puerta con llave y me ofreció una jícara.
—Bébelo despacio —me advirtió—. Es de cinco años, sin filtrar.
Bebí. Él hizo lo mismo, sin dejar de mirarme. Hablamos de cosas que ahora apenas recuerdo. De versos, de viajes, de la última vez que cada uno había hecho algo por placer y no por compromiso. Sentí que la jícara me pesaba menos con cada minuto. Sentí que él se acercaba sin moverse del sillón.
Cuando se me terminó el mezcal, dejó su jícara sobre la mesa, caminó hasta mí y no me preguntó nada. Me tomó la cara con las dos manos y me besó.
Fue un beso lento, profundo, con la lengua adelantando lo que vendría después. Yo se lo devolví igual. Mientras me besaba, su mano bajó hasta mi pantalón y apretó por encima de la tela. Sintió cómo se me endurecía contra su palma. Sonrió sin soltarme la boca.
—Lo sabía —murmuró.
Me llevó hasta la cama. Me empujó suave hasta acostarme. Se subió encima, todavía vestido, y empezó a desabrocharme la camisa botón por botón. Me besó el cuello, los hombros, el pecho. Tenía una manera de morder sin lastimar que me erizaba la piel. Cuando me sacó la camisa por completo, se quedó mirándome el torso unos segundos.
—Eres más guapo de lo que crees —dijo.
No supe qué contestar. Me dejé hacer.
Bajó hasta el cinturón. Me lo desabrochó con una sola mano, sin urgencia, como quien sabe que tiene toda la noche. Sacó mi miembro por el costado del bóxer y lo acarició primero con los dedos, después con los labios apenas. Yo levanté las caderas sin pensarlo.
—Aurelio —dije.
—Calla —contestó.
Y me tomó entero en la boca. Lo hizo con paciencia, con técnica, con esa misma cadencia que minutos antes había usado para recitar. Me lamió el glande despacio, me chupó los testículos, me los metió en la boca uno por uno. Yo apretaba las sábanas con las dos manos. Sentía su barba contra el interior de los muslos y eso, no sé por qué, me prendía más que cualquier otra caricia.
Cuando creí que no aguantaría, lo paré. Le tomé la cabeza, lo levanté, lo hice girarse boca abajo. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Tenía las nalgas firmes y velludas. Lo mordí, lo lamí, le pasé la lengua despacio entre las dos. Cuando llegué a su entrada, no me detuve. Lo abrí con los pulgares y empecé a meterle la lengua. Aurelio se estremeció entero.
—Papi —gimió contra la almohada—. Ya, ya, métemela. No aguanto.
***
Me levanté un momento. Él mismo sacó el preservativo del cajón de la mesa de noche. Me lo puso con cuidado, despacio, como si estuviera afinando un instrumento de cuerda. Volvió a acostarse boca abajo, separó las piernas y se acomodó un cojín bajo las caderas. Yo me coloqué encima.
—Tú solo entiérratela —le dije al oído—. Tú marcas el ritmo.
Se la metió poco a poco, empujándose hacia atrás, gimiendo bajito, mordiéndose el antebrazo para no gritar. Cuando lo tuve todo adentro, me quedé quieto. Sentí cómo se acostumbraba, cómo me apretaba con un ritmo involuntario. Solo entonces empecé a moverme.
Al principio lento, lentísimo. Así me lo había pedido. Cada embestida medida, profunda, hasta el fondo. Después me dejé caer encima de él, le tomé la nuca con una mano y se la sostuve contra el colchón. Empecé a cogerlo más fuerte. Me daba placer el sonido seco de mis caderas contra sus nalgas, ese eco que no admite mentiras. Aurelio empezó a sudar. Yo también. El cuarto olía a cuerpo, a mezcal, a algo más antiguo.
—Más —pidió—. Más, papi.
Lo giré boca arriba. Le puse las piernas sobre mis hombros. Me hundí otra vez. Me apretó tanto que tuve que detenerme. Su mano me buscó el cuello y me apretó suave, no para asfixiar, para pedir. Le besé los labios. Le besé la barba. Le mordí el lóbulo de la oreja. Llegué con un temblor que me corrió desde la espalda hasta los talones. Él se vino casi al mismo tiempo, manchándose el vientre sin tocarse, solo del puro roce.
Nos quedamos un rato así, pegados, sin hablar. Su pecho subía y bajaba contra el mío.
***
Después nos levantamos para ir al baño. Aurelio abrió la regadera. El agua caliente cayó sobre los dos. Me enjabonó la espalda, los brazos, el cuello. Yo le enjaboné las nalgas con calma, sin disimular para qué. Y otra vez, debajo del chorro, lo apoyé contra los azulejos y se la volví a meter. Esta vez fue más corto, más urgente, casi un epílogo. Salimos limpios, agotados, riéndonos por lo bajo de algo que ya no recuerdo.
Dormimos juntos. Yo me quedé del lado de la ventana, él pegado a mi espalda. En algún momento de la madrugada me besó la nuca y volvió a dormirse, respirando hondo.
Al día siguiente, antes de salir hacia el aeropuerto, le confesé que tengo guardada una caja con ropa femenina de encaje y que algún día se la enseñaría puesta sobre mí. Aurelio se rió contra mi hombro. Dijo que esa era una cita pendiente y que no se le iba a olvidar.
Salí a la calle con el sol en la cara, con el sabor del mezcal todavía en la boca y con la certeza de que volvería. Pero esa, como suele decirse, ya es otra historia que contaré cuando me toque el siguiente certamen.
Firmado: un jurado más, que esa noche dejó de juzgar.